RORATE CÆLI

Sermón para la fiesta de la Ascensión

Abadía de Fontgombault

«Os conviene que me vaya» (Jn 16,7)

 

Queridos hermanos y hermanas.

Mis queridos hijos.

La fiesta de la Ascensión del Señor es una celebración de fe y alegría. San Marcos nos dice que antes de que Nuestro Señor enviase a sus apóstoles a predicar el evangelio por todo el mundo y ascendiese a los cielos, Jesús les reprendió su falta de fe y la dureza de sus corazones, pues antes no habían creído en su resurrección.

Esta amonestación adquiere una importancia especial si consideramos que este día marca un cambio en la presencia de Jesucristo junto a sus apóstoles. Su muerte ya los había privado de su vida diaria con el Maestro, y desde ese momento en adelante sus ojos quedarían privados de la figura del Señor.

¿Cómo interpretar esta nueva falta de fe de los discípulos?

Estaban, en cierto modo, preparados para la separación que implica la muerte en la cruz y la Ascensión. Mas la tristeza embargaba esos corazones sordos y endurecidos. ¿Acaso no hizo el Señor mismo aún más intenso el dolor de la herida con ese «Os conviene que me vaya»? La imagen de su Maestro cosechando a sus primeros discípulos a orillas del mar de Tiberias vagaba por su mente. Aquellos meses de enseñanza en la soledad, la vida fraternal con el virtuoso rabino; los milagros que atrajeron la simpatía de las multitudes; la primera vez que predicaron la palabra. Y ahora tantos hombres que convertir en una tierra de naciones entremezcladas.

¿Por qué no podía todo esto perdurar? El Reino prometido no había sido establecido, ni el invasor romano había sido expulsado. ¿No debería nuestro Emanuel, Dios con nosotros, permanecer aquí? Todo lo contrario, el Señor anhelaba cumplirlo todo, especialmente su hora, esa hora para la que había venido al mundo, y que es la voluntad del Padre.

¿Qué fin tenía abandonar la tierra frondosa de Galilea y las orillas del mar de Tiberias? ¿Qué provecho podría haber en dejar atrás el oasis a la orilla del Jordán y enfrentarse al calor abrasador del desierto de Judea para ascender laboriosamente a Jerusalén, excepto llegar al lugar donde se consumaría aquella «hora»?

Los apóstoles se encontraban apesadumbrados. Mas el Señor los consuela: «No se turbe vuestro corazón: creed en Dios, creed también en Mí» (Jn 14,1). ¡Le fe estaba ausente de sus corazones!

A pesar de la promesa del Señor, «No os dejaré huérfanos» (Jn 14,18), y a pesar de la promesa de un Paráclito, los corazones de los apóstoles permanecen duros.

Mas la voluntad de Dios se llevaría a cabo no obstante la indolencia de los hombres. El Espíritu Consolador no se hace esperar y desciende sobre cada uno de los discípulos y los conmueve con un entusiasmo divino, a tal grado que los transeúntes los toman por borrachos. San Lucas, al comentar la Ascensión del Señor, nos dice que los apóstoles, después de alabar a Jesús que los bendecía mientras se elevaba a los cielos, volvieron a Jerusalén con gran alegría. La luz había vuelto en sus corazones. ¿Qué había sucedido? Los corazones de los discípulos se habían abierto y habían recibió la gracia de la fe. La fiesta de la Ascensión es, entonces, una fiesta de fe y alegría; Dios sigue siendo el Emanuel.

Antes de subir a los cielos, Nuestro Señor deseó curar en sus discípulos una enfermedad doble del alma: falta de fe y la dureza del corazón.

Los monjes conocen ya desde hace mucho tiempo una de las hermanas de estas dos enfermedades, se le llama acedia, es el cansancio de las cosas divinas, un pecado contra la alegría que proviene de Dios. Es también una enfermedad contemporánea por excelencia. Si bien es cosa notaria entre los monjes —porque en un ambiente monacal, todo habla de Dios, todo se debe hacer con Dios y para Dios— en el mundo asume una forma velada, es una búsqueda frenética de emoción que rinde nada más que una liberación engañosa. La falta de fe y la dureza de corazón, la acedia e ir en contra de Dios, nos aporta sólo desesperación y tristeza.

Tan paradójico como pudiese parece, un encuentro espiritual, un encuentro con Dios, ocurrir únicamente en un corazón abierto a la realidad y a la actualidad. La ausencia de lo posible, un corazón sordo y desplomado sobre sí mismo, ese es el destino de las almas con acedia. Indiferencia a Dios, cansancio de la realidad y hastío de la vida, todos están estrechamente ligados.

Antes de la Pasión, los apóstoles no fueron capaces de discernir el designio de Dios en las palabras de Jesús. Carecían de fe y sus corazones estaban cerrados. Al reprenderlos, el Señor abre el corazón de sus discípulos. Hoy los apóstoles tienen fe en la palabra de su Maestro, sus corazones lo escuchan y la alegría es su nuevo destino.

¡Que ejemplo para cada uno de nosotros! El Señor no nos ha dejado a huérfanos. A diario se ofrenda a sí mismo en los altares de este mundo. El Espíritu Santo anhela ser el huésped de nuestras almas. Dios está sediento de almas, y esa sed es nuestra alegría. Cada una de nuestras vidas abunda en su generosidad. Si la certeza de que Dios no nos engaña es la piedra angular de nuestra vida diaria, entonces la fiesta de la Ascensión, por esta misma razón, debe ser para nosotros verdaderamente una fiesta de fe y alegría. Si este no es el caso, debemos hacer acopio de valor y seguir el camino de los discípulos hacia la luz. ¡Cuantos de nuestros contemporáneos prescinden con tanta ligereza de Dios! Y nosotros, ¿qué lugar cedemos a Dios en este momento, en nuestro día, en nuestra semana? ¿Tenemos hambre de Dios? Dios no nos ha abandonado, eso ya lo hemos determinado; mas nosotros, ¿acaso no olvidamos a nuestro Padre? ¿Están nuestros corazones abiertos a sus enseñanzas?

Considerando que la novena de la fiesta de Pentecostés está a punto de iniciarse ¿qué sería apropiado pedirle a Nuestro Señor? La gracia de sabernos criaturas abundantemente favorecidas y que el precio de ese amor ha sido la sangre; criaturas que, lejos de ser huérfanas, tienen a su Padre en el cielo. La gracia de un corazón dócil, un corazón que escucha. La gracia de la fe.

Que el Señor, que nos ha dado también una Madre, nos bendiga en este día, para que seamos, en el sitio donde él nos ha llamado, sus testigos; testigos todos, y en todos los confines de la tierra.

Amén, Aleluya.

Reverendísimo Don Jean Pateau

[Traducido por Enrique Treviño. Artículo original.]
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