[The Wanderer] Comenzó el lunes en Santiago de Chile el congreso Summorum Pontificum que cuenta con la presencia del cardenal Jorge Medina Estevez. En Argentina, se cuentan con los dedos de una mano las diócesis donde se celebra dominicalmente la Misa Tradicional. En muchos casos los obispos hostigan a los sacerdotes que la celebran y, en otros, los sacerdotes comisionados por sus ordinarios para celebrarla, hostigan a los fieles que concurren, exigiéndoles que, a cambio, concurran a la misa nueva a fin de que acrecienten también su amor por ella. 

Esto constituye un primer signo de perversión litúrgica: obligar a una persona a que tome gusto por lo feo después de haber contemplado lo bello. Es como si después de tomar Lagavulin, fuéramos obligados a gustar también del Criadores. Podremos tomar ocasionalmente y en razón de compromisos sociales, una copita de Criadores, pero es imposible pretender que nos guste. 

No niego que el Novus Ordo bien celebrado -admitiendo que eso sea posible-, puede tener cierto grado de desmejorada belleza, pero constituye un claro índice de distorsión pretender que es igualmente bello que el rito tradicional. Es un Criadores comparado con un Lagavulin.

Pero hay una perversión litúrgica mucho mayor. El culto materializa los sentimientos del alma. Los traduce. El buen orden (oikonomía) de los gestos, movimientos, palabras y cantos litúrgicos simbolizan la armonía del alma (simmetría) y reflejan la belleza divina.  

El sentimiento religioso, natural en todo hombre, se expresa en los actos litúrgicos que, en su mayor parte, deben ser contemplación de la belleza de Dios, visible en las imágenes sagradas, en los cantos, en las palabras y en los gestos, los cuales deben ofrecer un “espectáculo” que se conforme, en cuanto sea posible, a la naturaleza divina y que, al mismo tiempo, despierte en nosotros la presencia de Dios. Esta belleza inspira el gozo y nos arranca de las miserias de la vida cotidiana, asimilándonos a ese estado de calma y dulzura que se atribuye a lo divino. 

Estos principios que acabo de exponer corresponden al orden natural humano. De hecho, no son más que una apretadísima síntesis de lo que Platón expone en su tratado sobre Las Leyes. Cuánto más son aplicables, entonces, al culto del verdadero Dios. El Novus Ordo, tal como celebra habitualmente en las parroquias argentinas, dista bastante de expresar alguna belleza, de inspirar gozo y de asimilarnos a la calma y dulzura divina. Son espectáculos lamentables que no puede causar más que daño rebajando el culto a la divinidad a una mera reunión de amigos teñida del mal gusto propio de los clérigos progres.

Se trata de un perversión, es decir, de algo vuelto al revés, pues no refleja la belleza de los dioses, sino la miseria de los hombres. Pero es una perversión particularmente grave ya que no desordena solamente el culto cristiano sino que desordena la propia naturaleza humana. Platón, cuando expone los principios del culto, lo hace a partir de lo que observa en el hombre en cuanto humano y, por eso mismo, propio y atribuible la humanidad entera. Pervertir, en el sentido más propio del término, el culto divino tal como ocurre en la inmensa mayoría de las misas novus ordo -al menos las que se celebran en Argentina- es un atentado no solamente contra la tradición cristiana sino contra la misma naturaleza humana. Y pretende que eso guste y enamore, es añadir perversión a la perversión
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