El retroceso de la República en Marcha de Emmanuel Macron ante el avance de los chalecos amarillos ayuda a entender la importancia de la protesta que ha estallado en Francia en las últimas semanas.

El blanco principal de las protestas es el arrogante presidente galo, que en su discurso a la nación del pasado día 10 se ha visto obligado a reconocer el fracaso de su política. Pero Macron es la personificación del poder tecnocrático europeo, y su fracaso es también el de la jaula económica y social en que ha encerrado a la Francia de los eurócratas. De momento, los vencedores políticos de este pulso político son los partidos derrotados en las elecciones presidenciales de 2016.

El Rassemblement Nationale de Marine le Pen y la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon, que en la primera vuelta obtuvieron el 47% de los votos frente al 24% de Macron, y fueron derrotados en la segunda vuelta, se están desquitando. La consigna de estos partidos, como ha recordado Eric Zemmour era soberanía: «Soberanía de la nación y soberanía del pueblo. La soberanía de la nación frente a la oligarquía europea. La soberanía del pueblo contra las élites francesas que lo han traicionado» (Le souverainisme à deux visages, en Le Figaro del 6 de mayo de 2016).

De acuerdo con los sondeos, actualmente reclama la soberanía más del 60% de los franceses, al igual que en Italia, donde un porcentaje igual de alto de electores sostiene el gobierno del primer ministro Giusseppe Conte. Muchos observadores han puesto de relieve la analogía entre las reivindicaciones de los chalecos amarillos y el acuerdo de gobierno entre la Liga y el movimiento Cinque Stelle. Aunque los primeros están en la oposición y los últimos en el Gobierno, las elecciones europeas están a las puertas y podrían alterar el horizonte político, empezando precisamente por Francia.

Otra palabra que resuena junto a soberanía es populismo. Parece ser que la tradicional bipolaridad de la izquierda está siendo sustituida por la dicotomía pueblo-élite. El nuevo enfrentamiento dialéctico es teorizado igualmente por Steve Bannon, exconsejero de Trump, y por Alexander Dugin, el politólogo tan estimado por Putin, que ha declarado: «Ya no hay derecha ni izquierda, sólo personas que se enfrentan a la élite. Los chalecos amarillos están creando una nueva historia política, una nueva ideología». Ahora bien, ¿es cierto que ha pasado a la historia la dicotomía derecha/izquierda? ¿Y que la nueva dialéctica entre el pueblo y las élites constituye una autentica alternativa a la precedente?

Desde el punto de vista histórico-político, ambos conceptos nacen con la Revolución Francesa, que señala el fin de la civilización cristiana y el surgimiento de un nuevo espacio político profano. Cuando en 1789 se convocan los Estados Generales en Versalles, el estado monárquico francés se caracteriza por una estructura social triple. En el vértice se encuentran el clero y la nobleza, y en la base el Tercer Estado.

Tras la disolución de los Estados Generales, el interior de la Asamblea General se sientan a la derecha los defensores del Trono y del Altar y a la izquierda los liberales y los republicanos. Los primeros defienden las clases altas, y los segundos el pueblo, que está abajo. Tanto la metáfora vertical como la horizontal se entrecruzan. A lo largo de la historia ha sido siempre la izquierda la que ha hecho del pueblo sujeto exclusivo de la vida política y la nación, proponiendo un concepto de la soberanía contrario al tradicional. Para Rousseau y para el abate Sieyés, padres intelectuales de la Revolución Francesa, la soberanía reside sin falta en el pueblo, que no puede en modo alguno renunciar a su poder, relegarlo ni dividirlo.

Un destacado historiador como George Mosse (1918-1999), ha subrayado que los aberrantes cultos impuestos por la Revolución Francesa no fueron otra cosa que el ensayo final del culto a la voluntad general por parte de los totalitarismos modernos.

Sin embargo, la historia no la hace nunca el pueblo, sino las minorías. Minorías han llevado a cabo la Revolución Francesa y el Resorgimento italiano. Una minoría hizo también la Revolución Bolquevique, otra minoría la del 68 y otra minoría es la que al parecer dirige el aparentemente acéfalo movimiento de los chalecos amarillos.

El papel de las minorías en el gobierno de la sociedad ha sido puesto de relieve por todos los grandes maestros del pensamiento político, desde Platón y Aristóteles hasta la escuela moderna de ciencias políticas, surgida en Italia a principios del siglo XX con Gaetano Mosca, Vilfredo Pareto y Roberto Michels. Estudiando la política como si fuera una ciencia, esta corriente de pensamiento ha documentado que en todas las sociedades la política siempre ha estado dirigida por una minoría organizada, que definen como élite.

La palabra élite es una transcripción moderna del vocablo aristocracia, que etimológicamente significa gobierno de los mejores. Cuando se corrompe la clase dirigente, la élite se transforma en una oligarquía, ya sea financiera, partitocrática o de otra índole, pero en todo caso se caracteriza por perseguir egoístamente intereses personales o partidarios.

La élite es, al contrario una clase dirigente que subordina los propios intereses a los del bien común nacional. Lo que distingue a una élite, como destaca Plínio Correia de Oliveira, es que está dispuesta a sacrificar los propios intereses en aras del bien común, que es el interés más alto de la sociedad. (Nobiltà ed élites tradizionali analoghe nelle allocuzioni di Pio XII al Patriziato e alla Nobiltà, Marzorati, Milán 1993). Pío XII la llama a ser «no sólo una élite de la sangre y de la estirpe, sino también de las obras y los sacrificios, de intervenciones creadoras al servicio de todas las colectividades sociales» (Discurso a los patricios y la nobleza romana, 11 de enero de 1951).

Tras la caída de los totalitarismos comunista y nacionalsocialista, la democracia representativa, aparentemente vencedora, va camino de su colapso definitivo. Lo que en realidad ha sucedido en los dos últimos siglos, acentuándose en los últimos veinte años, es un proceso de piramidización de la sociedad, que ha visto cómo nuevas oligarquías sustituyen a las élites tradicionales.

En 1995 se publicó un ensayo póstumo de Christopher Lasch, The Revolt of the Elites and the Betrayal of Democracy, (la rebelión de las élites y la traición de la democracia), en el que el historiador estadounidense acusa a la nueva élite de haber traicionado los valores occidentales recluyéndose en un ambiente artificial, globalizado y alejado de los verdaderos problemas de la sociedad.

El antielitarismo que distingue también al pensamiento de Noam Chomsky es, no obstante, un caballo de Troya de la izquierda. En Le Figaro del pasado día 4, Yves Mamou afirma que los chalecos amarillos son algo más que una revolución. Son un movimiento de restauración nacional contra la Revolución impuesta en los últimos treinta años por las élites política, económica y administrativa. El análisis es acertado y se refiere a un alma de la protesta, la cual no obstante, tiene dos: una de derecha y otra de izquierda. La primera encarna la Francia real, la de los campesinos, los artesanos, los comerciantes, los que ejercen profesiones liberales y los militares; la Francia de la verdadera riqueza, que es ante todo una riqueza moral, porque se basa en el sacrificio y en un patrimonio de valores comunes.

La segunda es la Francia del odio social, que es descendiente directa de la Revolución Francesa. Aspira a lo mismo que la democracia directa de los jacobinos, los anrquistas y los trostkistas deseosos de revancha tras el fracaso del estado burocrático marxista-leninista. Dos almas que confluyen en una multitud soberanista y populista, frenta a las cuales apresta sus armas otra masa en la sombra.

Los inmigrantes de primera, segunda y tercera generación han sido dejados de lado en una rebelión que tiene también entre sus objetivos el rechazo a la inmigración, y no permanerán en silencio por mucho tiempo. El futuro que se vislumbrar para los chalecos amarillos parece destinado a sobreponerse al evocado por Laurent Obertone en su clarividente novela Guerilla: Le jour où tout s’embrasa.

Mientras la V República manifiesta su vulnerabilidad, hay dos masas a punto de estallar en Francia: la multicultural y la soberano-populista. Y si estalla Francia estalla Europa.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.