ADELANTE LA FE

Poder del Diablo – Poder de Dios

“Todo esto es mío y lo doy a quien yo quiero; todo esto te daré si cayendo a mis pies me adorares’. Un hombre algún día aceptará este trato. No sé qué día”. Castellani, Leonardo. El Evangelio de Jesucristo. Buenos Aires, Theoria, 1963, p. 152.

El domingo I de Cuaresma la Liturgia de la Santa Misa nos ofrece la narración de las tentaciones de Cristo.

En la Capilla Sixtina en su pared norte hay un fresco de Sandro Botticelli en el que el pintor renacentista florentino hace alusión a las diversas tentaciones que Jesús sufrió durante su estancia en el desierto. A la izquierda contemplamos al demonio exhortando a Cristo para que transforme las piedras en panes; en el centro, sobre la iglesia, el demonio anima a Jesús a que se tire desde el tejado para ser salvado por los ángeles; a la izquierda enseña las riquezas del mundo que entregará a Cristo si éste se postra y lo adora. En las dos primeras tentaciones el Demonio aparece caracterizado como un eremita mientras que en la última es descubierto por el Hijo de Dios que lo llama: Satanás y por eso aquí nos muestra su característico aspecto. Lucifer se despeña en el borde del precipicio mientras unos ángeles preparan la mesa para la Eucaristía. Esta escena eucarística está directamente relacionada con la imagen de primer plano en la que se presenta un sacrificio judío –hay críticos que aseguran que se trata del sacrificio de agradecimiento del leproso curado por Cristo– sin dudas es prefiguración de la celebración eucarística, que refuerza el mensaje del milagro de la transustanciación, en un tiempo en el que empezaba a ser cuestionado por las reformas religiosas del siglo XVI.

El Padre Leonardo Castellani en el sermón acerca de este pasaje del Evangelio de San Mateo señala que habría mucho que decir pero a fin de ser breve se va a centrar en tres puntos: el Tentador, el Tentado y nosotros.

El Tentador

Con respecto al Tentador nos explica que, a pesar del talento del diablo éste no estaba seguro de que Cristo fuera realmente el Mesías. Esto, que puede parecernos increíble puesto que el demonio conocía la Escritura, subraya la enormidad del Milagro y el Misterio Absoluto que implica un Dios que se hace hombre, algo imposible de ser creído por un ser creado a menos que sea por un acto de fe sobrenatural, acto que necesita de la gracia de Dios, que el diablo no posee. No basta la ciencia o el conocimiento, es necesaria la fe. El Tentador quiere hacer pecar a Cristo y sacarse la duda.

Sobre el poder que tiene el diablo hay una hermosa idea que expone en la que es conveniente detenerse. Es la siguiente:

“El diablo tiene un poder grandísimo –eso muestra el Evangelio– y por otra parte es un poder vano, porque se puede vencer “de palabra”, con la palabra de Dios.

Gran encomio de la Escritura Sagrada hay en este Evangelio: Cristo vence las Tres Tentaciones con el arma de la Escritura. Pero el poder del diablo es tremendo en los que están desarmados. Cuando le dijo a Cristo: “Todo esto es mío y a quien yo quiera se lo doy”, mostrándole los Reinos de la Tierra (en la política se puede decir que el diablo no tiene rival) Cristo no le respondió: “¡Mentiroso! Todo esto es de Dios, no tuyo”; no se metió a discutir con él, porque en algún sentido todo eso es, en efecto, del diantre; en el sentido de que hoy día, por nuestros pecados él lo mangonea todo. Él es el Fuerte Armado, es la Potencia de la Tinieblas, es el Príncipe de este mundo, como lo designó Cristo en otros lugares”[1].

Y a pesar de todo ese poder que el mismo Cristo le reconoce al diablo, es vencido “de palabra”, con la palabra de Dios… Si lo pensamos bien es sobrecogedora la fuerza de la Palabra de Dios.

En otro Sermón (II domingo de Cuaresma) resalta Castellani el hecho de que en varias ocasiones Dios habla a los hombres, como cuando después de la transfiguración dice “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. Escuchadlo” (Mt. 17, 5). Era la voz de Dios el Padre pero impersonada por un Ángel, y acota: “Si llega a ser la voz del mismo Dios, ‘la que hace temblar las montañas’ como dice David…, los Apóstoles no se levantan más”[2].

Y después agrega:

“Si a los antiguos griegos, romanos y galos les hubiesen dicho por la prensa, la radio y la televisión que sobre un alto monte de Judea Dios acababa de hablar, se hubiesen puesto en marcha multitudes innumerables, si no para alcanzar a oírlo a Dios, para alcanzar a los testigos que lo oyeron; y saber de sus labios lo que dijo. Salvajes y civilizados, grandes y chicos, no hubiesen perdonado bestia ni molestia para hacer esa gran peregrinación, mayor que las Cruzadas; para saber qué dijo Dios. Pero resulta que ahora lo que dijo Dios está en un librito de 12 ó 15 pesos [de 50 o 150 pesos] que sin moverme de mi cuarto puedo conseguir llamando por teléfono a la librería… la que sea, no quiero hacer propaganda comercial; y a los hombres no les interesa el librito ése: no lo leen, no lo compran, no lo estudian: ni lo mentan. Ni regalado lo quieren. Y lo que es peor, hay gente que lo lee, lo compra y lo estudia, para sacar de él divisiones, sectas, cismas, herejías y la justificación de los más grandes desvíos morales. Esta es la hechicera Humanidad”[3].

Pensaba ¡cuán cierto es esto! ¡Cuántos problemas del  mundo actual se resolverían verdaderamente si fuéramos fieles a la Sagrada Escritura! ¡Cuántas respuestas que hoy se nos piden, podríamos dar y vencer el mal, desde la fidelidad a la Sagrada Escritura!

El Tentado

Acerca del Tentado, Castellani explica por qué es el diablo lo acosa con promesas tan extrañas en vez de hacerlo con la “Bobobrígida” (hoy diríamos la Xipolitakis) o alguna similar, con “la llave del Banco Central o con las urnas llenas de votos del Congreso”. La explicación es simple. El diablo sabía que Cristo era un varón religioso y lo tienta como tal: el demonio tienta de soberbia. Las tres tentaciones en opinión de Castellani, fueron de soberbia, ya que no tienta de sensualidad “a los que hacen Cuaresmas tan rigurosas como Cristo”. Es interesante la explicación acerca de que el diablo como la mona de Dios (ya que querer “ser como Dios” fue su caída y es su constante manía) tienta prometiendo o dando las cosas de Dios: lo mismo que Dios nos ha de dar si tenemos paciencia. El diablo nos empuja, nos precipita, nos invita a anticipar, a desflorar. ¡Cuán cierto es esto!  Cuántos pecados cometemos que si bien se miran no son más que eso: precipitación. Querer llegar antes –y de ser posible sin esfuerzo– al mismo lugar donde Dios nos llevaría con fidelidad y tranquilamente.

Por eso el demonio tienta a Cristo con promesas espirituales y acciones que efectivamente sucederían pero en el futuro: convertir las piedras en pan, cosa que el mismo Cristo haría; con vuelos angelicales, que también se cumplirían luego de la resurrección; finalmente con ser Rey Universal del mundo entero cosa que también un día será “como lo es desde ya en derecho y esperanza”.

Nosotros

Se han dado varias explicaciones acerca de las tentaciones con las que el demonio acosó a Cristo y cómo se defendió de ellas. El Padre Gálvez (aquí) nos ofrece la suya o Monseñor Bialasik (aquí) y coincidentemente con Castellani nos dicen que las mismas tentaciones de Cristo sufrirá la Iglesia y nosotros mismos:

“no es necesario saber mucho griego ni latín para predecir que la Iglesia será tentada, si Cristo fue tentado; y lo será con las mismas tentaciones de Cristo. (…) La primera tentación es esta: por medio de lo religioso procurarse cosas materiales. (…) La segunda tentación es, por medio de la religión procurarse prestigio, poder, pomposidades y “la gloria que dan los hombres”. (…) La tercera tentación es desembozadamente satánica; postrarse ante el diablo a fin de dominar al mundo. ¿Puede la Iglesia ser tentada así? La Iglesia no es más que Cristo. La crueldad, por ejemplo, es demoníaca. Lo santo y lo demoníaco son contrarios y por tanto están en el mismo plano; y la corrupción de lo mejor, es la peor”[4].

El diablo dice Castellani “está hoy día tentando a la Humanidad con un Reino Universal obtenido sin Cristo con las solas fuerzas del hombre. Todo ese gran movimiento del mundo de hoy –la ONU, la Unesco, las Unión de las Iglesias Protestantes… representa esa aspiración”.

¿Podemos también nosotros, en lo personal, ser tentados de la misma forma? Ciertamente, nosotros también podemos ser tentados en estas tres maneras: la primera, hacer de la religión un medio para obtener réditos económicos. Que necesitamos bienes para vivir, sin duda. Sin embargo hay un hilo muy finito en que los “bienes” se convierten en “males”. La segunda, que la religión sea un medio para conseguir prestigio. Que es necesario tener un buen nombre, sin duda pero como dice Castellani “una cosa es que los demás lo prediquen a uno santo, y otra, predicarse a sí mismo. La tercera, dominar a otros según el capricho propio imponiendo nuestra voluntad y nuestros deseos, no lo que enseña la Iglesia, la Sagrada Escritura y el Catecismo.  Decir lo mediáticamente correcto, lo que el mundo quiere oír y expresarse con criterios y palabras mundanas habla, cuando menos, de cobardía y de buscar “la gloria que dan los hombres”.

¿Cómo es posible para la Iglesia y para nosotros mismos vencer las tentaciones? Como lo hizo Cristo con la fuerza de la Palabra de Dios, el Señor nos lo ha enseñado con su ejemplo así como también nos ha dicho que cuando seamos juzgados por las sinagogas, los gobernantes y las autoridades “el Espíritu Santo en esa misma hora os enseñará lo que debéis decir” (Lc. 12, 12).

En la hora actual

El Evangelio del II Domingo de Cuaresma (después de haber instituido el Primado petrino, después de haberle llamado a Pedro “Satanás” por querer esquivar la cruz) nos sitúa en la cumbre del Monte de la Transfiguración. Está claro que el Señor obra el milagro de mostrarles a los discípulos algo de su gloria, “un relampagueo del cielo”, a fin de que puedan soportar la pasión y muerte: sabiendo que no hay resurrección sin cruz, pero que no hemos de temer a la cruz porque gracias a ella viene la resurrección.

Los que hemos tenido la gracia de ser educados en la verdadera fe, de vivir en comunidades verdaderamente cristianas, de haber tenido el acceso a los sacramentos bien dispensados, de haber tenido buenos sacerdotes, debemos considerar que esta gracia ha sido como la del milagro de la Transfiguración: una pequeña muestra de la gloria y el poder de Dios, de la santidad de su Iglesia. Si hemos recibido esta gracia es para estar listos y prontos para la hora oscura de acompañarlo en su Pasión y Cruz. Por eso, si el Señor nos dio esta gracia de conocer la gloria de su Iglesia es para que estemos listos para el tiempo de la prueba o la persecución. A no protestar, llorar y lamentarse cuando esta llega ya que sabemos que es la cruz la que nos lleva a la resurrección.

Andrea Greco de Álvarez

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[1] Castellani, Leonardo. El Evangelio de Jesucristo. Buenos Aires, Theoria, 1963, p. 150.

[2] Ibidem, p. 158.

[3] Ibidem.

[4] Ibidem, p. 153-154.

05_Tentaciones_de_Cristo_(Botticelli)

Andrea Greco

Doctora en Historia. Profesora de nivel medio y superior en Historia, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina. En esta misma Universidad actualmente se encuentra terminando la Carrera de Doctorado en Historia. Recibió la medalla de oro al mejor promedio en historia otorgada por la Academia Nacional de la Historia. Es mamá de ocho hijos. Se desempeña como profesora de nivel medio y superior. Ha participado de equipos de investigación en Historia en instituciones provinciales y nacionales. Ha publicado artículos en revistas especializadas y capítulos de libros. Ha coordinado y dirigido publicaciones.