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Sermón sobre la Comunión indigna del Santo Cura de Ars (¡Oportunísimo)

Anima quæ peccaverit, ipsa morietur. El alma que pecare, morirá. ( Ez 18,  6)

Si todo pecado mortal, hijos míos, le da muerte a nuestra alma, la separa de Dios para siempre, la precipita a todo tipo de desgracias, ¿a cual estado debe pues reducirse el más horrible de todos los crímenes, que es el sacrilegio? Oh mi Dios, ¿quién es el que jamás podrá formarse una idea del estado espantoso de una alma cubierta de sacrilegios? Sí, nos dice Jesucristo, cuando ustedes vean la abominación de la desolación en el lugar santo, predicha por el profeta Daniel, compréndanlo bien; no, no, hijos míos, no eran las profanaciones que se habían cometido, y que todavía debían cometerse en el templo de Jerusalén, las que hicieron derramar las lágrimas de Jesucristo. ¡Ay! Hijos míos, habiéndose escogido el corazón del hombre para hacerlo su morada y su templo, Jesucristo preveía sin duda las profanaciones y las abominaciones desastrosas que el demonio haría por el pecado; ¡qué pensamiento triste y desconsolador para un Dios! Pero el más grande y más terrible de todos los dolores es prever que se profanaría su cuerpo adorable y su sangre preciosa.

¡Oh mi Dios! ¡Oh desgracia incomprensible! Los cristianos pueden ser bien culpables  de tal crimen, ¡que el infierno jamás pudo  inventar algo semejante! ¡Ay! San Pablo ya lo lamentaba en su tiempo. No pudiendo un día hacerles sentir toda la negrura de este crimen espantoso, les decía llorando amargamente: que suplicio no recibiría el portador de una mano parricida en el cuerpo de un Dios hecho hombre, que le golpeó el corazón… ¡Ah! ¡ Este tierno corazón qué nos ama hasta en la cruz, y que le arrancaría la sangre de sus venas!… ¡Ah! Esta sangre adorable derramada por nosotros, que nos santificó en el santo bautismo, que nos purificó en el sacramento de la penitencia; parecería imposible encontrar castigos bastante rigurosos y cristianos capaces de tal crimen. ¡Ay! Se exclama, aquí esta uno todavía infinitamente más espantoso, es el recibir indignamente el cuerpo adorable y la sangre preciosa de Jesucristo, es profanarlo, mancharlo, envilecerlo; ¿este crimen es posible?…¡Ah! ¿Por lo menos, lo es para los cristianos? Sí, ¡hay estos monstruos de ingratitud qué llevan su furor hasta tal exceso!

Sí, hijos míos, si el buen Dios, en este momento, mostrara las comuniones de todos los que están aquí, al descubierto, Ay! ¡cuántos aparecerían con su sentencia de reprobación escrita en su conciencia criminal con la sangre de un Dios hecho hombre! Este pensamiento hace estremecerse, y sin embargo nada tan común como estas comuniones indignas; ¡ cuántos tienen la temeridad de acercarse a la Mesa santa con pecados escondidos y disfrazados de confesión! Cuántos no tienen este dolor que el buen Dios les pide a ellos; ¡ cuántos no hacen todos sus esfuerzos para corregirse! ¡cuántos conservan una voluntad secreta de recaer sobre el pecado! Cuántos no evitan las ocasiones del pecado, pudiendo hacerlo; ¡ cuántos conservan hasta la Mesa santa las enemistades en su corazón! Sondeen sus conciencias, hijos míos, y vean si ustedes nunca estuvieron en una de estas disposiciones acercándose a la comunión santa; si han tenido esta desgracia, hijos míos, ¿de cuales términos podría pues servirme para hacerles sentir  todo su horror? ¡Ah! Si me fuera permitido, iría al infierno para arrancarle a un infame y  traidor Judas todavía la humeante  sangre adorable de Jesucristo que profanó tan horriblemente. ¡Ah! si ustedes pudieran oír los gritos y los aullidos que lanza; ¡ah! si pudieran comprender los tormentos que aguanta a causa de su sacrilegio,  morirían de espanto. ¡Ay! ¡que será de aquellos qué, posiblemente toda su vida, hicieron sólo sacrilegios! ¿los cristianos que me escuchan y que son culpables, todavía pueden vivir bien? Sí, hijos míos, el sacrilegio es el más grande de todos los crímenes, ya que ataca a un Dios y le da muerte, y nos trae a todos las más grandes desgracias.

  1. – Si les hablara a idólatras o hasta a herejes, comenzaría a probarles la realidad de Jesucristo en el sacramento adorable de la Eucaristía; pero no, nadie tiene la menor duda sobre eso. ¡Ay! haría falta que para los que se acercan en malas disposiciones, Jesucristo no esté allí; pero no, esta allí también para los que se atreven a presentarse con pecado en el corazón, como para los que están en estado de gracia. Quiero solamente, comenzando, citarles un ejemplo que fortificará su fe, y les dará una idea de las disposiciones que ustedes deben tener, para no profanar este gran Sacramento de amor. Se refiere, en la historia, que un sacerdote que decía la Misa santa, después de haber pronunciado las palabras de la consagración, duda si Jesucristo esta realmente presente en cuerpo y en alma en la Hostia santa; en el mismo instante la Hostia santa fue totalmente teñida de sangre. Jesucristo parecía querer por tan grande milagro criticarle a su ministro su poca fe y fortalecer a los cristianos en esta verdad de fe, que está realmente presente en la santa Eucaristía. La santa Hostia vertió sangre con tanta abundancia que el corporal, los manteles del altar, y el mismo altar fueron enrojecidos. El Santo Padre, siendo informado, hizo traer a una iglesia el corporal, que se llevaba cada año el día del Corpus Christi, en gran veneración. No, hijos míos, todo esto no es necesario para ustedes, porque nadie duda de eso; pero mi intención es mostrarles mientras me sea posible el tamaño y horribilidad del sacrilegio. No, este conocimiento jamás se dará al hombre mortal; tendría que ser Dios mismo, con el fin de poder comprenderlo; sin embargo, para dáres una idea débil, les diré que el que tiene esta gran desgracia, hace un pecado que ultraja más al buen Dios que todos pecados mortales que se cometieron desde el comienzo del mundo y que los que podrán cometerse hasta el final de los siglos; si usted me pregunta la razón, es porque el sacrilegio ataca a la persona de Jesucristo mismo, mientras que otros pecados desprecian sólo sus mandamientos. Pues es completamente imposible mostrarles en toda su negrura; ¡Ay! Sin embargo, son tan comunes estos sacrilegios.

Si quisiera, hijos míos, hablarles de la muerte corporal de Jesucristo, yo solo tendría que hacerles la pintura de los tormentos que aguantó durante su vida; yo solo tendría  que mostrarles este pobre cuerpo todo en colgajos, tal como estaba después de su flagelación, tal como está ahora sobre el madero de la cruz; no haría falta más para tocarles el corazón y hacerles derramar sus lágrimas. En efecto, ¿cual es el pecador más endurecido que podría resistir  y que no mezclaría sus lágrimas con esta sangre adorable? Cualquier joven, si fuera a echarme a sus pies con un Dios que llora sus pecados, rogándole en gracia que no lo mate, su corazón más duro que una roca, al que seguidamente sus lágrimas fluirían y pisoteando sus placeres, se despediría de ellos para siempre. ¿Cuál es el avaro, al que le presentaría a un Dios despojado de todas las cosas, desnudo sobre una cruz, a quien todavía podrían gustarle los bienes de este mundo? ¿Cuál es el impúdico que iría a esperar a que pase, que corre como un desesperado hacia el objeto de su pasión, si le presentara a su Dios totalmente cubierto de heridas, de sangre, pidiéndole por favor de no quitarle la vida, no caería a sus pies gritando misericordia?

¡Ay! hijos míos, la muerte que le damos a Jesucristo por la comunión sacrílega es  todavía infinitamente más horrible y más dolorosa. Cuando estaba sobre la tierra, sufrió sólo un cierto tiempo, y murió sólo una vez; todavía, es su amor que lo hace sufrir y morir; pero, aquí, no es más la misma cosa. El muere  a pesar de si mismo, y su muerte, muy lejos de ser  ventajosa para nosotros como la primera vez, gira a nuestra desgracia atrayéndonos todo tipo de castigos y en este mundo y en el otro. ¡Oh mi Dios! ¡qué somos crueles hacia un Dios tan bueno! Sí, hijos míos, cuando reflexionamos sobre la conducta de este apóstol pérfido que traicionó y que vendió a su divino Maestro, que desde hace varios años, le había admitido en nombre de sus favoritos más queridos, que le había colmado de tantos beneficios, que le había dado un cargo preferentemente a otros, que había sido testigo de tantos milagros; cuando nosotros recordamos, digo, las crueldades y la barbarie de los judíos que hicieron a este divino Salvador todo lo que su rabia pudo inventar de mayor crueldad, a este divino Salvador que había venido a este mundo sólo para arrancarles de la tiranía del demonio, elevarles a la gloriosa calidad de hijos de Dios, de coherederos de su reino, podemos considerarlos sólo como monstruos de ingratitud, dignos de la execración del cielo y de la tierra y de los castigos más rigurosos que el buen Dios pueda hacer sentir a los réprobos en toda su potencia y su cólera justa.

Digo primero, hijos míos, que el que tiene la gran desgracia de comulgar indignamente, su crimen es todavía infinitamente más horrible  que el de Judas que traicionó y vendió a su divino Maestro, y que el de los judíos que le crucificaron; porque Judas y los judíos todavía parecían tener alguna excusa de dudar si verdaderamente era el Salvador. Pero este cristiano, pero este desafortunado profanador , ¿puede ponerlo en duda? ¿Las pruebas de su divinidad no son bastante evidentes? ¿No saben que a su muerte todas las criaturas parecieron ablandarse, que la naturaleza entera pareció aniquilarse viendo expirar a su Creador? ¿Su resurrección no fue manifestada por una infinidad de los prodigios más sorprendentes, que no podían dejar alguna duda de su divinidad? ¿Su ascensión no se hizo en presencia de más de 500 personas, que casi todas, derramaron su sangre para sostener estas verdades? Pero el desafortunado profanador no ignora nada de todo eso, y con todos sus conocimientos  traiciona y  vende a su Dios y a su Salvador al demonio y le crucifica en su corazón por el pecado. Judas se sirvió de un beso de paz para entregarlo a sus enemigos; pero el indigno comulgando lleva todavía más lejos su crueldad: ¡ después de haber mentido al Espíritu Santo en el tribunal de la penitencia escondiendo o disfrazando algún pecado, se atreve, este desgraciado, ir a colocarse entre los fieles destinados a comer este pan, con un respeto hipócrita sobre la frente!  ¡Ah! no, no, nada detiene a este monstruo de ingratitud; se adelanta y va a consumir su reprobación. En vano, este tierno Salvador, viéndole venir, grita del fondo de su tabernáculo como al pérfido Judas: “mi amigo, ¿qué estas haciendo aquí? ¿Qué, mi amigo, vas a traicionar a tu Dios y tu Salvador por un signo de paz (Lc  22, 48)? Paren, paren, mis hijos; ¡ah! por favor, evítame. “Pero, no, no, ni los remordimientos de su conciencia, ni los reproches tiernos que hace su Dios pueden parar sus pasos criminales. ¡Ah! ¡se adelanta, va a apuñalar a su Dios y su Salvador! ¡Oh cielo! ¡qué horror! ¿pueden sostenerse bien sin temblar de este infeliz asesino de su Creador? ¡Ah! no esta allí la cumbre del crimen y de la abominación en el lugar santo? ¡Ah! No, no, jamás el infierno en todo su furor pudo inventar algo semejante; no, no, las naciones idólatras jamás pudieron inventar nada semejante en odio del verdadero Dios, si lo comparamos con los ultrajes que un cristiano que comulga indignamente hace a Jesucristo.

Sin embargo leemos en la historia unos ejemplos que hacen estremecerse. Vemos que un emperador pagano, en odio a Jesucristo, colocó a ídolos infames sobre el Calvario y sobre el Santo sepulcro, y creyó en esto que él no pudo llevar más lejos su furor hacia Jesucristo. ¡Eh! ¡gran Dios! ¡hay algo comparable con el comulgante indigno! ¡Ah! no, no, no es más entre ídolos mudos e insensibles que él coloca a su Dios, pero, ¡Ay! ¡en medio de sus pasiones infames y vivas, qué son tantos verdugos qué crucifican a su Salvador! ¡Ay! ¿que digo? Este desgraciado  une al Santo de los santos a asesinos prostituidos y le vende a la iniquidad. Sí, este desgraciado sumerge a su Dios en un infierno intenso. ¿Podemos concebir bien algo más espantoso? Sí, hijos míos, somos sobrecogidos de horror viendo en la historia las profanaciones que se han hecho a las santas Hostias. ¿Pero qué éstos, si se los comparamos a los que comulgan indignamente? ¡Oh! no, no, esto todavía no es nada.

Voy a citarles algo que les horrorizará. Se ha informado que una mujer cristiana, que era pobre, había pedido prestado de un Judío una pequeña cantidad de dinero, y le había dado en prenda uno de sus vestidos. Al estar próxima la fiesta de Pascua, rogó que el Judío le devolviera para ese día las cosas que se le habían dado. El Judío le dice que le daría todo y las tendría si, después de haber comulgado, le aportaba la Hostia santa. Esta desgraciada, para no ser obligada a devolverle la suma, le dice que sí. Al día siguiente, fue a la iglesia, y después de haber recibido la Hostia santa en su boca, seguidamente la retira, se la pone en su pañuelo y la lleva al infeliz Judío que se la había pedido sólo para ejercer su furor contra Jesucristo. Teniéndola una vez entre las manos, la trató con la máxima crueldad. Vemos que Jesucristo le mostró constantemente cuánto era sensible a los ultrajes que este desgraciado le hacía. El Judío puso la Hostia santa sobre una mesa, y le dio cantidad de golpes de navaja; salió de ella una cantidad muy grande de sangre que cubrió totalmente la mesa. La tomó y la colgó de un clavo, le dio latigazos hasta que quedó satisfecho; la perforó con una lanza, salió de ella  sangre como en el momento en el que fue crucificado; luego, la echó en el fuego, donde se la veía voltear aquí y allá entre las llamas sin recibir ningún daño; su rabia lo llevó a echarla en una caldera de aceite hirviendo: el líquido pareció ser convertido en sangre. La santa Hostia, en este momento, tomó la forma de Jesucristo en cruz. Este desgraciado, lleno de espanto, corre para esconderse en un reducto de su casa. Sin embargo, uno de los niños del Judío que ve a cristianos que iban a la iglesia, les dice: “ustedes no deben ir mas por su Dios, mi padre lo mató.” Una mujer que escuchaba a este niño, entró en la casa, todavía viva la Hostia santa que estaba en forma de cruz; esta mujer corre para tomar un pequeño vaso; en el momento que presentó su vaso, la Hostia santa retomó su antigua forma y se colocó en el vaso que había traído. Este infeliz Judío fue tan endurecido que prefirió dejarse quemar vivo que hacerse bautizar.

No podemos pensar en estos horrores sin estremecerse. ¡Ay! hijos míos, si supiéramos lo que es el sacrilegio, es decir el ultraje que hace a Jesucristo el que comulga indignamente, el solo pensamiento nos mataría de espanto. Este Judío, después de haber saciado todo su furor contra Jesucristo tratando tan indignamente esta Hostia santa, luce más o menos como un pecado venial tiene semejanza con un pecado mortal, si lo comparamos con un sacrilegio que hace un mal cristiano que tiene la desgracia de acercarse a la Mesa santa sin estar en estado de gracia. ¡Ah! No, no, el infierno jamás pudo inventar nada más horrible que el sacrilegio para hacer sufrir a Jesucristo.

2 ° Yo digo que a la perfidia de Judas al indigno comulgante se añade la ingratitud, el furor y la malicia de los Judíos. Escuchemos el tierno reproche que Jesucristo les hacía a los Judíos (Jn 10, 32):  ” ¿por qué me persiguen? ¿Esto es porque alumbré a los ciegos, enderecé a los cojos,  devolví la salud a los enfermos, resucité a los muertos? ¿Es pues un crimen haberles querido tanto?” Tal es el lenguaje que Jesucristo les envía a los profanadores de su cuerpo adorable y de su sangre preciosa. Todavía, nos dice por la boca de uno de sus profetas (Sal 54, 13-14), si este ultraje y esta afrenta me hubieran sido hechos por enemigos o por idólatras que jamás tuvieron la felicidad de conocerme, o hasta por herejes nacidos en el error, esto me habría sido menos sensible; pero ustedes, nos dice, a los que coloqué en el seno de mi Iglesia, ustedes a los que enriquecí de mis dones más preciosos; ¡ustedes por el Bautismo, se habían hecho mis hijos, los herederos de mi reino!… ¡Que! mis hijos, ciertamente usted se atreven a ultrajarme con el sacrilegio más horrible; ¡qué! mis hijos, ustedes todavía pueden golpear el corazón del mejor de todos los padres, que les quiso hasta la muerte. ¡Eh qué! ¡Ingratos, ustedes todavía no están satisfechos con todas las crueldades que se ejercieron sobre mi cuerpo inocente durante mi pasión dolorosa! ¿ Olvidaron el estado lamentable al que fui reducido después de mi flagelación dolorosa y sangrienta, donde mi cuerpo fue semejante a un pedazo de carne cortada? ¡Eh qué! Ingratos, ustedes olvidaron los sufrimientos que sentí llevando mi cruz; ¿tantos pasos, tantas caídas, y tanta vez levantado a patadas? ¿Olvidaron que era para arrancarles del infierno y abrirles el cielo que morí sobre el madero infame de la cruz? ¡Ah! mi hijos,¿todavía no están conmovidos? ¿Podía llevar más lejos mi amor por ti? Paren, mis hijos. ¡Ah! por favor, perdona la vida a tu Dios que te quiso tanto; ¿por qué  quieres darme una segunda vez la muerte, recibiéndome con pecado en tu corazón?

Dígame, ¿quién de nosotros  tendría el coraje, después de reproches tan tiernos y enamorado de su Dios, que todavía podría tener la rabia de ir a presentarse a la Mesa santa con una conciencia manchada por pecados? ¡Mi Dios, que puede entender la ceguera de esos desgraciados! ¡Ah! Si todavía, antes de levantarse para ir a matar a su Dios, pensaban en estas palabras terribles de san Pablo, que van a incorporar su juicio y su condena (1 Cor 11, 29), se atreverían a llevar bien su audacia hasta tal exceso? ¿Este Dios de amor habría podido pensar, no digo de los que no tienen la felicidad de conocerlo, sino que cristianos todavía no están satisfechos por lo que los Judíos le hicieron aguantar durante su pasión dolorosa? ¿En el Calvario, habría pensado que el mayor número de los cristianos se haría su verdugo, atentaría hasta sus días, y lo crucificaría en su corazón recibiéndole en su conciencia manchada por pecados? Escuche lo que nos dice por la boca de un profeta: ¿Curará una alma que le gustan sus heridas, es decir sus pasiones? ¿Inflamará del ardor de su amor un corazón que arde del amor profano del mundo? No, no, dice, con todo lo Dios que sea, jamás lo hará.

Sí, hijos míos, Jesucristo, en un corazón criminal, está sin acción y sin movimiento, de modo que el que es bastante desgraciado de comulgar indignamente, la muerte espiritual que le da a su Dios es todavía más sorprendente que la que aguantó sobre la Cruz. En efecto, hijos míos, si los Judíos lo persiguieron de manera tan indigna, fue por lo menos sólo durante su vida mortal, pero el indigno comulgando lo ultraja en la estancia de su gloria. Si la muerte de Jesucristo sobre el Calvario pareció tan violenta y tan dolorosa, por lo menos la naturaleza entera parecía expresar su dolor, y las criaturas más insensibles aparecieron ablandarse y parecían en esto querer compartir sus sufrimientos. Pero aquí, nada de todo eso aparece, es insultado, es ultrajado, magullado; ¡ oh! ¿Qué digo? Es degollado por una nada vil; todo está en el silencio y todo parece insensible a sus sufrimientos. El sol no se eclipsa en absoluto, la tierra no tiembla, el altar no se vuelca; ¿este Dios de bondad tan indignamente ultrajado no puede quejarse a título más justo que sobre el madero de la Cruz en el que está abandonado? no debería exclamar: “¡Ah! Mi Padre, ¿por qué me abandonó al furor de mis enemigos, hace falta que muera a cada instante?” Pero, mi Dios, ¿cómo un cristiano puede tener el coraje de ir a la Mesa santa con pecado en el corazón para darle muerte a su Dios?… ¡ Mi Dios, qué desgracia! No, no, el infierno en su furor jamás  pudo inventarle nada más ultrajante a Jesucristo que el sacrilegio cometido por los cristianos.

Pero, me dirán, ¿quiénes son pues los que tienen esta gran desgracia? – ¡Ay!, hijos míos, ¡que el número de ellos es grande! – Pero, me dirán, ¿quién podría pues ser capaz de eso? – ¿ quién podría ser capaz de eso? Es usted, mi amigo, usted confesó sus pecados con tan poco dolor como una historia indiferente. ¿Quién es culpable? Mi amigo usted sabe que después de sus confesiones vuelve a caer con la misma facilidad; que no se percibe ningún cambio en su manera de vivir; ¿tiene siempre los mismos pecados que hay que decir en todas sus confesiones? ¿Quién es el culpable? Es usted, miserable, usted cerró la boca antes de haber confesado sus pecados. ¿Quién es el culpable? Es usted, pobres ciegos, usted ha comprendido bien que no decía su pecados como los conoce. Dígame, ¿por qué en este estado se atreve a ir a la Mesa santa? – Es, díganlo, porque quiero hacer mi Pascua, quiero comulgar. – Usted quiere comulgar: pero, infeliz, ¿dónde quiere poner a su Dios? ¿Es en sus ojos, que usted manchó con tantas miradas impuras y adúlteras? Usted quiere comulgar: ¿ pero dónde pondrá pues a su Dios? ¿Es en sus manos, que usted manchó con tantos toques infames? Usted quiere comulgar: ¿pero dónde va a poner a su Dios? ¿Es en su boca y sobre su lengua? ¡ Eh! Gran Dios, ¡una boca y una lengua que usted profanó tantas veces con besos impuros! Usted quiere comulgar: ¿pero dónde espera pues colocar a su Dios? ¿ Es en su corazón? ¡Oh horror! ¡Oh abominación! Un corazón que es oscurecido y ennegrecido por el crimen, semejante a un tizón, que desde hace quince días o tres semanas rueda en el fuego. Usted quiere comulgar, mi amigo; ¿quiere hacer su Pascua? Vamos, levántate, avanza, infeliz; cuando Judas, el infame Judas, hubo vendido a su divino Maestro, fue como un desesperado, tanto que no aceptó la entrega a los verdugos para hacerlo condenar a muerte. Adelante, infeliz, levántate, acabas de vendérselo al demonio, al tribunal de la penitencia, escondiendo y disfrazando tus pecados, marcha, desgraciado, entregarle al demonio. ¡Ah! gran Dios, ¿tus nervios podrán sostener bien este cuerpo que va a cometer el más grande de todos los crímenes? Levántese, infeliz, avance, ya que el Calvario está en su corazón, y la víctima esta delante de usted, marche siempre, deje gritar su conciencia, trate solamente de sofocar los remordimientos tanto como usted pueda. Vaya, desgraciado, sientese a la Mesa santa, va a comer el pan de los ángeles; pero, antes de abrir tu boca manchada por tantos crímenes, escucha lo que va a decirte el gran santo Cipriano, y verás la recompensa de tus sacrilegios. Una mujer, nos dice, que se atrevió a presentarse a la Mesa santa con una conciencia manchada por pecados, en el momento cuando le daba la comunión santa, un golpe de rayo del cielo  le cayó encima y le fulminó a mis pies. ¡Ay! mi Dios, ¿cómo puede una persona que es culpable ir a la comunión santa para cometer el más grande todos los sacrilegios? Sí, hijos míos, san Pablo nos dice que si los Judíos hubieran conocido a Jesucristo por el Salvador, jamás le habrían hecho sufrir, ni morir (1 Cor 2, 8); pero usted, mi amigo, ¿puede ignorar al que va a recibir? Si usted no pensaba en eso, escuche al sacerdote que le grita en voz alta: “he aquí el Cordero de Dios, he aquí Aquel quien borra los pecados del mundo.” Es santo, es puro. Si usted es culpable, infeliz, no avance: sino, tiemble que los rayos del cielo vienen para precipitarse en su cabeza criminal para castigarle y echar su alma en el infierno.

  1. – No, no, hijos míos, no hablo aquí de los dolores temporales que los sacrilegios atraen en el mundo; voy a pasar en silencio los castigos espantosos que los Judíos probaron después de haber matado a Jesucristo. La sola historia hace estremecerse: se degollaban unos a otros; las calles fueron cubiertas de cadáveres, la sangre fluía por las calles como el agua de un río; el hambre fue tan grande que las madres llegaron hasta comer a sus niños.

San Juan Damasceno nos dice que el sacrilegio es un crimen tan espantoso, que un solo sacrilegio es capaz de atraer todo tipo de desgracias en el mundo; nos dice que es principalmente sobre los profanadores que Jesucristo verterá durante toda la eternidad la hiel de su furor. Aquí está un ejemplo que va a mostrarles el estado de un profanador a la hora de la muerte. Se dice que un pobre desgraciado que había hecho comuniones sacrílegas durante su vida, vió a un demonio que se le acercó diciéndole: porque comulgaste indignamente durante tu vida, recibirás hoy la comunión de mi mano; este pobre desgraciado exclamó: ¡Ay! la venganza de Dios está sobre mí, y murió en la desesperación pronunciando estas palabras. Sí, hijos míos, si pudiéramos formarnos una idea de la magnitud del sacrilegio, moriríamos más bien mil veces que cometerlo. En efecto, un cristiano que es tan desgraciado de comulgar indignamente, es culpable del más detestable de todos los sacrilegios, de la más negra de todas las ingratitudes; digamos mejor, envenena su corazón, mata su alma, le abre la puerta de su corazón al demonio, y voluntariamente se hace su esclavo. Sí, hijos míos, el horror de su sacrilegio viene de lo que profana, no un lugar o un vaso santo, sino un cuerpo que es la fuente de toda santidad, que es el de Jesucristo. La enormidad de su ingratitud resulta en que ultraja a su bienhechor por el más señalado de sus beneficios; y mucho más, se sirve de mismo para ultrajarlo. La comunión sacrílega es semejante a una espada muy aguda que hunde en sus entrañas, lo envenena como Judas fue envenenado por la suya, le da al demonio pleno poder de apresarlo después de haber recibido la comunión, por consiguiente no debería, hijos míos, atreverse a hacerlo así. Le sería preferible nunca comulgar indignamente ya que no aporta provecho, ni placer, ni honor; pero causa el daño más grande, de muy crueles remordimientos de conciencia y una infamia eterna. San Cipriano dice que una mujer, saliendo de comulgar indignamente, fue apresada por el demonio que le atormentó tan horriblemente, que ella misma fue su verdugo; después de haberse cortado la lengua, murió…

Oh mi Dios,  un cristiano puede tener bien el coraje de ir a la Mesa santa teniendo pecados ocultos, o unos pecados de los cuales  no quiere corregirse, o si usted quiere, ¿los que a pesar de tantas comuniones pasadas no cambia de vida?  Mi Dios, ¡que el hombre es ciego! ¡Ay! Esto será sólo en el día del juicio que veremos todas estas abominaciones. Escuchen a san Pablo, hablando a los Corintios (1 Cor 2, 8):  “ustedes se presentan, les decía, a la mesa del Señor, con tan poco respeto y religión como si ustedes se presentaran a una mesa profana; ustedes van a comer el pan de los ángeles con tan poca decencia como si ustedes comieran pan material; ¿pueden asombrarse si ustedes son agobiados por tantos dolores? ” ¡Ay! Hijos míos, reconozcamos llorando sinceramente, que si somos agobiados por tantas desgracias y tantos castigos, son sólo los sacrilegios que son la fuente verdadera. ¡Que de guerras, que de hambrunas, que de enfermedades y de muertes súbitas! Insensatos, quienes atribuyen todo esto al azar, abran los ojos, y ustedes reconocerán que son sólo sus sacrilegios. Sí, hijos míos, si pudiera describirles todas las consecuencias de un sacrilegio, ni uno de ustedes se atrevería a comulgar. Es narrado por san Godofredo, que era obispo de Amiens, que les había prohibido a todos los sacerdotes dar la absolución durante las fiestas de Pascua a todos los que habían comido carne durante la cuaresma. Un libertino, que era culpable de este delito, es decir que había comido carne, tomó el vestido de una mujer con el fin de engañar a su confesor. Este artificio le resulta, pero para su desgracia: porque él no hubiera recibido el cuerpo de Jesucristo, una fuerza invisible lo derribó, comenzó a espumar como una persona rabiosa, revolviéndose por tierra y murió en su furor. No, no, hijos míos, cualesquiera que sean los espantos que las comuniones indignas puedan poner en el corazón del hombre por los castigos espantosos que nos atraen, todavía no es nada si se los comparamos a aquellos a los que Jesucristo ejerce sobre las almas; y estos castigos son ordinariamente el endurecimiento durante la vida y la desesperación a la hora de la muerte. El buen Dios, en castigo de sus abominaciones, abandona a este desgraciado a su ceguera; el demonio que le engañó durante su vida, le deja percibir sólo en el momento cuando prevé que el buen Dios lo abandona; va de crimen en crimen, de sacrilegio en sacrilegio, acaba por no pensar más en eso, se traga la iniquidad como el agua; por fin, a pesar de todo el tiempo y los socorros, muere en el sacrilegio como vivió. Aquí está un ejemplo muy sorprendente, narrado por un judío que se enteró de un sacerdote al que esto había ocurrido. El Padre Lejeune , cuando estaba en una misión cerca de Bruselas, narra un relato que nos dice tener de la boca del que fue testigo. Nos dice que había cerca de una ciudad de Bruselas, una pobre mujer devota que, con los ojos del mundo, cumplía perfectamente bien sus deberes de religión. La gente la consideraba como una santa; pero la pobre desgraciada escondía siempre un pecado vergonzoso que había cometido en su juventud. Después de agravarse por la enfermedad de la que murió, estaba como desvanecida por un momento, y habiendo recobrado el conocimiento, llama a su hermana que la servía, diciéndole: “Mi hermana, soy condenada. “Esta pobre chica se acercó a su cama y le dice: “mi hermana, usted sueña, despiértese y encomiéndese al buen Dios.” – “Yo no sueño en absoluto, le dice, sé bien lo que digo; acabo de ver el sitio que me es preparado en el infierno. “Su hermana corre prontamente para buscar al señor cura. El no estaba allí, su hermano, que era su vicario, vino rápidamente a su casa para ver a la pobre enferma; y es a partir de él, nos dice el Padre Lejeune, que me enteré sobre los detalles, haciendo una misión. Acompañándonos, nos mostró la casa donde estaba esta pobre mujer; a todos nos hizo llorar contándonos los detalles. Nos dice que habiendo entrado en la casa, se acercó a la enferma: “¡pues bien! mi estimada, pues qué vió que le pareció tan horroroso? ” – “Señor, le respondió, estoy condenada; acabo de ver el sitio que me es preparado en el infierno, porque en otro tiempo, había cometido tal pecado.” Ella lo reconoció delante de todos los que estaban en la habitación. “¡Eh! mi estimada, dígamelo en confesión, y le absolveré de eso.”  –  “Señor, le dice, estoy condenada.” – “Pero, le dice el sacerdote, usted todavía vive y esta en el camino de la salvación; si usted quiere, le daré un carta firmada con mi sangre por la cual me obligaré, alma por alma, a ser condenado por usted en caso de que usted lo fuera, si usted le quiere pedir perdón a Dios y confesarse.” –  El sacerdote estuvo tres días y tres noches en llanto cerca de esta enferma, sin poder convencerle de hacer solamente un acto de contrición ni confesarle; al contrario, un momento antes de morir, renegó del buen Dios, renunció a su bautismo y se le consagró al demonio. Oh mi Dios, ¡que desgracia! Esto les asombra, sin duda, que muera así, pudiendo reparar tan bien el dolor que había hecho; para mí, esto no me asombra, porque el sacrilegio  es el más grande de los crímenes, bien se merece estar abandonado por el buen Dios y de no saber aprovechar ni el tiempo, ni las gracias.

Sí, hijos míos, el sacrilegio parece tan horrible que parece imposible que los cristianos puedan ser culpables de tal crimen; y sin embargo, nada tan común. Echemos una ojeada sobre las comuniones, ¡cuánto no nos encontramos de confesiones y de comuniones hechas por respeto humano! ¡Cuánto por hipocresía, por costumbre! ¡cuánto que, si la Pascua ocurriera sólo cada treinta años, así comulgarían, ¡ay! Jamás… Cuántos otros, los que no ven venir este tiempo tan precioso con penalidades, y los que se acercan a eso sólo porque otros lo hacen, y no para agradar a Dios y alimentar su pobre alma. Prueba muy evidente, hijos míos, que estas confesiones y comuniones no valen nada, ya que no se ve en absoluto cambio en su manera de vivir. ¿Los vemos después de la confesión más dulces, más pacientes en sus penas y las contradicciones de la vida, más caritativos, más transportados a esconder y a excusar las faltas de sus hermanos? No, no, hijos míos, no es más cuestión de cambio en su conducta; ellos han pecado hasta ahora, continúan. ¡Oh! Desgracia espantosa, ¡pero bien poco conocida por la mayoría de de los cristianos! Oh mi Dios, habrías pensado que tus hijos llevaran  tal exceso de furor contra tí? No, no, hijos míos, esto no es sin razón, que se coloca un crucifijo sobre la mesa de la comunión, ¡ay! ¡Qué de veces es crucificado en la Mesa santa! Míralo bien, mi alma, tú que te atreves a plantar el puñal en este corazón que nos ama más que a sí mismo; míralo bien, es tu Juez, El que debe fijar tu morada para la eternidad. Sondee bien su conciencia; si usted esta en mal estado, desgraciado, no avance. Sí, Jesucristo es resucitado de la muerte natural, y no morirá más; pero esta muerte que usted le da con sus comuniones indignas, ¡ah! ¿Cuándo acabará? ¡Oh qué larga agonía! estando sobre la tierra, había sólo un calvario para crucificarlo; pero aquí, ¡tantos corazones, tantas cruces donde es atado! ¡Oh paciencia de mi Dios, que eres grande, de sufrir tantas crueldades sin decir una sola palabra, hasta para quejarte, siendo tratado tan indignamente por una criatura vil, por la cual sufrió ya tanto! ¿Quieren, hijos míos, saber que hace el que comulga indignamente? escúchenlo bien, con el fin de que ustedes puedan comprender la grandeza de su atrocidad hacia Jesucristo. Que dírían, hijos míos, de un hombre cuyo padre fue conducido a un lugar para ser ejecutado a muerte, si no se encuentra allí palo de horca para amarrarlo, se dirija a los verdugos, diciéndoles: Ustedes no tienen palo de horca, he aquí mis brazos, ¿les sirve para colgar de ahí a mi padre? Ustedes no podrían ver tal acción de barbarie sin estremecerse de horror, habría sin duda mucho con que. ¡Pues bien! hijos míos, si me atrevíera, les diría que esto todavía no es nada, si lo comparamos con el crimen espantoso que comete el que comulga indignamente. En efecto, cuáles son los beneficios que un padre hace a su hijo, si los comparamos con lo que Jesucristo hizo por nosotros? Díganme, hijos míos, si ustedes hacen estas reflexiones antes de presentarse a la Mesa santa,  tendrían el coraje de ir allá sin examinar bien lo que van a hacer. ¿Se atreverían a ir bien allá con pecados ocultos y disfrazados, confesados sin contrición y sin deseo de dejarlos?. Aquí esta lo que ustedes dicen al demonio, cuando ustedes son tan ciegos y tan temerarios : no hay cruz, ni calvario como en otro tiempo; pero encontré algo que puede suplirlo. – ¿Qué? les dice el demonio, totalmente asombrado de tal propuesta. – Es, díganle, mi corazón. Estén preparados, voy a aferrarme de él; Él les precipitó a los infiernos, vénganse a su gusto, degüellenlo sobre esta cruz. – Oh mi Dios, ¿podemos pensar en esto sin estremecerse de horror? Sin embargo, es lo que hace el que comulga indignamente. ¡Ah! no, no, el infierno en todo su furor jamás pudo inventar nada semejante. No, no, si hubiera mil infiernos para un solo profanador, esto no sería nada, si lo comparamos con la grandeza de su crimen.” ¿Que hace, nos dice san Pablo, el que comulga indignamente? ¡Ay! este desgraciado, bebe y come a su juez y su juicio.” Estaba bien visto, según las leyes, leerles bien a los criminales su condena, pero ¿alguien alguna vez ha visto hacerles comer su sentencia de condena, y de esta manera, de su condenación y de ellos mismos hacer sólo la misma cosa? ¡Oh desgracia espantosa! no está escrito en el papel el juicio de condena de los profanadores, sino en su propio corazón. A la hora de la muerte, Jesucristo descenderá, con una antorcha en la mano, en estos corazones sacrílegos, encontrará allí su sangre adorable tantas veces profanada, que exigirá venganza. Oh divino Salvador, ¿la ira y el poder de su Padre será lo bastante poderosa para fulminar a estos infelices Judas en lo más hondo de los abismos? ¡Pues bien! Hijos míos, ¿entendieron lo que es una comunión indigna, esa que confiesan con tan poca preparación, dan allí menos cuidados que los que darían para el asunto más común y más indiferente? Díganme, hijos míos, para estar tranquilos como ustedes lo parecen, ¿están muy seguros que todas sus confesiones y sus comuniones han sido acompañadas por todas las disposiciones necesarias para ser buenas y hacer segura su salvación? ¿Detestaron bien sus pecados? ¿Los lloraron bien? ¿Hicieron penitencia bien? ¿Tomaron bien todos los medios que el buen Dios les inspiró para no recaer más? Vuelva, mi amigo, sobre sus años pasados, examine todas las confesiones y las comuniones que no han sido acompañadas por ninguna enmienda, punto de cambio en su vida. Tome la antorcha en la mano, usted mismo, para ver el estado de su alma, antes de que Jesucristo mismo se lo muestre para juzgarle y condenarle para siempre. Estremézcanse, hijos míos, sobre esta gran incertidumbre de la validez de tantas confesiones y comuniones; una sola cosa debe impedirle caer en la desesperación, es que usted vive y que el buen Dios le ofrece su gracia para salir de este abismo cuya profundidad es infinita, y que para esto no hace falta nada menos que el poder de Dios. ¡Ay! hijos míos, ¡qué de cristianos que ahora arden en los infiernos, que oyeron las mismas cosas que ustedes hoy entienden, pero que no quisieron sacar provecho de eso, aunque su conciencia gritaba! ¡Pero, ¡Ay! quisieron salir de eso cuando no pudieron, y cayeron en los infiernos. ¡Ay! ¡cuántos entre aquellos que me escuchan que están en este número, que tendrán la misma suerte! Mi Dios, es muy posible conocer su estado y no querer salir de eso. – Pero, me dirán, quién se atreverá pues a acercarse a la Mesa santa, y que se atreva a esperar haber hecho una buena comunión en su vida? ¿ Podremos levantarnos bien para ir a la Mesa santa, no va a parecer que una mano invisible va a rechazarme y a golpearme de muerte? Mi amigo, para esto no le digo nada; sondee su conciencia, y vea en cual estado está; vea si saliendo de la Mesa santa usted aparecería con confianza delante del tribunal de Jesucristo. Pero, me dirán, vale más dejar todo que de exponerse a un tal crimen.- Mi amigo, consagrándosele una idea del tamaño del sacrilegio, esto no fue mi intención de alejarle de la comunión santa, sino solamente de hacer abrir los ojos a los que están en este número, para reparar el dolor que hicieron, mientras  es tiempo, y para llevar a los que tienen la esperanza de estar exentos  de este crimen espantoso, a aportar  todavía disposiciones más perfectas.

¿Qué debemos concluir, hijos míos, de todo esto? Aquí está: es hacer nuestras confesiones y nuestras comuniones como nos gustaría hacerlas a la hora de la muerte, cuando apareceremos delante del tribunal de Jesucristo, con el fin de que, haciéndolo bien siempre, tengamos el cielo como recompensa. Esto es lo que les deseo.

Santo Cura de Ars




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