El 23 de septiembre la Iglesia recuerda a Pío de Pietrelcina, figura grande del santoral católico
en el siglo XX. Este santo italiano vive entre 1887 y 1968. Es religioso capuchino, sacerdote,
y durante cincuenta años sufrió en su cuerpo los estigmas de la pasión de Cristo.

    Es muy difícil resumir la vida de este santo, pues la densidad de su piedad es de tal magnitud que
siempre se dejarán fuera aspectos importantes. Modelo de todas las virtudes, Pío vivió como santo
desde niño a la hora de llevar con impresionante fe sus muchas enfermedades que hicieron pensar
a algunos superiores que no podía vivir vida de religioso y menos aún de sacerdote. Pío desde muy
joven observaba dones milagrosos como la bilocación (estar en dos lugares a la vez), la lectura de
conciencias (cuando era confesor, así ayudaba a los penitentes en confesar pecados olvidados u
omitidos), a la vez que sufría de forma constante el acoso del diablo. Su fervor a la Virgen María
fue perfume de su vida en todo momento.

    Como prueba de su identificación absoluta con Cristo, Pío recibió los estigmas de la pasión del
Redentor. Y esa señal, a la vez dolorosa y sobrenatural, le valió a Pío otra pasión terrible al padecer
persecución dentro de la misma congregación. Hasta poco antes de morir tuvo estigmas en las
 manos que, milagrosamente, nunca fueron infecciosos.

    Pío dedicó su vida a la oración, penitencia y caridad. Fundó un gran hospital para “alivio de los
que sufren” y ejerció una gran labor evangelizadora a través sobre todo del confesonario. Era en
extremo humilde y sus respuestas no dejaban dudas de su sencillez. Cuando le preguntaron cómo
podía bilocarse, respondía diciendo que “su personalidad se extendía, eso era todo”. Esas
bilocaciones fueron siempre para hacer el bien a otras personas. En su proceso de canonización
aparece la más extraordinaria de todas: se elevó a las nubes de su pueblo para desviar a unos
aviones norteamericanos que iban a bombardear (en plena II guerra mundial) su localidad.

    Este gran santo tuvo revelaciones particulares sobre el futuro de la Iglesia y de la humanidad,
y conocía de antemano la perversa influencia del modernismo dentro de la Iglesia. Fue un santo
que padeció mucho a causa de su fidelidad, pero jamás albergó rencor ni crítica destructiva contra
sus hermanos de congregación ni contra la institución eclesial a pesar de los varios procesos
canónicos a los que fue sometido y que llegaron a la Santa Sede.

    Su muerte, en 1968, fue también teñida de hechos sobrenaturales. En su funeral, al que
acudieron miles de personas devotas de su santidad, su apacible rostro apareció en la ventana
de su celda ante la atónita visión de todos. De inmediato dieron orden de tapar el cristal con
una cortina gruesa pero justo después, de nuevo,  su rostro beatífico apareció ahora en todas
las ventanas del convento. Con gesto feliz y elevado, el Padre Pío saludaba así a todos y los
alentaba a caminar con fidelidad hacia el Cielo.

    Padre Pío de Pietrelcina, apóstol del Amor y la Verdad, intercede por nosotros

Padre Santiago González
Nacido en Sevilla, en 1968. Ordenado Sacerdote Diocesano en 2011. Vicario Parroquial de la de Santa María del Alcor (El Viso del Alcor) entre 2011 y 2014. Capellán del Hospital Virgen del Rocío (Sevilla) en 2014. Desde 2014 es Párroco de la del Dulce Nombre de María (Sevilla) y Cuasi-Párroco de la de Santa María (Dos Hermanas). Capellán voluntario de la Unidad de Madres de la Prisión de Sevilla. Fundador de "Adelante la Fe".