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El costo del utopismo

En los tiempos que corren y la actual encrucijada en la que se encuentra el continente europeo: sufriendo atentados y violaciones, recibiendo masas humanas a fuer de refugiados, traicionando su propia historia y cultura… puede ser, como tantas veces, aleccionador atender a las enseñanzas del pasado histórico. Cuando las clases dirigentes parecen inertes e incapaces de entender lo que sucede, mirar hacia el pasado puede ser un buen ejercicio para encontrar respuestas.

La pre-guerra de 1914

La espiral de violencia que se desarrolló en el siglo XX tuvo su primer laboratorio masivo en la Primera Guerra Mundial. Aunque el centro de gravedad de la Guerra estuvo en Europa, todos los continentes, todos los océanos, se vieron implicados en ella. Cuarenta naciones participaron como beligerantes, pero las repercusiones alcanzaron a muchas más. Duró cuatro años y tres meses, y dejó por saldo 10 millones de muertos, más de 70 millones de hombres movilizados, 20 millones de heridos, ocho naciones invadidas, 12 millones de toneladas de buques enviadas al fondo del mar y 400.000 millones de dólares, son los datos más resonantes en cuanto a las pérdidas materiales. Sin embargo de mayor gravedad y trascendencia fueron las pérdidas morales, para las que no existen estadísticas posibles para contabilizarlas. Produjo el derrumbe del positivismo y la belle époque. Invadió con la angustia al arte, la literatura, la filosofía.

Winston Churchill recordó en sus memorias que “la primavera y el verano de 1914, en Europa, se caracterizaron por la tranquilidad excepcional” (2005, 87)[1]. Eric Hobsbawm, nos recuerda aquella expresión de Thomas Hobbes: “La guerra consiste no sólo en la batalla ni en el acto de luchar, sino en un espacio de tiempo en el que la voluntad de enfrentarse por medio de la batalla es suficientemente conocida”. Ante ella el historiador reflexiona: “¿Quién puede negar que esta ha sido la situación del mundo desde 1945? No ocurría lo mismo en los años anteriores a 1914: la paz era entonces el marco normal y esperado de la vida europea” (2011, 269-270). No es que no hubiera guerras: desde 1815 en toda guerra habían estado implicadas las potencias europeas pero estas elegían a sus víctimas entre los débiles y en el mundo no europeo. De este modo, si bien era admitida la posibilidad de una guerra europea general, preocupación de gobiernos y opinión pública, su realidad era vista como una mera posibilidad. Por eso, incluso en los días previos a la guerra, los estadistas no creían estar dando pasos hacia ella. “A partir de 1900 la guerra se acercó notablemente y hacia 1910 todo el mundo era consciente de su inminencia. Sin embargo, su estallido no se esperaba realmente” (Hobsbawm, 2011, 270).

Con Alberto Falcionelli hemos aprendido que:

“La historia diplomática de Europa, a partir de 1906, nos presenta motivos de complicaciones y de conflictos que van ampliándose y agravándose año tras año hasta desembocar en una situación tan insalvable que las naciones se encuentran hundidas en ella (…) hasta verse finalmente en la imposibilidad de retroceder. Ante este espectáculo (…) lo que más impresiona al observador es la ligereza con que los dirigentes de las naciones jugaron entonces con la vida, los bienes y el alma de los hombres transformados por ellos en meros peones pasivos de los intereses más egoístas que jamás se hayan enfrentado en la historia. De 1906 en adelante, todos los actos de las cancillerías europeas jalonan, en efecto, un camino que, fatalmente, lleva a la guerra y a la ruina de la humanidad y resulta dolorosamente escandaloso ver a aquellos a quienes los pueblos habían entregado las llaves del precioso y frágil templo de la Paz seguir alegremente ese camino” (1954, 388).

En esta suerte de indolencia de las clases dirigentes coinciden prácticamente todos los historiadores, también Hobsbawm señala que mientras “sólo algunos civiles comprendían el carácter catastrófico de la guerra futura, los gobiernos, ajenos a ello, se lanzaron con todo entusiasmo a la carrera de equiparse con el armamento cuya novedad les permitiera situarse a la cabeza” (273).

Como expone Calderón Bouchet:

“podemos afirmar que la mayor parte de esos ‘intereses egoístas’ estaban vinculados al expansionismo comercial y cada uno de los pueblos más poderosos trató por todos los medios de extender el área de su dominación a expensas de los otros. A esta situación que pone la guerra en el ámbito de la lucha capitalista, se debe sumar el espíritu belicoso que la propaganda omnipresente había sembrado un poco por todas partes en los diversos países de Europa” (1989, 109-110).

Para intentar comprender esos tiempos previos al estallido deberíamos considerar que: las guerras imperialistas eran vistas “como contingencias normales de la política internacional”; que las situaciones nacionales, cada vez más deterioradas, iban “escapando progresivamente al control de los gobiernos; que la “ausencia de límites” era el rasgo característico de la acumulación capitalista; que la “ecuación crecimiento económico y poder político ilimitado” era aceptada inconscientemente; que las potencias europeas evitaban enfrentarse entre sí pero “fuera del ámbito europeo, incluso las potencias más pacíficas, no dudaban en iniciar una guerra contra los más débiles”. Todo lo cual hizo que esa era de supuesta paz, “de civilización burguesa confiada, de riqueza creciente y de formación de unos imperios occidentales llevaba en su seno inevitablemente el embrión de la era de guerra, revolución y crisis que le puso fin” (Hobsbawm, 2011, 276-290).

Tras el asesinato del heredero al trono austrohúngaro Europa se precipitó en el espacio de un mes hacia la inmensa catástrofe. Desde 1914 a 1918 la mejor juventud europea se desangró en una lucha fratricida. La novedad de esta guerra fue, además de su extensión y sus mortales consecuencias, el odio ideológico con que los contendientes se enfrentaron (De Mattei, 2012). Como señala Calderón Bouchet:

“lo curioso y al mismo tiempo lo terrible de la guerra del ’14 fue la confusión espiritual de aquellos que la hicieron con toda conciencia y por la convicción de estar luchando por algún ideal más o menos utópico: por la democracia, por el socialismo, por el poder de la sangre contra la tiranía del dinero, por la civilización latina contra la barbarie germánica, o por los oscuros dioses de la mitología nórdica contra la decadencia de los países católicos” (1989, 114).

La Gran Guerra y el costo del Utopismo

“Ven, Señor, a vengar la gloria de Ti mismo…

Ven a traer amor y paz sobre el abismo”

Las premoniciones del poeta Rubén Darío se cumplieron en el verano de 1914. En el 10º de los Cantos de Vida y Esperanza (1905) había escrito: “un soplo milenario trae amagos de peste/ se asesinan los hombres en el extremo Este”. Probablemente el poeta habla en estos versos de la Guerra ruso-japonesa que sucedía desde 1904, pero muy probablemente no sólo habla de esta guerra. También escribe:

“la tierra está preñada de dolor tan profundo (…)

Verdugos de ideales afligieron la tierra.

En un pozo de sombra la humanidad se encierra

con los rudos molosos del odio y de la guerra”.

Acaba el poema con alma de creyente llamando al Señor de la Historia:

“Ven, Señor, a vengar la gloria de Ti mismo.

Ven con temblor de estrellas y horror de cataclismo.

Ven a traer amor y paz sobre el abismo”.

Darío invoca la venida del Señor por la Paz, pero en cambio vino la guerra. El poeta percibió, sin dudas, hacia dónde se dirigía esa humanidad “encerrada en un pozo de sombra”.

Escribe Díaz Araujo:

“el utopismo –La herejía perenne, que dijera Thomas Molnar– genera una gran capacidad destructiva, negadora de la realidad presente, asociada a un triunfalismo porvenirista irreductible, sus nefastos resultados en el campo político son bien conocidos. Impone, teórica y prácticamente, una tiranía totalitaria” (2004, 49).

En los años previos a la guerra, Europa inmersa en un bluff de autoconfianza se desenvolvía “en la ingenua suposición de que se habían dejado atrás para siempre los males y errores que afectan a los hombres después del pecado original” (De Mattei, 2014).

Está claro que no era así, por el contrario, la utopía del progreso indefinido y del racionalismo a toda costa, del laicismo y el capitalismo liberal, había convertido a la convivencia humana en el “hombre lobo del hombre” de lo que ya hablaban Plauto y Hobbes.

Prof. Andrea Greco de Álvarez

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Calderón Bouchet, R., 1989, La valija vacía; El poder espiritual y la Ideología, Ensayo para una interpretación, Mendoza.

Churchill, W., 2005, The World Crisis (1911-1918), New York.

De Mattei, R., 2014,  “I cannoni di agosto rombano ancora”, Il Foglio, Roma, 01/08.

De Mattei, R., 2012, “La ‘tregua di Natale’ del 1914”, Corrispondenza Romana, Roma, 19/12.

Díaz Araujo, E., 2014, La política del bien común, Mendoza.

Falcionelli, A., 1954, Historia de la Rusia Contemporánea, Mendoza.

Hobsbawm, E., 2011, La era del imperio, 1875-1914, Buenos Aires.

[1] “The spring and summer of 1914 were marked in Europe by an exceptional tranquility”.




Andrea Greco
Andrea Grecohttp://la-verdad-sin-rodeos.blogspot.com.ar/
Doctora en Historia. Profesora de nivel medio y superior en Historia, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina. En esta misma Universidad actualmente se encuentra terminando la Carrera de Doctorado en Historia. Recibió la medalla de oro al mejor promedio en historia otorgada por la Academia Nacional de la Historia. Es mamá de ocho hijos. Se desempeña como profesora de nivel medio y superior. Ha participado de equipos de investigación en Historia en instituciones provinciales y nacionales. Ha publicado artículos en revistas especializadas y capítulos de libros. Ha coordinado y dirigido publicaciones.

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