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¡Bien por Adelante la Fe!

Comencé mi colaboración con Adelante la fe hace poco más de un año, cuando este insigne marbete comenzara ya a trocar su muy bello y promisorio proyecto en una coruscante realidad, en un corajudo diario donde unos pocos católicos renunciaban a emboscarse, lucían coraje y escribían las verdades del barquero, dispuestos siempre a develar ese inicuo manto de tolerancia bobalicona  tras el que se parapetan los heresiarcas y los enemigos de la Iglesia; y lo hice —bien lo recuerdo—, cercenadito por el miedo y por la incertidumbre, como embadurnado en ese temblor cuasi telúrico que disloca las articulaciones de los diletantes y de los más cobardes, pues sabía que aquellos a quienes acompañaría en tan incierta senda eran más valientes que yo, y temía, como es natural, no hacerles apenas justicia. Tan solo protegido tras la feble égida de mi abstrusa prosa —tantas veces afeada por los lectores—, sentía que mi incorporación a la revista era un regalo inmerecido, una dádiva que se me entregaba sin habérmela ganado y a la que no podría corresponder. Pero con el tiempo, sin embargo, y gracias a la extrema confianza y generosidad que siempre me otorgó D. Miguel Ángel Yáñez, fui ganando en arrestos y perdiendo en miedos, hilvanando frases más o menos acertadas, lanzando digresiones a vuela pluma que nacían de la honestidad y pretendían compadecerse con la Verdad, y empapándome, además, del magnífico hacer de mis compañeros, de quienes aprendía a cada instante. Desconozco, no obstante, si mis textos han podido ayudar a alguien alguna vez, si han arrojado algo de luz sobre la tenebrosa trocha que se abre ante nosotros o han conseguido que alguno de los lectores, casi siempre más doctos que yo, extrajeran benéficas ilaciones. Pero sin duda sí lo han hecho los distintos escritos de mis ilustres compañeros, cuyas palabras han dejado en mí un poso vivificante y sabrosísimo; un poso que ha terminado por adensarse, por cobrar entidad casi apodíctica, hasta hacerme tomar conciencia de la enorme relevancia que para los católicos tiene una revista como ésta, por petulante o desmedida que esta afirmación pueda resultarle a algunos. Pues aunque muchos puedan tildarnos de fundamentalistas reaccionarios, de apegados a la carcundia y a las formas trabucaires, o acusarnos de un modo acerbo por el desdén que usualmente mostramos hacia estas oleadas de ecumenismo botarate de hogaño, esos muchos han de reconocer que en los artículos sesudos de mis compañeros se muestra un estricto apegamiento hacia la Doctrina, Tradición y Magisterio Católicos, de tal suerte que en ellos siempre podrán hallar una lumbre sanadora y un cimiento sobre el que asentarse, y no las veleidades que ciertos teólogos de baratillo regurgitan sin cuento, con las que pretenden inocularnos la deletérea ponzoña del modernismo —que le den por saco a la mayúscula, que no se la merece— y el germen de la confusión —véanse, por ejemplo, el último artículo de D. Miguel Ángel Yáñez, donde nos nutre de una innúmera colectánea de argumentos para advertirnos de la vaciedad que atesta el último vídeo del Santo Padre.

Por ello, porque también hubo tiempos de flaqueza y de tribulaciones, de dudas y de hastíos, de pequeños o grandes desfallecimientos, donde distintas acechanzas estuvieron en ciernes de inclinarme hacia la defección, de abandonar la revista y dedicarme a mis lides narrativas, donde siempre encuentro gran consuelo, he querido glosar este pequeño y sin duda insuficiente homenaje a mis compañeros; pues su trabajo siempre conseguía insuflarme el adecuado ánimo, de tan corajudos que los veía. Y por eso, porque los tiempos que se avecinan habrán de exigirles mucho, les brindo esta breve y embarullada lisonja, con la que apenas llego a bosquejar la gratitud que en verdad siento hacia su trabajo.

Hoy, gracias a Dios, Adelante la fe es una publicación eximia y celebérrima, preñada de brillantes escritores, de faustas colaboraciones y excelsos hermanamientos que, con sus enjundiosos textos y riquísimas aportaciones, con sus muy apetitosos artículos, han logrado desentrañar el vero sentido de las cosas y lucirles un bello lustre, tras librarlas de las escorias modernistas que las habían recubierto.

Por eso, simplemente, ¡Muchas gracias!

Gervasio López




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