La Iglesia, el cambio de paradigma y el escándalo de los Franciscanos de la Inmaculada

No hay más que una realidad joven en la tierra, y ésta es Cristo. Sus enemigos actuales, a fuerza de ser tan mediocres, nos permiten ver la estupidez del error. Nos lo hacen ver tal cual es: una nada complicada.”

Ernest Hello

La desgracia del hombre de hoy no es no creer en nada; sino, todo lo contrario, creérselo todo.”

Gilbert K. Chesterton

El caso de los Franciscanos y de las Franciscanas de la Inmaculada es uno de los más graves (por no decir el más grave) entre todos los escándalos que se han sucedido en la historia de la Iglesia después del Concilio Vaticano II. Seguramente es el caso más “paradigmático” de la “nueva era” preparada por los teólogos neomodernistas que dominaron el Concilio, impulsada por la pastoral postconciliar y, finalmente, establecida e impuesta como praxis oficial en la Iglesia de la “nueva evangelización” .

Por si alguno no cayera en la cuenta de lo que exactamente significa, recordemos que con la palabra paradigma se entiende el modelo cultural que define, determina, organiza y justifica todas las ideas y los conocimientos de una determinada sociedad en un determinado periodo histórico. Según los sociólogos y antropólogos (que tras su auge en las décadas 50-80 son ahora reducidos, gracias a Dios, a especies en vía de extinción) todo individuo y todo grupo social, para poder existir y funcionar, necesita de teorías que expliquen la realidad y la misma naturaleza humana. Estas teorías formarían parte de un bucle recursivo al que se le ha llamado de varias maneras: Weltanschauung, cosmovisión, modelo cultural dominante, núcleo ideológico prescriptivo, êthos, noosfera (concepto no de casualidad utilizado y difundido por Teilhard de Chardin) o paradigma.

Dado que el término paradigma fue extrapolado, en los años 60, del patrimonio filosófico para ser redefinido en el ámbito de la ciencia por el historiador y filósofo de la ciencia estadounidense Thomas Kuhn, es el que más ha entrado en la moda lingüística de la posmodernidad, precisamente por su halo de cientificidad y, por lo tanto, de infalibilidad. Tanta es la autoridad que el “paradigma posmoderno”(1) atribuye a la misma palabra “paradigma” (¡cual fuera un mantra mágico!), que el Cardenal Kasper no dudó en recurrir abundantemente a ella para justificar el nuevo rumbo que la Iglesia debería adoptar en cuestiones de doctrina moral cuanto presentó su relación en el Consistorio del pasado febrero. Varias voces subrayaron ya en ese momento que detrás del “cambio de paradigma”, en realidad, no había más que otro acto de aquel drama (o “teodrama”, si queremos citar a uno de los teólogos más estudiados en los seminarios postconciliares como Hans Urs von Balthasar) constituido por la apostasía de la Iglesia a partir de sus más altas jerarquías.

Desde que la Iglesia abandonó su función connatural de guía no sólo religiosa, sino también y sobre todo cultural y política de la sociedad; desde que abjuró de su rol de Maestra, se ha convertido en una titubeante alumna seducida por las modas culturales que, como cualquier modelito, se imponen a través de machaconas campañas publicitarias y luego se tiran cuando ya no pueden dar más de sí para poder vender otros productos más novedosos. La que, durante siglos, fue Mater Sapientiae es ahora una hija insegura, hasta un poquitito retrasada, afectada por sentidos de inferioridad y fuertes complejos de culpabilidad, para encubrir los cuales se amolda, con el máximo “conformismo” posible, al paradigma de cada momento histórico. Pero su trastorno (antes hubiéramos dicho neurosis, pero ya sabemos que la posmodernidad liquidó a Freud y a los ejércitos de psicoanalistas, desterrándolos, gracias a Dios, en el desván de las antiguallas) es tan agudo que no le deja ver que siempre llega demasiado tarde: abraza un paradigma cuando éste ya está casi desapareciendo o incluso ya ha sido suplantado por el siguiente, más “nuevo” del que fue “nuevo” hace sólo muy poquito tiempo…

Es así como la Iglesia, mientras espera ser aceptada por el mundo exhibiendo su plena conformidad con él, con el paradigma que él adopta e impone en cada época, siempre se queda rezagada y, jadeando, intenta recuperar el terreno perdido alardeando de las ideas más “innovadoras” (o, mejor aún, revolucionarias), a pesar de que esas mismas ideas estén destinadas a caducar en un santiamén. Porque además es cierto que la duración de cada paradigma es cada vez más corta, pues motus in fine velocior (o sea, “el movimiento se hace más veloz en el final”). Por lo que, nunca como en nuestros días resulta acertada y actualísima aquella sabia máxima que recuerda que sólo los que persisten en la tradición son y serán siempre verdadera y auténticamente “modernos”, porque no se dejarán zarandear por los caprichos de las modas o, dicho en otras palabras, no se dejarán fagocitar por el paradigma del momento.

Pero volvamos al caso de los Franciscanos de la Inmaculada. El nuevo curso inaugurado por el nuevo pontificado debía desmarcarse lo más posible, desde el primer momento, del anterior reinado de Benedicto XVI. O, mejor dicho, de lo que la maquinaria propagandística dedicada a la construcción de la “imagen” de la “nueva” gobernanza del Vaticano, procuró resaltar como lo más característico del anterior pontificado: retorno a la liturgia antigua “tridentina” y “preconciliar” (con el Motu Proprio “Summorum Pontificum” del 07.07.2007), demasiadas concesiones a los lefebvristas (con el levantamiento de la excomunión de los cuatro Obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, el 24.01.2009) y, en general, un giro hacia la Tradición que se consideraba incompatible con la Iglesia postconciliar y con la “nueva evangelización”. Los signos que esta “nueva” Iglesia quiso dar y sigue dando, desde la “fumata blanca” del 13 de marzo de 2013 hasta hoy, van todos en una misma dirección que apunta a la ruptura con la Tradición en la doctrina y en la liturgia (que se desea total y definitiva) y una completa adhesión al paradigma dominante en nuestra actualidad. Ya no es la Iglesia que debe cambiar el mundo para convertirlo a Jesucristo, que “es el mismo ayer y hoy, y lo será siempre” (Hebreos 13, 8), sino que es el mundo que cambia a la Iglesia y la convierte a su paradigma, el cual era distinto ayer y cambiará seguramente mañana.

Para una Iglesia ansiosa de novedad que, como ha demostrado el reciente Sínodo sobre la familia, procede hacia su completa disolución en el mundo, los Franciscanos de la Inmaculada representaban un gran escándalo. No estará de más señalar que escándalo deriva del sustantivo griego skándalon que significa no uno de los obstáculos que se pueden evitar fácilmente después de haber chocado contra ellos la primera vez, sino un “obstáculo paradójico” que es casi imposible evitar, tanto que cuanto más se rechaza, más nos atrae y, por lo tanto, más tropezamos con él. El máximo del escándalo, como nos recuerda San Pablo, se alcanza en la Cruz, signo extremo de contradicción contra el que tropiezan una y otra vez precisamente aquellos que quieren rechazarla y hasta pretenden erradicarla de la existencia.

Los Franciscanos de la Inmaculada representaban la vitalidad del escándalo de la Cruz en una Iglesia empeñada primero a disimularla, luego a ocultarla y, finalmente, si fuera posible, a borrarla de su historia y de la historia del mundo. Desde que en 1969 el Padre Stefano Maria Manelli (hijo de dos siervos de Dios e hijo espiritual de San Pío de Pietrelcina), en la estela de la invitación conciliar a volver a las fuentes originarias para reavivar la vida religiosa, fundara una pequeña comunidad franciscana, la Congregación de los Franciscanos de la Inmaculada floreció hasta ser reconocida en 1998 de derecho pontificio. A finales de 2012 se contaban 384 frailes (en 55 comunidades) y 400 monjas (en 48 conventos), además de muchos grupos de terciarios con votos.

En el invierno eclesial que se abatió sobre la Iglesia tras el Concilio Vaticano II, los Franciscanos y las Franciscanas de la Inmaculada eran uno de los pocos “brotes verdes” en el gélido panorama de abandono de la vida religiosa y de apostasía generalizada. Su caso era la prueba fehaciente que precisamente la austeridad y pobreza evangélicas, el testimonio coherente de oración y penitencia, el seguimiento de la Tradición de la Iglesia Católica y, sobre todo, la fidelidad a la Cruz siguen atrayendo no sólo a vocaciones jóvenes, sino a toda alma sedienta de encontrase con Cristo en su Iglesia.

Pero todo esto, si Dios no lo remedia, pertenece al pasado, y por tanto el uso del pretérito es inevitable. A partir del 11 de julio de 2013, cuando el Cardenal João Braz de Aviz, Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, firmó el Decreto que ponía a los Franciscanos de la Inmaculada bajo las órdenes de un Comisario Apostólico, el Rev. Padre Fidenzio Volpi (O.F.M. Cap.), la destrucción de todo lo sembrado y construido por los dos fundadores, Padre Stefano Maria Manelli y Padre Gabriele Maria Pellettieri, junto con la inmensa mayoría de frailes y monjas del Instituto, ha sido implacable y, de momento, irreversible.

La Iglesia que distribuye “misericordina” en sobredosis y que ha trocado el Decálogo de Dios por “diez consejos para ser felices”, sin embargo ha sido una apisonadora inexorable con un Instituto religioso cuyo crimen principal era celebrar también, pero no exclusivamente, la Santa Misa según el Vetus Ordo, aplicando lo establecido en el Summorum Pontificum, como expresión de aquella “hermenéutica de la continuidad” de la que ahora ya nadie se acuerda…

Aquella misma Iglesia que derrocha tolerancia con cardenales masones, monjas proabortistas, curas casados y diáconos homosexuales (por supuesto acompañados de su regular pareja), porque como dijo alguien “¿quién soy yo para juzgar?”, esa Iglesia cuya teología estará sí de rodilla, pero no ante Dios sino ante el “nuevo paradigma” del mundo, no duda en desempolvar métodos que pueden recordar los de la Inquisición. Con una diferencia fundamental: mientras que la Inquisición velaba por la salvaguarda de la fe, la “nueva” inquisición de la “nueva” Iglesia persigue sin piedad a los que la fe la quieren salvar a costo de su propia vida.

El “caso” de Franciscanos y Franciscanas de la Inmaculada no se ha cerrado. Ni es el único. Lo que se ha puesto en marcha con ellos es una persecución interna que ya ha cosechado otras víctimas. Los medios de comunicación extraeclesiales y la infinita mayoría de los intraeclesiales, especialmente los de lengua española, o aceptan sin cuestionar la versión oficial o, en el mejor de los casos, desconocen los detalles de la estrategia elaborada para erradicar aquellas “sensibilidades” eclesiales que resultan intolerables para una Iglesia tolerante con todos excepto que con los que quieren seguir siendo católicos “de siempre”. Así que, en los artículos siguientes, intentaremos dar a conocer a los lectores hispanohablantes los recovecos del guión de un drama que aún sigue abierto y cuyo final concierne no tanto y no sólo a un determinado Instituto religioso, sino al futuro del entero Cuerpo Místico de Cristo. Porque si a unos pobres frailes y a unas humildes monjas entregados a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, en oración, penitencia, obediencia y apostolado, les ha caído encima esta persecución, ¿qué le pasará a cualquiera, religioso o laico, que no quiera arrodillarse ante el paradigma del mundo? Como dijo el Señor a la mujeres que lloraban y se lamentaban por Él:

«Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos, porque vendrán días en que se dirá: “¡Dichosas las estériles, los vientres que no engendraron y los pechos que no amamantaron! Entonces comenzarán a decir a los montes: “¡Caed sobre nosotros!”, y a los collados: “¡Sepultadnos!”. Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco, ¿qué se hará?» (Lc 23, 28-30).

María Teresa Moretti

1. Si alguien se preguntara en qué consiste ese dichoso “paradigma posmoderno”, diríamos que se caracteriza por los siguientes aspectos: rechazo de toda metafísica y, más en general, de la tradición filosófica occidental en su vertiente clásica; secularización radical y dictadura del relativismo; caída de los grandes “metarrelatos” de la Modernidad; fin de la Historia; obsesión epistemológica por el fragmentarismo; disolución del sujeto y “muerte del hombre”; destrucción del lenguaje; gobernanza global de la “megamáquina” tecnocientífica y financiera; licuefacción de las estructuras sociales y de todos los valores; reconocimiento de la “alteridad” y multiculturalismo; totalitarismo de la “tolerancia”; holismo y hologramatismo; complejidad y performatividad. Este paradigma está agonizando, después del 11S y de la crisis económica estallada en 2008.

María Teresa Moretti
Nacida en Italia, vive y trabaja desde hace más de veinte años en España. Es profesora de nivel universitario. Doctora en Antropología Social y Cultural, se ocupa de las problemáticas relacionadas con la transformación de los paradigmas que afectan a las concepciones de la naturaleza humana y del cuerpo, así como de las manifestaciones literarias y artísticas de la llamada “posthumanidad”.