“Y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron.”

Así que encendéis vuestras velas en la ventana, conectáis las luces del árbol de Navidad, y hacéis una pausa para mirar al Belén con los Reyes Magos que vienen ahora para adorar al niño Jesús. Lo hacéis porque sabéis qué hora es. Es el duodécimo día de la Navidad, no el octavo, no el décimo, sino el duodécimo día de Navidad; ese día cuya observancia es más antigua que el primer día de Navidad; el día con nombre griego que suena a extraño, Epifanía; extraño, pero que no importa, ya que este es el momento, este es el duodécimo día de Navidad. Y te ves y te das cuenta de los árboles de Navidad en el césped de tus vecinos, panza arriba, con sus agujas cayendo, listo para que los recoja el hombre de la basura. La Navidad ha sido eliminada antes de tiempo, de su tiempo de doce días: “El primer día de Navidad, mi amor verdadero me dio…”[1]

Una de las tragedias de los últimos cuarenta años (tragedia, ya que no es exageración), es la pérdida de la comprensión cristiana de la santificación del tiempo, la comprensión de et Verbum caro factum est; la comprensión de que el Dios eterno e intemporal viene en el tiempo, transformando lo que eran las agujas de un reloj en la presencia de la eternidad, y en lo que parece ser el tiempo ordinario. Lo eterno se hace temporal, y en el vientre de María se hace lo infinito. Einstein demostró la relatividad del tiempo. La Navidad nos muestra el carácter absoluto del tiempo, el tiempo de Dios, la superposición, la interpenetración, echándolo a un lado, con persuasión y susurrando: las agujas del reloj unidas para siempre a la eternidad, ¿cómo se da este don maravilloso en silencio?, en silencio, el tiempo. Toda una cultura pensó que lo que ocurrió en la Navidad era tan definitivo y tan importante, que no dejaron de hablar del cambio del tiempo: y así dirán Ante Christum, antes de Cristo, y luego, cuando el tiempo había cambiado, al ser santificados por este evento, se le llamará Anno Domini, el año de Nuestro Señor, AD. Ha habido intentos recientes por negar este evento de cambio de tiempo, tratando de sustituir el AD con el EC, la ‘era común’. Pero ¿común a quién? Y ¿por qué molestarse con el tiempo común? Sólo los laicistas más ardientes se han subido al carro de la EC, ya que todo el mundo entiende que lo que sucedió en Belén hace dos mil años, o cambió el tiempo o no lo hizo. O el AD es algo real e importante o mejor olvidémonos de todo el asunto. O bien hay doce días en Navidad u olvidémonos de ella. Y sin embargo, nos enfrentamos a la negación de esta santificación del tiempo, una santificación que no niega el tiempo secular, sino que penetra en el tiempo y hace que sea eterno, incluso en el mismo tiempo. No es más que una molestia el que las fuerzas de la secularización personificados por el New York Times estén ciegas a la santificación del tiempo. Sin embargo es trágico cuando los propios católicos se olvidan de lo que sucedió hace dos mil años; se olvidan por un bien intencionado pero profundamente erróneo movimiento dentro de la Iglesia Católica y que está bendecido por el Magisterio local, que ha tratado a los tiempos específicos de cada fiesta como si fueran muebles; como si siendo doce pudiesen ser también cinco o siete o diez; o como si de cuarenta pudiesen ser treinta y ocho o cuarenta y uno; como si estos tiempos (que han sido deformados) de eventos como la Epifanía o la Ascensión pudiesen ser transferibles a otra fecha, a otra tiempo. Y todo esto en el nombre de hacer las cosas más fáciles para los católicos: se mueven estas fiestas al domingo para que los católicos no tengan que soportar las molestias de tener que ir a misa los doce días después de Navidad o a los cuarenta días después de la Pascua. Como si los acontecimientos pudiesen ser transferidos, o como si los cumpleaños pudiesen ser celebrados en el día convenientemente más cercano. Es como si el 4 de julio, o como si 11-9 pudiese celebrarse el domingo más cercano a estas fechas. Posiblemente ninguna otra innovación del período postconciliar ha causado un daño tan profundo a la comprensión de la gente de la santificación del tiempo por la Encarnación como esta iniciativa tan profundamente equivocada del Magisterio; y todo en nombre de la conveniencia. Pero el punto que hace la encarnación de Dios en Jesucristo es precisamente su inconveniencia. Es irritante; no es común; es sui generis, es decir: que nunca puede ser contenida, ni incluso en un domingo, que es la conmemoración de la Resurrección. Es precisamente la interpenetración de lo sagrado en el tiempo secular, que es la marca de la nueva era, la era de la venida del Señor, la edad de la Palabra hecha carne; y lo que es, precisamente, la inconveniencia de nuestro pueblo, que vive en el mundo secular que no sabe y que no quiere saber acerca de la encarnación de Dios para salvar a su pueblo, para salvarlos, para salvarnos; es precisamente esta sacudida obligatoria de la Epifanía en martes o jueves o en sábado; es este alejamiento de lo efímero lo que es profundamente real: esta sacudida es el recordatorio a cada católico de lo que es verdaderamente real; el recordatorio de la transformación y el cambio del tiempo.[2]

Y sin embargo… sin embargo, el evento de que se conmemora en la fiesta de Epifanía, muy probablemente no se produjese doce días después del nacimiento de Jesús. Esto es cierto. Pero precisamente el Calendario Litúrgico, con sus fiestas fijas y sus ayunos,  es el lugar en el que se juega esta santificación del tiempo, de manera literal. El Año eclesiástico es la matriz y la imagen del espacio- tiempo que ha sido cambiado mediante la encarnación de Dios. ¿Qué es lo que conmemoramos hoy aquí? Conmemoramos la manifestación de Cristo a los gentiles; conmemoramos en este caso, la visita de los misteriosos Magos, los Reyes Magos, de tierras lejanas; eran gentiles, mas no judíos; y quienes, guiados por una estrella (una estrella brillante en el tiempo que es además brillante debido a lo peculiar de aquel tiempo), viajan una larga distancia, y ¿para qué? ¿Para ver algo religioso? ¿Para llegar a la comprensión de un impulso religioso?, ¿para satisfacer su búsqueda por la sabiduría?

“Tanto frío que teníamos, simplemente en la peor época del año; con un viaje, siendo este un viaje tan largo; por caminos tortuosos, con un tiempo inclemente, durante lo más crudo del invierno.” Vinieron, soportando aquello que encontraron; sin estar nunca seguros de lo que estaban buscando ni de lo que significaba la estrella; pero se fueron, y cuando llegaron lo que hicieron (y esto es el meollo de la cuestión), es el corazón de todo lo que hay que hacer. Sea esto conveniente o inconveniente; domingo o miércoles. Y postrándose, lo adoraron. Sus regalos fueron maravillosos: oro, incienso y mirra. El oro por ser rey; el incienso como una marca de honor; la mirra apuntando a la sepultura del Señor en su tumba: estos tres han seguido siendo utilizados en el culto de la Iglesia hasta nuestros días. Pero es el acto de postración, no como un acto meramente racional que sería el resultado de la búsqueda de lo que uno puede esperar, sino más bien como el resultado inesperado de lo que uno nunca se imaginó de esta manera, sin saber en la mente de uno si esto es así; y sin embargo se toma esta decisión de inclinarse, de postrarse, abriendo el corazón de uno al misterio del Dios que hace señas desde una zarza ardiente; que hace señas desde una roca en el desierto; que hace señas desde un pesebre; que hace señas desde una cruz; que atrae de una iglesia en Norwalk para hacer lo que los Reyes Magos hicieron en ese momento de revelación, en ese momento de brillantez y claridad y que llenaba todo el mundo, para mirar, para saber, para dar, y para exclamar: ¡Señor mío y Dios mío!

Ángeles y arcángeles

se han reunido allí,

Querubines y Serafines

Se amontonan en el aire;

más solo su Madre,

en su gozo virginal,

adora al Amado

con un beso.

 

¿Qué podré darle,

pobre como soy?

Si pastor fuese

un cordero le traería.

Si fuese un hombre sabio

haría lo apropiado,

más lo que puedo hacer todavía

es darle mi corazón.[3]

Padre Richard G. Cipola

[Traducción de Miguel Tenreiro. Artículo Original.]

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Notas del traductor:

[1] Primera estrofa de un popular villancico anglosajón: “The Twelve Days Of Christmas”.

[2] Como ejemplo, la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales decretó que a partir de 2006 solo son días de precepto: la Navidad, SS. Pedro y Pablo, la Asunción y Todos los Santos. Son transferidos al domingo más próximo: Epifanía, la Ascensión y Corpus Christi. En este año de 2016, la fiesta de Epifanía fue celebrada el domingo 3 de Enero (o la víspera del domingo en el 2 de Enero), acortándose la Navidad en 3 (ó 4) días. Por otro lado, el 1 de Enero, festividad de Santa María Madre de Dios (o de la Circuncisión según la Liturgia Tradicional), no fue día de precepto.

[3] Extracto del poema navideño: “In the Bleak Midwinter”.