Mario Faverzani
Corrispondenza Romana
7 de Enero de 2015

A raíz de la declaración del obispo de Amberes, Mons. Johan Bonny, en la que se declaró a favor de un “reconocimiento formal” de las relaciones homosexuales y bisexuales, tenemos un nuevo pequeño bocado para rumiar con respecto al próximo Sínodo sobre la Familia. El mismo está en una entrevista al Cardenal Rodríguez Maradiaga publicada en la edición online del semanario Paris Match.

Maradiaga es considerado por los observadores como una especie de “vice-Papa”. Él no es un protagonista que toma posiciones por fuera de la agenda oficial y encuadrado con los que ven la posibilidad de conceder los Sacramentos a los divorciados y vueltos a casar, incluso a costa de alinearse contra el cardenal Müller sin ninguna ansiedad aparente en su parte.

Maradiaga se encontró en el ojo del huracán después de las acusaciones planteadas a través de la prensa por la American Life League de los Estados Unidos que muestran que la poderosa organización gestionada por él, Caritas Internacional, resulta estar proporcionando su liderazgo en favor del Foro Social Mundial, activamente involucrado en la promoción y protección de los llamados “derechos civiles y sexuales”, basados en la ideología de género, la agenda de la alianza LGBT, activando para acabar con la discriminación contra los homosexuales, la liberalización universal de acceso al aborto y a diversas tecnologías reproductivas, el control global del crecimiento de la población, el marxismo, el feminismo, el ecologismo, y así sucesivamente.

Esta vez, en su entrevista con la revista francesa, el cardenal Maradiaga escogió un camino más diplomático, jugando con un “Yo digo-yo no digo”. Después de hablar sobre el Papa, la pobreza, la paz del mundo, la reforma de los que dirigen la Liga de Fútbol y de la Curia Romana, en el contexto de ser él mismo uno de los llamados grupo C9 que tiene la tarea de esta último reforma – afirma luego explícitamente una apertura a un Estado palestino “con fronteras respetadas por Israel”, luego llega al tema “inevitable” del matrimonio gay. El tono es que esto último no tiene nada que ver con una cuestión de doctrina, no contiene cuestionamientos de la Escritura ni pronunciamientos magisteriales, ni siquiera relación con juicios pastorales opuestos. Por el contrario, se limita a una instantánea sociológica: “se trata de un tema recurrente en el ámbito internacional”, dijo, “desde que los líderes políticos de muchos países temen al lobby homosexual, que representa un elemento verdaderamente importante en el contexto del electorado. Lo más preocupante es que las Naciones Unidas, cuya principal vocación debería ser la de mantener la paz y la seguridad internacionales, se alínea con los que favorecen el aborto y el matrimonio homosexual”

En realidad, incidentes como el citado anteriormente del obispo de Amberes demuestran que no sólo los hombres en la política se inclinan ante ciertos grupos de presión.

 A continuación la entrevista pasa a otro tema “inevitable” para lo “políticamente correcto”: la del sexismo en la Iglesia contra las mujeres. Incluso aquí, Su Eminencia no quiere mostrar ningún sentimiento de desequilibrio. Se limita a desear una mayor presencia de las mujeres- laicas incluídas- en los dicasterios vaticanos, en especial en lo referente a cuestiones familiares. E incluso si no son responsables de estos dicasterios, él preferiría que más mujeres trabajasen “en el sistema internacional católico”. Pero está claro que esta transición sería para Paris Match sólo un paso adelante en la marcha, un pretexto para otra gran brecha que el modernismo busca abrir en los muros de la Iglesia. Con respecto al matrimonio de los sacerdotes, el cardenal Maradiaga reafirma que es una cuestión cerrada, pero incluso aquí sus razones (y este pasaje no es insignificante) son meramente económicas y sociológicas, nunca teológicas. Él dice: “Yo no sería capaz de mantener 150 sacerdotes diocesanos si tuvieran una familia.” Esto es lo que se limita a exponer en la entrevista, que ofrece una explicación débil, poco satisfactoria, y en algunos aspectos incluso mezquina, como si fuera un organizador laboral, especialmente en comparación con la cantidad más rica, satisfactoria, fundamentada y completa es la que da el Código de Derecho Canónico (277,1), donde se lee:

277 § 1.    Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres.

 Es fácil percibir al leer entre líneas un movimiento serpenteante para bajar el nivel de la discusión de estos temas: a nivelarse, para ser más “mainstream” dentro de una perspectiva que es simple y exclusivamente la del mundo, para reducir todas las preguntas a su inmanente naturaleza inmanente, borrando las explicaciones que son más verdadero y más completas, es decir, las explicaciones que tienen que ver con lo trascendente. Lo que esto significa es un proceso de reducción de la presencia de la Iglesia en el mundo a una especie de versión filantrópica de las Naciones Unidas. Fue Benedicto XVI quien nos advirtió sobre esto en su encíclica Deus Caritas Est (31a):

 Cuantos trabajan en las instituciones caritativas de la Iglesia deben distinguirse por no limitarse a realizar con destreza lo más conveniente en cada momento, sino por su dedicación al otro con una atención que sale del corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad. Por eso, dichos agentes, además de la preparación profesional, necesitan también y sobre todo una « formación del corazón »: se les ha de guiar hacia ese encuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro

 Pero, evidentemente, hay quienes consideran que Benedicto XVI ya no está “de moda”.

[Traducido por Juan Campos. Artículo original]