Esta mañana amanecí para toparme con dos sorpresas. Como de costumbre, me desperecé rumbo a la cocina con pasos inseguros, a prepararles el desayuno a los chicos, encendí la cafetera y, mientras se hacía el café, salí a tomar el fresco matutino. Diariamente, este ritual matinal me hace recordar dónde me encuentro —en la añeja ciudad de Norcia de la misteriosa Valnerina— y la razón por la que resido aquí. Desde el pórtico de mi casa puedo divisar el valle, sus arboledas y los pastizales de las ovejas en su fondo, y los campos propagándose ladera arriba en las montañas al lado opuesto. Ensimismada en el paisaje, escucho a las aves, aspiro el aire puro, considero la antigüedad del lugar y cuántas guerras y temores han pasado por aquí casi sin dejar huella alguna en sus habitantes.

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Oráculo de Delfos

Hoy, el frío me obligó a mantenerme de pie con la taza de café junto al pecho. El frío también había cubierto los picachos y las laderas altas con un manto blanquecino. No mucho, solo lo necesario para anunciar la llegada del invierno y de la época tranquila y silenciosa del pueblo. Los últimos turistas rezagados partirán pronto, dejándonos a solas con las ovejas, las vacas, los cuervos y los jabalíes, y quizá algún lobo huidizo.

Al fin entré, aún era temprano y porque, aparentemente, soy una masoquista, me metí en internet para ponerme al tanto de lo que ocurría en el mundo. Lo primero que encontré fue una alerta de seguridad del FBI advirtiendo a los turistas norteamericanos de no visitar la Basílica de San Pedro y otros «objetivos de alto relieve» en Roma el día de hoy. Este día, domingo 22 de noviembre, es significativo para ISIS ya que, en la Iglesia Novus Ordo al menos, hoy se celebra la fiesta de Cristo Rey. Ellos bien saben lo que significa, incluso si la mayoría de nosotros lo hemos olvidado.

Las noticias hablan de ocho «ataques coordinados» sobre objetivos en las principales ciudades de Europa. ¡Qué encantador! La mayoría de mis más íntimos amigos viven o trabajan cerca de San Pedro, y casi todos van a misa a unos cuantos metros de allí.

Fue en ese estado, llena de una combinación de irritación y desasosiego, cuando me puse mis botas y mi abrigo y salí con paso enojado pero firme a la última misa de año litúrgico. La homilía del padre fue convenientemente sombría:

Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación, predicha por el profeta Daniel, instalada en el lugar santo —el que lee, entiéndalo— 
entonces los que estén en Judea, huyan a las montañas;: 
quien se encuentre en la terraza, no baje a recoger las cosas de la casa; 
quien se encuentre en el campo, no vuelva atrás para tomar su manto. 
¡Ay de las que estén encinta y de las que críen en ese tiempo! 
Rogad, pues, para que vuestra huida no acontezca en invierno ni en el día de sábado. 

Los domingos tengo otro ritual. Después de misa voy a la ‘Enoteca Granaro del Monte’, en la calle Mayor, a tomar un té. Soy cliente habitual, y los dos tipos que trabajan en el turno del domingo, después de un año de unas prácticas esmeradas, han aprendido a preparar una taza de té decente que me sirven con pan tostado y mermelada casera. Casi siempre llevo mi libreta de apuntes, estoy en este momento sentada ahí revisando mis entradas previas:

«Domingo 13 de septiembre. Mañana es la celebración de la Exaltación de la Santa Cruz. Alguien ha mencionado que es extraño que catorce años después del 9-11 el Papa esté tratando de convencer a la cristiandad de rendirse ante los yihadistas. Con cuánta rapidez se ha vuelto el mundo tan extraño y quimérico». 

Durante mis primeros años de trabajo en el movimiento pro vida «sabíamos que algo terrible estaba a punto de ocurrir. Después del 9-11 todos empezamos a comprender exactamente qué forma tomaría ese algo. Y ahora estamos contemplando la hégira en el Mediterráneo. Más extraño aún, estoy en el umbral mismo y las violentas hordas invasoras no parecen acabar de transitar».

Desde septiembre la situación mundial ha llegado a tal punto que lo primero que hago en Internet ya no es visitar Facebook para enterarme de qué están haciendo mis amigos. Ahora voy directamente a Drudge, para saber si ya se ha producido el siguiente ataque.

El mes de noviembre, además de ser en la Iglesia el mes de los difuntos y las almas del Purgatorio, en mi casa ha sido el mes del documental de historia antigua. Inmediatamente después del Sínodo I caí postrada por un catarro furibundo que me dejó impedida para toda actividad, más allá de dormir, toser y ver documentales en YouTube. Sin embargo, no ha sido una pérdida total. Anoche terminé un artículo que posiblemente sea el más largo que jamás he escrito, comparando el derrumbe social de la  Edad de Bronce con  nuestra situación actual.

Otro documental que me llamó la atención fue uno sobre el Oráculo de Delfos, un templo dedicado al dios Apolo en Grecia, que durante más de mil años fue uno de los más importantes del mundo antiguo hasta que los terremotos clausuraron las fumarolas que emitían los «vapores» responsables de los trances de las pitonisas.  Uniformemente, desde los más necesitados hasta los ricos y poderosos, acudían al oráculo en busca de soluciones a sus problemas y enigmas. Algunas de sus respuestas son ya famosas y tienen cierto relieve histórico.

El oráculo era, de hecho, una joven llamada «Pitonisa» que sentaban en una banqueta de bronce alta, de tres patas, e instalaban en un recinto (hoy lo llamaríamos un respiradero geotérmico) donde manaban «vapores» o gases tóxicos que terminaban suscitando un trance. La pregunta del peticionario se la leían a la chica, quien balbuceaba alguna respuesta incomprensible y el sacerdote de Apolo a su lado «interpretaba» aquellas sentencias. Incidentalmente, todo este asunto me recuerda de manera muy vívida nuestra situación en la Iglesia. El narrador del documental resumió perfectamente bien este pontificado al señalar que «las respuestas enigmáticas del oráculo le permitían acertar en muchos casos, y si la persona que hace la pregunta malentiende, es culpa suya».

Se me ocurrió, después de dos semanas completas de documentales, que una de las razones por las cuales el mundo antiguo es tan fascinante se debe a que quizá está habitado por personas con una perspectiva vital orientada hacia lo sobrenatural muy parecida a la nuestra como católicos creyentes. De hecho, creo que cuánto más modernistas somos, más extraño e incomprensible aún nos parece el mundo antiguo. En la mente de aquellos pueblos, la realidad del «otro mundo», si se le puede llamar así, era tan real como la realidad cotidiana de su trabajo y sus estructuras sociales, tal y como lo es para nosotros.

Estaban bastante errados en muchísimos aspectos, mas su perspectiva supernatural fundacional y la manera en que ésta moldeaba sus vidas es algo que me infunde mucha simpatía. La idea de un materialismo puro, el anti trascendentalismo, las teorías de un universo plano, estilo «la tierra es plana», de los modernistas, los darwinistas y los secularistas, hubiese sido tan extraño para ellos como lo es hoy para nosotros. Probablemente parece excéntrico declarar que tengo más en común con peticionarios del oráculo de Delfos de la Edad de Bronce que con políticos europeos ateos contemporáneos, o con periodistas.

Esto me hace pensar en la advertencia emitida a noche por un grupo de activismo pirata en línea, que se identifica únicamente como «Anonymous», y que listó «Celebración de la Fiesta de Cristo Rey (Roma/mundial)» entre uno de aquellos bajo amenaza directa para hoy.

Después de misa le comenté al sacerdote  lo que había leído por la mañana en el buscador de noticias. Coincidimos en la idea de que resultó ser un acompañamiento apropiado a la lectura de la misa de hoy. Sorprende que los únicos que parecen comprender verdaderamente lo que está ocurriendo son los terroristas mismos —que tienen muy  claro que están enfrascados en una guerra en contra de la cristiandad, y contra la Iglesia católica y su prerrogativa a la supremacía temporal— y los tradicionalistas, que son los únicos católicos que quedan dentro de la Iglesia que aún comprenden lo que esto significa. A todos los demás este punto se les ha pasado por alto.
Son pasadas las 4:30 p.m. aquí, y hasta este momento no he recibido ningún mensaje de mis conocidos en Roma anunciando algún desastre, gracias a Dios.

El sacerdote me dice, «tendremos que contar con este tipo de cosas más y más.  Tenemos que estar preparados». Lo que quiso decir es que debemos estar espiritualmente preparados; vivir cada día como si pudiese ser el último de nuestra vida. Mas, para hacer lo necesario para prepararnos para la eternidad debemos también empezar a prepararnos psicológicamente. Necesitamos hacernos a la idea. Esta es nuestra nueva realidad.

Hilary White

[Traducido por Enrique Treviño. Artículo original]