En una entrevista publicada el 5 de Noviembre de 2014 (reproducida en inglés por Rorate, y aquí en español) el Arzobispo Mons. Schneider dijo lo siguiente refiriéndose al infame documento intermedio Relatio post disceptationem del Sínodo Extraordinario:

Durante el Sínodo han existido momentos de obvia manipulación por parte de algunos clérigos con puestos clave en la estructura que regula al Sínodo. El informe provisional (Relatio post disceptationem) fue un texto claramente prefabricado sin alguna referencia a las declaraciones verdaderas de los padres sinodales. En las secciones de homosexualidad, sexualidad y “divorciados y vueltos a casar” y su admisión a los sacramentos, dicho texto representa una ideología radical neo-pagana. Esta es la primera vez en la historia de la Iglesia que un texto tan heterodoxo se ha publicado como un documento de una reunión oficial de obispos católicos bajo la guía de un Papa, aun cuando el texto sólo sea de carácter preliminar.

Gracias a Dios y a las plegarias de los fieles alrededor del mundo que un número consistente de padres Sinodales rechazó resueltamente dicha agenda; ésta refleja la corriente principal de moralidad corrupta y pagana de nuestro tiempo, la cual está siendo impuesta de manera global por medio de presión política y los casi todo-poderosos medios de comunicación oficiales que son leales a los principios de la ideología de género mundial. Dicho documento sinodal aun siendo sólo preliminar es una verdadera vergüenza e indica hasta qué punto el espíritu del mundo antiCristiano ha penetrado ya tan importantes niveles de la vida de la Iglesia. Este documento permanecerá para futuras generaciones e historiadores como una marca negra que ha manchado el honor de la Sede Apostólica.

Con esta sentencia, como sabemos, el cardenal Burke y otros prelados se han manifestado de acuerdo.

Hemos tenido muchas razones para creer que toda la tramoya del Sínodo se extendía por todo el camino hasta la cima, pero ya no es una conjetura desde que el Secretario General del Sínodo, el cardenal Baldisseri, admitió con franqueza y sin atenuantes, que Francisco había visto y aprobado la Relatio antes de su publicación. No es de extrañar, entonces, que recientemente Roberto de Mattei publicara un artículo sobre el Papa Juan XXII y cómo sus contemporáneos reaccionaron frente a él. Haríamos bien en aprender de la historia.

A veces la gente se pregunta por qué ciertos blogs deben publicar tales revelaciones. ¿Se especializan en las malas noticias? ¿Están tratando de hacer que la gente piense mal? No, no en absoluto. Reportan un montón de buenas noticias, como las de los nuevos apostolados y las nuevas ubicaciones para la Misa Latina Tradicional, sobre los obispos que generosamente alimentan sus rebaños con la sana doctrina y culto digno y manifestaciones alentadoras de la piedad popular en todo el mundo católico. Pero es un deber solemne de los cristianos, sí, de todo cristiano confirmado, dar testimonio de la verdad a tiempo y a destiempo, y para dar voces como Santa Catalina de Siena, cuando a lo bueno se lo llama malo y a lo malo, bueno.

El Papa Juan Pablo II vio en su día las tendencias de nuestro tiempo y anticipó lo que venía. Él escribió con claridad inconfundible y coraje en Veritatis Splendor (n. 88 y n. 93):

Es, pues, urgente que los cristianos descubran la novedad de su fe y su fuerza de juicio ante la cultura dominante e invadiente: «En otro tiempo fuisteis tinieblas —nos recuerda el apóstol Pablo—; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz; pues el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad. Examinad qué es lo que agrada al Señor, y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, antes bien, denunciadlas… Mirad atentamente cómo vivís; que no sea como imprudentes, sino como prudentes; aprovechando bien el tiempo presente, porque los días son malos» (Ef 5, 8-11. 15-16; cf. 1 Ts 5, 4-8).

El testimonio [del martirio, como confirmación de la inviolabilidad del orden moral] tiene un valor extraordinario a fin de que no sólo en la sociedad civil sino incluso dentro de las mismas comunidades eclesiales no se caiga en la crisis más peligrosa que puede afectar al hombre: la confusión del bien y del mal, que hace imposible construir y conservar el orden moral de los individuos y de las comunidades. Los mártires, y de manera más amplia todos los santos en la Iglesia, con el ejemplo elocuente y fascinador de una vida transfigurada totalmente por el esplendor de la verdad moral, iluminan cada época de la historia despertando el sentido moral. Dando testimonio del bien, ellos representan un reproche viviente para cuantos transgreden la ley (cf. Sb 2, 2) y hacen resonar con permanente actualidad las palabras del profeta: «¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad; que dan amargo por dulce, y dulce por amargo!» (Is 5, 20).

Cualquiera que lea (o re-lea) este gran encíclica verá cuán profundamente la Iglesia de hoy está sumida en un estado de guerra civil sobre los fundamentos de la moral y del Evangelio mismo. No estamos ante una mera discrepancia sobre palabras o “estrategias pastorales”; es precisamente la batalla entre los católicos, que todavía creen exactamente lo que enseñaron Jesucristo y los Apóstoles como la Verdad salvadora, y los modernistas que, con la prestidigitación propia de magos, ofrecen excusas por respeto al “hombre moderno” y sus necesidades (o más exactamente, sus deseos). Por la Providencia de Dios, parece que estamos siendo forzados por fin, lentamente y en contra de nuestra voluntad, en las dos partes descriptas en el Apocalipsis de Juan: los fieles que se aferran a Cristo, aun a costa de sus vidas y los mundanos, que requiebran a Cristo mientras sirven a Babilonia.

Como era su bella costumbre, en cada documento importante, el Papa Juan Pablo II termina Veritatis Splendor (n 120.) con palabras tiernas pero contundentes inspirados por la Santísima Virgen María, Madre de la Misericordia:

María comparte nuestra condición humana, pero con total transparencia a la gracia de Dios. No habiendo conocido el pecado, está en condiciones de compadecerse de toda debilidad. Comprende al hombre pecador y lo ama con amor de Madre. Precisamente por esto se pone de parte de la verdad y comparte el peso de la Iglesia en el recordar constantemente a todos las exigencias morales. Por el mismo motivo, no acepta que el hombre pecador sea engañado por quien pretende amarlo justificando su pecado, pues sabe que, de este modo, se vaciaría de contenido el sacrificio de Cristo, su Hijo. Ninguna absolución, incluso la ofrecida por complacientes doctrinas filosóficas o teológicas, puede hacer verdaderamente feliz al hombre: sólo la cruz y la gloria de Cristo resucitado pueden dar paz a su conciencia y salvación a su vida.

Benedict Constable

Nota de New Catholic: damos una cálida bienvenida a nuestro nuevo colaborador Benedict Constable, nom de plume de un notable académico y católico tradicional que ha decidido prestar parte de su tiempo y pensamiento a Rorate Caeli. ¡Gracias Benedict!

[Traducido por Juan Campos. Artículo original]

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