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¿Se salvan todos? La respuesta de Jesucristo

En el evangelio de San Lucas hay un pasaje interesantísimo que alude expresamente al problema que nos hemos planteado. Veamos en primer lugar el texto evangélico, para después examinar cuidadosamente su interpretación exegética precisando su verdadero alcance y significación.

“Recorría ciudades y aldeas enseñando y siguiendo su camino hacia Jerusalén. Le dijo uno: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Él le dijo: Esforzaos a entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos serán los que busquen entrar y no podrán. Una vez que el dueño de casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: Señor, ábrenos. Él os responderá: No sé de dónde sois. Entonces comenzaréis a decir: Hemos comido y bebido contigo y has enseñado en nuestras plazas. Él os dirá: Os repito que no sé de dónde sois. Apartaos de mí todos, obradores de iniquidad. Allí habrá llanto y crujir de dientes, cuando viereis a Abraham, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, mientras vosotros sois arrojados fuera. Vendrán de oriente y occidente, del septentrión y del mediodía, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios, y los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos” (Lc 13,22-30).

¿Qué es lo que realmente se desprende del texto evangélico que acabamos de citar? A nuestro juicio, dos cosas muy claras, que vamos a exponer en forma de conclusiones:

1-a No es posible hablar de la salvación de todos los hombres sin excepción.

La doctrina de la salvación final de toda la humanidad, incluyendo a los mismos demonios y hombres impíos (apocatástasis panto de Orígenes), fue expresamente condenada por la Iglesia como manifiestamente contraria a la divina revelación. He aquí el canon reprobatorio promulgado por el papa Vigilio el año 543:

“Si alguno dice o siente que el castigo de los demonios o de los hombres impíos es temporal y que en algún momento tendrá fin, o que se dará la reintegración de los demonios o de los hombres impíos, sea anatema” (DENZ. 211).

La Sagrada Escritura, en efecto, habla en infinidad de lugares del castigo eterno de los réprobos y no es lícito abrigar sobre ello la menor duda. El mismo Cristo, al describir con todo lujo de detalles la imponente sentencia del juicio final, nos dice que dirá a los que estén a su derecha: “Venid, benditos de mi Padre; tomad posesión del reino preparado para vosotros”. Y a los de la izquierda: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el demonio y sus ángeles» (Mt 25,34-41). Cristo no nos dice cuántos serán los que estarán a su derecha o a su izquierda, pero sí que habrá representantes a ambos lados. Afirmar, por consiguiente, la salvación universalde la humanidad, sin ninguna excepción, contradice abiertamente las palabras de Jesucristo y está en absoluto fuera de las perspectivas de la doctrina delEvangelio.

2-a En cuanto a que sea mayor o menor el número de los escogidos o de los réprobos, nada se puede concluir con certeza del pasaje evangélico citado.

Examinemos, en efecto, cuál es el verdadero sentido y alcance de ese texto, según los mejores exegetas modernos, que conocen perfectamente el pensamiento de los Santos Padres y el sentido de toda la tradición cristiana.

LAGRANGE: “Iba Jesús de camino, cuando se le propuso una cuestión que aún produce ansiedad en muchas almas, precisamente porque el Maestro no ha querido revelar el secreto del Padre. Nos ha dicho lo que era útil que supiéramos. Uno que parece bastante simpático, y que gustoso había escuchado las palabras del Maestro, le preguntó: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Es frecuente esta preocupación en los rabinos. Se pensaba en la salvación eterna, sobre todo en la de los israelitas, porque los demás habían merecido su perdición y casi se alegraban de ella. En principio se admitía sin dificultad que todos los israelitas fieles en recitar la profesión de su fe se salvaban; pero, a pesar de esto, había algunos muy culpables y también había infieles. La contestación de Jesús tiene tres puntos: la salvación exige esfuerzo; la salvación no es posible sin obediencia a Dios; los gentiles serán admitidos, en tanto que los judíos serán reprobados”

Lo mismo dice en su magnífico comentario al evangelio de San Lucas:“Jesús no quiere dar una respuesta directa de orden especulativo. Lo que nos importa saber es que debemos esforzarnos, y esto según la metáfora corriente, para entrar en el palacio divino”

FILLION: “La pregunta, puramente teórica en su presentación, era ociosa y asunto de simple curiosidad. Jesús hubiera deseado ciertamente que se hubiera formulado en estos términos: ¿Señor, qué es lo que hay que hacer para salvarse?…

Sin responder directamente, el Salvador lo hace, sin embargo, de una manera enteramente práctica, indicando a su interlocutor y a todo el conjunto del auditorio el camino que se ha de seguir para llegar a la salvación…

De esta manera, a propósito de una cuestión abstracta, inútil, el divino Maestro hace entrar a sus oyentes en sí mismos, para excitar en ellos un vivo interés por su propia salvación. ¿Qué importa, desde el punto de vista práctico, si son pocos o muchos los que se salvan? Lo esencial para cada uno es  formar parte del número de los elegidos, y no se llegará a este resultado más que a precio de esfuerzos”

MARCHAL: “Quien interrogaba así a Jesús… pensaba al plantear esta cuestión en sus compatriotas, porque él no podía suponer que los paganos pudieran tener parte en la vida eterna bienaventurada. No queriendo revelar el misterio del grande o pequeño número de los elegidos, Nuestro Señor, sin responder directamente, anunciará a la faz de todo su auditorio dos condiciones de la salvación: el esfuerzo y la obediencia a Dios, y afirmará la posibilidad de la salvación para los gentiles y de la condenación para los judíos. Este era el verdadero medio de invitar a reflexionar a su auditorio. La cuestión teórica del pequeño o gran número de los elegidos no tiene ningún interés para la vida práctica; lo que importa es saber qué es lo que hay que hacer para ser del número de los elegidos”.

RICCIOTTI: “La pregunta hecha a Jesús se resentía de la opinión difundida entonces en el judaísmo de que los elegidos eran en número mucho menor que los réprobos. Jesús no rechaza ni aprueba tal opinión, sino que sólo invita a esforzarse para entrar en la sala del convite, a la cual no es fácil el acceso”.

Cierto que quien pregunta es judío, miembro del pueblo escogido y compatriota de Jesús; pero tal cualidad no sirve de nada respecto a obtener trato de favor”.

NÁCAR-COLUNGA: “Jesús rehúye responder a la pregunta de sus discípulos; pero enseña lo que debemos hacer tratándose de negocio tan grave como el de nuestra salvación. Esta exige esfuerzos, y para asegurarla hay que violentarse, porque, una vez excluidos del reino de los cielos, ya no hay remedio”.

BOVER-CANTERA: “El Maestro, sin responder a la curiosidad del rabino le advierte que no todos los judíos ni sólo ellos serán los que se salven. Le enseña, además, el modo de salvarse: esfuerzo personal y diligencia, pues la puerta es estrecha y llegará momento en que se cerrará. Al fin se anuncia proféticamente la entrada de los gentiles y cierta primacía sobre la masa de los judíos”.

PROFESORES DE SALAMANCA: “Saber el número no interesa. Lo que les dice es que para salvarse, para entrar en el reino, han de esforzarse, han de luchar (agonizesthe) pues han de ingresar por una“puerta Estrecha” (Mt 7,13ss). El reino mesiánico era representado frecuentemente bajo la imagen de un banquete.

Esta es la imagen subyacente. Muchos buscarán entrar y no podrán, no por falta de capacidad en la sala, sino porque no se amoldan a entrar por esa alegórica “puerta estrecha”. Además, en un momento determinado, el dueño de la casa se levantará y cerrará la puerta. Ya no podrán entrar más”

JUAN LEAL: “Jesús no responde teóricamente a la pregunta. Su respuesta es práctica; aconseja la lucha y el esfuerzo para llegar a la vida eterna. Es lo único que tiene que decirnos a este respecto. El número de los que se salvan pertenece al secreto de Dios”

Basta ya. Las citas de los exegetas podrían multiplicarse en gran número, pero no hace falta. Está bien claro que Nuestro Señor no quiso responder a la pregunta que le formulaban. Dejando completamente a un lado la cuestión del número de los que se salvan, se limitó prudentísimamente a dar las normas prácticas para asegurar eficazmente la salvación. Es indudable que la salvación exige esfuerzo y que lo más prudente y seguro es entrar por la puerta estrecha del cumplimiento íntegro de la ley de Dios, que es la única que conduce a la vida. El que equivoque el camino y se quede fuera cuando el dueño del palacio cierre la puerta, es inútil que invoque haber conocido al Señor: se quedará fuera para siempre. ¿Serán muchos o pocos los que de esta manera quedarán fuera? Nada absolutamente se nos dice en el texto sagrado.

Precisamente porque de este pasaje evangélico nada se puede concluir, ha sido interpretado el silencio de Nuestro Señor de modos tan distintos.

El P. Monsabré hace el resumen de las dos opiniones extremas en el siguiente párrafo de una de sus magistrales conferencias en Nuestra Señora de París:

Me dirán, tal vez, los rigoristas que Jesucristo nos oculta aquí el misterio de su justicia para no turbar las almas timoratas; yo creo más bien que nos oculta el misterio de la misericordia para hacernos evitar la presunción”.

Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que del aludido pasaje evangélico nada se puede concluir en orden al problema que nos ocupa. Si queremos, encontrar un poco de luz para resolverlo en la medida de lo posible, es preciso echar mano de otros argumentos más claros y significativos.

Es lo que, con toda humildad y modestia, nos proponemos. Creemos con toda sinceridad que la teología no hallará jamás una respuesta del todo clara y categórica a la apasionante pregunta evangélica, pero nos parece que es perfectamente licito al teólogo intentar hacer un poco de luz en problema tan angustioso y que a tantas almas sinceramente cristianas les quita la tranquilidad y el sueño. Si creyéramos que esta cuestión es una mera y pura curiosidad y que a nada práctico conduce, nos guardaríamos mucho de plantearla, y con muchísima mayor razón aún si creyéramos que puede resultar nociva o peligrosa para alguien.

¿Que el silencio de Aquel que hubiera podido resolverla definitivamente y para siempre nos invita al silencio a nosotros también? Nos parece que no concluye el argumento, precisamente porque prueba demasiado. Una respuesta categórica de Nuestro Señor hubiera llevado inevitablemente a uno de los dos resultados lamentables que señala el P. Monsabré en la cita que acabamos de recoger: o a un terrible desaliento, si hubiera sido rigorista, o a una presunción intolerable, si la salvación afectara a la inmensa mayoría de los hombres. No hay peligro, en cambio, de que se llegue razonablemente a ninguno de estos resultados indeseados si somos nosotros los que nos permitimos contestar a la pregunta evangélica. Porque por fuertes y decisivas que parezcan ser las razones que aleguemos en uno o en otro sentido, siempre será verdad que son perfectamente falibles y sujetas a error y, por lo mismo, no pueden llevar razonablemente al ánimo de nadie a la desesperación o la presunción; ya que la realidad de las cosas podría estar absolutamente en contra de la teoría particular que haya impresionado nuestra alma. “Jesucristo no respondió porque era Dios, y hubiera hecho un dogma; yo respondo porque soy un hombre y sólo hago una opinión”, dice hermosamente el P. Lacordaire en una de sus magistrales conferencias.

Renunciamos en absoluto a señalar cálculos matemáticos o a señalar porcentajes que estarían enteramente desprovistos de todo fundamento serio y argüirían loca temeridad y presunción. Aspiramos únicamente a exponer las principales razones que nos parece inclinan la balanza a favor de un optimismo moderado, cuyo verdadero alcance numérico nadie absolutamente podría precisar. Con razón dice la misma Iglesia, en una oración de la liturgia de difuntos, que “sólo Dios conoce el número de los escogidos que han de ser colocados en la eterna felicidad”.

“ANTONIO ROYO MARÍN”




San Miguel Arcángel
San Miguel Arcángelhttp://sanmiguelarcangel-cor-ar.blogspot.com.es/
Artículos del Blog San Miguel Arcángel publicados con permiso del autor

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