RORATE CÆLI

El Papa que quiere ocupar el lugar de Dios

¿Representará la exhortación apostólica postsinodal que acaba de firmar el Papa Bergoglio, y que aún no se ha hecho pública, una revolución para la Iglesia? ¿Quedará fundada así una «nueva Iglesia» sobre la palabra de católicos progresistas como el Papa Bergoglio y Walter Kasper y no en la Buena Nueva de Jesucristo?

Porque ciertamente el cardenal Kasper, el temerario rival de Joseph Ratzinger, ya ha anunciado una «revolución» con todas sus letras.

Bergoglio utilizo a Kasper en febrero de 2014 para divulgar en el consistorio la sensacional noticia de la comunión a los divorciados vueltos a casar. No es qué a Bergoglio le interesen los divorciados que desean recibir la comunión, se trata de usarlos como un ariete para arremeter en contra de la doctrina católica y de los sacramentos.

El lunes pasado, durante una reunión en Lucca en la víspera de la firma de la exhortación, Kasper no se pudo contener. «Será el primer paso de una reforma que dará inicio a un nuevo capítulo en la historia de la Iglesia en más de 1700 años».

La exhortación no se hará del dominio público hasta mediados de abril pero Kasper, que está al tanto de su contenido, clama ya la victoria. «El documento dejará su huella, será la revolución más importante de los últimos 1500 años», asevero.

Encabezados de Vatican Insider acerca del documento también citan a Kasper afirmando que «será revolucionario».

Y Bergoglio, que igual que sus allegados le encanta provocar, le intimó a Scalfari en  Repubblica, el 24 de diciembre, que él es «un revolucionario». [Repubblica es un diario italiano de tendencia izquierdista y Scalfari  es el jefe de redacción].

Hirviendo la rana

El plan de Bergoglio de derruir la Iglesia católica es evidente, es también evidente que debe llevarlo a cabo con astucia y deliberación, buscando actuar en el momento oportuno y evitando acabar en el papel del «Papa hereje».  De ser así, quedaría expuesto a un dictamen del Código de Derecho Canónico que a su vez atraería consecuencias.

Sin embargo, a Bergoglio le gusta caracterizarse de la siguiente manera: «Puedo decir que soy una persona astuta, se cómo conseguir lo que quiero». Se explica, entonces, lo que apareció ayer en otra reseña de Repubblica, esta vez de Albero Melloni.

De este artículo podemos deducir, aunque hubiera sido predecible, que la exhortación no será un cambio formal a la doctrina, ya que el Papa no puede proclamar explícitamente que los Evangelios y dos mil años de Magisterio de la Iglesia concernientes a la indisolubilidad del matrimonio serán botados al cesto de la basura. Esto equivaldría a desechar su propia legitimidad.

¿Qué, entonces, dice la exhortación según Melloni? Todo será de rúbrica y quedará legalizado como un inofensivo esmero pastoral y un llamado a una «participación más  plena» de los divorciados y vueltos a casar en la vida de la Iglesia.

Melloni se apoya en la suposición, por demás fantasiosa, de que «casi todos los párrocos» ya ofrecen la comunión a los  divorciados vueltos a casar y que simplemente constituiría  una  legitimación de un uso ya común sin darle un fundamento teológico. En atención a la misericordia, por supuesto.

Mediante este procedimiento se podría, efectivamente, legitimar una teología anticatólica de la Eucaristía, el matrimonio y la confesión sin tener que explicarlo y sin tener que dejar asentadas declaraciones heréticas en blanco y negro.

Según Melloni, Bergoglio procedería «haciendo un llamado a los obispos a asumir esa responsabilidad y efectivamente delegándoles tal autoridad.

Ya se ha anulado el matrimonio de esta manera con el Motu Proprio.  Quizá otorgará la autoridad a los obispos para legitimar el acceso a la Eucaristía a ciertas parejas de divorciados y vueltos a casar sin la necesidad de cohabitar como hermanos, como la Iglesia lo exige.

El Papa Bergoglio estaría delegando a los obispos autoridad (sin tener el derecho a ello) para crear una práctica sacramental nueva. Al extenderse a segundos y hasta terceros matrimonios, los legitima de manera tacita y estremece así  los basamentos mismos de la Eucaristía y la confesión.

En resumen, nos exime de la necesidad de obedecer los mandamientos, y este es un poder que ningún mortal posee.

La apostasía

Es difícil imaginar que la Iglesia aceptaría tal cosa. Primeramente porque es absolutamente falso que los divorciados vueltos a casar normalmente reciben comunión: es ampliamente sabido que la Sagradas escrituras (y por lo tanto la Iglesia) no lo permiten a menos que la pareja viva el celibato bajo un mismo techo.

En el pasado, los obispos que no se han apegado a esta norma se encontraron en una situación grave de desobediencia (y sabemos que el cardenal Bergoglio de Buenos Aires fue uno de ellos).

Por otra parte, no es posible separar la doctrina de la práctica ya que si se legitima una práctica que es contraria al catolicismo, en la tutela de los sacramentos por ejemplo, automáticamente se está afirmando una doctrina heterodoxa.

Es ya del dominio público que Bergoglio ya ha expresado de manera tajante teorías insólitas acerca de los sacramentos que no están formalizadas en el Magisterio.

En Noviembre, charlando con los luteranos en Roma, aseveró que la Eucaristía católica y la protestante están divididas únicamente por «interpretaciones», agregando que «la vida es más que las explicaciones y las interpretaciones».  De un tajo quedo el dogma católico reducido a una cuestión de opinión y equivalente al protestantismo.

El 11 de febrero, en una plática con el clero romano, Bergoglio  estreno una idea excéntrica concerniente al sacramento de la confesión en la cual el penitente no está obligado a confesar ciertos pecados y, de cualquier forma, debe ser absuelto ya que al entrar en el confesionario «el acto de su presencia habla con claridad».

La doctrina de la Iglesia, obviamente, enseña todo lo contrario.

No obstante, Bergoglio fue aún más lejos declarando que el confesor no debería exigirle al penitente la intención de no pecar más, cómo lo señala la Iglesia, ya que, según él, el acto de asistir al confesionario es suficiente.

En esta misma ocasión Bergoglio cerró sus comentarios con un ejemplo que nos hace pensar de los divorciados vueltos a casar. «Si una persona nos dice “no puedo prometer tal cosa”, porque se trata de una situación irreversible, tenemos aquí un principio moral: ad impossibilia nemo tenetur, o sea, “nadie está obligado a lo imposible”».

Quizá esta acabe siendo la nueva marca de confesión y absolución de Bergoglio para los divorciados vueltos a casar, mas ¿cómo pueden considerarse estos sacramentos válidos?

Esta teoría moral de Bergoglio, en la que ad impossibilia nemo tenetur no tiene nada de católico, ya ha sido explícitamente condenada por el Concilio de Trento: «Si alguno dijere, que es imposible al hombre aun justificado y constituido en gracia, observar los mandamientos de Dios; sea excomulgado»  (Sesión VI, Can. XVIII).

El triunfo de Kasper sobre la Iglesia

Si las ideas que postula Melloni son en efecto a las que Bergoglio va a sumarse, se estará adhiriendo exactamente a las mismas ideas que propuso Kasper en su informe al consistorio en febrero de 2014.

En aquél consistorio la línea de Kasper, que gozó del apoyo entusiasta e incondicional de Bergoglio, fue vetada por el setenta y cinco por ciento de los cardenales. Y posteriormente fue vetada en los sínodos de 2014 y 2015.

El Papa, en desafío de la susodicha pero muy elogiada Sinodalidad del sínodo, estaría ahora firmando los postulados de Kasper a pesar de que ya habían sido rechazadas tres veces por los cardenales y obispos. Y recordando que son igualmente rechazadas por la totalidad del Magisterio y especialmente por las Sagradas Escrituras.

De surgir, un documento de esta índole podría abrir las puertas a sucesos espectaculares dentro de la Iglesia.

Precisamente en este momento se ha publicado en España en forma de libro una entrevista con el cardenal Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, donde afirma que no es posible dar comunión a los divorciados vueltos a casar debido al derecho divino que caracteriza la indisolubilidad del matrimonio.

Se cree, amplia pero erróneamente, que el Papa puede cambiar la verdad que ha sido revelada a la Iglesia, mas él no es el dueño de esa verdad sino su siervo.

El venerable Pio Brunone Lanteri, quién fue también un gran defensor del Papado, lo explicó claramente: «Se me dirá que el Santo Padre puede hacer cualquier cosa, quodcumque solveris, quodcumque ligaveris, etc. Es verdad; pero no puede hacer nada en contra de la Constitución Divina de la Iglesia; él es el Vicario de Cristo, pero no es Dios, ni tampoco puede destruir la obra de Dios».

En relación a las centenarias enseñanzas de la Iglesia otro gran personaje, el cardenal Journet, sostiene que: «En lo que se refiere al axioma “donde se encuentre el Papa ahí se encuentra la Iglesia”, es válido siempre y cuando el Papa se comporta como Papa y patriarca de la Iglesia, si este no es el caso entonces ni la Iglesia está en él ni él está en la Iglesia».

Antonio Socci

[Traducido por Enrique Treviño. Artículo original.]

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