Hay un texto muy sugerente del riquísimo libro del profeta Isaías —que a mí siempre me ha hecho mucho bien—, y que me recuerda que, como cristiano, estoy llamado a practicar siempre —no solo en Cuaresma—, el ayuno del corazón. El inicio del capítulo 58 de Isaías relata con sencillez cual es el ayuno que no agrada a Dios (58,1-5) y nos explica aquel que Dios quiere (58, 6-14):

“¿Sabéis que ayuno quiero yo, dice el Señor (Yavé)? Romper las ataduras de iniquidad, soltar las cargas de opresión, liberar a los oprimidos y quebrantar todo yugo; parte tu pan con el hambriento, alberga al pobre sin abrigo, viste al desnudo y no vuelvas tu rostro ante tu hermano. Entonces, brotará tu luz como la aurora y pronto germinará tu curación e irá delante de ti tu justicia y detrás la gloria de Yavé. Entonces, llamarás y Yavé te oirá; le invocarás y Él dirá: Heme aquí.”

Antes de abordar el qué es y cómo llevar a cabo la caridad de la Iglesia, con el rigor que esta obra de misericordia tan delicada requiere, creo necesario recordar qué es la pobreza; tanto a la que se refiere la primera Bienaventuranza, como aquélla que, como consecuencia de algunas carencias tanto materiales como espirituales, sufren muchas personas en nuestra sociedad.

En la declaración “Libertatis Conscientia”, el entonces cardenal Ratzinger define la pobreza Evangélica y lo hace con 4 características: “La pobreza que Jesús declara bienaventurada es aquella hecha a base de desprendimiento, de confianza en Dios, de sobriedad y disposición a compartir con otros”.  Con estas características, de tan rico contenido, queda definida de manera breve y profunda la pobreza bienaventurada a la que estamos llamados para ser buenos seguidores de Jesucristo.

Por el contrario, la otra pobreza —la que experimentan muchos hermanos nuestros—, se refiere a las situaciones de carencia tanto materiales como espirituales a las que se llegan por causas sobrevenidas o heredadas (minorías étnicas), por las circunstancias personales y/o familiares vividas. A sufrir estas situaciones de pobreza no se llega de un momento a otro, sino que supone vivir un proceso de deterioro de la situación personal y/o familiar, impulsados por circunstancias o causas multifactoriales.

Muchas de estas personas, sobre todo los encuadrados en colectivos que han vivido siempre en situación de exclusión social, (es el caso de nuestros hermanos gitanos), no han tenido nunca una oportunidad para desarrollar sus capacidades y poner en práctica sus potencialidades (dones de Dios), que, como todos, poseen —y en muchas ocasiones en un alto grado—. El haber nacido en el seno de sus familias socialmente excluidas les ha privado, injustamente, de la oportunidad de trabajar sus talentos. Por tanto, la salida de estas situaciones (la mayoría de las veces complejas y de distintos niveles de severidad), no se suele producir con acciones puntuales, sino que, casi siempre, resulta necesario establecer procesos que lleven a la persona a recuperar la posibilidad de vivir la vida que decidan, integrados en la sociedad con sus necesidades básicas cubiertas. La definición expresada en el párrafo anterior sirve para las ONGs y otros elementos o entidades de acción social de carácter filantrópico.

Pero la caridad de la Iglesia VA MÁS ALLÁ. Para nosotros, el objetivo de nuestra acción caritativa es la persona con la máxima dignidad, la de ser Hijos de Dios.  Este “ser” tan importante nos iguala a todos en dignidad y, como consecuencia (más allá de conceptos como cohesión social o filantropía), nos obliga a hablar de “fraternidad” y a tratarnos como tales hermanos. Visto así, como hijos suyos, el motor que nos mueve es el mismo Dios y nuestra fe en Él. Pero Dios es Amor, asegura S. Juan; por tanto, el motor de la caridad de la Iglesia es el Amor de Dios, hecho realidad en Jesucristo nuestro Señor.

Estas premisas, centralidad del ser hijos de Dios y amor de Dios, conllevan que la acción caritativa del cristiano sea una acción sacramental: Jesucristo identifica consigo mismo, de una manera absoluta, la acción caritativa hacia los más pequeños, débiles o necesitados. “Lo que hagáis con uno de estos…. Conmigo lo hacéis”.  El objeto sacramental es la persona necesitada, símbolo sacramental que hace realidad a Jesucristo pobre.

Política y socialmente, los pobres han sido (y lo son en nuestra cultura consumista) el peso muerto de la historia. Para nosotros, cristianos, es muy distinto (como hemos expuesto); y como tal, hemos de actuar. Leyendo el Nuevo Testamento, vemos que la Iglesia Católica (la que nace de Pentecostés) surge en su inicio comunitario con una fuerza arrolladora, impulsada por el Espíritu Santo. Y nace como una Iglesia de pobres, con los pobres y para los pobres. Los Hechos de los Apóstoles están llenos de referencias al respecto.

Por tanto, como Iglesia de Jesucristo, que somos todos, tenemos la misma misión que aquella Iglesia naciente: “Id y predicar el evangelio…”. Hemos de proclamar y transmitir, como testigos, la Verdad Evangélica reflejada en la sencillez de nuestras vidas, desde el ejercicio de la caridad hacia los más necesitados.

Llegado a este punto, la pregunta que debemos hacernos es: ¿quién es el necesitado? La referencia la tenemos clara: Jesucristo no hizo acepción de personas; blancos o negros, judíos o gentiles, hombres o mujeres…. Contemplaba a la persona, la veía necesitada, y la sanaba de manera integral. Así mismo, nosotros, ejerciendo la caridad de la Iglesia, hemos de dar la oportunidad de sanar las vidas de la personas necesitadas (pobres o ricos materialmente hablando, pero espiritualmente necesitados); convencidos que la mayor pobreza es la de no conocer a Jesucristo.

Si entendemos así al necesitado, se comprende también que el objetivo final de la caridad sea transformar a las personas desde la gratuidad. La caridad, gratuita y transformadora, se convierte en el vehículo elegido para ofrecer a toda persona la posibilidad fundamental de darse, de experimentar el gozo de compartir (no solo de lo que se tiene, sino de lo que se es); y como consecuencia, con el fruto de esa donación, ofrecer al mismo tiempo a los receptores del don, la posibilidad de vivir con la dignidad de Hijos de Dios.

Esta actitud conlleva una lógica distinta a la que se emplea hasta ahora; será necesaria una pedagogía del don distinta, donde el valor de la persona (tanto del donante como del receptor), esté absolutamente por encima de cualquier riqueza material.

Desde esta lógica de gratuidad —¡¡tenemos tanto que ofrecer!!— da pena como con frecuencia mendigamos unos euros para los pobres. “Si conocieras el Don de Dios” dice Jesús a la samaritana mientras transformaba su pobre vida; todos sabemos cómo termina el pasaje.

Se trata de ofrecer a todos esa misma posibilidad transformadora que Jesús ofrece. A unos, la de darse al hermano en un voluntariado de TESTIMONIO CRISTIANO;  a otros, la de desapegarse de los bienes materiales compartiéndolos con los que carecen de ellos; a unos y otros, la de realizar la justicia arrebatada a los empobrecidos, la posibilidad de experimentar, desde la realidad, el destino universal de los bienes; de ofrecer —desde la donación personal— afectividad, ternura, reciprocidad, abundancia de corazón… En definitiva, amar al prójimo o caridad cristiana.

Jesucristo ofrece al joven rico la posibilidad de seguirlo desprendiéndose de su riqueza en favor de los pobres. A pesar de que cumplía los Mandamientos, fue incapaz porque tenía mucho. Esta incapacidad de desprenderse es consecuencia de un apego desmedido a los bienes materiales, como consecuencia incapacita a la persona para seguir a Jesucristo. Supone el peor obstáculo para la comunicación cristiana de bienes; “la mayor de las pobrezas”.

Recordamos el pasaje evangélico de Jesucristo con Zaqueo: éste no era precisamente pobre de recursos materiales, y Jesucristo lo sana y lo transforma; por completo. No le pidió dinero para los pobres, sino que su acción transformadora hizo que Zaqueo, por propia iniciativa, ofreciera mucho de lo que tenía para compartir con los pobres. Nosotros, como Iglesia de Jesucristo, hemos de ofrecer a toda persona la posibilidad de compartir con el hermano algo más que las migajas que caen de la mesa de Epulón. Hemos de transformar, desde el ejercicio de la Caridad, con la ayuda del Don de Dios y por justicia, todos los lugares sociales; sin acepción de personas. No solo incluyendo a la persona, sino transformándola de tal forma que sea igual en dignidad y tenga la posibilidad de poner en juego sus talentos desde valores cristianos, de conocer y de seguir a Jesucristo, para nosotros el mayor de los tesoros.

La acción caritativa de la Iglesia es algo muy grande. Dar unos kilos de alimentos o pagar algún recibo al que viene, sin más, a veces puede valer, pero con frecuencia se queda muy escaso. En muchas ocasiones, además, es una manera de mantener la pobreza. En otras muchas (que hemos visto y experimentado), es generar personas dependientes del subsidio familiar del Estado y el aporte caritativo de la ONG.

Si realmente pretendemos la recuperación de la persona, nuestra actuación junto a ellas ha de ser similar al proceso que han seguido para llegar a esa situación, pero de signo contrario. Al igual que el camino que lleva a las personas a vivir situaciones de pobreza son causas multifactoriales, el proceso de salida de esas situaciones ha de ser multidisciplinar.

Hemos de tener muy claro la triple dimensión de la acción caritativa:

  • Con respecto a nosotros: contemplar a los hermanos que sufren, descubrir en ellos el rostro de Cristo y servirles con alegría testimoniando nuestra fe.
  •  Respecto a las personas empobrecidas, establecer con ellos procesos de acompañamiento mutuo en el que, juntos, vayamos abordando las problemáticas que se platean para recuperar la dignidad como personas Hijos de Dios, la capacidad de gestionar los recursos que les permita vivir sin dependencias, y la posibilidad (desde la libertad) de experimentar un acercamiento a Jesucristo, la fuente de la Felicidad.
  •  Ofrecer con total convicción a los donantes la posibilidad de transformar sus vidas, compartiendo sus bienes en beneficio de los que no tienen (comunicación cristiana de bienes) y, de la misma forma que a los anteriores, la posibilidad (desde la libertad) de experimentar un acercamiento a Jesucristo, la fuente de la Felicidad.

Aquel que no crea que la utopía del Reino de Dios se puede hacer realidad en nuestro mundo, no sirve. Esta acción transformadora se lleva a cabo entretejiendo y haciendo realidad miles de pequeñas utopías que, con la ayuda de Dios, nos lleva, persona a persona, a transformar el mundo.

Metodología:

El método es, como ya hemos mencionado, el acompañamiento. La vida de cada persona es muy importante —en particular la de aquellas personas necesitadas a las que vamos a acompañar—. Por tanto, en estos procesos, no debemos dejar nada a la improvisación, al menos a priori. Es, además, muy necesario organizar muy bien el plan de acompañamiento, primero por el respeto que las personas nos merecen y la seriedad de nuestra intervención.  Además, es un plan que hay que consensuar con la persona o familia que vamos a acompañar: ambas partes tienen que estar de acuerdo, de lo contrario es imposible avanzar más allá de proporcionar recursos materiales.

El propio Jesucristo nos ofrece un testimonio que define con precisión en qué consiste. Se trata del acompañamiento que Jesús lleva a cabo con dos discípulos, camino de Emaús, cuando todavía no lo habían visto resucitado. Los discípulos iban hablando de los últimos acontecimientos ocurridos, Jesús les sale al paso y se pone a caminar con ellos:

  •  Camina junto a ellos, no va delante ni detrás.
  • No se presenta como maestro o alguien superior a ellos.
  • Escucha de manera activa las inquietudes que esos hombres plantean.
  • Participa haciendo aportaciones a sus comentarios, pero de manera tan discreta que no lo reconocen.
  • No habla de sí mismo, ni da consejos.
  • Les deja el protagonismo a ellos.
  • Busca dar sentido a sus vidas encauzando la conversación.
  • Consigue que sean ellos los que le descubran a Él, y, al reconocerlo, descubren sus propias cegueras.

El resultado no podía ser otro, “Señor no te vayas”.

El acompañamiento NO ES: establecer una relación terapéutica; hacer un seguimiento; dirigir o aconsejar; decidir sobre la situación o proceso de la persona necesitada. Tampoco es la aplicación de una técnica sin alma.

El acompañamiento es iniciar un camino entre iguales con idéntica dignidad: ambos somos necesitados (quizá de cosas diferentes o en distintos grados); nos diferencia el punto de partida, la situación vital de la que parte cada uno al inicio.

Hay muchas problemáticas que se nos pueden presentar: familias que viven en chabolas e infraviviendas, personas sin hogar que viven en la calle, problemas socio-sanitarios, familias desestructuradas, maltratos, embarazos no deseados, ancianos que viven en soledad, paro, problemas de arraigo en inmigración etc.

¿En qué acompañar?

  •  En las necesidades, es así como hacemos realidad las obras de misericordia. Tuve hambre y me diste de comer… Pero no una vez al mes, sino procurar los recursos que se necesiten a lo largo del proceso. Estas necesidades no son únicamente de orden material, también hay que acompañar en la búsqueda de empleo, gestiones que se necesiten, búsqueda de instituciones o asociaciones de ayuda etc.
  • En la participación, iniciando juntos procesos de madurez que nos lleve a ser sujetos de nuestras vidas. Eliminar dependencias, aprender a analizar y tratar los problemas que surgen…  y aumentar la participación en el vecindario, barrio, asociaciones etc.
  • En el sentido vital, analizar juntos el sentido vital que cada uno tiene en ese momento, desde el testimonio personal del creyente. En qué se fundamenta la seguridad vital, cuál es la motivación para levantarse cada mañana y afrontar los retos de cada día, cuáles son los valores que cimentan sus decisiones, cuáles las flaquezas que hay que trabajar….

El acompañamiento se inicia desde el primer momento con el conocimiento mutuo: poniendo a trabajar nuestros talentos, aportando nuestras virtudes, potenciando nuestra capacidad afectiva y de empatizar. Y… convencidos de que habrá momentos de confusión, de que se cometerán errores, puesto que también aportamos nuestra propia fragilidad. Pero, en definitiva, acompañando sin reservas, con todo nuestro ser.

Ante un proceso con indudable dificultad (proporcional a la hondura de la situación de pobreza), la persona que decide ejercer la caridad de la Iglesia ha de ser persona de oración, de vida cristiana o vida de Gracia; vivir con frecuencia la Eucaristía, confesión y con una dirección espiritual. No debe tener prejuicios; debe sentir afectividad desde la madurez. Debe tener capacidad para transmitir (desde su propia debilidad humana) un testimonio continuado del  amor de Dios; siempre con sus actos y, cuando la prudencia así lo aconseje, también con palabras.

Si se constituyera un grupo, se elegirá a una persona que lo dirija, otra que lleve la Secretaría y otra que lleve la Tesorería. Ha de reunirse con la frecuencia que se considere necesario, y se abordarán las problemáticas de las personas que están en proceso de acompañamiento (tanto en las necesidades y cómo satisfacerlas, como en la participación y el sentido vital). Igual que cada persona individual, el grupo hará oración unido y se procurarán charlas formativas y retiros espirituales. Un grupo que vive el espíritu caritativo en comunión, reza unido, etc., ha de constituir un respaldo seguro para los miembros del grupo que están desarrollando procesos de acompañamiento.

La puesta en práctica del método:

Lo ideal es que el acompañamiento se realice por dos personas; es mucho mejor a la hora de valorar problemas, de prestarse apoyo, de animarse en momentos de dificultad… Cada persona (o cada dos) pueden acompañar a varias personas o familias, dependiendo del grado de severidad de la situación de pobreza de cada persona o familia a acompañar y de la capacidad para acompañar.

Una vez que se conoce que hay una persona (o familia necesitada) a la que podemos atender, se inicia el proceso con una entrevista inicial, la cual ha de ser un primer encuentro. Se debe celebrar en un local digno, con una comunicación directa sin mesa u otro obstáculo de por medio y procurar que haya algún crucifijo en sitio bien visible (la persona que viene al encuentro tiene que darse cuenta que nuestra acción caritativa está impulsada por nuestra fe). Si es posible, poner un café y unas galletas o pastas, algo sencillo, pero necesario para generar un ambiente propicio para que la persona pueda expresar su situación en libertad. No se deben hacer preguntas, ni tomar apuntes, la persona que viene se tiene que sentir escuchada, no analizada.

Al final, si se considera que la necesidad es solucionable con una atención puntual, se le proporciona el recurso y se acaba el proceso. Pero si la situación por su complejidad requiere acompañamiento se le debe explicar de manera sucinta, pero bien entendible, que el método que nosotros utilizamos es el de acompañar a la persona o familia y se le invita a pensarlo para que nos traiga una respuesta en la segunda entrevista o encuentro. Al final de la entrevista si necesita alimentos u otros recursos se les proporciona, en la medida de nuestras posibilidades.

En la segunda entrevista o encuentro, si acepta el proceso de acompañamiento, se hacen las preguntas que se considere necesarias para hacernos una idea clara de la situación personal o familiar. El método es bien sencillo y natural; es lo que hacemos siempre incluso cuando vamos de compras: ver – juzgar – actuar. Terminada la entrevista se le proporciona aquellos recursos que necesite, siempre en la medida de nuestras posibilidades.

Una vez conocida la problemática de la situación se hace un diagnóstico de situación y se prepara una hipótesis o borrador de acompañamiento donde se expresa cómo abordar juntos los problemas y necesidades: estableciendo prioridades, recursos a emplear y de donde los vamos a obtener,  objetivos a alcanzar, estrategias y acciones a desarrollar, personas que van a participar, tiempos a invertir y evaluaciones sucesivas, teniendo siempre en cuenta como expresábamos antes, necesidades, participación y sentido vital. Con estos contenidos se hace una propuesta de planificación que es el borrador confeccionado.

La propuesta de planificación se le presenta a la persona o familia y juntos se modifica lo necesario para  establecer a un acuerdo, este plan de consenso es el que nos sirve para iniciar el proceso. Seguramente habrá que ir retocándolo, por eso como documento vivo puede y debe experimentar los cambios que el proceso requiera, siempre de mutuo acuerdo.

Se inicia la ejecución del plan de acompañamiento. En cada comunidad autónoma (y en algunos municipios) suele haber un mapa de recursos que nos puede ser muy útil; también un listado de entidades, asociaciones, congregaciones religiosas que prestan servicios a los que podemos recurrir en caso de necesidad: adicciones, mujeres maltratadas, mujeres prostituidas, mujeres embarazas con riesgo de aborto, albergues o centros de día, comedores sociales, viviendas sociales etc.

Cuando corresponda, se hacen las evaluaciones establecidas. Para ello, es bueno confeccionar un documento que nos sirva para valorar el grado de consecución de los objetivos que se habían propuesto y sus causas y valorar, así mismo, las estrategias empleadas y si no son adecuadas cambiarlas. Se expresa con confianza y sinceridad el grado de satisfacción mutua sobre el proceso de acompañamiento.

Después de cada evaluación es muy importante celebrar los progresos alcanzados y retocamos el plan para iniciar otro período. En el momento que la o las personas que acompañan sientan que no son las adecuadas (por cansancio u otras), —aunque se genera un retroceso seguro— es mejor que dejen el proceso y sean sustituidas por otras.

Aunque al leer los detalles del método pueda parecer difícil o imposible confeccionar un plan de acompañamiento, no lo es, es mucho más sencillo en la realidad, la verdadera dificultad es conseguir alcanzar todos los objetivos que se planteen, por eso es muy importante celebrar cada logro por pequeño que sea. Dar una bolsa de alimentos lo hace cualquiera aquí lo que tratamos es de la sanación integral de personas y una sola persona es un mundo.

La tarea es muy importante y por tanto necesita un esfuerzo considerable. La recompensa es desproporcionadamente alta: el pobre hace presente a Dios. La recompensa es, por tanto, servir a Dios en la persona del pobre. Y es que… ¡A qué más puede aspirar un cristiano que a ser herramienta de la que se sirve el Señor para atender a sus preferidos con la dignidad que requieren!

Así lo proclama el libro de Judit:

“Tú eres el Dios de los humildes, el defensor de los pequeños, el apoyo de los débiles, refugio de los desvalidos, salvador de los desesperados”.

Antonio Sánchez Martínez