Carta abierta al papa Francisco: Un grito desde el corazón de un converso

Dr. Maike Hickson

10 de diciembre de 2014

“Querido director, querido Ricardo, ¿porqué te escribo todo esto? Porque la pasada noche no pude dormir. Y porque quiero entender, y quiero preguntar algo al lector de Bussola: ¿Qué más ha de suceder en la Iglesia para que los católicos se levanten, de una vez por todas, a gritar su indignación? Atención, estoy dirigiéndome a católicos individuales, no a asociaciones, ni a reuniones secretas, movimientos, o sectas que durante años han estado manejando los cerebros de los creyentes en beneficio de terceras partes, dictando lo que sus seguidores han de hacer… no, no: estoy apelando a conciencias individuales, a sus corazones, su fe y su virilidad. Antes de que sea demasiado tarde” (Mario Palmaro, Carta a Riccardo Casciolo, director de La Nuova Bussola Quotidana, 8 de enero de 2014).

Querido Santo Padre:

Le escribo esta carta abierta e informal con gran agonía en mi corazón. Y le diré cosas que, en condiciones normales, nunca haría públicas. Lo hago, al menos éste es mi propósito, por el bien de la Iglesia, a mayor Gloria de Dios y por la salvación de los hombres. Usted juzgará.

Esta noche no pude dormir. Estoy preocupada por nuestra Santa Madre Iglesia. A lo largo de todo el año 2014, especialmente tras haber alabado públicamente la propuesta del cardenal Walter Kasper de permitir a los divorciados vueltos a casar recibir la Sagrada Comunión, usted ha abierto la puerta a la confusión en los asuntos de la  enseñanza moral de la Iglesia Católica y a conductas imprudentes por parte de algunos miembros de la jerarquía de la Iglesia. Varias afirmaciones realizadas en el Sínodo de la Familia en octubre de 2014 han incrementado más aún la confusión. Y en diciembre de 2014 usted mismo dio una entrevista a La Nación en la que usted sugiere que la Iglesia tenga una actitud más laxa hacia aquellos que están casados fuera de la Iglesia después de un divorcio previo, diciendo: “La comunión sólo no es la solución. La solución es la integración.” Al parecer, usted quiere que ellos no sólo reciban la Sagrada Comunión sino que participen plenamente en la vida de la Iglesia, como lectores en la Misa y como padrinos de adolescentes y menores.

Esto significaría obviar el pecado, compensarlo, incluso justificarlo. Empañaría la distinción entre aquel que vive en estado de gracia justificante, agradando a Dios al seguir sus mandamientos, y aquel que objetivamente vive en pecado, desagradando a Dios al no respetar sus mandamientos. Seguir este camino causaría anarquía y destruiría la moral fundacional de la Iglesia Católica. Traería consigo la ética del “todo vale”.

Si las parejas “vueltas a casar” pueden recibir la Sagrada Comunión, ¿porqué cualquier otro pecador debería hacer algo que le desagrada para arrepentirse y enmendarse? Un alcohólico habitual, alguien que golpee habitualmente a su mujer, un criminal, o una mujer que haya matado a su bebé en su vientre, ¿no deben todos ellos arrepentirse? ¿Porqué un católico debe escuchar y seguir las leyes de la Iglesia cuando aquellos que no lo hacen no reciben sanciones morales?

¿Y qué pasa con las palabras del mismo Jesús? ¿Ya no importan? Si uno cambiase la ley católica sobre el adulterio, desafiaría al mismo Cristo.

Siguiendo la invitación de Mario Palmaro, yo también me opongo públicamente a la dirección en la que usted parece dirigir la Iglesia.

Déjeme explicar por qué.

Soy conversa desde hace diez años, nacida en 1972, crecida en Alemania y viviendo ahora en los Estados Unidos. Salí de un mundo que está subvirtiendo e invadiendo cada vez más, si no permeabilizando, la vida de la Iglesia Católica, un mundo al cual parece que usted mima y ante el cual usted parece estar inclinándose. Crecí sin ninguna fe, en una familia rota, en un mundo de cohabitación, aborto, divorcio y egoísmo. Ni siquiera conocía por completo los diez mandamientos. Evidentemente, no los vivía. No  tuve una familia plena que me diera una identidad fuerte, un refugio seguro o una guía moral. Esta forma de vida me llevó a un callejón sin salida y a una depresión. Cuando entonces encontré a mi futuro marido, la luz de Cristo anidó en mi corazón, despacio pero firme.

Dos aspectos muy importantes en la vida de la Iglesia actuaron sobre mí como canalizadores de la gracia y me atraían fuertemente hacia ella – esto fue antes de tener una verdadera fe sobrenatural. En primer lugar, la bella liturgia tradicional, la Misa y el canto del Oficio Divino con sus cantos gregorianos; en segundo lugar, la enseñanza moral de la Iglesia, con su pleno entendimiento de la naturaleza humana.

Tras haber vivido una vida completamente descontrolada, sin importarme el pecado ni atarme a lealtades duraderas, me di cuenta que este camino solo conducía a la desesperación y a un descreimiento sobre cualquier amor duradero o forma de vida estable y enraizada. Sin embargo, cuando descubrí la enseñanza moral de la Iglesia sobre la castidad y la importancia de ella antes del matrimonio, y también la indisolubilidad de aquel voto sacramental, me di cuenta de la verdad e importancia de todo ello.

La enseñanza moral de la Iglesia Católica es un bálsamo de curación para todas aquellas almas que andan perdidas en su orgullo, sensualidad, deslealtad e indiferencia por el bienestar de sus hijos. Este egoísmo hace que uno abandone la persona amada y la desplace por otra persona cuando surge algo imprevisto, ignorando la necesidad y anhelo de los niños por el vínculo de su propio hogar; daña estas almas quien comete y sostiene estos actos egoístas. Cuando pecan de esta manera, son menos libres. El pecado no es bueno para el hombre. Esta es mi conclusión. He llegado a comprender que sólo cuando uno se mantiene casto antes del matrimonio y, por tanto, permanece firme ante cualquier unión física prematura con el ser amado, y sólo cuando uno tiene el pleno  convencimiento y pretensión de hacer una unión de por vida al casarse con otra persona, solo entonces, con la gracia, el vínculo [matrimonial] estará preparado para durar. Uno debe estar preparado para saber que cualquiera que sea el problema que pueda ocurrir en un matrimonio, siempre habrá un camino para recorrerlo juntos. “Para lo bueno y para lo malo”.

También comprendí, tras haber sido una ardiente estudiante de la Ilustración neo-pelagiana del siglo XVIII, que los seres humanos necesitamos no sólo ideas abstractas sino instrucciones muy claras de cómo llevar una buena vida, e incluso una mejor vida. No es suficiente hablar sobre la bondad de la naturaleza humana, de la fraternidad, del amor y de todo eso; uno tiene que saber cómo lograr a estos objetivos. La Iglesia está aquí para enseñarnos y para levantarnos sobre nuestra frágil naturaleza humana, propensa al pecado y con una fuerte inclinación al egoísmo y la desesperanza.

Mi propia vida personal es testigo de ello. La Iglesia, con sus preceptos y consejos, me sacó del lodo del pecado y del egoísmo. Y ahora, Santo Padre, usted parece empujar a la Iglesia al lodo. Usted dice al pecador que, después de todo, lo está haciendo bien. Usted no nos eleva a los altos estándares de Cristo, como la Iglesia, maestra de naciones, ha hecho siempre de forma leal; usted nos deja sentados donde estamos, confortándonos y  tranquilizándonos en nuestro pecado. Esto es la crueldad de un sentimentalismo, ¡no una verdadera misericordia!

Una actitud laxa ante los mandamientos y consejos de Dios solo conduce al pecado. Esto es lo que hemos experimentado nosotros, los hijos de la revolución cultural del 68 en Alemania. Se nos permitió, de una manera indiferente, que jugáramos con el lodo, a actuar de acuerdo con nuestra complacencia. La consecuencia fue una situación inhumana. Muchos padres y profesores de aquel tiempo no querían castigar a sus hijos nunca más, ni tomar acciones punitivas contra ellos cuando se portaban mal; en consecuencia, florecieron los comportamientos inmorales e inhumanos. Yo misma fui testigo de las consecuencias de tal permisividad en la escuela cuando una chica de mi clase fue acosada a su tierna edad por sus compañeros por el simple hecho de que quería ser una buena y responsable estudiante. El profesor, en su dejadez, no se enfrentó al mal, de forma que la chica tuvo que abandonar la escuela.

Pero aquí hemos de hablar de las almas y su salvación. ¿Ayudará usted, como cabeza de la Iglesia, a las almas a ir al cielo si usted les conforta en su pecado? ¿Era esto lo que San Ignacio de Loyola enseñaba a sus jesuitas? ¿Es de alguna ayuda que usted haga las cosas de forma ambigua, vaga, poco clara y equivocadamente confusas? ¿Cuántas parejas que han estado luchando por su matrimonio durante tanto tiempo y que permanecen unidas por su sujeción leal a las enseñanzas de Cristo ahora, después de sus recientes palabras, así como por algunas otras afirmaciones realizadas en el Sínodo de los Obispos, se relajarán y dejarán sus matrimonios, pensando que ahora, después de todo,  hay una “segunda oportunidad” para ellos? ¿Qué pasa si usted saca temporalmente a alguien fuera de la desesperanza, pero sin embargo le conduce después  a la arrogancia, que es, junto con la desesperación, uno de los dos principales pecados contra la virtud de la Esperanza? Usted tendrá que dar cuentas de estas almas algún día ante Dios, y le pido que medite sobre lo que estoy tratando de decir. Puedo decirle que su forma de hacer las cosas no funciona. Sólo la llamada a la conversión y la instrucción clara de qué hacer y cómo esforzarse para mantenerse en el camino recto, recordando al gran San Juan Bautista, guiará a las almas al cielo. Por favor, no se incline ante los pecadores; antes bien, ¡levántelos y sáquelos del pecado! Esto es lo que un sacerdote católico hizo conmigo, y yo le estaré eternamente agradecida por lo que hizo.

Le pido, Santo Padre, que se enfrente a este mundo de pecado, empapado de una enorme inhumanidad, porque de lo contrario no tendrá ninguna madre que le recuerde las reglas de Dios. ¡Las leyes de Dios son buenas para nosotros! Enseñe al mundo pecador cómo ser mejor. Enseñe a las personas que viven en concubinato y que se divorcian como ser leales. Leales a sus esposas y, sobre todo, a Dios, leales a sus hijos pequeños. No nos deje abrir más aún la brecha rota sino, por el contrario, ayúdenos a cerrarla y a curarla.

Llame a los padres a refrenar su egoísmo y a mirar primero por sus hijos y su bienestar. El divorcio es la muerte para el alma de un vulnerable niño pequeño, de sus esperanzas, de sus seguridades y su amor. Hablo por experiencia propia. Y también hablo como madre. ¿Cómo quiere usted que mi marido y yo enseñemos a nuestros hijos los diez mandamientos y sobre el deber de contrición de los pecados a la hora de la confesión, cuando al mismo tiempo la Iglesia podría muy pronto permitir que aquellos que han desobedecido la ley de Dios puedan acercarse abiertamente a recibir la Sagrada Comunión?

Levántenos, a todos nosotros, pecadores. Llámenos a la esperanza, que se basa en el profundo amor de Cristo y su Santa Madre, e imparta una clara enseñanza sobre cómo ser buenos y mejores. Resumiendo, cito otra vez a Mario Palmaro, cuya invitación a una franca y sincera resistencia estoy siguiendo en este momento, y cuyo clamor tras su muerte destrozó mi corazón y los corazones de muchos otros:

“El hecho de que un para sea “querido” por la gente es completamente irrelevante ante los dos mil años de [existencia] la Iglesia: el papa es el Vicario de Cristo en la tierra y él ha de agradar a Nuestro Señor. Esto significa que el ejercicio de su poder no es absoluto, sino que está subordinado a la enseñanza de Cristo, en la que se basa la Iglesia Católica, en Su Tradición y alimentada por la vida de la Gracia a través de los Sacramentos”.

Continuaré rezando por usted, Santo Padre, cada día. Y mientras tanto, en este valle de lágrimas, confiaré también en las fieles palabras de Mario Palmero:

“Independientemente de lo que haga la iglesia, habrá siempre un sacerdote que celebre la Misa de manera sagrada; en un pequeño apartamento una anciana solitaria rezará el rosario con una fe imperturbable; en un escondido rincón de la Casa de la Divina Providencia una hermana cuidará de un bebé que alguien   consideró no merecedor de ser tenido. Incluso cuando todo parezca perdido, la Iglesia, la Ciudad de Dios, continua irradiando su luz sobre la Ciudad de los Hombres.”

Le pido, Santo Padre, que irradie la luz de la Fe y del Amor de Dios sobre el mundo hablando de la verdad al mundo, a esa parte de la Creación que se ha revuelto contra Dios, enseñando al mundo dónde va mal, y que lo haga incluso a expensas de perder su actual popularidad y su aparente buena sintonía con el mundo. El mundo necesita el pleno testimonio de la Iglesia Católica, ahora más que nunca. Sin compromisos, y con la completa verdad. Sólo entonces usted será merecedor de la mayor confianza, un reconocimiento de su autoridad como maestro y un auténtico respeto.

[Traducción Alberto Torres. Artículo original]