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¿Santificación o destrucción del tiempo?

«Santificar el momento presente». A esto nos exhorta el canónigo Pierre Feige (1857-1947) en el tratado espiritual recién publicado por Edizione Fiducia (Santificare il momento presente, Edizioni Fiducia, Roma 2021, pp. 176). «Santificar el momento presente –explica el autor– consiste en concentrar en este momento, el único que nos pertenece, toda nuestra actividad, toda nuestra buena voluntad, para vivirlo lo más santamente posible, sin preocuparnos en vano por el pasado (que ya no existe) ni por el futuro (que no nos pertenece)».

Este precioso consejo espiritual nos motiva a hacer una reflexión filosófica sobre el concepto de tiempo, porque el momento presente se sitúa en la línea del tiempo, entre un pasado que ya no existe y un futuro que aún no llega.

Con la sagacidad psicológica que le caracteriza, nos explica San Agustín en las Confesiones que, de las tres fases en que se divide el tiempo, pasado, presente y futuro, la única que puede decirse que existe es el presente, pues el pasado ya no es y el futuro todavía no ha venido. El pasado y el futuro sólo existen gracias al presente, que conserva el pasado y anticipa el futuro. Esto es posible gracias a las facultades cognoscitivas del hombre: la memoria, que retiene el pasado, y la previsión que   anticipa   lo por venir. Por consiguiente, el tiempo no existe fuera del hombre: «Estos tres tiempos se encuentran en cierta forma en nuestra; no los veo en otro sitio: el presente del pasado, esto es la memoria, el presente del presente, es decir la intuición, y el presente del futuro, o sea la espera» (Confesiones, 11, 20).

Santo Tomás comparte la tesis agustiniana, pero añade que además del tiempo subjetivo existe un tiempo objetivo que radica en el devenir de las cosas. Es más, cuando Dios creó el universo creó también el tiempo y el espacio. Si hubiera un universo sin tiempo y sin espacio que lo limitasen, ese universo ilimitado coincidiría con el propio Dios, con lo que incurriríamos en panteísmo. El panteísmo es lo que distingue al que niega a Dios pero atribuye a la materia creada los caracteres propios de la divinidad, transformándola –por ejemplo– en la Gaia o Gea de los ecologistas.

Por eso, el tiempo y el espacio sólo tienen una existencia objetiva; constituyen los límites de todo ser creado. Y el tiempo, como ya entendió Aristóteles, es la duración de las cosas mudables; la medida del devenir, según el antes y el después (Física 219 b 1). Santo Tomás confirma que el tiempo es una propiedad de todas las realidades corpóreas, las cuales están necesariamente sujetas a mudanza, generación y corrupción. Los sucesos están en el tiempo como los cuerpos físicos en el espacio. El tiempo existe porque existe el devenir, y el devenir de las cosas existe porque existe Dios.

Al Demonio y a sus secuaces, que odian a Dios y quieren destruir la creación para hundir el universo en abismo de la nada del que Dios lo sacó, les gustaría destruir si fuera posible el tiempo y el espacio. La sociedad abierta de George Soros es una sociedad sin tiempo, esto es sin memoria y sin espacio, sin fronteras físicas y geográficas; una sociedad líquida, un revoltillo caótico en el que todo se confunde, todo es mudable, y nada es.

Desde esta perspectiva podemos explicar un gesto aparentemente insensato que despertó el interés del filósofo alemán Walter Benjamin: la destrucción de los relojes durante las revoluciones parisinas de 1830 y 1871. La revolución de julio y la conocida como la Comuna.

Destrucción que es un gesto más radical todavía que el desbarajuste que supuso el calendario revolucionario que estuvo en vigor en Francia entre 1793 y 1806.

En 1793 se intentó crear un tiempo nuevo; en 1830 y 1871 se intentó, con más coherencia, destruir el tiempo para privar al hombre de toda posibilidad de santificarlo. Pero el tiempo es necesario para conquistar la eternidad, y esa fracción de tiempo que se conoce como tiempo presente es la que, como afirma el padre Garrigou-Lagrange, permite al hombre juzgar las cosas del mundo no desde la línea horizontal del tiempo sino desde la vertical de la eternidad

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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