(Primera parte: Contrición y comunión espiritual)

(Segunda parte: Morir preparado, la buena muerte)

Por el Rev. Diácono Nick Donnelly

Tradicionalmente, la Cuaresma es el tiempo penitencial en que la Iglesia anima a los fieles a contemplar los novísimos -muerte, juicio, Cielo e Infierno- como un acicate para la contrición y el arrepentimiento. Esta pasada Cuaresma, en medio de la peor pandemia en cien años, la orientación escatológica en la que vive toda la humanidad aunque la mayoría la ignore, los ha traído a un enfoque más agudo por la siempre presente amenaza de la enfermedad grave y de la muerte. Las anteriores generaciones de católicos se tomaban en serio los avisos que contienen la sagrada Escritura y la santa Tradición: que las plagas podrían expresar la ira de Dios ante la depravación del pecado humano y a las que deberíamos responder con contrición y arrepentimiento. Una de las bendiciones del COVID-19 es que está centrando algunas mentes de los fieles en los novísimos, espoleándonos hacia el autoexamen penitencial ante la perspectiva del juicio divino que, de repente, se ha hecho más real.

En 1979 la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) promulgó “Ciertas cuestiones concernientes a la escatología”, que advertían de la duda y la inquietud entre los fieles sobre su “destino tras la muerte”. Alertaban de que esto estaba resultando en que muchos se abstenían de pensar en su “destino después de la muerte”, por miedo, y de que iban a la deriva sin una teología de esperanza convincente. La CDF retrotraía este miedo a las controversias postconciliares sobre doctrinas fundamentales, tales como la existencia del alma y de la vida eterna, que separaban a los fieles de las verdades y del vocabulario tradicionales: “Todo esto perturba a los fieles, porque ya no encuentran el vocabulario al que están acostumbrados ni las ideas que les son familiares”.

Hay dos devociones tradicionales, populares antes del Vaticano II, que preparaban y consolaban a los fieles para el juicio individual tras la muerte y el Juicio Final al fin de los tiempos: la devoción de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor y la devoción de las Cinco Llagas de Cristo. El profesor Eamon Duffy describe el cuerpo herido de Cristo en estas devociones como un jeroglífico de amor:

“La oración y la imagen se han unido por una red de asociaciones en las que los rasgos de Cristo herido y crucificado se presentan como garantes de la esperanza del cristiano agonizante. Lo que empezó como una devoción cuasi litúrgica a la Pasión se convierte en una profunda súplica personal por la redención en el momento de la muerte”: (Desnudar los altares: religión tradicional en Inglaterra 1400-1580, P. 242).

Estas devociones tradicionales a la Preciosísima Sangre y a las Santas Llagas nos dan mucho más que un vocabulario e ideas para entender las realidades escatológicas a que nos enfrentamos. Estas devociones nos hacen profundizar en nuestra relación con Nuestro Señor Jesucristo como nuestro redentor y juez. “Porque es necesario que todos nosotros seamos puestos al descubierto ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal” (II Cor, 5:10).

El Cuerpo de Cristo nos salva de la ira de Dios

El sagrado Cuerpo de Cristo salva a los justos de la ira del juicio de Dios por sus pecados. A la muerte, traemos nuestra historia personal de pecado a la absoluta santidad de la presencia de Dios. San Agustín describe esta intersección de la suciedad de nuestros pecados con la pureza de la santidad de Dios en términos de ira divina cuando escribe:

“Oh, hombre, cuando aparezcas ante tu Creador para ser juzgado, verás ante ti a un Dios enojado. De un lado estarán los pecados que te acusan; del otro, el demonio listo para apoderarse de ti. Tu conciencia te inquietará y te atormentará, el infierno se abrirá a tus pies”. (San Agustín, citado por san Juan Bosco en El joven cristiano).

Con la trágica pérdida del sentido de pecado, como observó el venerable papa Pío XII en 1946, también se ha dado una casi completa y catastrófica pérdida del conocimiento de la ira de Dios, reduciendo el Juicio divino, en el mejor de los casos, a un ejercicio de contabilidad o, en el peor, a no existir. La Sagrada Escritura y la santa Tradición dejan claro que la escatología tiene dos polos: la ira divina y la misericordia divina, “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él” (Jn 3:36).

Los justos se salvan de la ira de Dios por sus pecados por estar inmersos sacramentalmente en la Preciosísima Sangre de Cristo, derramada de las preciosas llagas de su Santísimo Cuerpo y ofrecidas al Padre como perfecto sacrificio en la Cruz:

“Jesús mira sin cesar el rostro de su Padre y, con inconmensurable amor, ofrece su Cuerpo para reparar los insultos infligidos a su eterna majestad: Factus obediens usque ad mortem [Se hizo obediente hasta la muerte]” (Beato Columba Marmion, Cristo en sus misterios, p. 281).

El abad Vornier, comentando los conocimientos de santo Tomás de Aquino, observa que fueron las únicas cualidades del cuerpo encarnado del Hijo de Dios, derramadas por su sangre, las que constituyeron este sacrificio perfecto e insustituible (Abad Vornier, Una clave para la doctrina de la Eucaristía, p.108). ¿Cuáles son las únicas cualidades del sagrado cuerpo de Cristo que lo hacen el sacrificio perfecto, capaz de salvarnos de la ira de Dios? Santo Tomás de Aquino escribe que es “un cuerpo de santidad y pureza absolutamente divinas”, citando a san Agustín:

“¿Hay algo más limpio, con tal poder de lavar los pecados de los hombres, que esa carne nacida de un vientre sin la menor mancha de deseo carnal, es más, nacido del vientre de una Virgen? ¿Y puede ofrecerse nada y ser aceptado con tal gracia como la carne de nuestro sacrificio, en que se ha convertido el cuerpo de nuestro Sacerdote?” (ST III, q.48, a.3, ad.1).

El padre Matthias Scheeben señala que las únicas cualidades del cuerpo de Cristo se deben a ser la carne humana asumida por el eternamente engendrado hijo de Dios y, por lo tanto, partícipe de la vida de la Santísima Trinidad:

“La carne humana de Cristo corresponde al aura brillante de gloria que le envuelve en su naturaleza divina, y su sangre humana corresponde al río de vida y amor que mana de su divino corazón. Así, al participar de su carne, somos iluminados por la luz de la eterna verdad y somos transfigurados y transformados por su gloria. Y en su Sangre, el mar de vida eterna y amor divino inunda nuestros corazones” (Los misterios del Cristianismo, p.524).

Darnos cuenta de la esencial dimensión sacramental de nuestra participación en los salvíficos Cuerpo y Sangre de Cristo hace que nuestra privación de los sacramentos debida al COVID-19 sea aún más dolorosa. Sin embargo, Dios en su providencia nos da, a través de estas devociones tradicionales a la Preciosísima Sangre de Cristo y a sus santas Llagas, otros medios para beneficiarnos de sus gracias salvadoras, para que las añadamos a las de la contrición perfecta y la comunión espiritual.

Devoción a la Preciosísima Sangre de Cristo

Desde el tiempo de los apóstoles, la Preciosísima Sangre de Jesús ha sido objeto de la atención de los fieles para su devoción, honra y veneración como causa de nuestra Redención. San Pedro escribió: “sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo,” (I Pe, 1:18-19). Y san Pablo: “Cristo murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos de la cólera!” (Ro, 5:9) y “En Él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia” (Ef, 1:7).

El catecismo del papa Pío V deja claro que los fieles deben entender los “admirable frutos de la sangre, derramada en la Pasión de Nuestro Señor”:

  1. La Sangre de la nueva y eterna alianza nos da acceso a una herencia eterna.
  2. A través de la fe en la Sangre de Cristo, tenemos acceso a la justicia de Dios.
  3. A través de la Preciosísima Sangre de Jesús se nos perdonan los pecados.

El Dr. Ludwig Ott explica que la Tradición se refiere a la Sangre de Jesús como Preciosa porque, como sangre del Logos divino, la sangre de Jesucristo es la “Preciosa Sangre” (Fundamentos del Dogma Católico, p.151). “La Preciosa Sangre es, por tanto, parte de la sagrada humanidad e hipostáticamente unida a la segunda persona de la Santísima Trinidad” (Enciclopedia católica).

El significado soteriológico de que la Sangre de Jesús esté hipostáticamente unida al Hijo de Dios fue explicado por el papa Clemente VI en 1343, proporcionando uno de los principales elementos de la devoción a la Preciosísima Sangre:

“… con la Preciosa Sangre de su propio Hijo como cordero inmaculado nos ha redimido (cf. I Pe, 1:18-19), que, inocente, inmolado en el altar de la Cruz, sabemos ha derramado no una pequeña gota de sangre, que, sin embargo, por su unión con el Verbo, habría sido suficiente para la redención de toda la raza humana, sino copiosamente como una especie de río que fluye” (Unigenitus Dei Filius).

Este tema del infinito valor de la Sangre de la segunda persona de la Trinidad ha sido una reflexión devocional favorita de numerosos santos. Santo Tomás de Aquino, en su himno eucarístico Adoro te devote, escribió: “Dígnate, oh Jesús, pelícano celeste, que yo, un pecador, en tu sangre me lave, de la cual una sola gota puede salvar a todo el mundo de todos sus pecados”. El beato Columba Marion escribió: “Una sola gota de la sangre de Jesús, el hombre-Dios, habría bastado para salvarnos, pues todo en Él es de infinito valor” (Cristo en sus misterios, p.282). Animando a la devoción a la Preciosísima Sangre, el papa San Juan XXIII escribió: “Ilimitada es la eficacia de la sangre del hombre-Dios… Un amor tan rebosante sugiere, es más, demanda que todo el que renace en los torrentes de esa Sangre la adore con amor agradecido” (En la promoción de la devoción a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo). Santa Teresa de Calcuta escribió: “Pon tus pecados en el cáliz de la Preciosa Sangre para que sean lavados. Una gota puede limpiar los pecados del mundo”.

Oraciones devocionales a la Preciosísima Sangre de Jesús

El devocionario de 1926 a la Preciosa Sangre de Jesús (Tan Books) subraya algunas de las oraciones que comprende esta devoción tradicional:

Santa María Magdalena de Pazzi (1566-1607) recomendaba: “Cada vez que una criatura ofrece su Sangre, por la que fue redimida, ofrece un don de valor infinito, ¡que ningún otro puede igualar!” (p.6). Ofrecía la Preciosa Sangre cincuenta veces al día para obtener alivio a las almas que sufren en el Purgatorio (p.14):

Padre eterno, os ofrezco la Preciosa Sangre de Jesús en satisfacción de mis pecados y por las necesidades de la Santa Iglesia. Amén.

Oh Padre eterno, os ofrezco, por la Inmaculada Virgen María, la Preciosa Sangre de vuestro Hijo para alivio de las almas sufrientes del Purgatorio. Amén.

El padre Frederick Faber (1814-1863), oratoriano, recomendaba que cada noche, antes de dormir, “pidiéramos a la Santísima Virgen María que ofreciera a Dios la Preciosísima Sangre de su divino Hijo Jesús por la intención de que, por ella, un pecado mortal que se fuera a cometer esa noche en algún lugar, fuera evitado. También explicaba que, si se renovara esta ofrenda cada mañana día a día, podríamos impedir muchos pecados mortales” (p.10).

Oh santa e Inmaculada Virgen María, ofrece al Padre eterno la Preciosa Sangre de tu divino Hijo por la intención de que se impida un pecado mortal en este día (o en esta noche). Amén.

Como manifestación de que Lex orandi, lex credendi, la letanía de la Preciosísima Sangre (p. 37-41) incluye peticiones que expresan cómo la Preciosa Sangre de Cristo nos salva de la ira de Dios (p.39):

Sangre de Cristo, que apaciguas la ira del Padre, ¡lávanos, o Preciosísima Sangre!

Sangre de Cristo, que mitigas o apartas los castigos, ¡lávanos, o Preciosísima Sangre!

Sangre de Cristo, propiciación por nuestros pecados, ¡lávanos, o Preciosísima Sangre!

Sangre de Cristo, baño purificador del alma pecadora, ¡lávanos, o Preciosísima Sangre!

Sangre de Cristo, bálsamo para las heridas del alma, ¡lávanos, o Preciosísima Sangre!

Devoción a la Preciosísima Sangre de Cristo durante el COVID-19

Privados de recibir en comunión la Preciosa Sangre de Nuestro Señor Jesucristo debido a la epidemia de COVID-19, la devoción tradicional a la Preciosísima Sangre de Jesús es otra manera de profundizar en nuestro amor a la Sagrada Eucaristía. Nos permite unir nuestras oraciones al sacrificio de la misa que privadamente celebran sacerdotes de todo el mundo:

  1. Al no poder recurrir al sacramento de la confesión, ofrece la Preciosa Sangre de Cristo al Padre en satisfacción por tus pecados y por las necesidades de la Iglesia, tan lamentablemente empobrecida por el cierre de iglesias y la ausencia física de los laicos. Si eres consciente de cualquier pecado mortal, haz un acto de contrición perfecta, determina un cambio de vida y ve a confesar lo antes posible. Al hacer la oración que sigue, únete a algún sacerdote que en ese momento esté ofreciendo en algún lugar del mundo el Cáliz de la Preciosísima Sangre de Cristo:

Padre eterno, os ofrezco la Preciosísima Sangre de Jesús, en satisfacción por los pecados que no puedo confesar, y por las necesidades de vuestra Santa Iglesia afligida. Amén.

  1. Con el cierre de las iglesias y la suspensión de la vida sacramental de millones de fieles, el demonio buscará tentar incontables almas a la blasfemia y al sacrilegio del pecado mortal. Cada mañana y cada noche, pide a Nuestra Señora que ofrezca la Preciosa Sangre de su Hijo al Padre por la intención de parar el pecado mortal en el mundo:

Oh santa e inmaculada Virgen María, con tantos que están sin la protección de los sacramentos, ofrece al Padre eterno la Preciosa Sangre de tu divino Hijo por la intención de que se evite un pecado mortal este día (o esta noche). Amén.

  1. En esta crisis sin precedentes, en que muchos de los fieles no pueden pedir misas por las almas del Purgatorio, es imperativo que nos sirvamos frecuentemente del alivio ofrecido por esta devoción a la Preciosísima Sangre. Si el aniversario de un ser querido ocurre durante el cierre de iglesias, añade su nombre aquí:

Oh Padre eterno, os ofrezco, por la Inmaculada Virgen María, la Preciosa Sangre de vuestro Hijo por el alivio de las almas (o el nombre del ser querido) que sufren en el Purgatorio. Amén.

  1. Reza la letanía de la Preciosísima Sangre ante un crucifijo o una imagen de la Sábana Santa de Turín.

Devoción de las Sagradas Cinco Llagas

La devoción a las Sagradas Cinco Llagas de Cristo se remonta a la reflexión de san Pedro ante las heridas de Cristo crucificado: “el mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; con cuyas heridas habéis sido curados”. (I Pe, 2:24). Más aún, los Padres de la Iglesia entendieron que fue intención de Cristo que nos acercáramos a Él a través de sus sagradas llagas. San Agustín describió las heridas de Cristo resucitado como “el resultado de su poder, no de ninguna necesidad” (Carta 95, 7). San Ambrosio también escribe que Nuestro Señor eligió conservar sus heridas en su cuerpo glorificado:

“Escogió llevar al Cielo esas heridas que sufrió por nosotros, declinó quitárselas, para poder mostrar a Dios Padre el precio de nuestra libertad. El Padre le coloca en este estado a su derecha, abrazando el trofeo de nuestra salvación: tales son los testimonios que la corona de cicatrices nos enseña ahí” (San Ambrosio).

¿Por qué quiere Cristo que nos acerquemos a Él a través de sus santas llagas? De esta herida fluyeron sangre y agua de su Sagrado Corazón, lo que tradicionalmente se ha entendido como la apertura de la gracia santificante a través de los sacramentos. San Agustín escribió: “Ahí se abrió de par en par la puerta de la vida, por la cual han fluido los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se puede entrar en la vida que es la vida verdadera” (Homilías de san Juan Evangelista, 120, 2). Al comentar las prácticas devocionales medievales, el profesor Duffy escribe que la santa llaga del costado de Cristo “tenía una fascinación particular y un poder devocional, pues daba acceso a su corazón y, por lo tanto, se convirtió en un símbolo de refugio en su amor” (Desnudar los altares, p.244).

La devoción a las llagas de Cristo como refugios, o lugares donde esconderse, era una importante expresión y símbolo de esperanza del pecador penitente al enfrentarse a la lucha contra la arremetida de tentaciones del demonio, así como ante la perspectiva de ser un pecador ante el Juicio de Dios. Podemos escondernos en las heridas de Cristo para buscar protección ante el demonio y podemos buscar a través de las cinco Sagradas Llagas curación misericordiosa de las heridas que nos infligimos a nosotros mismos por el pecado.

La antigua oración cristológica, el Anima Christi, expresa esta idea de las llagas de Cristo como un refugio protector contra el demonio:

Oh buen Jesús, óyeme

Entre tus heridas escóndeme

No permitas que me separe de Ti

Del maligno enemigo, defiéndeme

La famosa oración a las cinco llagas de santa Matilde (1240-1298) se acerca a cada herida de forma individual como fuentes de medicina sanadora en las que sumergir los pecados y los deseos pecaminosos, como en este extracto:

“Os doy las gracias, oh Señor Jesucristo, por la dolorosa herida de vuestro pie izquierdo, del que manó la Preciosa Sangre que lava nuestros pecados. En ella me hundo y escondo todos los pecados que he cometido”.

Julián de Norwich (1342-1416) describe la herida del costado de Cristo con el mismo sentido de infinita capacidad de traer alivio al hombre que vimos en la apreciación de una sola gota de la Preciosísima Sangre de Cristo como capaz de borrar todos los pecados de la humanidad:

“Con amable semblante, nuestro buen Señor miró a su lado y vio con alegría y, con su dulce mirada, acercó el entendimiento de su criatura a su costado por la misma herida. Y ahí reveló un lugar justo y delectable, lo bastante grande para que toda la humanidad sea salvada y descanse en paz y amor.” (Texto Largo, visión diez).

Tomás de Kempis (1380-1471) también vio las heridas de Cristo como un refugio de consuelo:

“Descansa en la Pasión de Cristo y vive voluntariamente en sus sagradas llagas. Ganarás una fortaleza maravillosa y consuelo en las adversidades” (La imitación de Cristo).

Dicho esto, las llagas de Cristo también expresan las dos polaridades de la escatología, la ira divina y la divina misericordia. Escribe el profesor Duffy:

“… se creía que, cuando Cristo viniera como juez, mostraría sus heridas a los elegidos como promesa de su amor por ellos; a los pecadores como un reproche amargo, “mirarán al que traspasaron”. De este modo, la misma imagen que hablaba de la ternura de Cristo y de su compasión por el pecador se volvería una terrible imputación contra el impenitente” (Desnudar los altares, p.246).

Hacer de la devoción a las Cinco Santas Llagas parte de nuestra vida de oración es muy útil. Primero, para alcanzar la disposición idónea para recibir las gracias del arrepentimiento y la salvación que brota de sus heridas en esta vida y, en segundo lugar, para que sean prendas de amor en nuestro juicio después de la muerte.

Devociones a las Cinco Llagas de Cristo durante el COVID-19

  1.  Con el cierre de las iglesias durante la epidemia del COVID-19, muchos de nosotros hemos perdido nuestros santuarios, nuestros lugares de refugio, de la cultura de muerte y pecado que nos rodea en la sociedad secular. Sin embargo, como nuestros antepasados en la fe, podemos buscar refugio en las heridas de Cristo. Hay varias oraciones tradicionales a cada una de las iCnco Santas Llagas de Cristo que te sumergirán en esos refugios de misericordia, como la oración de santa Matilde a las Cinco Llagas y el pequeño rosario de las cinco llagas de Jesús crucificado de san Alfonso María de Ligorio.
  1. El cierre de las iglesias y la privación de los sacramentos causados por el COVID-19 ha profundizado el sentido de crisis galopante en la Iglesia. Muchos se sienten llamados a realizar actos de reparación por las ofensas causadas a Nuestro Señor por las herejías, sacrilegios y pecados que circulan en la Iglesia. La devoción a las Cinco Santas Llagas de Cristo, como el Rosario de las Sagradas Llagas de la sierva de Dios Marie Martha Chambon, aprobada por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe en 1999:

En las cuentas grandes, reza: Padre eterno, os ofrezco las llagas de Nuestro Señor Jesucristo. Para que cure las heridas de nuestras almas.

En las cuentas pequeñas reza: Jesús mío, perdón y misericordia. Por los méritos de tus santas llagas.

  1. Aprende el Anima Christi de memoria como símbolo de tu devoción a las Cinco Santas Llagas de Cristo y tendrás a mano una oración perfecta en tiempo de crisis o de reflexión.

Conclusión

No podemos menospreciar el daño que se hace a las almas con la privación del Santísimo Sacramento y del sacramento de la confesión. El cierre de las iglesias y la suspensión de la misa son en sí mismos la mayor catástrofe para destruir la Iglesia en toda la historia de la Cristiandad. Todos los enemigos de la Iglesia buscaron privar a los católicos de la misa y de la recepción del Santísimo Sacramento porque este es el principal objetivo del Diablo. Sin embargo, estas devociones a la Preciosísima Sangre y a las Cinco Santas Llagas de Cristo son una defensa poderosa contra este asalto del demonio porque nos ponen en contacto con el corazón eucarístico de Nuestro Señor:

“El corazón eucarístico de Jesús anhela atraer nuestras almas a sí. Este corazón es a menudo humillado, abandonado, olvidado, burlado, enojado y, sin embargo, es el corazón que ama a nuestros corazones, el corazón silencioso que habla a las almas para enseñarles el valor de la vida escondida y el valor del más generoso don de sí mismo” (P. Reginald Garrigou-Lagrange, Nuestro Salvador y su amor por nosotros, p.267).

Artículo original https://rorate-caeli.blogspot.com/2020/04/catholic-survival-guide-third-part.html. Traducido por Natalia Martín

RORATE CÆLI
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