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Santificar el momento presente

¿Cómo debe conducirse el cristiano en momentos de prueba, de dificultad, de confusión, en esa profunda confusión intelectual y moral que tal vez sea la peor de las pruebas porque no se encuentra sentido al sufrimiento propio y al de quienes nos rodean?

Un hermoso libro publicado hace unos días por la editorial Fiducia nos ayuda con el significativo título de Santificare il momento presente nos ayuda a encontrar la solución. El autor es un sacerdote francés del siglo pasado, el canónigo Pierre Feige (1857-1947), uno de esos hombres cuyo nombre se olvida pero que deja obras que perduran ofreciendo palabras sabias que desafían al paso de los siglos.

«Santificar el momento presente –explica el autor– consiste en concentrar en este momento, el único que nos pertenece, toda nuestra actividad, toda nuestra buena voluntad, para vivirlo lo más santamente posible, sin preocuparnos en vano por el pasado (que ya no existe) ni por el futuro (que no nos pertenece). Y para cada uno de nosotros, conformar de tal modo nuestra voluntad a la de Dios que en el momento en que nos encontremos y en cada instante podamos decir con toda verdad: “Estoy donde Dios me quiere; lo acepto y lo cumplo como me lo manda”. El momento presente es siempre como un embajador que nos transmite la orden de Dios, y para el cual todo es un medio, un instrumento de santificación para sus elegidos» (pág. 9).

Santificar el momento presente significa vivir inmersos en Dios, y vivir inmerso en Dios quiere decir mirar desde lo alto todas las cosas del mundo buscando en todo cuanto sucede la mano de Dios y no la de los hombres. Nos ayudan a entenderlo estas palabras de un gran pontífice, Pío XII:

«Todos los hombres son como niños a los ojos de Dios. Todos, hasta los más profundos pensadores y los más duchos dirigentes de pueblos. Juzgan los acontecimientos con la corta vista del tiempo que pasa volando y se aleja sin remedio. Dios, por el contrario, los contempla desde las alturas y desde el centro inmóvil de la eternidad. Ellos tienen a la vista el estrecho panorama de unos pocos años; en cambio, Dios tiene ante Sí el panorama universal de los siglos. Ellos consideran los sucesos humanos a partir de sus causas próximas y sus efectos inmediatos, mientras que Dios los ve en sus causas remotas y los mide por sus efectos a largo plazo. Ellos se ocupan en identificar ésta o aquella mano concreta responsable; Dios ve una compleja y oculta maraña de responsabilidades que concurren, porque su elevada Providencia no excluye el libre arbitrio del mal y de las buenas decisiones humanas. Ellos quieren justicia inmediata y se escandalizan del efímero poder de los enemigos de Dios, el sufrimiento y la humillación de los buenos; pero el Padre Celestial, en su eterna luz abraza, penetra y domina los acontecimientos temporales, mientras que en la serena paz de los siglos infinitos, Dios –que es Trinidad santísima y llena de compasión por las debilidades, ignorancias e impaciencias humanas, pero ama demasiado a los hombres para que sus culpas los aparten de los caminos de su sabiduría y su amor– sigue y seguirá haciendo salir el sol sobre buenos y malos y llover sobre justos e injustos (cf. Mt.5,45). Seguirá guiando con firmeza y ternura sus pasos de niño, si se dejan conducir por Él y confían en la potencia y sabiduría de su amor a ellos.

»¿Qué significa confiar en Dios? Tener confianza en Dios quiere decir abandonarse con toda la fuerza de la voluntad, sostenida por la gracia y el amor, a despecho de todas las dudas propuestas por las apariencias contrarias, y entregándose a la omnipotencia, la sabiduría y el amor infinito de Dios. Es creer que nada en este mundo escapa a la Providencia divina, ni en el orden universal ni en el particular. Que nada sucede, por grande o pequeño que sea, sin que sea previsto, querido o permitido, sino que siempre estará dirigido por la Providencia a sus elevados fines, que en este mundo siempre son fines de amor a los hombres. (…) Es creer, en conclusión, que el rigor de la prueba, como el triunfo del mal, no durarán aquí abajo sino por un tiempo limitado; que llegará la hora de Dios, la de la misericordia, la de la santa alegría, la del cántico nuevo de liberación, dicha y exultación» (Pío XII; radiomensaje del 29 de junio de 1941).

¿Dónde debemos cifrar nuestras esperanzas en medio del caos contemporáneo y de las pruebas de la vida? En Aquel que jamás abandona a quien en Él confía; en Dios, que nunca desamparará a su Iglesia ni a las almas que buscan la Verdad y la Justicia en los días de prueba. No debemos esforzarnos por descifrar un futuro que nos es desconocido, sino concentrarnos en hacer con la mayor perfección posible lo que Dios nos pide en el momento presente, como si fuera el último momento de nuestra vida. En realidad, la vida no debe ser un flujo de acontecimientos que nos arrollen, sino una sucesión de instantes dominados por la correspondencia entre nuestra voluntad y la de Dios.

Llegará un momento en que el abandono de la voluntad de los hombres a la de Dios en la hora de la prueba será tan profundo que conmueva a la Divina Misericordia para que se cumpla el Reino de María prometido por la Virgen en Fátima. Sólo Dios sabe cuándo tendrá lugar ese momento histórico. A nosotros lo que se nos pide es que la anhelemos en el momento presente con cada vez más intensidad y perfección.

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