• Aquí responde un sacerdote argentino. No tiene desperdicio:
    “Célibe, y muy feliz; ni reprimido ni castrado
    Asistimos, una vez más, a una embestida feroz contra el celibato. Hasta cualquier opinante, las más de las veces con escasa o nula autoridad moral, se cree con derecho a señalarlo como la causa de todos los males y perversiones. Y exige, por lo tanto, su inmediata abolición.
    Sorprende, por de pronto, que la mayoría de las voces hostiles proviene de ámbitos declaradamente enemigos del catolicismo, y que – curiosa paradoja- hacen alarde de querer lo mejor para la Iglesia. O de quienes reclaman el matrimonio para los curas, y ellos mismos lo desprecian; o pretenden igualarlo con otras uniones o perversiones de todo tipo. Grotesco espectáculo el de aquellos que no saben amar, ni al menos lo intentan en serio, pero se creen con derecho de dar lecciones a los curas y consagrados sobre cómo hacerlo.
    No menos inadmisible es el argumento de quienes, al pedir el casamiento de los sacerdotes, sostienen que así se evitarían la doble vida, y la pedofilia. Denuestan, por igual, el sacramento del Orden Sagrado y el del Matrimonio. Y reducen a este último a una mera dimensión genitalista; válvula de escape de fuerzas ciegas que, de otro modo, darían lugar a las más repugnantes aberraciones…
    No busco con estas líneas recordar el fundamento bíblico, patrístico, y magisterial del celibato. Ni tampoco mostrar los bellísimos frutos de santidad que de él derivaron, para el mismísimo Cristo y un ejército de santos, en dos mil años de cristianismo. No quiero, por lo tanto, extenderme en explicaciones que, cualquier persona bien intencionada y con sereno afán de conocimiento, tiene al alcance de su mano. Como dice mi querido sobrino Guido, en su frescura adolescente: Tío, no des tantas explicaciones. Los amigos no las necesitan y los enemigos no las creen…
    Quiero, de cualquier modo, dirigirme especialmente a los miles y miles de seminaristas, novicios, religiosas, monjes, diáconos, sacerdotes y obispos que, como yo, viven su celibato por el Reino (Mt 19, 12) con felicidad. Y a los millones de laicos que le agradecen al Señor el don del celibato para los consagrados. Y a los creyentes y no creyentes que, con honestidad, lo reconocen –aun sin saber explicarlo en palabras- como algo que excede lo natural, pero no por ello antinatural…
    SOY MUY FELIZ CON MI CELIBATO porque es un delicadísimo regalo de Dios; hecho para que busque amar, con el amor con que Él nos ama. Y, como tesoro precioso, procuro a cada instante agradecerlo, cuidarlo y traducirlo en concretísimas obras de bien, llenas de eternidad.
    SOY MUY FELIZ CON MI CELIBATO porque me hace plenamente esposo de mi amada Iglesia, y plenamente padre de los hijos que el Padre, en el Hijo, me regala. Y porque a ellos me doy por completo, sin hacerme descuentos ni guardarme nada.
    SOY MUY FELIZ CON MI CELIBATO porque lo sé enteramente sobrenatural; puro e inmerecido regalo de un Padre que se vale de mi pequeñez, y no de mis méritos, para mostrar su Amor. Y porque, junto a la pobreza y la obediencia, me hace enteramente libre para amar a todos; y mostrarles que vamos hacia el Reino de los Cielos, donde seremos como ángeles (Mt 22, 30).
    SOY MUY FELIZ CON MI CELIBATO porque no dejo de admirarme por tantos compañeros célibes que desbordan paternidad, esponsalidad, alegría y buenas obras. Y que demuestran, con silenciosos gritos, incluso desde bellos rostros y distintos atractivos, que no se resignaron a él por descarte, o por la imposibilidad de que alguien se fijara en ellos para formar una familia.
    NO SOY NI UN REPRIMIDO NI UN CASTRADO. Soy un redimido por Jesucristo; no por una corriente de materialista y oblicuo psicoanálisis.
    NO SOY NI UN REPRIMIDO NI UN CASTRADO. Soy un Diácono, en los umbrales del Sacerdocio. Conocedor sí, de ciertas renuncias, pero por una ganancia infinitamente mayor.
    NO SOY NI UN REPRIMIDO NI UN CASTRADO. Soy un discípulo de Jesucristo que, como Él, tiene también en la Cruz su momento de mayor felicidad.
    NO SOY NI UN REPRIMIDO NI UN CASTRADO. Soy un hombre que, antes de ingresar al Seminario estuvo, en dos ocasiones, a punto de contraer matrimonio. Y que, al elegir muy libremente el celibato, decidió mostrar de un modo distinto la riqueza de un amor que no se agota; y que colma de fecundidad a quien se deja abrazar por él.
    Rubén, un amigo ateo, también célibe, hincha de Newell’s como yo, muy simpático y –aunque él lo niegue-, en las puertas de abrazar la fe, suele repetirme que Uno de los argumentos más contundentes para creer en Dios y en el Cielo es el celibato. Porque si alguien es capaz de dejarlo todo –agrega- , es porque evidentemente existe algo bien grande, más allá de nuestras narices… Y remata, con su conocida agudeza: Pretender decir que el celibato es imposible es como si yo, que soy muy malo jugando al fútbol, dijera que nadie puede ser goleador y, mucho menos, como Messi. El problema es que yo no tengo condiciones. La culpa no es del fútbol…
    En este mundo en el que tantos maridos juegan a ser solteros, y tantos padres juegan a ser niños, los célibes nos prodigamos en una esponsalidad y paternidad sin límites. Y les mostramos, también, a los buenos esposos y padres que ellos, como nosotros, cada uno a su manera, estamos llamados a ser bien fecundos. Para que este mundo no se muera de orfandad. Y nos preparemos, con creciente alegría, para el mundo definitivo…”
     
    LAUS DEO!!!!!
Padre Santiago González
Nacido en Sevilla, en 1968. Ordenado Sacerdote Diocesano en 2011. Vicario Parroquial de la de Santa María del Alcor (El Viso del Alcor) entre 2011 y 2014. Capellán del Hospital Virgen del Rocío (Sevilla) en 2014. Desde 2014 es Párroco de la del Dulce Nombre de María (Sevilla) y Cuasi-Párroco de la de Santa María (Dos Hermanas). Capellán voluntario de la Unidad de Madres de la Prisión de Sevilla. Fundador de "Adelante la Fe".