A finales de enero, la Iglesia Católica conmemora, con pocos días de diferencia, a dos grandes santos íntimamente ligados entre ellos: San Francisco de Sales (1567-1623) y San Juan Bosco (1815-1888).
Estos dos santos vivieron en épocas diferentes: San Francisco de Sales falleció en 1623, y San Juan Bosco nació dos siglos más tarde, en 1815. Sin embargo, su apostolado tuvo lugar en una misma zona geográfica y cultural: el ducado (más tarde reino) de Saboya, que además de esta última comprendía el Piamonte, con Turín por capital. San Francisco de Sales, obispo de Ginebra-Annecy, protegió dicho territorio del calvinismo, y su legado espiritual, incluso por medio de las Amistades católicas de Pio Brunone Lanteri, llegó hasta Don Bosco, que encontró en el santo saboyano el modelo para su obra educativa y lo convirtió en el punto de referencia de la congregación que fundó y a la que llamó salesiana.
Una de las cosas más importantes que ambos santos tienen en común es también una de las menos conocidas: su empeño en la batalla de las ideas para defender abiertamente la verdad de la fe y la moral. Por esa razón también, el 26 de enero de 1923, al cumplirse el tercer centenario de su defunción, San Francisco de Sales fue proclamado por Pío XI mediante la encíclica Rerum omnium, patrono de «todos aquellos católicos que ilustran, promueven y defienden la doctrina cristiana con la publicación de periódicos u otros escritos. Interesa –afirma Pío XI– que, en las discusiones, imiten y mantengan ese vigor, unida con la moderación y la caridad, características de Francisco. De hecho, con su ejemplo, les enseña claramente la conducta a seguir: en primer lugar, deben estudiar con la mayor diligencia, y poseer según sus fuerzas, la doctrina católica; no faltar a la verdad, ni, con el pretexto de evitar la ofensa de sus adversarios, mitigarla u ocultarla; cuidar la misma forma y elegancia del decir, y tratar de expresar los pensamientos con la lucidez y belleza de las palabras, para que los lectores se deleiten con la verdad.; si se debe combatir a los adversarios, sepan refutar los errores y resistir la culpabilidad de los perversos, pero de tal manera que se manifieste que están animados por la rectitud y sobre todo movidos por la caridad».
San Juan Bosco combatió en el mismo frente. Al hablar de él, muchos se refieren casi exclusivamente a sus grandes realizaciones sociales olvidando su labor de apóstol de la buena prensa católica combatiendo los nefastos efectos de la mala, vehículo de mentiras y herejías. En la carta circular a los salesianos del 19 de marzo de 1885, Don Bosco recomienda encarecidamente la difusión de libros buenos como medio preferente para la gloria de Dios y la salvación de las almas: «No dudo en calificarlo de divino, puesto que Dios mismo lo utilizó en la salvación del hombre. Fueron los libros que él inspiró los que ofrecieron al mundo la doctrina verdadera». Los libros buenos «han venido a ser tanto más imprescindibles cuanto que cada día la impiedad y la inmoralidad utilizan esta misma arma para hacer estragos en el rebaño de Cristo, ya que seducen y arrastran a la perdición a incautos y desobedientes. Por lo mismo, ha de oponerse arma contra arma. Añadid a esto que, si un buen libro no tiene la fuerza que emana de la palabra hablada, con todo, presenta otras ventajas que en ocasiones son mayores. Un libro puede entrar hasta en las casas en que no entra el sacerdote, y hasta los mismos malos lo toleran como recuerdo o regalo. Cuando un libro se ofrece a sí mismo, no se sonroja, y si se le abandona, no se enfada; enseña la verdad sin prisas si se lee, y, despreciado, no se queja, sino que suscita el remordimiento aquel que produce deseos de conocer la verdad: él siempre está a punto para enseñarla».
La buena prensa no es una actividad secundaria de los salesianos sino que, escribe Don Bosco, «esta fue una de las empresas principales que el Señor me encomendó; y vosotros sabéis que la tomé con infatigable empeño a pesar de mil otras ocupaciones. El rabioso odio de los enemigos del bien y la persecución de que fue objeto repetidamente mi persona son buen argumento de cómo el error veía en mis libros un formidable enemigo y, por la razón contraria, de que se trataba de una empresa bendecida por Dios.
»Esta fue una de las empresas principales que el Señor me encomendó; y vosotros sabéis que la tomé con infatigable empeño a pesar de mil otras ocupaciones. El rabioso odio de los enemigos del bien y la persecución de que fue objeto repetidamente mi persona son buen argumento de cómo el error veía en mis libros un formidable enemigo y, por la razón contraria, de que se trataba de una empresa bendecida por Dios.
»Efectivamente, la difusión admirable de estos libros ya es un argumento que prueba una especial ayuda de Dios. Se acercan a los veinte millones los opúsculos o volúmenes que, en menos de treinta años, hemos esparcido entre el pueblo. Si bien es verdad que algunos de estos volúmenes habrán quedado del todo olvidados, otros, en cambio, han debido de ser leídos por centenares de lectores; y, en cualquier caso, el número de personas a las que nuestras publicaciones pudieron hacer bien, se ha de dar por muy superior al número de volúmenes publicados.
»La difusión de buenos libros es, precisamente, uno de los fines más importantes de nuestra Congregación. El artículo siete del primer capítulo de nuestras reglas se expresa así, acerca de los salesianos: «Se empeñarán en la difusión de los buenos libros entre el pueblo, usando todos aquellos medios que la caridad cristiana inspira. Con la palabra y los escritos se esforzarán en poner un dique a la impiedad y a la herejía, que de tantas maneras tratan de insinuarse entre los rudos e ignorantes. A este objeto se encaminarán los sermones que de cuando en cuando se predican al pueblo, los triduos, las novenas y la difusión de los buenos libros».
En los tiempos que corren, la buena prensa ha cobrado una importancia mucho mayor de la que tenía en tiempos de San Francisco de Sales y de San Juan Bosco en vista del gran desarrollo experimentado por los medios de comunicación, que con frecuencia se han convertido en medios de desinformación: prensa digital, portales de internet, videos y redes sociales. Por eso, también hoy la Iglesia está llamada a oponer arma contra arma anunciando la verdad sin paliativos y combatiendo inflexible los errores; eso sí, con caridad, sin sentimientos de rabia, resentimiento o sarcasmo, ajenos todos ellos al espíritu cristiano.
Al contrario: las enseñanzas de Don Bosco y San Francisco de Sales deben recordarnos ante todo que el objeto y fundamento de toda batalla que libremos tienen que ser la gloria de Dios y la salvación de las almas.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)




























