Es necesaria la ciencia teológica porque el hombre está diseñado para hacerse preguntas que entrañen un sentido trascendente, y al mismo tiempo porque ha recibido una revelación especial por parte de Dios que ha de hacer suya si quiere salvarse.

De acuerdo con esto, queda justificada la teología, por un lado, por el anhelo de conocimiento que demuestra toda persona y, por otro, porque el hombre ha sido avisado por Dios a través de la Sagrada Escritura para caminar en la verdad, librando entretanto un misterioso combate, y conservando finalmente la fe[1]. De tal manera que se le ordena expresamente:

Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, corrige, exhorta con toda paciencia y con preparación doctrinal[2].

Pues bien, esta llamada a la preparación doctrinal es una razón suficiente que hallamos en la Santa Biblia para justificar la ciencia teológica. Ahora bien, el alcance de esta exhortación bíblica nos ofrece una veta riquísima para profundizar en esta llamada, así como en los motivos de la misma y también en los peligros que arrastra consigo el uso de la teología.

Uno de los pasajes de la Sagrada Escritura que mejor ilustran la importancia de la preparación doctrinal, es decir, la reflexión sobre Dios que hace el hombre a partir de la revelación divina, lo encontramos en los Hechos de los Apóstoles, concretamente en el episodio de Apolo:

Un judío llamado Apolo, oriundo de Alejandría, hombre elocuente, muy versado en las Escrituras, llegó a Éfeso. Había sido instruido en el camino del Señor. Lleno de entusiasmo, hablaba y enseñaba con bastante exactitud lo referente a Jesús, aunque sólo conocía el bautismo de Juan. Él se puso a hablar con toda libertad en la sinagoga. Mas cuando lo oyeron Priscila y Áquila, lo llevaron aparte y le expusieron con mayor exactitud el camino de Dios (Hch 18, 24-26)[3].

De lo anterior, por tanto, se desprende no solamente la importancia de la formación doctrinal, sino la de instruirse en la sana doctrina y enseñarla con escrupulosidad. Constantemente se insiste en el NT sobre esta idea. Los autores inspirados hablan de mantenerse firmes en la verdad[4], de no enseñar cosas extrañas[5], de tener cuidado con lo que se enseña[6]; de tal manera que al separarse de la verdadera doctrina surgen disputas y divisiones, quedando algunos en evidencia:

He oído decir que, cuando os reunís, hay divisiones entre vosotros, y en parte lo creo; y hasta es conveniente que haya divisiones entre vosotros para que se sepa quiénes son de virtud probada[7].

Naturalmente, como leemos en la primera carta de Timoteo (1, 6), algunos se han desviado y se han perdido en vanas palabrerías. Incluso ciertos individuos que se llamaban apóstoles sin serlo han sido encontrados mentirosos[8]. De lo anterior se desprende, así pues, que no da lo mismo transmitir la Revelación de cualquier manera. Si una y otra vez exhortan los autores neotestamentarios sobre la necesidad de conservar fielmente las palabras y obras de Jesús, ¿no implicará algún riesgo proceder de otro modo, interpretando la Sagrada Escritura al antojo de las modas de cada tiempo? ¿No correrá cierto riesgo la teología de cada tiempo al limar o corregir aquellas palabras inspiradas de la Santa Biblia que irriten los oídos escépticos o no casen del todo bien con el pensamiento vigente en su momento?

Jesucristo lanzó en su día una invitación que no acaba nunca, una llamada a interesarnos por su mensaje y su persona. Deseaba que el hombre tuviera iniciativa y considerara sus cosas; que se interrogara acerca de éstas, que las examinara con suma diligencia. Lo que daría como resultado el nacimiento y desarrollo de la ciencia teológica cristiana. Y es que el propio Cristo provoca en los evangelios la curiosidad de sus oyentes, pidiéndoles, pinchándoles incluso, para que descifren el sentido profundo de sus palabras. No en vano dice textualmente: “¡El que tenga oídos que oiga!” (Mt 13, 9). Y en otro lugar: “el que lea que entienda” (Mt 24, 15). ¿No se tratan estas palabras de una clarísima invitación a entender adecuadamente el mensaje transmitido por Cristo? ¿No son un acicate para participar en sus cosas y conocerlas fielmente?

Desde luego, estas palabras de Jesús son indudablemente una apelación a la inteligencia de los hombres, para que éstos den un paso al frente y le busquen activamente con el celo debido a todo un Dios, que en su mensaje ha advertido a los hombres puntualmente de que su existencia está ensombrecía por “el oscuro misterio de lo demoníaco”[9]. En este sentido, es bien claro que al hombre le conviene prestar atención, estar vigilante, siguiendo fielmente lo que marca la sana doctrina. Así pues, no es aconsejable en modo alguno apartarse de la verdad. Y no lo es porque entraña un riesgo formidable. San Pedro, en la segunda de sus cartas, señala dos claves que apuntalan nuestro discurso. Por una parte advierte sobre los falsos maestros que enseñan doctrinas de perdición[10] y, por otra, afirma que éstos son gentes que viven en el error[11]. Hasta el punto que puede decirse con toda confianza lo siguiente:

El que se sobrepasa y no permanece en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; pero el que permanece en la doctrina tiene al Padre y al Hijo[12].

La necesidad de caminar en la verdad es, pues, innegable. Pero antes de desmenuzar lo que Pedro apuntaba en relación a los falsos profetas y sus doctrinas de perdición, la explicación se verá muy reforzada con las palabras del profeta Oseas, según el cual la falta de conocimiento fue la ruina de su nación: “Mi pueblo será reducido al silencio por falta de ciencia” (Oseas 4, 6). Una vez más, la preparación doctrinal es imprescindible. Ahora bien, ¿imprescindible para qué? Para mantenerse firme en la verdad, y de esta manera, lograr la salvación.

Salvación puesta en riesgo por tanto al desviarse uno de la sana doctrina. Este es, en definitiva, el misterio que encierra vivir en el error. La condenación eterna. ¿Cómo, si no, se explican las anteriores palabras? Pedro habla claramente, como se ha visto, de doctrinas de perdición que enseñan hombres que viven en el error. Lo que aquí se pone de manifiesto entonces es una realidad encubierta que pasa desapercibida para la mayoría de los hombres, incluidos los propios cristianos. Y es que la vida del hombre es una lucha continua, pues vive, desde que nace hasta que muere, en guerra. Pero en una guerra silenciada.

Escribía en su momento el pensador católico Giovanni Papini en su famosa obra sobre el Diablo que la vida del hombre es una tragedia que tuvo comienzo en el comienzo del tiempo mismo y que ésta no ha llegado aún a su término. Según el escritor florentino esta gran tragedia cuenta únicamente con tres escenarios, que son el Cielo, la Tierra y el Infierno. Igualmente, tres son sus protagonistas: Dios, Satanás y el hombre. Y como toda tragedia que se precie, consta de cinco actos. En el primer acto Satanás se rebeló contra el Creador, desencadenando un proceso que dura milenios y que nos resulta oscuro e impenetrable. En el segundo acto, Satanás es derrotado y precipitado sin remedio al Abismo. Pero no se pone fin aquí a esta misteriosa historia. En el tercer acto, Satanás seduce al hombre y se convierte en su amo, vengándose así del Altísimo. En el cuarto acto, en cambio, Satanás es derrotado de nuevo por la acción de Jesucristo, al que Papinni llama el Hombre-Dios, el cual suministra a los hombres las armas necesarias para derrotar al Diablo. Finalmente, en el quinto acto, período que se corresponde con el fin de los tiempos, Satanás ensaya el desquite a través del Anticristo.

El polemista italiano, después de plantear la gran tragedia de la humanidad, considera que todavía nos encontramos en el cuarto acto, pero que ya se advierten los signos del quinto, acerca del cual se pregunta cuándo dará comienzo. A nosotros en cambio no nos interesa ahora realizar una aproximación a la pregunta formulada por Giovanni Papini en Il Diabolo, con el fin de intentar una respuesta ajustada acerca de lo que el escritor se interroga. No. Lo verdaderamente importante a efectos de este comentario es repara en la realidad de esta terrible tragedia, y en la observación que hace el autor sobre el seguimiento de la misma. Pues según Papini, esta inmensa y misteriosa tragedia cuenta, aun entre los cristianos, con pocos espectadores[13].

Pues bien, con todas estas cosas en mente, el uso de la teología se vuelve necesario y a la vez peligroso. En efecto, como se ha visto ya sobradamente, la insistencia de los autores bíblicos en mantener la fe de acuerdo a la sana doctrina está relacionada estrechamente con el mensaje de la salvación. La carta de san Judas, por ejemplo, confirma lo que decimos:

Queridísimos, tenía un gran deseo de escribiros acerca de nuestra común salvación, y me he visto obligado a hacerlo para exhortaros a luchar por la fe, que de una vez para siempre ha sido transmitida a los creyentes. Porque se han infiltrado entre vosotros algunos hombres, destinados desde antiguo a caer en la condenación, gente malvada que han convertido en libertinaje la gracia de nuestro Dios y niegan a nuestro único dueño y Señor, Jesucristo[14].

Así pues, si san Judas se dirige a los fieles y les escribe acerca de “nuestra común salvación”, animándoles a luchar por la fe y resistir a quienes, ¡infiltrados entre ellos!, y “destinados desde antiguo a caer en la condenación”, la relación entre salvación y asunción del verdadero conocimiento, de la sana doctrina, resulta innegable.

También san Pablo se pronuncia en esos términos; prometiendo expresamente la salvación a cuantos retengan el evangelio tal y como fue anunciado por él:

Hermanos, os recuerdo el evangelio que os anuncié, el que aceptasteis, en el que permanecéis firmes, y por el que os salvaréis, si lo retenéis tal y como os lo anuncié, pues de lo contrario habríais creído en vano.

Duras palabras las del apóstol Pablo, pero sin ceder ni un palmo a ningún tipo de ambigüedad. Y definitivas, no obstante, aunque ya se manifestara tal cual en sus primeros escritos, concretamente en su carta a los gálatas:

Estoy sorprendido de que tan rápidamente os hayáis apartado de aquel que os llamó por la gracia de Cristo y os hayáis pasado a otro evangelio. Eso no es otro evangelio; lo que pasa es que algunos siembran entre vosotros la confusión y quieren deformar el evangelio de Cristo. Pero si yo mismo o incluso un ángel del cielo os anuncia un evangelio distinto del que yo os anuncié, sea maldito[15].

Dicho esto, ¿no es verdad que la teología ha anunciado infinitas veces evangelios distintos del que Pablo anunció de acuerdo con la sana doctrina, es decir, el único evangelio verdadero, el de Cristo, inspirado por el Espíritu Santo? ¿No es verdad que el trigo y la cizaña han crecido juntos también con el desarrollo teológico y las mil y una teologías planteadas desde antaño? Si es legítimo, por tanto, aceptar una pluralidad de teologías, ¿no habrá de observarse con cuidado si cada una de ellas cumple con lo estipulado en el único evangelio de Jesucristo?

Hemos visto hasta aquí que la teología es necesaria, al menos atendiendo a la llamada hecha por Dios a los hombres de caminar en la verdad y permanecer fieles al único Evangelio, al Evangelio de Cristo, considerando la importancia capital de la preparación doctrinal. También hemos insistido en cuáles son los motivos de esta llamada: la salvación del hombre, que se enfrenta a una guerra ocultada y por la cual éste puede perderse. Y en último lugar hemos estimado los riesgos de la propia ciencia teológica: Reflexionar sobre Dios a partir de la Revelación sin mantenerse fielmente en la fe indicada por la sana doctrina, de tal manera que la pluralidad de teologías supone que el trigo y la cizaña de la parábola evangélica crezcan juntos sin que muchos lo perciban.

Por tanto, el hombre precisa conocer el verdadero evangelio en vistas a su salvación, por lo que queda fundamentada la ciencia teológica, ya que no es sólo una disciplina que apague la sed de conocimiento que posee el hombre, sino que sirve a éste, reflexionando sobre la Revelación y enseñándola rectamente, con el fin de que el hombre pueda reconocer a través de quién puede ser salvo. Con otras palabras: La teología queda justificada para que el hombre pueda distinguir la doctrina de las doctrinas, pues de lo contrario, de no ser capaz el hombre de diferenciar las doctrinas de los falsos maestros de la sana doctrina, la ciencia teológica se convertiría de aliada en enemiga. La teología, así pues, debe cuidarse de no invitar a su fiesta a la señora Ambigüedad, y citar expresamente para que comparezca en su proceso a la pareja Precisión y Claridad.

Pues aunque se ha justificado sobradamente en las líneas anteriores el uso de la teología, y se han definido sus motivos, los riesgos que plantea su uso combaten precisamente tanto su legitimidad como su razón de ser; cuando menos, hablan de sus miserias. Sin ir más lejos, el propio Joseph Ratzinger advertía en su libro Introducción al cristianismo de los peligros que entraña la disciplina teológica:

La teología no cumple con su cometido cuando se queda exclusivamente en sí misma y en su erudición, y se equivoca todavía más cuando busca «una doctrina según sus gustos» (2 Tim 4, 3), cuando en vez de pan ofrece piedras, cuando en lugar de la palabra de Dios propone la suya[16].

No en vano, Timoteo es exhortado a guardar el depósito de la Revelación. Al mismo tiempo que debe evitar “las palabrerías mundanas y las discusiones de la falsa ciencia”, pues “algunos que la profesaron se han apartado de la fe” (1 Tim 6, 20).

Con palabras parecidas se expresaba también la escritora católica María Vallejo-Nágera, muy popular gracias a sus numerosos libros de divulgación religiosa. La madrileña confesaba en su libro De María a María que había conocido a muchos teólogos con ideas alejadas de Dios, que más que mostrarlo a Él, hablaban de sí mismos:

Con gran desconsuelo afirmo que conozco gran cantidad de teólogos y filósofos que, aun creyendo conocer a Dios, no se conocen más que a sí mismos. […] Ser teólogo no debería implicar ser únicamente investigador sobre las verdades reveladas a lo largo de miles de siglos acerca de Dios, sino también aprender a descubrirle y sobre todo a amarle.

Tristemente hoy también sé de muchos de estos eruditos que solo se aman a sí mismos y que están demasiado orgullosos de su formación académica. Craso error, porque la pura verdad es que no somos nadie… Ni siquiera ellos[17].

Razón no debe faltarle a la autora española cuando señala que ha reconocido la cizaña entre el trigo al conocer a teólogos cuyas obras hablaban más de sus prejuicios y expectativas que de la doctrina verdadera transmitida por los apóstoles según el único evangelio de Cristo. Y cuando apunta a que la reflexión sobre Dios debe conducir al teólogo a aprender a amar a Dios, y no sólo a formarse y a formar correctamente. Pero en el fondo es lo mismo. Si como a Cristo, nos devora el celo de su casa, seguir sus palabras fielmente será una prueba sincera de amor hacia aquel del que anunciamos su muerte y proclamamos su resurrección. En el fondo, por tanto, está siempre el amor a Cristo, amor por el que seremos juzgados, y que podrá ser medido, como mínimo, por la firmeza con la que nos hayamos mantenido en la verdad[18].

Y nadie que ame sincera y conscientemente al Señor deseará rendirle un culto vano, “enseñando doctrinas que son preceptos humanos” (Mc 7, 7).

Luis Segura

[1] Cf. 2 Tim 3, 7.

[2] 2 Tim 4, 2.

[3] Las cursivas son nuestras.

[4] 3 Jn 1, 3.

[5] 1 Tim 1, 3.

[6] 1 Tim 4, 16.

[7] 1 Cor 11, 19.

[8] Ap 2, 2.

[9] J. Ratzinger, Introducción al cristianismo (Salamanca 152009) 136.

[10] 2 Pe 2, 1.

[11] 2 Pe 2, 18.

[12] 2 Jn 1, 9.

[13] Cf. G. Papini, El diablo (BlackList 2011) 11.

[14] Jds 1, 1-3.

[15] Gál 1, 6-8.

[16] J. Ratzinger, Introducción al cristianismo (Salamanca 152009) 205.

[17] M. Vallejo-Nágera, De María a María (Palabra 2014) 64-65.

[18] No hay por tanto en esta tesis nada del viejo o nuevo gnosticismo. No hay conocimiento que salve en sí mismo. La salvación procede de la persona de Jesucristo, hacia la que el cristiano camina de acuerdo con la verdad, con la sana doctrina, con el único evangelio de Cristo, ése del que habla el apóstol san Pablo. Así pues, conocer la Verdad no basta, hay que vivirla, aunque para vivirla se precisa conocerla.

Luis Segura
Escritor, entregado a las Artes y las Letras, de corazón cristiano y espíritu humanista, Licenciado en Humanidades y Máster en Humanidades Digitales. En estos momentos cursa estudios de Ciencias Religiosas y se especializa en varias ramas de la Teología. Ha publicado varios ensayos (Diseñados para amar, La cultura en las series de televisión, La hoguera de las humanidades, Antítesis: La vieja guerra entre Dios y el diablo, o El psicópata y sus demonios), una novela que inaugura una saga de misterio de corte realista (Mercenarios de un dios oscuro), aplaudida por escritores de prestigio como Pío Moa; o el volumen de relatos Todo se acaba. Además, sostiene desde hace años un blog literario, con comentarios luminosos y muy personales sobre toda clase de libros, literatura de viajes, arte e incluso cine, seguido a diario por personas de medio mundo: La Cueva de los Libros