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De la semilla plantada por Dios en los corazones

Punto primero. Considera aquellas palabras del Salvador en este Evangelio, que dice que el demonio viene y arrebata la semilla de la divina palabra de los corazones para que no le den crédito ni sean salvos. Declara la importancia de oír la divina palabra y abrigarla en el corazón que no es menor que la salvación, y la diligencia que pone el enemigo en que no la oigamos, te debe hacer más diligente en oírla y conservarla. Pondera cuánto te importa dar gratos oídos a Dios y no dejarla por negligencia ni por humana persuasión, y no dejar alguno de los sermones pues no sabes en cuál de ellos te tiene Dios librada tu salvación.

Punto II. Considera cómo Cristo no declaró esta palabra a los del pueblo y la declaró a sus discípulos, porque como dice Teophilato, no da el pasto de su doctrina a los que no la logran y así los deja secos y hambrientos como a indignos de ella, la cual declara a los que la logran y reciben como deben. Mira cuántos sermones has oído y cuan poco has logrado en tu corazón. Teme que Dios no te cierre las puertas, para que oyendo no entiendas, y pierdas como indigno, los frutos de su divina palabra. Pídele al Señor que te dé luz y entendimiento para entenderla, cómo se la dio a sus santos discípulos.

Punto III. Considera el fruto tan copioso que dio la que se logró, pues en ella recuperó el buen labrador todo lo que perdió en las demás. Piensa despacio los frutos de merecimientos que puedes ganar en esta vida para la otra, poniendo en ejecución los consejos que Dios te da por medio de sus predicadores y de los padres espirituales que te rigen, y cuánto gozo tendrás en el tiempo de la cosecha, cuando recojas los frutos de tu trabajo como cuando los labradores recogen sus mieses y encierran su trigo, y el dolor de no haberle logrado, si ha sido por descuido o negligencia. Considera el que tendrás tú por no haber logrado las ocasiones que te da Dios para enriquecerte con la semilla de la divina palabra, y que el tiempo y la ocasión que dejas no volverá; que ahora puedes merecer y después no podrás acabar la carrera de esta peregrinación; y por tanto, ahora que puedes merecer, y ganar tan colmados frutos, date prisa y pide a Dios gracia para lograrlos como debes.

Punto IV. Considera cómo la semilla que se logró un día dio a uno treinta, otra a sesenta, y otra a ciento por uno, de suerte que hubo tres tierras que por su malicia la perdieron, hubo otras tres que por su bondad la lograron, y en estas recompensó el labrador lo que perdió en las primeras, las cuales si no la perdieran habían de dar este fruto. Pondera que la que cayó en el camino perdió dar a treinta por uno, y la que cayó entre piedras, perdió dar a sesenta, y la que cayó entre espinas, a ciento y no solo perdió el fruto, sino que crió leña con que fuese abrasada y quemada. ¡Oh alma mía! Si no logras la palabra de Dios aprovechándote de ella como debes, perderás el fruto, y se trocará en espinas que sirva de leña al fuego de tu tormento; mira que al paso que te deleitas en este mundo y te entregas a las riquezas, honras, y dignidades que adoras, así mismo es mayor tu pérdida y el tormento que dispones para padecer después. Trabaja ahora en labrar y limpiar la tierra de tu corazón para que logres las inspiraciones y las palabras del Señor, y ganes ricos merecimientos a ciento por uno que goces eternamente en el cielo.

Padre Alonso de Andrade, S.J




Meditación
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Meditaciones diarias de los misterios de nuestra Santa Fe y de la vida de Cristo Nuestro Señor y de los Santos.

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