La salvación del mundo exigió sangre inocente; Jesús se ofreció voluntariamente al Padre ya que era el único inocente exento de todo pecado. Su sacrificio a Dios no suponía reparación de pecados propios que Dios no los pudo tener. Pero, ¿a qué precio? El Libro de Isaías, describe el precio de la Redención que pagaría el Mesías el Siervo Sufriente de Dios. 1

El anciano Simeón profetizó que María Santísima sufriría un martirio espiritual. Él le dijo que el Niño Jesús estaba destinado a ser rechazado, y que una espada traspasaría el Corazón de María. El dolor no es desgracia cuando entra en los planes divinos; y para María Virgen, la clara manifestación de su vocación sufriente es un rayo de luz y de calor que inyecta seguridad a sus pasos. Escucha al anciano Simeón, no como a un agorero, sino como a un profeta enviado por Dios a Ella para revelarle cuál iba a ser su destino.

La simbología católica representa al Corazón de María con el color rojo, como el Sagrado Corazón de Jesús, traspasado por una espada, y circundado por una corona de espinas. Son los dolores que Ella sufrió en unión de su Divino Hijo en la Pasión. Del Corazón brota una llama. Es el Corazón ardiente de Nuestra Señora por Dios.

El amor sufriente del Corazón de María, atravesado con una espada de dolores por los hombres que amaron más las tinieblas que la luz (cf. Lc 2, 35 y Jn 3, 19), ha jugado, por tanto, un rol decisivo en su paso de las tinieblas del odio a la luz del amor; de la muerte a la vida (Cf. 1 Jn 2, 9 y 3, 14). 2

En el Calvario está la adquisición, la acumulación de los méritos, la Redención propiamente dicha, causada por la muerte de Jesús. Ahora bien, como la muerte de Jesús era necesaria, habiéndolo querido así Dios, para rescatar al mundo, así la presencia de María que asistió a esta muerte, que la aceptó y ofreció a Dios por la salvación del mundo, era necesaria para que María fuera efectivamente corredentora y nos engendrase a la vida de la gracia: Estaba de pie junto a la Cruz, oprimida por el más intenso horror al pecado, pero contenta de que su Hijo se inmolase por la salvación del género humano, y participando en tal manera de los dolores de Él, que le hubiera sido infinitamente preferible si hubiera sido posible, someterse Ella misma a los tormentos de que era víctima Jesús. 3

El Corazón de la Virgen, escribía San Lorenzo Justiniano, fue conformado como espejo clarísimo de la Pasión de Cristo y una imagen perfecta de su muerte.4

El Evangelio de San Juan cap. 19, y el Apocalipsis cap. 12, empalman refiriendo la maternidad de María Santísima sobre los fieles penetrada en el contexto del sufrimiento. Ella, sufre dolores de parto al dar a luz mística y espiritualmente a cada uno de nosotros al pie de la Cruz. La Mujer del Apocalipsis es la Mujer al pie de la Cruz.

Nuestra Señora le dijo a la Hermana Lucía el 10 de diciembre de 1925: «Mira, hija mía, mi Corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, procura consolarme y di que a todos los que, durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la Sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan compañía durante 15 minutos meditando en los misterios del rosario con el fin de desagraviarme les prometo asistir en la hora de la muerte con las gracias necesarias para su salvación».

En la carta que escribió la vidente Lucía de Fátima al Procurador de la Causa de Beatificación de sus dos primos, hoy beatos Jacinta y Francisco, hay algo que aterroriza en las manifestaciones: la inquina, el odio de Satanás contra los sacerdotes y contra los religiosos por la benéfica influencia que ellos pueden ejercer en la conversión de las almas. Veamos estas 3 dramáticas advertencias:

1ª: Algunos sacerdotes olvidadizos de su vocación, arrastran muchas almas a la condenación.

2ª: El demonio ataca seriamente a las almas consagradas a Dios. Sabe que con perderlos, se perderían también muchas otras almas.

3ª: Muchas de las personas que creen seguir los caminos de la perfección, no hacen caso alguno de las relevaciones de María Santísima en Fátima a los tres pastorcitos y practican una vida según sus caprichos.

Traspasan esas espadas el Corazón maternal de María Santísima. ¿Acaso los sacerdotes no son sus hijos predilectos?

San Bernardo, en forma de oración dijo: Querida y Santa Madre, ciertamente tu Corazón fue atravesado por una espada. La lanza que empleó el soldado romano no pudo perforar el cuerpo de tu Hijo sin perforar tu Corazón. Después de la muerte de Jesús, la cruel lanza perforó sin misericordia el costado de nuestro Señor. Jesús que ya estaba muerto, no sintió dolor alguno… Es apropiado que yo diga que tú eres la más grande de los mártires.5

Queda por escribir en nuestros corazones un amor contrito para el Inmaculado Corazón de María. Que este amor pueda expresarse cada día con tales muestras de amor y de virtud, que cuando comparezcamos ante Dios en el último día para ser juzgados, podamos oírle pronunciar las palabras más consoladoras, garantía de nuestra eterna salvación: He oído a mi Madre hablar de vosotros.6

Germán Mazuelo-Leytón

[mks_separator style=”solid” height=”5″ ]

1 Cf.: Isaías 53, 3-5.

2 Corazón de María, corazón de la Iglesia. P. Bertrand de Margerie, SJ.

3 Encíclica Ad diem illum, S. Pío X.

4 Factum est Cor Virginis speculum clarissimum passionis Christi, et imago perfecta mortis ejus: S. Laurent Justinien, De triumph, agone Christi, C, XXI.

5 El mensaje de Akita, P. Thomas Teiji, SVD

6 La Virgen y Rusia, Mons. Fulton J. Sheen

Germán Mazuelo-Leytón
Es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines