En las reseñas anteriores se señalaban frecuentes irregularidades litúrgicas que se dan en la Santa Misa con el uso indebido de los tiempos verbales, que diluyen la diferencia esencial entre el sacerdocio ministerial y el común de los fieles, y a la vez suprimen el sentido de ruego humilde en la oración a Dios, sustituyendo la petición por una insolente y presuntuosa afirmación humana. Seguimos llamando la atención con otras irregularidades frecuentes con fondo deformativo:

  • Abuso de moniciones a la misma Misa y a las lecturas. Son muchas y extensas, para propiciar una “mayor participación del pueblo”. He aquí un error de bulto: es como si el pueblo NO participara desde su asiento y con el corazón entregado al Misterio de Amor. Un fiel laico participa en la Santa Misa, sobre todo cuando viene en GRACIA DE DIOS o, al menos, si no estuviera en Gracia, con deseo de confesar pronto. O, incluso si ello no pudiera ser por vivir situación de vida irregular (pareja de novios que vive juntos, casados por civil….), al menos intención de salir pronto de esa situación aunque sea a largo plazo. PARTICIPAR es, sobre todo, AMAR la GRACIA de DIOS. Y no empeñarse en hacer de “medio cura”.

    Las moniciones han de ser, si procede, breves y sobrias, del estilo de “antífona de entrada”. Lo que de ahí se salga son florituras que restar misterio a la Santa Misa. O, como dice un liturgista que conozco: “la mejor monición es la que NO se hace”.

  • Lectura de la Palabra de Dios por personas no apropiadas. Las lecturas previas al Evangelio son PALABRA de DIOS. Deben escucharse bien, claramente. El pueblo merece escuchar bien la Palabra de vida. Y a veces salen lectores que no debieran leer aunque tengan mucha devoción.
  • Procesiones de ofrendas (en el ofertorio) que exceden lo litúrgico, con un montón de artículos superfluos.

    La procesión de ofrendas ha de hacerse desde la sobriedad y moderación, y sobre todo sabiendo que en el ofertorio es cada uno de nosotros, todos, laicos y curas, quien OFRECE a DIOS su misma VIDA.

  • Signo de Paz dado desde el descontrol general. La Paz se da sobriamente a derecha e izquierda, sin salirse de la fila. Lo que importa es que haya verdadera PAZ entre nosotros. Si antes de comulgar alguien tiene Odio o Rencor, ¡No puede comulgar!….por muchos abrazos que haya dado. Lo que importa es el Corazón, el fondo, la sinceridad…y no las apariencias. En cuanto al sacerdote no debería salir al pasillo a dar la paz, excepción de Misa exequial donde se acerca a los familiares más cercanos. Si no, hay auténticos Shows que rompen el necesario silencio interior antes de comulgar.
  • Comunión dada por personas no autorizadas. La comunión ha de darla el sacerdote y/o diácono. Si por necesidad fuerte (multitud en la Iglesia) es preciso que la de algún laico, que sea éste de plena confianza y reciba antes la bendición del sacerdote que preside la Misa.
  • Añadidos finales tras la comunión. Tras comulgar se precisa un tiempo de silencio, para la acción de gracias. Y a veces aparecen personas que suben al Ambón o Atril y dan unos discursos emotivos que además nada tienen que ver con la Misa. Esto sucede sobre todo en bodas con Misa. Se rompe lo poco que queda ya de Misterio.

Todas estas irregularidades están relacionadas con un errado sentido de potenciar la participación de los laicos en la Misa. Volvemos a lo primero: confundimos fondo con apariencias. El laico participa en la Misa cuando acude a ella con fervor, Gracia de Dios o deseo de estarlos, y sin querer hacer de “medio cura”. Esa es la verdadera participación.

Padre Santiago González
Nacido en Sevilla, en 1968. Ordenado Sacerdote Diocesano en 2011. Vicario Parroquial de la de Santa María del Alcor (El Viso del Alcor) entre 2011 y 2014. Capellán del Hospital Virgen del Rocío (Sevilla) en 2014. Desde 2014 es Párroco de la del Dulce Nombre de María (Sevilla) y Cuasi-Párroco de la de Santa María (Dos Hermanas). Capellán voluntario de la Unidad de Madres de la Prisión de Sevilla. Fundador de "Adelante la Fe".