“Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los reconoceréis.”  Mateo 7, 15-20

Imaginemos por un momento una boyante empresa, repleta de buenos resultados y con una clientela fiel. Por los lógicos avatares de la vida el gerente fallece, y el sucesor decide convocar un gran congreso interno para actualizar sus productos, y hacerlos más acordes con el mundo moderno. Allí, entre aplausos peloteriles y discusiones, se concreta redefinir su producto estrella, darle un nuevo aspecto, un nuevo y genial envoltorio que piensan será más atractivo para el hombre actual y disparará sus beneficios.

Desde ese momento, lo que era un negocio próspero y lucrativo, se desinfló en picado en todas las estadísticas al punto de casi desaparecer. Tras fallecer el gerente promotor, su sucesor, lejos de identificar el origen del mal en el clarísimo momento del “congreso”, no se le ocurre otra cosa que exaltar el congreso como fuente de toda esperanza y poniéndose aplicar aún más esas nuevas ideas al producto, adjudicando la caída de resultados a factores “externos”, y así un gerente, y otro, y otro… mientras, los números continúan en descenso imparable.

¿A alguien con dos dedos de luces se le podría ocurrir determinar que la caída de la empresa no ha sido culpa directa de tan desastroso congreso y los gerentes que lo pusieran en marcha, ya sea por omisión o acción ?

Esto es exactamente lo que viene sucediendo en la Iglesia en los últimos 50 años. Creo que a estas alturas los hechos son ya tan clamorosos que hay que estar realmente ciegos, o tener mala fe, para no querer identificar el origen de la crisis. Y el pistoletazo de salida es IN-DIS-CU-TI-BLE: el Concilio Vaticano II.

Poco importan las intenciones que hubiera o dejara de haber, que siempre han de presumirse buenas. Sinceramente, pasados ya tantos años, da exactamente igual si los textos eran intachables, confusos, ambiguos, ortodoxos, heterodoxos o como queramos llamarlos. El papel lo aguanta todo en este tipo de discusiones. Lo que es indiscutible, señores y señoras, es que ha pasado ya ¡¡medio siglo!! de desvaríos con un origen clarísimo en ese punto de partida, y que no cabe más que concluir que lo que quiera que allí pasara, llamémosle y vistamos al santo como queramos, ha sido y provocado un desastre de proporciones épicas. Si directa, indirecta, con bombas de tiempo o nucleares, sinceramente, ya da igual, porque contra hechos no hay argumentos, y los hechos no tienen discusión alguna. Ya no es una cuestión de opiniones, es una mera constatación histórica de hechos, y del origen de los mismos.

Todos los intentos de demonizar con descalificaciones burdas  a quienes señalan este origen, que si neolefebvristas, o neolefebvrianos -que siempre queda mejor por la connotación sectaria de la palabra-, no hacen más que esconder la raíz de la crisis, y pues la solución, y, en la mayoría de los casos, revelan una profunda deshonestidad intelectual de quienes lo dicen.

Así que adelante, señores, sigamos aplaudiendo y aplaudiendo al Rey desvestido, paseándolo de calle en calle entre guitarras y globos de fiesta. Parece que nadie se atreve a decir lo que todos ven, que ese señor va completamente desnudo, y hay que vestirle… pero nadie lo hace.

Miguel Ángel Yáñez