«Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos y llorábamos acordándonos de Sion» (Sal.137,1).

«Como anhela la cierva las corrientes de las aguas, así te anhela mi alma, ¡oh Dios! Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo iré y veré la faz de mi Dios? Mis lágrimas son día y noche mi pan cuando me dicen cada día: “¿Dónde está tu Dios?” Lo recuerdo, y mi alma se expansiona, pues atravesaba yo por medio de los nobles hacia la casa de Dios entre los gritos de alegría y alabanza en festiva algazara» (Sal.42).

¡Con qué fidelidad expresan estas palabras del salmista el sentir de tantos católicos que nos vemos privados de asistir a la Santa Misa en estos días en que se nos tiene sometidos a un desmesurado arresto domiciliario!

El sacrificio perpetuo (Mal.1,11) ha quedado interrumpido en prácticamente todo el mundo salvo por los sacerdotes que rezan la Misa en privado, y se ha dejado de haber acceso a los sacramentos; no hay adoración, no hay confesión, no hay Eucaristía. Ni siquiera se ha podido cumplir el precepto de confesar y comulgar en Pascua de Resurrección. Y en muchos sitios se corre peligro de no poder volver a comulgar en la boca y de rodillas, cuando no se ha prohibido ya. Vivimos tiempos sin duda apocalípticos. 

No basta con las misas televisadas o transmitidas por internet. Cuando yo era niño recuerdo que los domingos ya se emitía por televisión la Santa Misa para enfermos e impedidos, como se llamaba entonces, lo cual estaba muy bien y es mejor que nada para quien no tenga otra alternativa. De hecho, a partir de Pío XII ya se emitía en Italia la Misa por radio y TV. Pero aunque es una ayuda para quienes no pueden asistir por motivos de salud, no es lo mismo, porque no hay verdadera presencia. No es lo mismo una foto que la presencia de la persona que se muestra en ella. El Señor está en la Hostia pero no en una foto o una imagen filmada o televisada de la misma; en estos casos no hay presencia real sino virtual. Una foto de la Sagrada Forma en una custodia o en manos de un sacerdote tiene su belleza como la tiene una noche estrellada o una puesta de sol, pero carece de ese magnetismo que se percibe al contemplarla en persona. Igualmente, el sacramento de la penitencia tiene que ser presencial; no es válido confesar por teléfono ni por correo electrónico. Como ha dicho el cardenal Sarah, «la lógica de la Encarnación, y por tanto de los sacramentos, no puede prescindir de la presencia física. Ninguna transmisión virtual reemplazará la presencia sacramental. A largo plazo, incluso podría ser perjudicial para la salud espiritual del sacerdote que, en lugar de mirar a Dios, mira y habla a un ídolo: a una cámara, alejándose de Dios, que nos amó hasta el punto de entregar a su único Hijo en una cruz para que tengamos vida». La Santa Misa no es un espectáculo ni es imprescindible celebrarla en presencia de personas, aunque los fieles tienen el derecho y el deber de asistir a ella y la Iglesia no les puede ni debe negar dicho derecho. Aquí, aquí y aquí encontraremos artículos del imprescindible doctor Kwasniewski con más razones y argumentos que refuerzan la superioridad de la asistencia presencial a la Santa Misa sobre la Misa virtual.

Lo peor es que han sido los propios obispos y no tanto los gobiernos los que en la mayoría de los casos han cerrado los templos y suprimido los sacramentos, justo cuando más falta hacen. Cobardes, asalariados, mercenarios que han huido al ver venir al lobo, abandonando las ovejas precisamente cuando éstas tienen más necesidad de los sacramentos y de los consuelos del sacerdote. La Iglesia jamás ha hecho esto. Tomando las debidas precauciones, nunca privó de los Sacramentos a los fieles, así estuvieran apestados o leprosos.

Como dice monseñor Schneider, es posible que tengamos que volver a las catacumbas.

Y ahora que por fin se empieza a permitir que se abran los templos, se imponen unos aforos excesivamente reducidos con lo que la mayoría se queda sin poder entrar. Peor aún: supuestamente para evitar el contagio, se obliga a los fieles a recibir la Comunión en la mano, previamente revestida con guantes. El resultado es que, por no querer diseminar el virus, ¡se diseminan partículas de la Hostia consagrada que luego se tiran a la basura junto con los guantes desechables! Porque los fieles se van a su casa con los guantes puestos, sin purificarlos (¿y cómo harían para purificarlos?), y después de asirse a la barra del autobús o del metro, sacar dinero para comprar y sabe Dios que más harán con los guantes puestos, desperdigando más todavía las partículas en toda clase de ambientes, llegan a casa y los echan a la basura, los arrojan entre desperdicios. Hará un par de años tuvo mucha difusión una ilustración gráfica, hecha con una hostia sin consagrar y un guante negro para mayor visibilidad, de cómo se desprenden inevitablemente minúsculas partículas de la oblea al comulgar en la mano. Esto se hizo con un guante de cuero; los guantes desechables de látex, por sus propiedades electrostáticas, hacen que se adhieran con mucha más facilidad fragmentos diminutos de la Hostia.

Con esto del aforo limitado, la Misa ha llegado a burocratizarse hasta el extremo de que en la archidiócesis de Milán es preciso pedir cita previa como quien va al dentista. En la puerta del templo, un policía pide el documento de identidad a los fieles para comprobar si su nombre figura en la lista. Resulta igualmente esperpéntico ver al sacerdote administrar la Comunión con el rostro tapado por una mascarilla de cirujano (en Italia ya se venden bolsas de mascarillas para los sacerdotes, una de cada color litúrgico). Y para completar el surrealismo, en la catedral de Florencia le ponen el cascabel al gato: al entrar te ponen un collar especial vibra para alertar cuando se está a menos de dos metros de otra persona.

El pandemónium causado por la pandemia ha caído sobre la Iglesia y sobre el mundo como un castigo, porque Dios, como buen Padre amoroso que es, castiga a sus hijos para que se corrijan y enmienden. Como dice San Pablo a los hebreos, nos corrige porque somos hijos legítimos y no bastardos (cf. He.12,8). Pero la jerarquía y la mayoría de los curas no reconocen el castigo, como los hombres del Apocalipsis que aun siendo castigados con las plagas de las trompetas y las copas no se arrepentían. La Iglesia no ha pedido perdón por los abusos litúrgicos, por los sacrilegios y profanaciones, por la idolatría cometida en el Sínodo para la Amazonia, por unirse en yunta desigual con los infieles (2.Cor.6,14) en actividades ecuménicas, por la amplia aceptación en algunos sectores de la Iglesia de la ideología LGTB, por ocuparse más de los cuerpos que de las almas, por amar más al mundo que a Dios. La cizaña ya está enraizada en la Iglesia, entremezclada con el trigo, y cada vez está más extendida. Pero los hombres no reconocen el castigo ni se arrepienten de su mal camino. Persisten y se empecinan en el mal. Roguemos porque se arrepientan y termine pronto este destierro de Babilonia, y ofrezcamos el sacrificio de tener que renunciar a la Comunión o a la propia Misa en desagravio por los sacrilegios que se cometen y para que tengamos buenos pastores que guíen bien a la grey de Dios.