Defensa católica de la disciplina firme en la educación de los hijos

Hace poco leí no sin cierta desgana un libro de reciente aparición The Myth of Good Christian Parenting (el mito del arte de ser buenos padres). Lo de mito está muy acertado. No es por la sagacidad de los autores, sino porque lo que han escrito se puede encasillar en el mismo género que la mitología griega: es pura fantasía. Página tras página de sandeces que se hacen pasar por competencia moral. Un sermón para padres endebles que confunden la firmeza con la tiranía. Al leer el libro se observa como el sentido común es arrojado por la borda con tópicos como trauma, maltrato, violencia y daños, hasta que se pierde todo sentido.

Antes de proseguir, es fundamental dejar claro que dar unos azotes a un niño no es violencia. Darle una palmada fuerte en el trasero no es lo mismo que cruzarle la cara con una correa. No es lo mismo disciplina que tiranía. Una azotaina es un signo de puntuación en una frase de la niñez; no en un párrafo ni en un capítulo. Es un momento que dice: basta. Durante generaciones dio resultado. No creó monstruos. Creó hombre y mujeres responsables capaces de discernir el bien y el mal y entender que el que la hace la paga.

En la actualidad, la labor de los padres ha sustituido la autoridad por afirmación de la personalidad. Son innumerables los progenitores que tienen miedo de los consideren unos ogros, que se mueren por caerles bien a sus hijos, por ser padres entretenidos; amiguetes en vez de protectores. Se pasan la vida vacilando y explicando sin cesar a críos de menos de dos años tonterías como que no metan los lápices en la tostadora. Por lo visto en algún momento se ha llegado a confundir amistad con amor. Nos hemos olvidado de que los niños no necesitan compañeros sino capitanes. Una embarcación no es gobernada por un comité, y a un niño no se lo cría mediante consenso.

Cuando yo era chico, mis padres me querían tanto que me daban azotainas. No con mucha frecuencia, sin crueldad, y casi nunca con enojo. Pero cuando me las merecía me las ganaba. Y la lección se me quedaba grabada con la fuerza de la cachetada. Aprendí que el que la hace la paga. Que una mentira dolía. Que una rabieta no quedaba impune. Llámenlo condicionamiento si quieren, pero en realidad es así como se forma el carácter. Los niños no nacen siendo unos angelitos. Son por naturaleza impulsivos y curiosos, y les gusta probarlo todo. La disciplina bien aplicada no aplasta el carácter; lo domeña.

Lo malo es que hoy en día el más mínimo ejercicio de autoridad se considera traumático. Mandar a un niño al rincón es tiranía. Hablar con tono severo es violencia verbal. La propia palabra violencia se ha deformado semánticamente hasta el punto de que ya tiene menos consistencia que la paciencia de hoy en día. En la actualidad lo mismo puede referirse a una agresión que a una mirada. Y en esta inflación moral se pierde de vista el verdadero maltrato. La jerga de la psicología se ha convertido en una de esas máquinas de efectos especiales que inundan la sala de humo hasta que ya no se distingue nada. No es casual está inflación semántica. Una cultura que difumina los límites en el lenguaje no tarda en borrarlos en la vida. Cuando cada acto de corrección se convierte en una forma de maltrato se vuelve imposible corregir.

Aquí la ironía cobra un aspecto siniestro. Una sociedad demasiado aprensiva para disciplinar a sus hijos termina castigándolos de todos modos, si bien más adelante y con más rigor. Eso se llama la vida real. El maestro cumple las reglas. El jefe no consiente a sus empleados. El juez no se enternece con el reo. La vida le dará la azotaina que no dieron los padres. Y entonces ya será tarde para que funcione la misericordia.

Lógicamente hay límites que nunca se deben traspasar. El padre que pega a su hijo con ira o sintiéndose humillado sí que hace daño. El maltrato no tiene nada que ver con el amor, no es otra cosa que dominio. La diferencia no es sutil. Es de orden espiritual. La disciplina tiene por objeto corregir; el maltrato busca imponerse. El corazón de un padre o una madre tiene que sufrir un poco cada vez que aplica un correctivo. Así se sabe que es cariño, no crueldad.

La distinción –en otros tiempos tan evidente– ha sido borrada por una generación que en todo límite no ve otra cosa que barbarie. Vivimos tiempos alérgicos a la autoridad, en una época en que se da culto a una forma muy melosa de ser padres como si fuera más verdad que el Evangelio. Pero este nuevo evangelio tiene como resultado algo peor que un breve dolor. Cría narcisistas. Estamos criando una generación de hijos a los que no se les puede decir que no sin que te pongan un pleito emocional. Conocen a la perfección el lenguaje de las heridas, pero han olvidado la sintaxis de la sabiduría.

Antes los padres temían que hijos pudieran llegar a pasar hambre; ahora les preocupa que no sean felices. Pero la infelicidad es parte del proceso de crecimiento y maduración. Lo que forma el carácter son las dificultades. En su forma más humilde y humanitaria, las azotainas fueron de los pocos medios que servían para superar la brecha moral entre dicho y hecho. Equivalía a decir: te quiero tanto que voy a detenerte ahora antes de que tengan que detenerte más tarde.

Los autores de The Myth of Good Christian Parenting despotrican contra las «estructuras familiares jerárquicas» como si una jerarquía fuera algo pecaminoso. Pero cualquiera que haya tenido una familia a su cargo sabe que tiene que haber alguien que lleve la batuta. No es tanto cuestión de patriarcado como de física. El caos llena todos los espacios vacíos de autoridad. Si el padre se baja del pedestal se sube el hijo. Y si el que manda en la casa es un crío de cinco años todos salen perdiendo.

No tienen otro argumento que la trillada mezcla de pseudociencia y fariseísmo. Insisten en que la disciplina física da lugar a resentimientos, miedos y rebeldía. Y qué curioso, la generación que sufrió palizas milagrosamente fundó familias, creó lazos sociales y no se divorcia. No albergan rencores, sino que abren puertas. Es posible, quién sabe, que los datos no revelen toda la realidad. Podría ser que la disciplina, lo mismo que la fe y el sentido común, no puedan cuantificarse, medirse o fabricarse con un molde.

En el concepto católico de la enseñanza, la disciplina nunca se ha entendido como crueldad. No es otra cosa que corregir con amor. Nos lo recuerda Proverbios 13,24: «Quien hace poco uso de la vara quiere mal a su hijo; el que lo ama, le aplica pronto el castigo». La vara no es un arma que se empuña con ira sino un símbolo de responsabilidad. Nos recuerda que amar sin orden es malcriar y que orden sin amor es tiranía. Santo Tomás de Aquino decía que el castigo está justificado cuando tiene por objeto restablecer el orden. Si se aplica bien, la corrección física no es venganza: es en realidad una obra de misericordia.

El modelo actual de crianza de los hijos, por el contrario, trata al niño como a un dios frágil, un pequeño ídolo al que hay que apaciguar con explicaciones y dejando que pase muchos ratos ante una pantalla. Nos recuerda la Iglesia que los niños no son ángeles, sino aprendices de virtud. La labor de los padres es como la de un sacerdote, no representan un papel. Su misión es corregir y, cuando haga falta, regañar. Amar a un hijo es prepararlo para el Cielo, no para la universidad.

La Cruz misma es el máximo acto disciplinario: sufrimiento aceptado en aras de la Redención. Si Dios librara a sus hijos de todo dolor no sería Padre. Del mismo modo, si los padres dejan de corregir, dejan de ser orientadores.

Nadie está diciendo que sea obligatorio darles un cachete a los niños. Los hay que responden a una palabra, y otros necesitan advertencias. Pero eliminar toda forma de autoridad so pretexto de amabilidad es negligencia moral. El camino de Damasco al error está pavimentado de excusas amables y de buenas intenciones.

La verdad es sencilla y profundamente católica. El amor necesita un orden. Y ese orden se llama disciplina. Es lo que evita que amar se vuelva consentir. La diferencia entre un hogar y un corral de ganado. Si la compasión es el motor en la labor de los padres, el volante es la corrección.

Por supuesto que mis padres me daban unos azotes cuando hacía falta. Y doy gracias a Dios por ello. Porque enseguida dejaba de doler, pero la lección se me grababa. No me crié temiendo a mis padres, sino respetándolos. No criaron una víctima de maltrato, sino un adulto. Cosa que por lo visto son cada vez son menos capaces de hacer los padres. Quién sabe si es ahí donde está el verdadero mito de lo que es ser un buen padre cristiano: en creer que tiene que ser agradable. No es así. Tiene que ser causa de bien. Y a veces ser bueno duele.

John Mac Ghlionn

(Artículo original. Traducido por Bruno de la Inmaculada)

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