Unos de los triunfos más grandes del demonio hoy día es haber conseguido que el hombre pierda el sentido del pecado. Pues si “no hay pecado”, no hay arrepentimiento. Y si no hay arrepentimiento no hay salvación.

Les traigo a colación un par de casos, que aunque son extremos, muestran el sentido que muchas personas tienen hoy día de la gravedad y malicia del pecado.

Estaba confesando a una persona hace ya bastantes años cuando le pregunto:

-¿Recuerda algún otro pecado?

Y me responde:

-No, padre.

Con el fin de asegurar la integridad de la confesión le digo:

-¿Le importa si le hago algunas preguntas?

Y me responde:

-Pregunte lo que quiera.

Disculpe… Y entonces, comienzo a preguntarle sobre los mandamientos en general hasta que llegamos al quinto.

-¿Ha cometido aborto en alguna ocasión?

Y me responde:

-¡Ah sí, cinco veces!

Yo me quedé sin respiración. Había sido capaz de matar a cinco hijos y la conciencia ni le acusaba de pecado. Si no llego a preguntarle…

El otro caso ocurrió hace unos veinte años. Estaba confesando, cuando de pronto entra un señor relativamente joven o así lo parecía por la voz y me dice sus pecados. Y acabando la confesión añade:

-Y también me acuso de que me voy a acostar con una prostituta.

Cuando lo oí, no podía creérmelo. Le pregunto:

-Perdón ¿podría repetir el último pecado?

Y me dice:

-Que voy a acostarme con una prostituta.

Intentando asegurarme de que no estaba en un sueño le pregunto:

-¿Querrá decir que se ha acostado con una prostituta?

Y me responde:

-No, padre. No me ha entendido. Es que resulta que iba a acostarme con una prostituta y luego venir a confesarme; pero como me viene mejor confesarme primero, pues me ahorro un viaje, he preferido venir primero a usted y de aquí me voy con…

No puedo seguir contando la historia; pero ya se pueden hacer ustedes una idea. ¿Qué arrepentimiento podía tener? ¿Qué propósito de enmienda? ¡Qué caradura!

Uno de los efectos que el pecado tiene en nuestra alma es “acostumbrarse” a él. Cuando uno comete el mismo pecado una y otra vez, poco a poco se va acostumbrando, hasta que llega un momento en que deja de darle importancia, o lo que es peor, se auto-justifica, creyendo que en su caso no es tan importante. Se puede decir que en ese momento se ha perdido el “sentido de la gravedad de ese pecado”. Ahora bien, aunque  uno haya perdido el sentido de la gravedad del pecado, no por ello deja de ser culpable, ya que la ha perdido por su propia culpa.

Si a eso le unimos el hecho de que algunas veces cuando nos vamos a confesar el mismo confesor le quita importancia al pecado, como pretendiendo con ello ayudarnos a no sentirnos tan culpables, la situación se agrava más todavía; pues a nuestra propia falta de sentido del pecado se une la irresponsabilidad del confesor.

Flaco favor se le hace a aquellos que pecan gravemente y en lugar de llamarles al arrepentimiento se les quiere hacer entender que su forma de vivir también puede ser aceptable por Dios. En realidad están actuando como mensajeros de Satán más que de Dios. Por una falsa misericordia están condenando a algunos, que si se les hubiera hablado claramente de su pecado, quizá se habrían convertido y puesto en camino de salvación.

“¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los ebrios, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios” (1 Cor 6: 9-10).

A esos que actúan como mensajeros de Satán no les puede esperar otra cosa sino el infierno.

“Y al que escandalizase a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le arrojaran al fondo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Porque no puede menos de haber escándalos; pero ¡ay de aquel por quien viniere el escándalo!” (Mt 18: 6-7).

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros ni permitís entrar a los que querían entrar…Serpientes, raza de víboras, ¿cómo escaparéis al juicio de la gehenna?” (Mt 23:13.33).

La gravedad del pecado

Uno de los mejores modos de conocer la gravedad del pecado es viendo sus consecuencias. Por ejemplo:

1.- El pecado de Adán y Eva fue capaz de hacer perder a toda la humanidad: el Paraíso, la gracia santificante y la amistad con Dios, los dones preternaturales para siempre, y dañar la propia naturaleza humana. Y todo por un solo pecado.

2.- Después del pecado original (de Adán y Eva), para conseguir que Dios perdonara al hombre y le devolviera la amistad, el mismo hombre no podía hacer nada, pues la ofensa se mide por la ofensa hecha y por la persona a quien se ofende. Al haber ofendido a Dios, la ofensa era infinita; por lo que la reparación de la ofensa tendría que tener un valor infinito. Dado que el hombre no podía hacer por sí mismo esa reparación, “tuvo” que encarnarse el Hijo de Dios. Cristo, al ser hombre podía actuar como “cabeza de la humanidad” y así ofrecer un sacrificio por todos nosotros; y por ser Dios, su sacrificio tenía un valor infinito. De ese modo se obtenía el perdón de la ofensa infinita.

3.- El pecado de unos ángeles los convirtió en demonios para siempre.

4.- Morir con un solo pecado mortal es capaz de condenarnos al infierno por toda la eternidad.

Cuán grave será un pecado mortal que sólo por él es capaz de producir tantos males en el hombre, en los ángeles e incluso en la naturaleza creada.

Las consecuencias del pecado mortal sobre nuestras almas

1.- Pérdida de la gracia santificante que hacía el alma pura, santa e hija adoptiva de Dios heredera de la vida eterna. Sin la gracia santificante nadie puede salvarse.

2.- Pérdida de las virtudes infusas (caridad, fe, esperanza, prudencia, justicia, fortaleza, templanza) y de los dones del Espíritu Santo, que constituyen un tesoro divino, infinitamente superior a todas las riquezas materiales de la creación entera.

3.- Pérdida de la presencia de la Santísima Trinidad en el alma, que se convierte en morada y templo de Satanás.

4.- Pérdida de todos los méritos adquiridos (mediante las buenas obras) en toda su vida pasada, por larga y santa que fuera.

5.- Feísima mancha en el alma, que la deja tenebrosa y horrible a los ojos de Dios. “El pecado, dice San Juan Crisóstomo, deja el alma tan leprosa y manchada que mil fuentes de agua no son capaces de lavarla”.

6.- Esclavitud de Satanás. El que está en el pecado mortal es esclavo de Satanás “que es príncipe de los pecadores”, dice San Agustín.

7.- Aumento de las malas inclinaciones. El pecador está debilitado, no puede fácilmente resistir contra el mal y le cuesta mucho trabajo hacer el bien.

8.- Remordimiento e inquietud de conciencia. El que está en pecado mortal no tiene tranquilidad y paz en su alma.

9.- Reato, es decir merecimiento de pena eterna. El pecado mortal es el infierno en potencia, es decir, el que está en pecado mortal puede en cualquier momento caer en el infierno para siempre.

Como se ve, el pecado mortal es como un derrumbamiento instantáneo de nuestra vida sobrenatural, un verdadero suicidio del alma a la vida de la gracia. Los santos tenían auténtico terror al pecado mortal; sabían cuánto ofendía a Dios y dañaba a sus almas.

10.- El pecado mortal no sólo daña nuestra alma, la separa de Dios y la prepara para la condenación eterna; sino que también puede dañar a los demás, ya sea porque no estemos cumpliendo con nuestras obligaciones, seamos causa de escándalo o estemos dando mal ejemplo. Y de eso, también tendremos que dar cuenta ante Dios.

Malicia del pecado venial

Como nos decía Fray Luis de Granada: “No menosprecies pues, cristiano, el pecado venial por pequeño, pues al fin es enemigo; como se ve por los daños que nos hace, y no hay enemigo por pequeño que sea, que menospreciado, no sea poderoso para dañar mucho”.

Nos acostumbramos a los “pecadillos”, a “las mentiras piadosas”, creyendo que no hacen daño a nuestra alma; pero en realidad son como una enfermedad crónica que minan la salud poco a poco. El pecado venial no nos separa de Dios, pero impide que nuestra unión con Él sea firme y fructuosa.

El catecismo nos dice que los efectos del pecado venial son: disminuye el fervor de la caridad, nos dispone al pecado mortal y nos hace merecedores de las penas del purgatorio.

Lo que le ocurre a nuestra alma después de la muerte

En el mismo instante en el que una persona muere, su alma sufre un juicio particular que dura una fracción de segundo. Instantes después, ese alma, separada ya del cuerpo:

  • Si estaba libre de todo pecado y mancha, aunque fuera leve, va directamente al cielo a gozar de Dios para siempre.
  • Si estaba libre de pecado mortal, pero tenía pecados veniales y faltas, es llevada al purgatorio. Allí será ese alma purificada a través de sus sufrimientos y nuestras oraciones hasta que llegue el momento de marchar al cielo.
  • Si el alma muere, aunque sea con un solo pecado mortal, es conducida directamente al infierno para toda la eternidad.

Lo que le ocurre al alma que ha sido condenada al infierno

En el mismo instante que el alma es condenada al infierno, es atrapada por el demonio, desaparece cualquier amor que hubiera y todo se transforma en odio. Su corazón ya no es capaz de amar sino de odiar. Es más si se le ofreciera la posibilidad de arrepentirse lo rechazaría totalmente. Por toda la eternidad lo único que le queda es sufrir y odiar.

Sufrimiento que en un principio no será físico, pues sólo está en el infierno el alma. Al final de los tiempos, cuando los cuerpos resuciten, el cuerpo correspondiente a ese alma se le unirá de nuevo, para entonces cuerpo y alma sufrir por toda la eternidad. Dado que en el infierno no hay paz ni amor, sino que todo es odio y soledad, si por un casual viera a algún amigo o familiar que también hubiera sido condenado, se odiarían mutuamente y sólo se desearían hacerse mal el uno al otro.

Y todo ello por un solo pecado mortal del que no se haya arrepentido y confesado. ¡Qué malo será un pecado mortal cuando puede condenarnos para toda la eternidad!

Nota: Con este artículo no se pretende hablar de las condiciones para que un pecado sea mortal, ni de agotar el tema, sino solamente dar una ligera idea de la malicia del pecado, de los daños que hace a nuestra alma y del efecto que puede tener en la de aquellos que de un modo u otro reciben nuestro mal ejemplo.

Padre Lucas Prados

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com