Reverendo padre Guillermo Marcó:

Su carta abierta de hoy (Carta abierta a los enojados con Francisco) nos ha levantado muchos interrogantes, a cuyo respecto Vd. recomienda “meditar a fondo”: sobre las actitudes de Jesús para con los apóstoles que huyeron a la hora de la Pasión; sobre el primer “apóstata público de Jesús”, San Pedro; sobre lo que sea el verdadero camino de santidad al cual Jesús nos convoca cada día; sobre la “conducta intachable” de los consagrados; sobre la Fe encomendada de forma particular a Pedro y a sus sucesores –y, por cierto, el mandato de Jesucristo de que confirmase a sus hermanos (cf. Lc 22, 32); sobre nuestra obligación de aceptar como guía al Papa “acerca de la fe y la moral”; sobre si “las simpatías y antipatías del Papa” son una cuestión personal de él; sobre la importancia que debemos dar a que al Papa “le guste o le disguste un político”…

Su post contiene un tal amasijo de insinuaciones, padre Marcó, tan confusas y tan lejanas de lo que enseñó Jesús y está traducido en términos actuales en el “Catecismo de la Iglesia Católica”… ¡que no sabemos por dónde comenzar! Pero en las cortas líneas de esta nuestra “Carta Abierta a los Complacientes con Francisco”, vamos a limitarnos a dos aspectos. El resto, se lo dejamos a su relectura del “Catecismo”, que por cierto no debería haber olvidado en su trabajo pastoral (hace parte de las obligaciones de los que vd. llama “consagrados”, en realidad “clérigos”). Y como el ejemplo histórico que Vd. cita es el de S. Pedro, el primer papa, por él debemos comenzar.

Es un hecho que el camino de conversión de Simón, el hijo de Jonás, como el de la mayoría de los santos, duró toda la vida; y cuando este se completó, Jesús se lo llevó a reinar con Él por toda la eternidad. Un camino no exento de fallos. Por ejemplo el confuso amasijo de errores que cometió en Antioquía. San Pablo nos lo cuenta muy bien en el capítulo 2 de su carta a los Gálatas. El papa Pedro vino a Antioquía, y a pesar de haber sido observante de la Ley Mosaica, ahora era cristiano, por lo tanto no estaba obligado a las costumbres israelitas, y, por lo tanto, comía con los gentiles, fuesen o no bautizados, pues sabía que no había pecado en ello. Pero vinieron “circuncisos” (es decir judíos bautizados, pero que no querían abolir las costumbres de la Antigua Ley, llamados “judaizantes”, y que podíamos llamar “fariseos cristianos”), y a Pedro “se le vio recatarse y separarse” de los gentiles. Enseñar, no enseñó nada equivocado, simplemente manifestó, como dice usted, padre Macró, “simpatía o antipatía” por unos u otros. Y san Pablo consideró que eso no era una “cuestión personal” de Simón, hijo de Jonás, sino un asunto de toda la Iglesia, porque el nombre del pescador de Galilea había sido cambiado por Cefas, Piedra sobre la cual Jesús construía Su Iglesia, pero teniendo a ese hombre concreto, sacado de su particularidad y convertido en hombre público, como cabeza visible. Y la visibilidad tiene sus obligaciones…

Padre Macró: ¿San Pablo hizo bien en no limitarse apenas a las “cuestiones de fe y moral” expresa en los documentos de Pedro, como Vd. dice? ¿O hizo bien en enfrentar a Pedro “cara a cara, porque era digno de reprensión”, pues “no procedía con rectitud”, a pesar de que no hablaba nada contrario a Jesús? ¿Los gestos, las manifestaciones públicas, forman parte del ministerio petrino? ¿O el sucesor de San Pedro es, como quieren los protestantes, los “ortodoxos” o cualesquiera otros no católicos, un hombre como todos los demás, que sólo es Papa cuando habla “ex cathedra”?

¿Cuáles son las responsabilidades de un papa? ¿Cuáles son las responsabilidades de lo que Vd. llama un “consagrado”?

El término “consagrado” es muy impreciso, y no queda bien que un sacerdote, que debería conocer su significado, lo utilice confusamente. Todos los bautizados fuimos “consagrados” en el bautismo (Catecismo 931); los conyugues cristianos también son “como que consagrados” por el matrimonio (Catecismo 1535, Gaudium et Spes 48, 2); igualmente somos “consagrados por el sacramento del Orden”, los presbíteros (Catecismo 1142, 1564). Pero por antonomasia el término “consagrado” es reservado en el lenguaje católico para designar quienes realizan una “consagración más íntima” (Catecismo 916, Perfectae Charitatis 5); lo que vulgarmente se llaman “religiosos” y “religiosas”, hombres o mujeres, sean o no sacerdotes. Es un “estado de vida” estable (Catecismo 916) en el que se profesan los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia (canon 573). Vd., padre Macró, no es un “consagrado”; en cierto sentido lo es Bergoglio, en cuanto formaba parte de la Compañía de Jesús. Pero vengamos a los clérigos, como Vd., como yo, o como Francisco.

Los sacerdotes, en particular los diocesanos, somos “ministros sagrados” (canon 232) o “clérigos” (Catecismo, 934; canon 207) y tenemos obligaciones propias de nuestro estado de “esclavos de Cristo” (Catecismo 876, Rom 1, 1), que la Iglesia, Madre amorosa, nos recuerda: en primer lugar la “santidad de vida” (canon 276), y hace parte de ella la castidad, evitando cualquier cosa no sólo peligrosa para la misma, sino que pueda ser “de escándalo para los fieles” aunque no haya un peligro real para un concreto sacerdote (canon 277); debemos estudiar constantemente la doctrina enseñada por Jesucristo y transmitida por su Iglesia (canon 279); tenemos la obligación de buscar siempre que la paz y la concordia basadas en la justicia, reinen entre los hombres (canon 287)…

“La paz y la concordia” no reinan, según Vd. dice, entre los hombres, después de las actitudes de Francisco, pues –son sus palabras– “es evidente que hay mucha gente molesta y hasta encolerizada por las actitudes del pontífice”. ¿Actitudes que “molestan” y “encolerizan” son adecuadas para crear la “paz basada en la justicia”? La justicia exige que se dé a cada uno lo que le corresponde: a quien es virtuoso, el encomio público, pero no a quien practica abiertamente actos contrarios a la Ley de Dios (¡Ley del Amor!) dando escándalo; nos lo recuerda la maternal Iglesia en los cánones 326, 933, 1184, 1211, 1318, 1395, 1560. Por ejemplo tenemos obligación, los presbíteros, de negar la sepultura eclesiástica a los “pecadores manifiestos” a fin de “evitar el escándalo” (c. 1184). El canon 915 nos prohíbe explícitamente dar la Santísima Eucaristía a quienes obstinadamente perseveran en “pecado manifiesto”. Todo para conservar “la paz y la concordia” entre los hombres, y de los hombres con Dios.

Nada indica, en la vida de Milagro Sala, una virtud católica “manifiesta”; mucho por el contrario, favorece el aborto y la homosexualidad, “pecados manifiestos”. De ahí el “enojo” porque a ella, justo a ella, Francisco le manda un rosario que ella nunca rezará, mientras a un político –que yo no defiendo– lo trata con desplante porque no favorece el peronismo y el populismo.

Así, padre Marcó, “las simpatías o antipatías del Papa respecto de las personas” no son “una cuestión personal de él”, sino que, siguiendo la enseñanza de San Pablo, “tocan mi fe”, y por lo tanto yo no puedo, como católico “importarme poco” con que “al Papa le guste o disguste un político”.

El resto, padre Marcó, se lo dejo a las horas en que cumpla su obligación determinada por el canon 279 de “estudiar la sólida doctrina fundada en las Sagradas Escrituras, transmitidas de nuestros antepasados y comúnmente acogidas en la Iglesia, principalmente como consta en los documentos de los Concilio y de los Romanos Pontífices, evitando profanas novedades de palabras y falsa ciencia”.

Pero si alguna duda le queda, siempre estamos a su fraterna disposición para ayudarle a clarificar el confuso amasijo de sus ideas profanas llenas de novedades de palabras.

Afectuosamente en Cristo.

Un presbítero diocesano.