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Bodas italoamericanas y el primer milagro de Jesús

En el segundo capítulo del Evangelio de San Juan leemos: “Tal fue el comienzo que dio Jesús a sus milagros, en Caná de Galilea; y manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él.” Para mí, cuando leo este relato de las bodas de Caná, la pregunta que se me ocurre es: “¿Han estado alguna vez en una boda ítalo-americana?”  No en una boda italiana—algo diferente y a su vez similar—sino una boda ítalo-americana. Ahora bien, no me refiero a una de esas bodas rebajadas, americanizadas, como esos eventos formales con estaciones de pastas (¡imagínense un puesto de pastas!) o esos eventos planificados donde la madre de la novia está fuera de lugar con su vestido de encaje color pastel. La escena del evangelio de hoy es una boda judía, y a decir verdad– y es la verdad– existen sorprendentes similitudes entre la etnicidad de los italianos y la de los judíos. Las madres y la sopa de pollo. Las bolitas de Matzoh y las pequeñas albóndigas. ¿Hace falta que siga?  

Mis recuerdos de bodas mientras crecía en un gueto italiano de Providencia, Rhode Island, me traen las siguientes imágenes: bandejas de macarrones, antes de pasar a llamarse pasta, una bandeja entera terminaba en el plato de mi tío Tony; el pollo, que siempre era una tema de conversación entre las mujeres en cuanto a si estaba bien cocido o lo suficiente; la ensalada, floja pero con verdadero aceite de oliva y verdadero vinagre. ¿Y de beber? Gaseosa para los niños, servida del envase, la botella se dejaba caer de golpe sobre la mesa frente a ti. Y para el resto, por supuesto que vino, frecuentemente del tipo casero, cuyo buqué quitaba el aliento y cuyo final era áspero, cuando menos.  

Y después, venía siempre el postre antes del pastel: el helado de tres colores, duro como una roca, cubierto con papel de cera, junto a una cuchara de madera que había que separar para poder atacar el bloque congelado y luego, ah sí, venían las galletas y esas cosas llamadas en dialecto, wandi, una palabra que nadie puede pronunciar porque tal vez no existe, esos menjunjes inflados de masa frita en forma de moño, fritos en abundante aceite y recubiertos de azúcar impalpable, y las galletas caseras en grandes bandejas, la mayoría de las cuales terminaba envuelta en servilletas y guardada en los sobres de las damas (nunca habíamos escuchado hablar de carteras) y recuperada al día siguiente para sumergir en el café de la mañana.

La banda estaba formada por varios instrumentos, pero el instrumento que no podía faltar era el acordeón, cuyo sonido extraño y casi quejumbroso evocaba recuerdos de la campiña de la cual habíamos salido todos. Y después de las galletas se formaba una fila, una fila que llegaba hasta la novia y el novio que estaban sentados en la mesa principal. Y todos en la fila llevaban un sobre, la busta. Y en ese sobre había dinero. Y uno colocaba la busta en una canasta cerca de la novia y el novio, y cada hombre recibía un cigarro malo y cada mujer un paquete de caramelo de almendras envuelto en encaje. Debía tener al menos veinte años cuando me di cuenta que algunas personas, es decir, los americanos no italianos, ofrecían regalos en las bodas en lugar de la busta. Pero para que no piensen que dar dinero es grosero, permítanme decirles que eran tiempos en los que había poco dinero y los sobres ayudaban a pagar el banquete, dejando poco para la novia y el novio. Hoy hablamos de comunidad en una forma tan cohibida. Pero esto era algo real en una comunidad realista.

Así que este es el tipo de boda en la que imagino a Jesús y su madre, en Caná. Ciertamente no una boda organizada por un coordinador de bodas profesional, sino más bien uno sencillo. Bien, esta boda es importante porque es el lugar del primer milagro de Jesús. Siempre me impresionó que el primer milagro ocurriera en una boda e involucrara la conversión de agua en vino. Piensen en la reacción de los fariseos en ese evento. O piensen en la reacción de los intelectuales griegos que escucharon sobre eso, o del resto del mundo y las otras grandes religiones ante ese primer milagro: en una boda Jesús convierte agua en vino.

Mientras los demás Milagros de Jesús involucraron sanación, exorcismo, volver muertos a la vida: este primer milagro, el primer signo en el Evangelio de San Juan, es transformar agua en vino. Y San Juan deja en claro que el propósito de este milagro es dar fundamento y sustancia a la pregunta transcendental: “¿Quién es este hombre Jesús?” Los milagros de Jesús son parte de la epifanía, parte de la manifestación de Cristo al mundo, parte de la demostración de quién era y es este hombre. Desde la estrella de Belén hasta la adoración del niño por parte de los magos, al bautismo de Jesús cuando los cielos se abren y se escucha una voz del cielo: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”. Y ahora el primer signo. Y el primer signo en el contexto de la celebración de un evento de mucha alegría: una boda. Pero también una celebración de un evento que estaba marcado—y continúa marcado—por un gran coraje y fe de parte de la novia y el novio: que esa alianza—ilógica y tal vez difícil desde el punto de vista del mundo—y mucho más el día de hoy—podía realizarse. Y entonces hay vino en la celebración, vino que en palabras del salmista alegra los corazones del hombre. Pero se quedan sin vino. El momento es tenso. María señala a su Hijo que no tienen vino.   

Jesús era reacio a actuar porque la hora de su glorificación no había llegado, es decir, su crucifixión, el ser elevado de este mundo para que todos conozcan el amor de Dios: para esto todavía faltaba. Pero ha llegado el comienzo de su ministerio, y su madre instruye a los sirvientes: “Haced lo que él os diga.” Y del agua utilizada para la purificación anterior a la cena, que llenaba enormes vasijas de piedra, surgió el mejor vino de toda la fiesta, cuya deliciosa intensidad bailaba en las lenguas de la novia y el novio y todos los demás en la fiesta de bodas.

¿Y por qué este milagro es tan apropiado como primer milagro de Jesús? Porque es una repetición del prólogo de San Juan que se lee cada vez que se celebra la misa tridentina: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios… Por Él, todo fue hecho… Y el Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros”.  Y así el primer milagro de Jesús se relaciona con la creación, hacer nuevas las cosas, transformar las cosas de este mundo real, tomar el agua y convertirla en vino en un contexto que era y es intensamente humano: en una sencilla boda judía, un momento de afirmación de fe y amor, un momento común en un lugar común. Y es el mismísimo Dios de la creación quien transforma esta agua en vino. Y nos dicen: “los discípulos, al ver esto, creyeron.” ¿Qué creyeron? Creyeron precisamente lo que era el objetivo del milagro: creyeron en la persona de Jesús. El Dios de la creación mostró quién era con su poder sobre la realidad misma, la realidad física, y lo hizo en un contexto de celebración, aunque sin gran importancia y desapercibido, como su nacimiento, por el resto del mundo. Este milagro no es solo la manifestación del dominio de Cristo sobre la creación, sobre la realidad física, sino que en un sentido más profundo es la manifestación del papel que la realidad física desempeña en la fe cristiana, la fe, como no me canso de repetir, del agua, del vino, el aceite y el pan, la piedra y el fuego y el humo, la pintura y el enchapado, las personas y los corazones y el amor.

Y sí, del milagro en Caná, mucho tiempo atrás. ¡Qué hermoso!, ¿y qué tiene que ver esto con nosotros?  Si abriéramos nuestros ojos veríamos que tiene todo que ver con nosotros, porque somos nosotros los que estamos en las bodas del Cordero, somos nosotros los que estamos celebrando la persona de Jesús, somos nosotros los que participamos en la fiesta del triunfo de la vida sobre la muerte en la Santa Misa. Y participar en la misa  es ser parte de un milagro que trasciende Caná: porque somos testigos no de la conversión del agua en vino, sino testigos de algo mucho más grandioso, del Señorío de Jesucristo sobre toda la creación, al transformarse el vino en la Sangre de Cristo, al transformarse el pan en el Cuerpo de Cristo que da vida. Porque lo que en Caná fue un signo, en la misa es una realidad: el poder del Espíritu de Cristo aparece en medio nuestro transformando la realidad creada, transformando la sustancia física del universo, para que podamos ser transformados de personas que caminan en la oscuridad a personas que han sido llamadas a Su maravillosa luz.

El Amor me dio la bienvenida, pero mi alma se espantó,
Culpable del polvo y el deseo.
Pero el Amor de ojos raudos, al ver mi creciente flojera
Desde mi primera entrada,
Se acercó hasta mí y, con dulzura, preguntó
Si algo me hacía falta.

“Un invitado,” respondí, “digno de estar aquí”;
El Amor dijo, “Tú serás él.”
“Yo, ¿el malo, el desagradecido? ay por Dios,
No puedo mirarte.”
El Amor me cogió de la mano y sonriendo respondió,
“¿Quién creó los ojos sino yo?”

“Verdad, Señor, pero yo los he estropeado; deja que mi vergüenza
Vaya donde se merece.”
“Y no sabes,” dice el Amor, “quién cargó con la culpa?”
“Mi Dios, entonces yo te serviré.”
“Debes sentarte,” dice el Amor, “y probar mi carne.”
Así que me senté y comí. 

Love by George Herbert (1593-1633)/ Traducción Emilia del Río

Padre Richard Gennaro Cipola

Traducido por Marilina Manteiga.

Fuente: https://rorate-caeli.blogspot.com/2021/01/italian-american-weddings-and-first.html

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