El comienzo del Evangelio de la Misa de este III Domingo de Pascua (Lc 24, 35-48) nos resume en pocas palabras la aparición de Jesucristo a dos discípulos que iban camino de la aldea de Emaús la misma tarde del Domingo de la Resurrección.

Al volver al lugar en que se encontraba el resto de los Apóstoles y los demás discípulos, relatan lo que les ha sucedido «y cómo se hizo conocer de ellos en la fracción del pan» (v. 35). Jesús les había explicado el sentido profundo de la Sagrada Escritura, de las Profecías que muchos siglos antes habían anunciado su muerte y resurrección. Luego, a la mesa, el Señor tomó un pan, lo bendijo y se lo dio a los dos discípulos. Entonces se abrieron sus ojos; es decir, reconocieron en el aire, en las facciones del rostro, en la voz que el que les hablaba era verdaderamente el mismo Jesucristo.

No se puede afirmar con certeza que en esa fracción del pan Jesucristo celebrara la Eucaristía  —como dicen muchos santos Padres e intérpretes[1]—, pero, al menos, puede verse con toda claridad en la narración evangélica de este hecho una figura de dicho sacramento. Por eso, comentando el episodio de los discípulos de Emaús podemos considerar la importancia que tiene para nuestra vida cristiana la asistencia y participación en el Santo Sacrificio de la Misa en el que se presenta a la Majestad divina el sacrificio vivo, puro y santo, ofrecido en el Calvario una vez para siempre por el Señor Jesús.

  1. «Oír Misa entera todos los domingos y fiestas de guardar». Este es el primer mandamiento de la Iglesia que concreta así el precepto contenido en la Ley de Dios: «Santificarás las fiestas». Este mandamiento regula un deber esencial del hombre con su Creador y Redentor: dar culto a Dios, reconociendo su dominación suprema y absoluta y adorándole con entera sumisión.

Después de la Resurrección, el primer día de la semana fue considerado por los Apóstoles como el día del Señor (dominica diez). En el domingo, día dedicado a Dios –por haber sido el día de la Resurrección de Jesucristo- le damos culto especialmente con la participación en el Sacrificio de la Misa. Ninguna otra celebración llenaría el sentido de este precepto.

Por tanto, hemos de procurar, mediante el ejemplo y el apostolado, que el domingo sea «el día del Señor, el día de la adoración y de la glorificación de Dios, del santo Sacrificio, de la oración, del descanso, del recogimiento, del alegre encontrarse en la intimidad de la familia»[2].

2.- La asistencia a la Santa Misa no puede limitarse a estar materialmente presentes como si eso bastase para cumplir el precepto. Para oír bien y con fruto la santa Misa son necesarias dos cosas: modestia en el exterior de la persona y devoción del corazón[3].

La modestia de la persona consiste de un modo especial en guardar silencio y recogimiento y en guardar las actitudes corporales debidas.

La mejor manera de practicar la devoción del corazón mientras de oye la Santa Misa es la siguiente:

  • Unir desde el principio nuestra intención con la del sacerdote, ofreciendo a Dios el santo sacrificio por los fines para los que fue instituido.
  • Acompañar interiormente al sacerdote en todas las oraciones y acciones del sacrificio.
  • Meditar la pasión y muerte de Jesucristo y aborrecer de corazón los pecados que fueron causa de ella.
  • Hacer la comunión sacramental, o al menos la espiritual[4].

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¡Señor mío y Dios mío!: Esta exclamación de Santo Tomás con la que reconoce y adora a Jesucristo resucitado, es la mejor expresión de cómo debe asistir el cristiano a la Santa Misa.

Por los méritos e intercesión de la Virgen María y de los sacerdotes santos le pedimos al Señor fe viva en este misterio que es prenda de vida eterna.

Padre Ángel David Martín Rubio

[1] «También dio a entender otra cosa, a saber: que se abren los ojos a quienes comen de este Pan para que puedan conocer al Señor. En verdad es grande el poder de la Carne de Jesús» (Teofilacto). «Hasta que llegó al misterio del Pan, dando a conocer que cuando se participa de su Cuerpo desaparece el obstáculo que opone el enemigo para que no se pueda conocer a Jesucristo» (San Agustín, De conc. evang. lib. 3, cap. 25). Cit. por Catena Aurea.

[2] PIO XII: (7-septiembre-1947).

[3] Cfr. Catecismo mayor de San Pío X, IV, cap. 5

[4] «Comunión espiritual es un gran deseo de unirse sacramentalmente a Jesucristo, diciendo, por ejemplo: “Señor mío Jesucristo, deseo con todo mi corazón unirme a Vos ahora y por toda la eternidad”, y haciendo los mismos actos que preceden y siguen a la comunión sacramental» (Ibid.).

Padre Ángel David Martín Rubio
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU, en la que fue profesor. Actualmente es Canónigo Archivero de la Catedral de Coria, Vicario Judicial y Profesor. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y del portal "Desde mi campanario".