ADELANTE LA FE

Mujer (a raíz de la legalización del aborto en Argentina)

Un viejo amigo me precisó que la palabra “mujer” era un adjetivo sustantivado. Ese ser que Dios puso como compañera del hombre  era en el inicio designado como “varona” (virago), que es lo que significa Eva, y en algún lugar de la historia su mejor expresión la terminó designando para siempre por su mayor cualidad: “la ternura”. La palabra mujer (mullier)  viene de “muelle”, blando, tierno. Es decir que cuando llamamos a ese ser “mujer”, ya estamos haciendo mención a una cualidad, que es la ternura.  En fin, resulta que la palabra ya indica por sí misma un piropo, una designación amorosa que hace el varón inspirado por el cariño.

No me cabe a mí mucha duda que debe haber sido el mismo Adán – que fue quien nombró todas las cosas – el que comenzó esta amorosa pirueta gramatical. Y tampoco dudo que esta idea no nació en aquella aventura temprana de la inocencia, donde la naturaleza toda brindaba ternura, sino después, ya fuera del paraíso y él condenado a buscar el pan con sudor y sangre. Más probable que en el momento de la intimidad matrimonial consoladora de aquella enorme pérdida – en el que no dudo que haya pronunciado el adjetivo –  se le debe haber hecho patente en ese momento increíble del primer parto de la historia, cuando ambos vieron el primer nacimiento y, esa madre de todos nosotros (a la que imagino más bella que todas las mujeres que el mundo haya visto) se maravilló dolorida y atemorizada ante un hecho que no tenía experiencia anterior alguna; del que quizá temió que pudiera  ser la muerte y con ella el final de todo, pero que de pronto ponía en sus manos y a su pecho “un niño”. Y su cara llorosa ya comenzó a hacer mohines para calmar el berrido de aquel primer cachorro.

Un tanto celoso, el mismo Adán, tomó por primera vez la medida de la “ternura”;  de una ternura que a él, y por él, jamás le hubiera sido regalada, y debe haber sido en ese momento, del que él era un testigo casi ajeno (como lo somos todos los padres ante un nacimiento), que concibió la palabra como un sustantivo, pues toda la ternura se expresaba en aquella extraordinaria relación.

Aquel primer parto era mucho más en ellos de lo que podemos experimentar o imaginar nosotros hoy. Alejados de Dios, a la intemperie de la selva, pensando cómo se podría hacer realidad aquella Promesa del Padre, este hijo, ese pequeño, era el principio de cumplimiento de esa promesa que tomaba forma. Ese niño era el Mesías, el Salvador, o por lo menos, el inicio palpable de que el Mesías llegaría, y que vendría del vientre de Eva. Aquel hijo era la victoria y la revancha contra el demonio. Su subsistencia era la clave de la redención de toda la humanidad. Ella no lo podría dejar ni por un momento, prodigándose en cuidados y caricias,  y él, ya saliendo de sus oscuros remordimientos, tensaría todos sus músculos para proveer y defender la Esperanza que tomaba cuerpo en esa dupla de una dulzura tan extensa como el cielo que abría, sin pensar en otra cosa hasta la noche, en que al volver a su casa debe haber cantado a la luz de la luna y,  por primera vez después de la salida del paraíso, después de tanto llanto y culpa, las más hermosas plegarias de gratitud al Padre que se hayan podido escribir nunca jamás, ni aún en el paraíso.

Esta misión enorme de Eva como “madre” marcaría a todas las mujeres del pueblo de la Promesa. En sus vientres se jugaba el destino de toda la humanidad, de ellos saldría alguna vez el Mesías esperado. Y esto podría ocurrir en cualquier momento. Cada una de ellas, ya en Canaán, ya en Egipto, ya en aquel interminable Éxodo, rezaban a Dios sobre sus vientres para ser acreedoras de aquel infinito privilegio de ser las madres, las abuelas o las bisabuelas del Bienamado de las gentes. Las estériles desconsoladas y las fértiles urgidas ¡sino en esta generación será en la próxima! pero TODO se jugaba en las generaciones de sus vientres.

Quizá con cierta simpleza viril entendamos que toda aquella historia era por encontrar una “tierra” de la que manaba leche y miel, pero este destino que hacía de sus vientres la verdadera tierra prometida estaba bien marcado en sus mujeres, en la leche y la miel de sus cuerpos. Hay relatos increíbles de ello, como el de aquella Tara, que desairada por su cuñado Onán (condenado a muerte por evitar la generación) esperó a su suegro Judá a la vera del camino disfrazada de ramera,  desplegando su voluptuosidad de mujer para lograr ser parte de este destino sagrado, para con un engaño poder cumplir con su destino generativo, y que con ello,  ¡logró ser ascendiente del Mesías! ¡Qué maravillosa y “descontracturada” providencia de Dios! Aquella audacia de donación, en que puso en juego su voluptuosidad y su bienaventuranza, la convirtió en una de las “madres” del Mesías. (Sin duda el relato bíblico no es un asunto de puritanos).

Más tarde, el más maravilloso alago pronunciado a una mujer, de boca nada menos que de un ángel, dijo a aquella bellísima Niña de Nazaret, “¡Ave María! …. ¡Bendita tu eres entre todas las “mujeres” (no viragos) y (porque) bendito es el fruto de tu VIENTRE!”. Y a él – a Su Vientre – se dirigirá el grito de aquella santa mujer (Luc, 11) “¡Bendito el vientre que te llevó, y los pechos que te amamantaron!”

Desde Eva hasta María, miles de mujeres buscaron en la generosidad de sus vientres la salvación del mundo (no existía la valoración de la virginidad en las mujeres veterotestamentarias, había que parir al Mesías), y todas sus personalidades se desarrollaron en la esperanza de la fertilidad de sus vientres para poder cumplir ese destino de Reina que ya anunciaban las escrituras (y que jamás, hasta ahora, abandonará la ambición de la mujer).  No nos habla el ángel de su preciosísimo Corazón, o de otros de sus atributos corporales, él pronuncia y designa aquella parte del Cuerpo de María, tan íntimo, o podríamos decir, tan inapropiadamente íntimo, al punto que sólo un ángel u otra buena y santa mujer, podrían nombrarlo sin que un raro escalofrío corriera por las tripas de quien lo nombrara. Y ese canto al “vientre”, ya sagrario, es la más púdica de las “inconveniencias” jamás expresadas en la historia. En aquella milagrosa imagen de la Guadalupana,  hecha de su mano, la Virgen mostrará la gloria de su vientre pariendo la América católica.

La civilización cristiana heredará esta concepción de lo femenino, la de la ternura maternal centrada sobre el vientre femenino, y aún ya producida la concepción del Cristo, las mujeres cristianas guardarán en su memoria más visceral esta idea de sus vientres como sagrarios de Cristo, vientres que parirán a los “electos”, a los santos, a los sabios o a los héroes de la cristiandad – a los sacerdotes, finalmente Cristos –  y por ello ser  “reinas”.  A su vez, el ideal Mariano, de la Virgen y  Madre, abrirá las puertas para las religiosas consagradas, en las que la conservación inmaculada de sus vientres renueva  aquel Sagrario, pero donde el centro de la feminidad sigue estando en este punto tan íntimo y a la vez tan incómodo de tratar con el debido pudor.

La mujer moderna rabiará con furia frente a este “condicionamiento cultural”, frente a esta concepción casi exclusiva de su función de “madre” (biológica o espiritual), y pugnará por ser tenida en cuenta como “virago”, a la par de la condición del varón,  y no “relegada” a la mísera función de ser “un vientre”, como se puede hablar del ganado. Pero lo más curioso, es que no otro era el centro de la feminidad pagana y no otro, por más que chillen y pataleen (como veremos), el de la feminidad moderna.   Pero ahora no para hacer ya de sus vientres la “Puerta del Cielo” y “Causa de nuestra alegría”, sino la puerta del gozo más humano, causa del placer. Quieran que no, aquella designación gloriosamente visceral ¡Bendita en tu vientre! ¡Bendita por tu vientre! sigue vigiendo como centro de sus existencias, y es en la potencialidad del gozo – sublime o voluptuoso – que de ellos se dispensa, que se hacen “acreedoras a todo” “reinas del cielo”, y “provisionalmente inferiores” al varón. Porque ese varón pronto estará de rodillas ante una de ellas para implorar los favores de la gloria o del placer, y estando claramente dispuesto a poner el mundo a sus pies invocándola como “Reina”, del Cielo o del Mundo. Ante sus vientres rogará un Santo Domingo o un Don Juan, ante ellas rendirán sus ejércitos un Juan de Austria o un Enrique VIII,   implorando sus favores para salvar a la cristiandad o para perderla.

No digo que no puedan ser tiernas las caricias de la cortesana que gana el mundo de manos de su hombre, adjetivamente tiernas, pero la sustantividad de la ternura se da en la maternidad, donde esa “amante”, desde el fruto de su vientre  gana el cielo para ella y para todos. La religiosa consagrada, y disculpen el atrevimiento, no es una seca, sino que lleva con toda ternura en su vientre al Cristo hecho Hostia, como la Virgen en su tierno vientre, y desde allí acuna a toda la humanidad, asunto que los “ciegos” no suelen percibir.

Hay en la mujer de todos los tiempos pasados esta tendencia a ser “acreedoras de todo” por la generosa donación de sus vientres, en la exagerada y total entrega para el gozo de los hombres, sublime en el caso de la bienaventurada, pecaminoso en el de la voluptuosa, pero en todos los casos, conscientes de que hay en él una prefiguración del paraíso y del cielo, que hay en él un poder extraordinario de atracción que salva o hunde a los hombres.

Si repasamos las páginas de la obra “Lujo y Capitalismo” de Werner Sombart, descubriremos que ha sido el vientre de la cortesana el que produjo el estallido del capitalismo, el que inaugura la modernidad, donde el hombre rindió a sus pies – a su vientre- el mundo. Mundo que tomó una nueva forma y que pasó de rendir culto al vientre de María, a rendir culto al de la cortesana, la que exigió para su devoción no ya la pompa de la liturgia, sino el “lujo” de la vida que crearía  la sociedad capitalista.

Dejemos esta difícil analogía donde la mujer busca la perdición o la salvación desde un mismo lugar de su cuerpo y con una símil disposición generosa o incalculada a la donación, haciéndose acreedora al sustantivo o al adjetivo, con innumerables casos históricos en que esta disposición, por más pecaminosa que fuera, no desnaturalizaba la mujer hasta el punto de no hacerla pasible de conversión. ¡Cuántas Magdalenas!

Pero ya Sombart nos avisa que el renacimiento va dando a luz a un ser intermedio, la “demimondaine” ( casi-mundana), que a medias de ambos tipos, mantiene una honestidad junto a una  voluptuosidad que maneja para competir por su hombre con la cortesana, pero ambas dadas a media máquina. Esta transforma su hogar y su persona en una mezcla de ambas cosas, pero ambas con retaceo, y con ello va dando lugar a la “honesta burguesa” cuya despectiva descripción supiera hacer con genialidad – pero con exageración – León Bloy, definiéndola como “la mujer honesta, vale decir, la pareja del burgués, la condenada absoluta, a quién ningún holocausto alcanzará a redimir”.  Lo importante de este nuevo (y viejo) tipo, es la escatimación de la entrega, la donación a medias a Dios y al varón. La tibia, la que pare una “parejita”, la que no quiere exageraciones religiosas pero aprueba una suave pátina de religiosidad. La que con igual mediocridad cultiva una voluptuosidad retaceada que a nadie convence.

Digo también “viejo tipo” porque siempre existieron, son este tipo de mujeres las que negaron asilo a la Sagrada Familia en Belén por no perder su comodidad, las que negaron refugio y comida a Cristo cuando subía a Jerusalén para ser crucificado – por no meterse en problemas, ni dejar que sus maridos lo hagan – provocando la ira de Juan que pidió al Señor que haga llover fuego sobre ese pueblo. Es la que no entrega su vientre ni a Dios ni al hombre del todo, que se reserva, que busca su comodidad en una donación camandulera de tome y daca. Una puerta al fin apenas entornada al gozo, que se cierra no bien se le exige mucho.

Cuando digo que la crítica de Bloy es un tanto exagerada, hay que tener en cuenta que había ya un varón que habiendo adquirido malos hábitos, pedía de ella dos cosas imposibles de conciliar y la ponía en la peor de las situaciones. Los gauchos argentinos solían sobre esto hacer una chanza extraída de su experiencia equina y la aplicaban como analogía: “la yegua, o es pa madre, o pa sillera”, y no había que andar confundiendo las opciones. Pero no podemos dejar de ver una clara iniciativa femenina, como cuando la manzana, y una subsiguiente debilidad del varón que espera de ella un cielo natural.

De la obra mencionada debemos sacar como conclusión, sabia y fundada, el enorme y principal papel de la mujer en la conformación moral de las naciones y de las épocas, muy por encima del varón. No debemos perder de vista que la caída del Imperio Oriental obedeció en primer lugar a la sensualidad de la mujer cristiana oriental, sensualidad que descubrieron los cruzados y ya comenzaron a extrañar en sus hembras, bravas mujeres hechas para Dios y el sacrificio, aquellas que como reza el dicho, “parían mientras iban a lavar la ropa al río”.

Pero hoy, si como creo, estamos inaugurando una nueva época de la historia, no ya moderna sino “anticristiana” (o del anticristo si prefieren), estamos viendo tomar forma una nueva varona (que desde ningún punto de vista puede ser llamada mujer,  ni como  adjetivo ni como sustantivo, pues repugna de toda ternura), y es la virago del apocalipsis, la anticristiana. No ya la burguesa que retacea el gozo o el fruto de su vientre en un juego de equívocos, sino la que pretende negar toda entrega, pero que, a pesar de todo, no podrá esquivar esta atávica localización anatómica de su personalidad.

Es la mujer que aun negando toda donación,  no le alcanza, y entonces “profana su vientre”. La que ha decido no dar nada a Dios,  ni al varón, destruyendo toda virtualidad de sus entrañas. Lesbiana y abortera. Entregada al placer onanista para sí misma. Pero al fin, su pirueta de negación, es un maligno acto de donación de su vientre al demonio. En él, ahora se celebra el más horrendo acto que se pueda concebir y que cierra toda puerta al amor, al gozo, y aún al placer del otro.

Este último tipo que se alumbra en las oscuridades de un tiempo renegado y apóstata, es un monstruo inexplicable fuera de ser “la celebración de los misterios de Satanás”. Una liturgia del odio. Un grado al que el varón nunca alcanzará, como no alcanzará la Gloria de María. Porque ningún varón puede dar ese Sí, ni ese No. Ese Sí que abre el cielo y ese No que nos lanza al infierno. La Redención comienza con ese Sí de mujer, y termina su tiempo con este No de varona.

No caben diálogos ni razones con el demonio. No cabe frente al crimen espantoso del aborto otra cosa que la oración, el anatema, la excomunión y el exorcismo. La pública expresión de la fe en liturgias reparadoras. El aborto no es negación a la función natural del vientre femenino, que eso es la voluptuosidad y aún el retaceo burgués; no es a la “vida” que se niega en un acto de egoísmo, sino que esto es una afrenta sobrenatural, un negar la vida sobrenatural realizada con total conciencia y en íntima relación con las potestades infernales.

Dardo Juan Calderón

Dardo Juan Calderón

DARDO JUAN CALDERÓN, es abogado en ejercicio del foro en la Provincia de Mendoza, Argentina, donde nació en el año 1958. Titulado de la Universidad de Mendoza y padre de numerosa familia, alterna el ejercicio de la profesión con una profusa producción de artículos en medios gráficos y electrónicos de aquel país, de estilo polémico y crítico, adhiriendo al pensamiento Tradicional Católico.
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