Carta abierta de Viganò al obispo de Novara por su suspensión de la Misa Tradicional

a S. E. monseñor Franco Giulio Brambilla, obispo de Novara

sobre la aplicación de Traditionis custodes

Excelencia reverendísima:

Su reciente decisión de suspender la liturgia tridentina en la iglesia de Vocogno y en la capilla de San Blas en Verbano-Cusio-Ossola ha causado gran consternación a millares de fieles y a los sacerdotes vinculados al Rito Tradicional. Después de años de aplicación  del motu proprio Summorum Pontificum, suscita honda indignación la frialdad con que V.E. ha implementado Traditiones custodes, a pesar de las facultades que concede el Código de Derecho Canónico a los ordinarios diocesanos para hacer excepciones.

Puedo entender que su misión de obispo y sucesor de los Apóstoles se vea puesta a prueba por la presión de un autoritarismo ejercido desde Roma. Comprendo también que al verse en la disyuntiva de tener que decidir entre una orden tajante de Roma y la salvaguarda de los derechos sacrosantos de los fieles, humanamente, la elección más fácil sea la que en otros tiempos llevó a Don Abondio a hacerse cómplice de la opresión ejercida por Don Rodrigo y el Imnominato*. Esta Misa no se debe decir porque lo dice el Mandamás. [N. del T.: Se trata de personajes de Los novios, de Alessandro Manzoni, una de las novelas fundamentales de la literatura italiana. Don Rodrigo, cacique del pueblo, prohíbe al cura, el pusilánime don Abondio, que case a Renzo y Lucía, y llega a obligar al Innombrado a secuestrarla.]

La iglesia de la misericordia ejerce su poder por medio de la coacción, del que prescinde en situaciones mucho más graves en las que tiene que ejercerlo, como desviaciones teológicas, aberraciones morales y sacrilegios e irreverencias en el terreno litúrgico. La imagen que se da de la Jerarquía ante el pueblo de Dios se resume en el dicho fuerte con los débiles y débil con los fuertes. Lo cual, permítaseme decirlo, es todo lo contrario de lo que V.E. se comprometió a hacer como obispo.

Las frecuentes invocaciones a la parresía y la sinodalidad son contradichas a diario por decisiones autoritarias fruto de ese clericalismo tantas veces deplorado de palabra. ¿Qué delito nefando han cometido los fieles de Vocogno y de San Blas para verse privados de la Misa Tradicional, la cual según reconoció Benedicto XVI, «nunca ha sido abrogada», y hoy se prohíbe tildándola de causante de división por ser contraria a la eclesiología conciliar? ¿Qué fue de la famosa hermenéutica de la continuidad? ¿Dónde está el cuidado del pueblo de Dios y la escucha de la que tanto se habla en el Sínodo de la sinodalidad?

En el Credo Niceno-constantinopolitano profesamos que la Iglesia es Una, Santa, Católica y Apostólica. Es una no sólo en cuanto a su propagación por toda la Tierra, sino también en el paso del tiempo y en el transcurrir de los acontecimientos. Los fieles no sólo están en comunión con la Iglesia de su tiempo, sino que deben estarlo por fuerza con la Iglesia de todos los tiempos: con la de las catacumbas, la de Constantino, la de San Bernardo, la de San Pío V y la del beato Pío IX. La lex orandi y la lex credendi que la expresa no son susceptibles de adulteraciones dictadas por la moda o las circunstancias. Y si la lex orandi que brotó de la mentalidad modernista de Anibale Bugnini es reconocida como única expresión de culto de la Iglesia conciliar, eso significa que la doctrina que ésta expresa es otra -y contraria- a las enseñanzas que impartió Nuestro Señor a los Apóstoles, transmitidas a lo largo de los siglos y fielmente custodiadas por la Iglesia Católica. Si semejante ruptura con la Tradición es reconocida y admitida por el propio redactor de Traditionis custodes, la Iglesia conciliar queda entonces fuera de la Tradición católica y pierde su legitimación al promulgar leyes contrarias a los fines para los que la instituyó el Señor.

Ignoro si V.E. lo ve de la misma manera, o si considera la Santa Misa Tridentina ajena a la Misa conciliar e irreconciliable con ella. Yo diría que su decisión, además de manifestar un ejercicio de la autoridad episcopal desligado del deber de custodiar el depositum fidei, demuestra un distanciamiento preocupante del cuerpo de la Iglesia, víctima de la volubilidad y la idiosincracia de una Jerarquía que sigue su propio programa ideológico sin preocuparse lo más mínimo por las consecuencias que ello pueda tener. Esto da una imagen muy poco halagüeña de los pastores en la que la rerum novarum cupiditas, la sed de novedades, pisotea impunemente el Magisterio inmutable de la Iglesia, los legítimos derechos de los sacerdotes y las necesidades espirituales de los fieles. Los cuales, como V.E. sabe, no piden otra cosa a su obispo sino que les permita disfrutar sin trabas de un rito que ha sido durante siglos la voz orante de la Iglesia, y al que sesenta años de fracasos y aberraciones no pueden volver ilegítimo sólo porque pone al descubierto sus engaños y falsificaciones.

Me pregunto qué enseñanza sacarán los fieles de la diócesis de Novara -y los millones de fieles tradicionales de todo el mundo- de semejante ejercicio autoritario del poder contra los propios fines de los que proviene su legitimidad. Tanto si obedecen una orden que consideran injusta como si se oponen a ella en nombre de la obediencia debida a Dios antes que a los hombres, la autoridad de los pastores queda desacreditada, porque lo que ayer enseñaba y aconsejaba la Iglesia hoy es despreciado y prohibido por quien ejerce el mando, mientras que lo que ayer se consideraba contrario a las enseñanzas de Cristo hoy se proclama como el modelo a imitar.

¿De qué escandaloso delito se podrá acusar a los fieles y sacerdotes ligados al usus antiquor  -casi todos sin convicción y por mero conformismo- que han aceptado con resignación la imposición del Novus Ordo? ¿De que desean rendir culto a Dios? ¿Del recogimiento y decoro de la celebración? ¿De la insuperable riqueza de los textos tradicionales en comparación con la vacuidad deliberadamente equívoca del rito reformado? ¿Del anhelo de ver un anticipo en la Tierra de la corte celestial? ¿De la piadosa contemplación de la Pasión de Cristo en lugar de un ruidoso ágape fraterno en el que el Señor no es otra cosa que el pretexto para celebrarse a sí mismos? ¿Qué hay de intolerable, de deplorable, en querer rezar con las sagradas palabras transmitidas a lo largo de dos mil años de Fe?

Los fieles y sacerdotes de Vocogno, al igual que los católicos repartidos por todas las diócesis del mundo, encontrarán una manera de eludir estas autoritarias imposiciones, como sucedió en tiempos de la herejía arriana, durante la pseudorreforma o cuando el cisma anglicano. Su sufrimiento al verse privados de un derecho inalienable es prueba de fidelidad que los hace gratos a Dios, como pasó con los sacerdotes refractarios en tiempos del Terror jacobino. No crea V.E. que los va a conquistar para el nuevo rito ni que doblegará su determinación de mantenerse fieles a la religión de sus mayores. Como mucho, podrá impedirles el consuelo de la Misa diaria o de asistir a los cultos de precepto, pero de ese modo no contribuirá a la concordia entre los fieles ni a que respeten la autoridad eclesiástica.

El tiempo les dará la razón, como ha sucedido todas las veces en que se han enfrentado la ortodoxia católica profesada por los sencillos y las desviaciones heréticas impuestas por una autoridad descarriada o sometida servilmente al poder. También les dará la razón el juicio de Dios, en el cual V.E. habrá de rendir cuentas de su desempeño como prelado. No lo juzgará el sanedrín bergogliano, ni el episcopado, ni los falsos amigos que apoyan a V.E. en esta batalla y ya perdida por evitar que se desmorone la narrativa conciliar. Por eso, creo que una saludable reflexión sobre los Novísimos y su destino eterno será oportunísima. teniendo también en cuenta su edad y la ineludible comparecencia ante el Justo Juez. Si V.E. considera que ha obrado y obra conforme a la voluntad de Dios, no tiene nada que temer; siga considerando rebeldes a los fieles y los sacerdotes del valle de Ossola, prohíba todas las misas tradicionales y demuestre total sujeción a las autoridades de turno. Pero no olvide que los poderosos de este mundo pasan, y que quienes los siguen y apoyan están destinados a seguirles en el olvido y participar con ellos de la unánime condena.

En la esperanza de que el tiempo restante para alcanzar la gloria eterna le sirva de acicate para desandar lo andado y tener un gesto de verdadera caridad con los fieles que le han sido confiados, garantizo a V.E. que lo tendré presente en el Santo Sacrificio de la Misa (obviamente, de San Pío V) implorando al Paráclito para que ilumine con el don de consejo a V.E. Reverendísima, de la que me declaro

su devotisímo  servidor  en Cristo,

+Carlo Maria Viganò, arzobispo

Dirijo también esta carta abierta a los hermanos en el episcopado de monseñor Brambilla y a todos los obispos expuestos a la presión que ejerce la Curia Romana para que anulen sistemáticamente los benéficos efectos del motu proprio Summorum Pontificum.

18 de noviembre de 2022

In Dedicatione Basilicarum Ss. Apostolorum Petri et Pauli

(Nota de Adelante la Fe. Posteriormente a esta carta el obispo de Novara ha dado marcha atrás, debido a las presiones ejercidas, y ha autorizado mantener, de momento, la Misa)

Traducido por Bruno de la Inmaculada

Mons. Carlo Maria Viganò
Mons. Carlo Maria Viganò
Monseñor Carlo Maria Viganò nació en Varese (Italia) el 16 de enero de 1941. Se ordenó sacerdote el 24 de marzo de 1968 en la diócesis de Pavía. Es doctor utroque iure. Desempeñó servicios en el Cuerpo Diplomático de la Santa Sede como agregado en Irak y Kwait en 1973. Después fue destinado a la Nunciatura Apostólica en el Reino Unido. Entre 1978 y 1989 trabajó en la Secretaría de Estado, y fue nombrado enviado especial con funciones de observador permanente ante el Consejo de Europa en Estrasburgo. Consagrado obispo titular de Ulpiana por Juan Pablo II el de abril de 1992, fue nombrado pro nuncio apostólico en Nigeria, y en 1998 delegado para la representación pontificia en la Secretaría de Estado. De 2009 a 2011 ejerció como secretario general del Gobernador del  Estado de la Ciudad del Vaticano, hasta que en 2011 Benedicto XVI lo nombró nuncio apostólico para los Estados Unidos de América. Se jubiló en mayo de 2016 al haber alcanzado el límite de edad.

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