1. — PURIFICACIÓN DE LA VIRGEN Y PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO, REGRESO A NAZARET : Lc. 2, 22-39

Evangelio de te tiesta de la Purificación. (vv. 22-32)
y de la Dominica infraoctava de Navidad (vv. 33-39)

22 Y después que se cumplieron los días de la purificación de ella (de María) según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, 23según está escrito en la ley del Señor: Que todo varón primogénito será consagrado al Señor. 24 Y para dar la of renda conforme está mandado en la ley del Señor, un par de tórtolas o dos palominos.25 Y había a la sazón en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre justo y temeroso de Dios esperaba la con­solación de Israel, y el Espíritu Santo era en él. 26Y le había revelado el Espíritu Santo que él no moriría sin ver antes al Cristo del Señor. 27 Y vino por espíritu al templo. Y al presentar al Niño Jesús sus padres para cumplir con él según la costumbre de la ley, 28 tomólo él en sus brazos, y bendijo a Dios, y dijo: 29 Ahora, Señor, dejas a tu siervo en paz, según tu pa­labra : 30 porque mis ojos han visto tu salud, 31la cual has apa­rejado ante la faz de todos los pueblos. 32Luz para iluminar a los gentiles, y gloria de Israel tu pueblo. 33 Y su padre y su madre estaban maravillados de aquellas cosas que de él se decían.34 Y los bendijo Simeón, y dijo a María, su madre: He aquí que éste está constituido para ruina y levantamiento de muchos en Israel, y para señal que excitará la contradicción: 35y una espada atravesará tu propia alma, para que se revelen los pensamientos de muchos corazones.

36Y había una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de A ser: ésta era ya de edad avanzada, y había vivido siete años con su marido desde su virginidad. 37Y ésta era viuda, como de ochenta y cuatro años: que no se apartaba del templo, sirviendo día y noche en ayunos y oraciones. 38 Y como lle­gase ella en la misma hora, alababa al Señor, y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Israel.

39Y cuando lo hubieron todo cumplido conforme a la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.

Explicación.      

Conocemos la fecha de la purificación de la Virgen por la prescripción legal que la ordenaba: tuvo lugar a los cuarenta días después del Nacimiento. Los demás sucesos de este período de la santa Infancia, adoración de los Magos, viaje a Nazaret, matanza de los Inocentes y huida a Egipto, no podemos fijarlos de un modo preciso. Los intérpretes los agrupan en distintas formas: Nacimien­to, Circuncisión, adoración de los Magos, martirio de los Inocentes, Presentación, huida a Egipto y regreso a Nazaret. O bien: Nacimiento, Circuncisión, los Magos, huida a Egip­to, retorno, Purificación e instalación en Nazaret. Nos pa­rece más ajustado a la narración evangélica este orden que seguiremos: Nacimiento, Circuncisión, Presentación, viaje a Nazaret por breve tiempo y vuelta a Belén, adoración de los Magos, fuga a Egipto, matanza de Inocentes y retorno de­finitivo a Nazaret.

PURIFICACIÓN DE MARÍA Y PRESENTACIÓN DE JESÚS (22-24). — Toda mujer de Israel que daba a luz un varón quedaba legalmente impura por espacio de cuarenta días; de ochenta si nacía hembra (Lev. 12, I2 y sigs.). Esta impureza legal impedía a la madre entrar en el templo. El hijo se consideraba asimismo impuro por su contacto con la madre. Al cabo de los cuarenta u ochenta días, que pasaban ordinariamente recluidas en su casa las mujeres de Israel, debían acudir al templo para que el sacerdote las de­clarara relevadas de la impureza, mediante la ofrenda de un cordero de un año en holocausto y un pichón por el pe­cado, si la madre era rica, o de dos pichones o dos tórtolas si era pobre.

Otra ley urgía a los padres, relativa al varón recién na­cido, si era primogénito. En reconocimiento del supremo do­minio de Dios y en memoria del exterminio de los primogénitos de los egipcios y liberación de los primogénitos de Israel, toda criatura primogénita, de hombres y animales, debía ser ofrecida a Dios. Los primogénitos de los animales eran ofre­cidos en holocausto o rescatados. Los varones primogénitos eran antiguamente dedicados al servicio de Dios en las fun­ciones sacerdotales: cuando éstas se atribuyeron a la tribu de Leví, los primogénitos pudieron ser rescatados, y de hecho lo fueron, por la cantidad de cinco siglos, unas veinte pesetas de nuestra moneda, que se adjudicaban al tesoro sacerdotal.

A esta doble ley se refiere la narración del Evangelio: Y después que se cumplieron los días de la purificación de ella, María, según la ley de Moisés… La Virgen no estaba, sujeta a esta ley: ésta recordaba simbólicamente la corrup­ción original de la naturaleza humana, que se propaga por vía de generación carnal: y María había concebido por obra del Espíritu Santo. Virgen antes del parto, en el parto y des­pués del parto, no contrajo la Madre purísima de Jesús nin­guna mancha, personal ni legal, antes fué santificada por la conmoración del Hijo de Dios en su seno. Sólo pudo lle­varla al templo su espíritu de humildad y obediencia, y la evitación del escándalo, porque nadie, más que su esposo y sus parientes Zacarías e Isabel, conocía los grandes miste­rios obrados en ella.

Tampoco obligaba a Jesús la ley de los primogénitos: era Él el Sumo Sacerdote que debía rescatar al mundo. Con todo, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, se­gún está escrito en la ley del Señor: Que todo varón primo­génito será consagrado al Señor.

María quiso personalmente acudir al templo de Jerusa­lén, a pesar de que la distancia la excusaba, pudiendo ha­cerlo por mediación de una persona amiga: atravesó los pór­ticos, entró en el atrio de los gentiles y se presentó ante el de los judíos. Declarada libre de la inmundicia legal por el sacerdote en la misma entrada de este atrio, y entregadas al mismo las dos tórtolas o palominos, como pobre que era, penetró hasta el segundo atrio, situándose a la izquierda, lu­gar de las mujeres, donde entregó su Hijo al sacerdote, de cuyas manos lo redimió pagando los cinco siclos: Y para dar la ofrenda conforme está mandado en la ley del Señor, un par de tórtolas o dos palominos. No dice el Evangelio que pa­gara la Virgen los cinco siclos legales para el rescate de Jesús. Lo cierto es que, como la Madre quedaba relevada de la pu­rificación por la misma naturaleza de su concepción virginal, que no la sometía a la ley, así Jesús, Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec y Víctima divina, que ya al entrar en el mundo se ofreció en holocausto para la redención de los hombres, según San Pablo (Hebr. so, 5.6), estaba defi­nitivamente consagrado a Dios y no debía ser rescatado con la paga de los siclos. Lo conocería proféticamente a lo menos el santo Simeón, y ello nos explica el texto del Nunc dimittis y le da relieve extraordinario.

SIMEÓN : EL “NUNC DIMITTIS” (25-32). — A cada una de las humillaciones voluntarias de Jesús corresponde una glorificación pasajera. Así sucedió en Belén: así acontece ahora en su presentación en el templo. La presencia de los santos esposos con el Niño pasa inadvertida en el sagrado recinto: serían muchas las familias que a diario cumplían aquellos preceptos legales. Sólo un venerable anciano reco­noce en Jesús al Mesías y por su boca le glorifica Dios: Y había a la sazón en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre justo y temeroso de Dios esperaba la consola­ción de Israel. No nos dice el Evangelio quién fuese este hombre, y son inútiles las conjeturas de los intérpretes para determinarlo. Del contexto se infiere que era ya anciano y conocido en la gran ciudad como hombre piadosísimo y exacto cumplidor de la ley, puesto el pensamiento en la con­soladora redención de Israel en aquellos días aciagos de He­rodes y de la dominación romana.

Y el Espíritu Santo era en él, por la gracia santificante y por el don de profecía e ilustración carismática. Y le había revelado el Espíritu Santo que él no vería la muerte sin ver antes al Cristo del Señor: ello es prueba de que el celo por la salvación de Israel le hacía derramarse en fervientes ple­garias para que se acelerara el advenimiento del Mesías. Y vino por espíritu al templo: fué el mismo Espíritu el que le movió a subir al templo en aquella hora y que le hizo distin­guir a Jesús entre los demás infantes. Y al presentar al Niño Jesús sus padres para cumplir con él según la costumbre de la ley… Mientras el padre putativo y la madre atravesaban alguno de los atrios del templo, cumplidos ya tal vez los preceptos legales, se acerca a ellos el venerable anciano, lleno de santo júbilo el corazón: y el divino Espíritu, que le había hecho la promesa de ver al Cristo de Dios, le concede la gracia mayor de que pueda estrecharlo en sus brazos, ben­diciendo en este momento a Dios por la colmada dicha que le concedía: Tomólo él en sus brazos, y bendijo a Dios.

Y dijo… Habló bajo la inspiración directa del Espíritu Santo: sólo Él, de quien estaba lleno, pudo dictar a Simeón el dulcísimo cántico, que ha hecho suyo la iglesia, y que lo pone todos los días en boca de sus ministros al aproximarse la noche, que es hora de descanso y de paz :

Ahora, Señor, dejas a tu siervo en paz, según tu palabra. Señor mío, a quien toda mi vida he servido: me habías re­velado que antes de morir vería al Cristo de Dios, por quien he suspirado tantos arios: ahora llegó la hora; lo tengo en mis brazos; ya me relevas de vivir, porque en la visión del Cristo de Dios halló mi corazón la paz del gozo y de la se­guridad; ya desatas el nudo de mi vida para que vaya a gozar la paz del limbo.

Porque mis ojos han visto tu salud. No ya en esperanza o en visión profética, como los antiguos patriarcas, sino con mis propios ojos del cuerpo, dice enfáticamente el anciano, he visto al Salvador que nos envías y que tengo ahora en mis brazos. Y, olvidándose un momento de sí, dilata su mi­rada profética y considera la universalidad de la redención que se avecina: Dios ha dispuesto que su Salvador lo sea de todos los pueblos: Que has aparejado ante la faz de todos los pueblos.

Para los de la gentilidad, sumidos en tinieblas, porque carecían de la revelación, patrimonio del pueblo judío, será luz de verdad que disipe las obscuridades de la ignorancia y del error: Luz para iluminar a los gentiles, Para Israel será gloria, porque de Israel viene la salvación (Ioh. 4, 22); por­que en Israel ha nacido el Salvador; porque allí solamente han sido vistos los prodigios y se ha sembrado la palabra de Jesús: Y gloria de Israel, tu pueblo.

Y su padre y su madre estaban maravillados de aquellas cosas que de él se decían. La admiración de José y María era natural: no se maravillaban de que fuese Jesús el Salvador de Israel : lo sabían ambos por revelación del ángel : en Belén habían oído la narración de los pastores. Lo que les pasma es que en Jerusalén, donde son desconocidos, en el centro de la teocracia, en el mismo templo, cerebro y corazón de Israel, sea reconocido Jesús como Salvador del mundo y gloria del pueblo de Dios. A más de que las palabras de Simeón, al recordar las maravillas que ya sabían, producían en su espíritu el reiterado pasmo que produce la meditación de los grandes misterios.

LA PROFECÍA DE SIMEÓN (34.35). — Y les bendijo Simeón, es decir, les felicitó: se empezaba a cumplir el vati­cinio de María: “Me llamarán bienaventurada todas las ge­neraciones.” Les llamó dichosos; pero al propio tiempo, movido el santo anciano por el Espíritu de Dios, pronuncia la siguiente tremenda profecía: Y dijo a María su madre: He aquí que éste está constituido para ruina y levantamiento de muchos en Israel. Es brusca la transición en el lenguaje de Simeón: tanto como es suave y magnífico su Nunc di­mittis, es ruda y trágica esta profecía. El tierno Infante es luz y es gloria; pero es causa de la caída de muchos. Su mi­sión se estrellará contra la dureza de sus hermanos y de Is­rael, muchos de los cuales se escandalizarán en las humildes apariencias de la persona, de la posición y de la palabra de Jesús. Se cumplirán las profecías antiguas: “Envía ceguera al corazón de este pueblo, y endurece sus oídos y cierra sus ojos, no sea que vea con sus ojos, y con sus oídos oiga, y en su corazón entienda, y se convierta y le salve” (Is. 6, 10). En cambio, otros muchos, del abatimiento y muerte espiritual serán llevados a la vida verdadera y dichosa.

De esta contradicción de los espíritus, que lucharán desde campos opuestos, Jesús será como la señal visible: Y para señal que excitará la contradicción. De hecho, la narración evangélica es la historia de la contradicción de los judíos ante la persona de Jesús: ella culmina en el Calvario: no ha cesado, ni cesará con los siglos. Jesús, como es fuente perenne de gracia y santificación, de bendición y de amor para los que viven según Él quiere, así lo es de reprobación, de despecho y odio para quienes hallan en su doctrina, en sus ejemplos, en sus discípulos, un obstáculo a su orgullo y a sus concupiscencias.

Y si el Hijo ha de sufrir embates y persecuciones de sus enemigos, la madre no puede ser feliz : o mejor, la fe­licidad de la Madre estará en la mancomunidad de dolores con el Hijo : Y una espada atravesará tu propia alma: una espada larga, romphea, símbolo de la pena acerba, que hará presa, no del cuerpo, sino del alma de la Virgen, del centro íntimo donde tienen su santuario las emociones y afecciones: se cumplía especialmente la profecía cuando las espinas, cla­vos y lanza de la Pasión atravesaban las carnes sagradas de su Hijo. Es éste uno de los pasajes clásicos en que aparece María colaborando con Jesús en la obra de la redención del mundo: Redentor y Corredentora van juntos en la mente y en los labios del anciano Simeón.

Por fin, será Jesús la señal de contradicción, con todas sus consecuencias, para que se revelen los pensamientos de muchos corazones. Así que aparezca Jesús como Mesías, ya los hombres no serán indiferentes respecto de Él: tomarán sus posiciones, de orden intelectual primeramente; y como el pensamiento es normativo de la vida, se traducirá en hechos de toda especie que manifestarán los más íntimos pensamien­tos y afectos de los hombres que tomen partido en pro o contra de Jesús. Veinte siglos de historia han confirmado ple­namente la predicción del santo anciano.

LA PROFETISA ANA (36-38). — A las profecías de Isabel, casada, de María, virgen, y de Simeón, el anciano, quiso Dios se añadiera la de una anciana viuda, para que en el concierto profético, dice San Ambrosio, no faltara condición ni sexo.

El Evangelista nos da un retrato exquisito de la santa mujer: Y había una profetisa llamada Ana: estaba llena del espíritu profético para edificación, exhortación y consuelo de los hombres y por el que a veces se predice también lo futuro (1 Cor. 14, 3.25): hija de Fanuel, de la tribu de Aser, detalles que individualizan la mujer y que concilian mayor credibilidad histórica al relato. Ésta era de edad avanzada, y había vivido siete años con su marido desde su virginidad; casada muy joven, tal vez a los quince años, como era general costumbre, murió su marido después de siete años de matri­monio; aun cuando enviudó joven, llegó a los ochenta y cuatro años sin contraer nuevo matrimonio: Y ésta era viuda, como de ochenta y cuatro años. Demuestra San Lucas haberse informado con diligencia (I, 3).

A esta descripción añade el Evangelista la de sus costum­bres religiosas. Tan amante era de Dios y de sus cosas, que no se apartaba del templo, lo que se dice hiperbólicamente para denotar la asiduidad con que acudía a orar a la casa del Señor, sirviendo día y noche en oraciones y ayunos. Buena es la oración con el ayuno, dice Tobías (12, 8); y Ana, de espíritu religiosísimo, en ambas formas manifestaba su piedad filial para con Dios. Su vida santa y mortificada le había merecido el don de profecía; porque como llegase ella al Templo, que tanto frecuentaba, en la misma hora que los santos esposos, el Niño y Simeón, alababa al Señor, juntando su voz al coro de aquellas almas privilegiadas: reco­noció en el Infante al Mesías y bendijo a Dios que le había concedido la ventura de verle en su ancianidad por sus propios ojos.

Llena del gozo que su felicísimo encuentro le propor­cionó, se convirtió en mensajera de la fausta nueva ante todos los que, como ella, vivían en la esperanza de la restauración mesiánica: Y hablaba de él, del Niño, a todos los que esperaban la redención de Israel.

REGRESO A NAZARET (39).  Cumplidas las prescripciones de la ley, la Sagrada Familia, según San Lucas, regresó a su ciudad de Nazaret, en la Galilea. Allí habían vivido y contraído matrimonio los santos esposos y allí adoleció y llegó a la edad viril el Hijo de María: Y cuando lo hubieron todo cumplido conforme a la ley del Señor, se volvie­ron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.

Es probable que José pensara fijar su definitiva residen­cia en Belén: así parece colegirse de San Mateo (2, 22). En esta hipótesis, los santos esposos irían por unos días a Nazaret a disponer sus cosas para levantar su pobre casa, ya que de ella habían salido con ánimo de regresar luego de empadronados, y volver después a Belén, donde tendría lugar la adoración de los Magos y episodios siguientes narrados por Mateo. Según otros, como el objetivo de San Lucas no era otro que describir la perfecta sujeción de Jesús a la ley, narrados los episodios de la presentación, prescinde de los demás, y sitúa ya definitivamente en Nazaret a la Sagrada Familia. Ambas interpretaciones son probables.

Lecciones morales.

a) v.22.  Y después que se cumplieron los días de la purificación— La Virgen no debía sujetarse a purificación alguna. Jesús se había desprendido de su seno como el fruto del árbol, como el rayo de luz se desprende del sol ; y como el rayo luminoso atraviesa el cristal sin mancillarlo, así nació Jesús de María sin detrimento de su inmaculada pureza. Con todo, se sujeta a la ley de la purifica­ción para dar público ejemplo de su obediencia y humildad. Nosotros, en cambio, buscamos todo recurso para sacudir el yugo de las leyes; y, siendo pecadores, nos place ocultar nuestras miserias y revestirnos con las externas apariencias de la virtud.

b) v.23.  Todo varón primogénito será presentado al Se­ñor…Jesús, desde su entrada en el mundo, se ofrece a Dios para el rescate de los hombres, con espíritu pronto y generoso. Su oblación será continua durante su vida: se consumará en la Cruz. Ello importa para sus discípulos y seguidores la obligación de ofrecerse a Dios desde la juventud, y de recortar de la vida todo aquello que puede no ser grato a Dios.

c) v.29. — Ahora, Señor, dejas a tu siervo en paz… — De Simeón debemos aprender la gratitud al gran beneficio de la salvación. Como él, nosotros tenemos a nuestra disposición al divino Salvador. Él le tuvo en sus brazos: nosotros podemos albergarlo en nuestro pecho. A nosotros viene por la Comu­nión, para individualizar en cada uno de nosotros los frutos de su redención. El gozó exultante del santo anciano es un repro­che a nuestra indiferencia con respecto a Jesús y a los bienes inefables que, en todo orden, por Él nos han venido.

d) v.34. — He aquí que éste está constituido para ruina y levantamiento de muchos… —La ruina, dice San Gregorio, sig­nifica aquí la caída hasta lo profundo ; porque no deben ser castigados en la misma forma aquellos que no conocieron al Mesías que los que, habiéndole visto lleno de verdad y santi­dad, con todas las garantías externas de su misión divina, le han repudiado. En cambio, el levantamiento significa un en­cumbramiento en que jamás ha podido soñar hombre alguno fuera de nuestra religión: es el encumbramiento de la santidad por medio de la fuerza de Dios que para ello se nos da; es el encumbramiento de nuestra parte espiritual sobre toda fuerza inferior de nuestra vida; y sobre todo es el encumbramiento definitivo de la gloria y la absorción de nuestra pobre vida mor­tal en la vida misma de Dios.

e) v.34. — Y para señal que excitará la contradicción… —Jesús es el signo de contradicción de todos los siglos. Los hom­bres se dividen respecto de Él en dos bandos, de amigos y ene­migos. Nosotros nos preciamos de amigos suyos: nos gloriamos de nuestra fe, de nuestra religión. Pero a veces, no pocas, nos avergonzamos de ella y de Él, su autor. Nuestras reservas y nuestro silencio culpable son una resta al campo favorable a Jesús. — Ni es sólo la abstención de nuestra profesión de fe: es a veces la colaboración con los elementos del campo contra­rio: lecturas, espectáculos, conversaciones, escándalos, nos ha­cen colaboradores de los ejércitos del mal. Quien no está con Jesús está contra Él.

f) v.35. — Y una espada atravesará tu propia alma… —La historia no nos dice que muriera la Virgen María al filo de una espada, dice San Beda; ni es el alma, sino el cuerpo el que puede ser traspasado por una daga. Se trata, pues, aquí de la espada del dolor de la pasión del Señor. Porque si bien du­rante ella veía la Virgen al Hijo ofrecerse espontáneamente a la muerte, de la cual sabía que debía a la postre triunfar, pero, carne de su propia carne como era, no podía dejar de sufrir dolores acerbos. Agradezcamos a la Virgen haberlos aceptado ya en la infancia de su hijo y haber llevado clavada en su pecho la espada de la memoria de la tremenda profecía, por toda la vida, uniendo sus sacrificios a los de Jesús para nuestra re­dención.

Cardenal Isidro Gomá