Cuando el dragón se vio precipitado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz el varón. Pero a la mujer le fueron dadas las dos alas del águila grande, para que volase al desierto, a su sitio, donde es sustentada por un tiempo, (dos) tiempos y la mitad de un tiempo (…) Y se enfureció el dragón con la mujer, y se fue a hacer guerra contra el resto del linaje de ella, los que guardan los mandamientos de Dios, y mantienen el testimonio ed Jesús. Y apostóse sobre la arena del mar.” – Apocalipsis de  San Juan 12,13-17.

A pesar de ser ya mediados de octubre, Roma está calentándose. En medio del llamado Sínodo sobre la Familia, escándalo tras escándalo continúan desgarrando a la Roca. Y esas grietas dejan ver con la mayor claridad a los fieles el desagradable núcleo de la realpolitik de la jerarquía herética.

Cuando los lectores de este periódico vean estas palabras, estaremos en Roma cubriendo la conclusión del Sínodo sobre la Familia. ¿Qué sucederá? Solo Dios lo sabe. En el punto en que estamos en parte esperamos llegar justo a tiempo para sacar algunas fotos del asteroide que enviará Dios para terminar con esta locura modernista de una vez por todas.

¿Es esencial que estemos en Roma para presenciarlo? Creo que no, y sin embargo un generoso benefactor consideró conveniente enviarnos allí con el propósito concreto de hacer todo lo que podamos, por poco que sea, para recordar a los príncipes de la Iglesia su sagrado deber ante Dios. Vamos a la ciudad eterna con el corazón lleno de temor.

¿Por qué temor? Porque el edificio entero de la historia santa, mística e intelectual de la Iglesia Católica Romana parece que está a punto de ser demolido. Este acto de repugnante estupidez y fundamentalismo modernista no lo están realizando terroristas ataviados con turbantes en algún lugar del Próximo Oriente, sino clérigos ataviados de sotanas en el corazón de la Cristiandad, en la misma Roma.

¿Podría ser, se preguntan muchos, que a pesar de todos los pretendidos enfoques sobre la “familia”, este llamado Sínodo sobre la Familia no sea otra cosa que un intento de cambiar la doctrina católica y abrir las compuertas a Dios sabe qué género de depravaciones? Tal vez hasta los curas se vean saliendo pronto del armario y casándose entre ellos si así lo quisieren. O quizás embarcándose en aventuras amorosas, citas habituales, incluso con otros hombres, todo ello mientras siguen siendo parte del clero y tienen libertad para hacer y enseñar lo que quieran dentro de sus respectivas jurisdicciones.

Se acabaron las reglas dictadas por Roma. Basta de universalidad, catolicidad y moralidad. Y se acabaron las limitaciones impuestas por la Biblia. Es un sueño hecho realidad: un golpe de estado de la jerarquía modernista que trae la libertad y los “derechos humanos” gracias a una relatio.

A pesar de tanta reacción por parte de obispos y fieles, Francisco parece totalmente resuelto a continuar por un rumbo que, muchos temen, resultará inevitablemente en el resquebrajamiento de la Iglesia Católica. La verdad es que en el avión de vuelta de los EEUU a Roma, Francisco bromeó contando que una anciana católica muy estricta había considerado la posibilidad de que él fuera el Anticristo; como motivo para creerlo, alegaba que viste zapatos negros en lugar de rojos.

Esta reducción escandalosamente simplista de la preocupación de aquella devota mujer por del color de los zapatos del Papa es francisquista a más no poder. ¡Desde luego que nadie va a pensar que sea el Anticristo por el color de sus zapatos! Y, sin embargo, se burla de la falacia del hombre de paja sobre una ancianita que, como muchos de los que vivimos en el mundo real, cree que esas simbólicas rupturas con la tradición no presagian nada bueno.

Pero hay muchas razones bastante más serias por las que los fieles católicos estamos preocupados por la legitimidad de los motivos y comportamientos de la jerarquía actual. Por cierto, el Apocalipsis nos habla en efecto de un periodo de tres años y medio durante el que la Iglesia se verá obligada a la clandestinidad y los fieles serán perseguidos. El perseguidor será una falsa ideología, una ideología que no reconoce pecado alguno sino lo pecaminoso de la fidelidad misma. Una ideología de placer y felicidad, una religión contraria a los conceptos de pecado y sufrimiento. Sólo hay que perseguir a los buenos: los que observan la doctrina y las palabras de la Biblia.

Y así, si se compara este estado de cosas con lo que está sucediendo en este momento en la Iglesia de Roma, desde luego que habría una buena razón para preocuparse. Escándalo tras escándalo rezuman de las llagas de la clara descomposición del Cuerpo de Cristo, y aun así los médicas del hospital de campaña de la misericordia no hacen nada para aliviar el dolor del Señor. Echan sal en sus heridas criticando a los fieles y condenándolos al Infierno.

Uno no necesita –ni debería, no sea que resulte más escandaloso– enumerar tantos escándalos. Así que veásmoslos someramente:

  1. Los escándalos de pederastia
  2. La renuncia del cardenal Keith O’Brien en Escocia por sus contactos sexuales con seminaristas.
  3. Un sacerdote y un exfranciscano demandándose mutuamente por la posesión de un terreno después de una mala “separación”.
  4. La designación para el Sínodo por parte de Francisco del cardenal belga Godfried Danneels, que fue grabado cubriendo casos de pederastia de sus obispos y es la imagen simbólica del encubrimiento de los abusos sexuales del clero.
  5. La salida de armario hace dos semanas del “padre” Charamsa, veterano del Santo Oficio en Roma.
  6. Esta misma semana, la revelación sobre sacerdotes pastilleros de Roma que pagan por los servicios de prostitutos.

Se podría añadir mucho más, por supuesto. Con estos escándalos, sólo cabe preguntarse si hay una pauta común, un hilo conductor. ¡Claro que sí! Hasta un niño pequeño lo vería, pero no dejaríamos que un niño pequeño se acercara tanto.

La cosa está tan mal que Francisco ha pedido perdón por “escándalos recientes” sin nombrarlos. Sin embargo, el Papa del “quién soy yo para juzgar” parece cuanto menos incapaz de dominar la situación y, en el peor de los casos, hasta cómplice de ella. Cuesta creer que pida perdón por los pecados en cuestión, cuando por lo visto él ha elaborado una nueva teología de la misericordia que ya no reconoce el pecado.

En este sentido, quizás el mayor escándalo de todos haya sido el reciente esfuerzo por representar a la doctrina católica como si fuera antigay. Desde luego que no lo es ni lo ha sido jamás: es provida y profamilia. Toda conducta sexual ajena al matrimonio tal  como fue instituido por Dios es un pecado grave; en estado de castidad, la orientación sexual no tiene importancia.

Independientemente de la situación doctrinal, otro designado por Francisco, el cardenal Blase Cupich, declaró en una conferencia de prensa reciente que era su deseo que los adúlteros y los que participan en relaciones extramatrimoniales pudieran acceder a la Eucaristía. Dijo que si los homosexuales y los que participan otros pecados graves se acercan a comulgar “en buena conciencia”, considera que su misión como cardenal es “visitarlos”, “acompañarlos” en el camino de su vida. En ello no hay nada de Cristología, nada del concepto de conciencia que expuso el cardenal Newman; nada de la fe católica.

Más aún, incluso se habla en el Sínodo de delegar la autoridad para crear doctrina a las iglesias nacionales, o como prefirieron llamarlas para disimular el solapado protestantismo, “conferencias episcopales”. El sábado 17 de octubre, en un acto conmemorativo del 50 aniversario del Sínodo de obispos, Francisco pidió una “saludable descentralización”. Lasta el momento se desconoce qué entiende por descentralización, pero la autoridad doctrinal y unificadora petrina no puede delegarse ni legal ni teológicamente. Intentarlo constituiría una rebelión contra la catolicidad y la universalidad.

¿Es eso lo que quiere Francisco?

El deber y la autoridad de Pedro consisten en definir y establecer la unidad de la doctrina en toda la Iglesia. Es un deber y una autoridad exclusivas del cargo que ocupa en la Iglesia el sucesor de San Pedro, y toda decisión de delegar la autoridad para atar y desatar es imposible; por su propia naturaleza reside en Pedro, y su deber y su autoridad no admiten delegación y son inherentes al cargo.

¿Se da siquiera cuenta de esto Francisco?

Trece cardenales han escrito al Papa advirtiéndole del campo minado sobre el que pisa y del intento de manipular el Sínodo manipulando el reglamento. Fue un gesto filial, un pedido de ayuda, una solicitud de que se les dejase hablar. Pero el primer martes del Sínodo Francisco denunció abiertamente a los que pregonan una “hermenéutica de la conspiración”. ¿Se deberá agregar ahora a esos trece cardenales a la lista de los que necesitan una reprimenda papal, quizás incluso alguna burla de las típicas de Bergoglio para perplejidad de los medios?

No hay hermenéutica de conspiración alguna. No, y quien tenga ojos para ver que vea. No recuerdo si fue Orwell o Wittgenstein quien dijo que cada vez que se quiere cambiar el lenguaje es que se quiere expresar una nueva idea subyacente. El Sínodo sobre la Familia quiere un lenguaje “más amable”, una práctica pastoral que está en conflicto con la doctrina. Pero, como señala Rorate Caeli, el 17 de octubre el arzobispo Stanislaw Gadecki escribió en el sitio web de la Conferencia Episcopal polaca que hablar de separar la doctrina de la práctica es un absurdo, un imposible, una simple treta para expresar una nueva teología que choca con la que ha sido la doctrina de la Iglesia desde su fundación.

Prácticamente todos están repitiendo que no habrá cambio doctrinal alguno, pero eso se entiende de diferentes maneras. Ahora bien, si se le añade a este primer grupo que los cambios en la disciplina son posibles, eso significa en la práctica quese anula la estabilidad doctrinal. En mi opinión, no se puede hablar de separar la práctica de la Iglesia de su doctrina, de sus enseñanzas. Son inseparables. Tengo la impresión de que muchos partidarios de esta modernidad están en realidad pensando cambiar la doctrina, pero llamándolo una modificación de la disciplina de la Iglesia. Es un punto alarmante en estas discusiones, porque se destaca vigorosamente: “aceptamos toda la doctrina”, pero a continuación se da a entender que la doctrina no tiene nada que ver con ello. Me preocupa enormemente, porque unos y otros están diciendo que no quieren cambio alguno en la doctrina. ¿De dónde pues, surgen estas prácticas contrarias a la doctrina?

Entonces, cuando el cardinal Pell recalcó ésta obviedad en el aula del Sínodo y las consecuencias inevitables de este camino que el Vaticano parece seguir empecinadamente,. Francisco respondió al día siguiente. En su homilía del 15 de octubre, lanzó otra crítica más a los doctores de la ley. La homilía de Francisco es sumamente reveladora  y extraordinaria. Demuestra que en efecto tiene una nueva teología, inédita en la Iglesia. Su homilía de ese día tiene un tono apocalíptico y condena al Infierno a quienes creen en la milenaria doctrina de la Iglesia.

La homilía de Francisco se debe leer con cuidado, dado que es notable por muchas razones. A la luz del papel crucial que desempeña doctrinalmente San Pablo en el aspecto del pecado grave y la recepción de la Eucaristía, la homilía de Francisco intenta pasar por alto toda limitación, con una reintepretación que hace irreconocible al Apóstol de los Gentiles. Peor aún: la homilía es casi declaradamente luterana con su evidente énfasis en la salvación por la sola fe, en contraposición con la fe y las obras. Y es extraordinariamente hostil a los fieles católicos tradicionales.

La larga cita que ponemos a continuación es de Vatican News, y nos disculpamos de antemano por su longitud, pero todo lo que se diga es poco para resaltar la importancia de lo que dice Francisco. Las lecturas del día eran San Lucas 11, 47-54 y Romanos 3, 27-30 (se omitió el versículo 31, que dice que la fe no anula la ley de las obras sino que la sostiene):

[Explicando porque San Pablo estaba enojado] Francisco dijo que el Apóstol “defendía la doctrina, que era un gran defensor de ella, y que esta molesto por los que no la toleraban”. ¿Qué doctrina? “La gratuidad de la salvación”. Dijo Francisco que Dios “nos salva gratuitamente, y nos salvó a todos”. Mientras había grupos que decían: “No, salva a tal persona, a tal hombre, a tal mujer, que hace esto, esto y esto (…) que hacen tal y cual, que observan esos mandamientos”. De esta manera, “lo que es gratis, el amor de Dios, según esos contra los que habla Pablo”, termina por ser “algo que podemos obtener: ‘ si hago esto, Dios está obligado a darme la salvación’. Esto es lo que entiende Pablo por ‘salvación por las obras’”.

Por esto la gratuidad de la salvación en Cristo es tan difícil de comprender. El Papa prosiguió diciendo que “estamos acostumbrados a oír decir que Jesús es el Hijo de Dios, que vino por amor para salvarnos y que murió por nosotros. Pero lo hemos oído tantas veces que nos hemos acostumbrado”. Cuando, de hecho, “entramos en este misterio de Dios, de su amor, este amor ilimitado, este amor inmenso”, quedamos tan “asombrados” que “tal vez preferimos no comprenderlo: creemos que el estilo de salvación en que ‘hacemos ciertas cosas y así nos salvamos ‘es mejor’”. “Desde luego”, explicó el Papa “hacer el bien, hacer lo que Jesús nos dijo que hiciéramos, es bueno y se debe hacer”, pero “la esencia de la salvación no viene de eso. Esta es mi respuesta a la salvación que es gratuita, que viene gratuitamente del amor de Dios”.

Por eso el mismo Jesús pueda parecer “un poco resentido con los doctores de la ley”, contra quienes “dice palabras fuertes y muy duras: ‘se han llevado la llave del conocimiento, no entraron, han puesto obstáculos a quienes estaban entrando, porque se han llevado la llave’, es decir, la llave de la salvación gratuita, de ese conocimiento”.  De hecho, destacó el Papa, esos doctores de la ley creían que solo es posible salvarse “observando todos los mandamientos”, mientras que “los que no lo hicieran se condenarían”. En la práctica, Francisco dijo con una evocativa imagen: “Redujeron los horizontes de Dios como si el amor de Dios fuera pequeñísimo, a la medida de cada uno de nosotros”.

Por lo tanto, el Papa explicó “la lucha que tanto Jesús como Pablo enfrentaron para defender la doctrina”. A los que puedan objetar y preguntar: “Pero, padre, ¿acaso no hay mandamientos?”, respondió: “¡Claro que sí! Pero hay uno que Jesús dice que es en esencia la síntesis de todos: amar a Dios y al prójimo”. Gracias a “esta actitud de amor, nos hacemos merecedores de la gratuidad de la salvación, porque el amor es gratuito”. Por ejemplo: “Si digo: ‘¡te amo!‘, pero tengo otras intenciones, eso no es amor: es interés. Por eso dice Jesús: ‘El mayor amor es este: ama a Dios con todo tu vida, todo tu corazón, con toda tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo’. Porque es el único mandamiento que nos hace merecedores de la salvación gratuita de Dios”. Al cabo de lo cual Jesús agrega: “en este mandamiento se resumen todos los demás, porque atrae, crea todo lo que es bueno, a todos los demás’. La fuente es el amor; el horizonte es el amor. Si cierras la puerta y te llevas la llave, no estarás a la altura de la gratuidad de la salvación que has recibido”.

Es una historia que se repite. “Cuántos santos”, dijo el Papa, “han sido perseguidos por defender el amor, la gratuidad de la salvación, la doctrina. Cuántos santos. Pensemos en Juana de Arco”. “Esa lucha por dirigir la salvación –solo se salvan estos, los que hacen tal y cual– no terminó con Jesús y con Pablo”. Ni termina con nosotros. De hecho, es una lucha que nosotros también llevamos dentro. El Papa aconsejó: “Y nos hará bien preguntarnos hoy: ¿Creo que el Señor me ha salvado gratuitamente? ¿Creo que no merezco la salvación? Y si merezco algo, ¿es gracias a Jesucristo y a lo que ha hecho por mí?” Es una buena pregunta: ¿Creo en la gratuidad de la salvación? Y finalmente, creo que la única respuesta es el amor, los mandamientos del amor, que según Jesús sintetizan toda la ley y las enseñanzas de los profetas?” De esta manera el Papa invitó a “renovar “estas preguntas hoy. Sólo de esta manera podemos ser fieles a ese amor que es tan misericordioso: el amor de un padre y de una madre, porque Dios dice que Él es como una madre para nosotros; amor, grandes horizontes, ilimitados, infinitos. No nos dejemos engañar por los expertos que ponen límites a este amor.” (El destacado es nuestro.)

En esta homilía Francisco revela una nueva teología en la cual la clave del conocimiento es su teoría de la misericordia, teoría que no exige arrepentimiento y penitencia a los pecadores. Una teología en la que Dios es a la vez madre y padre. Ese ser que es padre y madre todo en uno ama a sus hijos tanto y con tanto ardor que se niega a fijarles reglas, a disciplinarlos, y cuando haga falta, a distanciarse de ellos.

Esta nueva teología francisquista es una teología de libertinaje parental y general. No parece que le importe nada el bien de sus hijos. Al final, ese presunto amor es drásticamente diferente de la manera que los padres buenos, decentes y devotos cuidan de sus hijos. Aplicado a Dios, es un concepto claramente protestantizado de salvación sin obras. Es contrario a la naturaleza misma de la doctrina, la espiritualidad y la historia del catolicismo.

Es más, en esta nueva teología, todos se salvan independientemente de que observen o rechacen los mandamientos. Ladrones, adúlteros, asesinos, los que rezan a dioses falsos… el número de “salvados” no conoce límites. Sorprendentemente, todos se salvan menos los que están en desacuerdo con esta teología, como los que señalan las descripciones que hace Jesús del Infierno en la Biblia y las claras palabras del propio San Pablo sobre la recepción de la Eucaristía. En esta teología Jesús y los propios santos se cuentan entre los pocos que están el Infierno. Increíble.

Llegados este punto, y mirando retrospectivamente, debemos preguntarnos con toda seriedad: “¿Qué le ha pasado a la Iglesia?” “¿Cuál es el verdadero objeto del Sínodo sobre la Familia?” “¿Pueden los laicos tolerar realmente esta nueva teología, que con toda seguridad traerá a la Iglesia a ‘matrimonios’ y sacerdotes homosexuales sexualmente activos?” Añadamos los adúlteros declarados, los asesinos, los ladrones y hasta los que rezan a dioses falsos. ¡será una religión religión abierta a todos sin exclusión! Una cosa es segura: que si a esta teología de salvación para todos se le permite entrar en la Iglesia Católica, se desangrará de laicos, que se derramarán la sangre y el agua del costado de Cristo.

¿Está la raíz del problema en la manera en que se puso en práctica el Vaticano II y en su errónea interpretación? ¿Constituyó el “espíritu del Vaticano II” las angustias de la concepción apasionada de una nueva vida? Si es así, es el Sínodo de la Familia los dolores del parto que da a luz esa vida? ¿No han sido los dolores de los últimos cincuenta años otra cosa que la gestación de esa nueva vida? En ese caso, ¿es este hijo viable? ¿Qué clase de bestia apocalíptica de siete cabezas nacerá? ¿Por cuanto tiempo reinará? Estas cuestiones no tienen nada que ver con el color de los zapatos pontificios.

Los únicos que pueden determinar a estas alturas qué se puede hacer son el Papa y los obispos, y no se ve que estén de acuerdo entre sí. La fortaleza y el número de los obispos que estén en desacuerdo con la posición del Sumo Pontífice determinará si la Iglesia se mantiene unánimemente fiel a su bimilenario rumbo o se parte en pedazos hasta que terminen los tres años y medio de que habla la Biblia.

Debemos implorar a la Santísima Virgen intercesión, ayuda y consejo para saber qué hacer si se impone la Bestia. Quizás – zapatos rojos o negros aparte – sea éste el tiempo predicho y debamos huir del Dragón para ser sustentados durante un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo, y tal vez ese sustento nos lo dé la FSSPX, sobre todo ahora que sus sacramentos han sido reconocidos como válidos durante el Año de la Misericordia. Además, tal vez suceda que incluso la “situación canónica irregular” del Año dela Misericordia sea preferible a una herejía declarada. Estas preguntas piden una respuesta urgente. ¿Encontraremos esa respuesta durante esta semana en Roma? Lo dudo. El Diablo está trabajando y sabe muy bien lo que hace. Oración y ayuno –algunos demonios sólo se pueden expulsar con oración y ayuno. Recemos y ayunemos, pues.

San Atanasio, ruega por nosotros

Michael Matt y Thomas More

[Artículo Original]

Michael Matt
Director de The Remnant. Ha sido editor de “The Remnant” desde 1990. Desde 1994, ha sido director del diario. Graduado de Christendom College, Michael Matt ha escrito cientos de artículos sobre el estado de la Iglesia y el mundo moderno. Es el presentador de The Remnant Underground del Remnant Forum, Remnant TV. Ha sido Coordinador de Notre Dame de Chrétienté en París – la organización responsable del Pentecost Pilgrimage to Chartres, Francia, desde el año 2000. El señor Michael Matt ha guiado a los contingentes estadounidenses en el Peregrinaje a Chartres durante los últimos 24 años. Da conferencias en el Simposio de Verano del Foro Romano en Gardone Riviera, Italia. Es autor de Christian Fables, Legends of Christmas y Gods of Wasteland (Fifty Years of Rock n' Roll) y participa como orador en conferencias acerca de la Misa, la escolarización en el hogar, y el tema de la cultura, para grupos de católicos, en forma asidua. Reside en St. Paul, Minnesota, junto con su esposa, Carol Lynn y sus siete hijos.