Los acontecimientos de las últimas horas han puesto claramente de manifiesto –por si no fuera evidente todavía– la trágica sumisión de la Iglesia a un Estado que se esfuerza por todos los medios por destruir la identidad cristiana de nuestra Italia haciéndola esclava de un plan ideológico inmoral, globalista, maltusiano, abortista e inmigracionista enemigo del hombre y de la familia.

Lo que estamos presenciando en las últimas horas es dramático. Desde luego, en toda Italia, pero de una manera trágicamente ejemplar  en Roma, corazón del catolicismo.

La situación resulta todavía más desconcertante si tenemos en cuenta que lo que está en juego no es sólo la salud publica, sino la salvación de las almas. Además, desde hace algún tiempo los pastores hemos dejado de inflamar el corazón de los fieles con el deseo de la salvación eterna. Con ello los hemos privado de los dones sobrenaturales que nos capacitan para afrontar las pruebas de este valle de lágrimas, incluido el asalto de la muerte, con el poder de la fe y el destello de esperanza inagotable e inquebrantable que nace de nuestro anhelo del glorioso destino para el que se nos creó.

Las declaraciones de la Conferencia Episcopal Italiana y del cardenal vicario de Roma, junto con las surrealistas y espectrales imágenes que nos han llegado del Vaticano manifiestan el eclipsamiento de la fe que ha alcanzado las más altas esferas de la Iglesia. Los ministros del sol, como les gustaba llamarlos a Santa Catalina de Siena, son los que han causado el eclipse, sumiendo al rebaño en espesas tinieblas (cf. Ex.34,12).

Por lo que respecta a las medidas tomadas por la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), cuando las promulgadas por el Estado estaban todavía limitadas a las zonas de riesgo y a determinadas actividades y momentos concretos del día, la CEI ya había suprimido la totalidad de las celebraciones litúrgicas públicas en las iglesias de todo el territorio nacional, añadiendo con ello leña al fuego del pánico y privando a los fieles del indispensable consuelo de los sacramentos. Es casi inevitable pensar que semejante medida se la propuso al presidente de la CEI el mismo que, a salvo tras las Murallas Leoninas, lleva ya siete años soñando con una Iglesia en salida, pobre, como un hospital de campaña, que no vacila en acoger a todo el mundo y ensuciarse.

Parece que al cardenal Bassetti, que con su diligencia demuestra ser más papista que el Papa, se le ha olvidado una enseñanza muy importante: que para servir al bien común y al Estado, la Iglesia nunca debe dejar de ser ella misma ni de cumplir su misión de anunciar a Cristo, único Señor y Salvador nuestro. Tiene que guardarse de ensombrecer sus divinas prerrogativas de sabiduría y verdad, y no abdicar en modo alguno de la autoridad que ha recibido del Soberano de todos los reyes de la Tierra, Nuestro Señor Jesucristo.

Los acontecimientos de las últimas horas han puesto claramente de manifiesto –por si no fuera evidente todavía– la trágica sumisión de la Iglesia a un Estado que se esfuerza por todos los medio por destruir la identidad cristiana de nuestra Italia haciéndola esclava de un plan ideológico inmoral, globalista, maltusiano, abortista e inmigracionista enemigo del hombre y de la familia. Un plan que tiene por objeto destruir a la Iglesia, y en modo alguno aspira al bien de nuestra patria.

La valerosidad y la sensatez de sacerdotes ardorosos y laicos fieles han suplido en parte la falta de una voz autorizada y de gestos alentadores por parte del Vicario de Cristo y de los pastores.

¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Abramos de par en par las puertas de nuestros templos para que los fieles puedan entrar, arrepentirse de sus pecados, participar del Santo Sacrificio de la Misa y beneficiarse del tesoro de gracias que mana del Corazón traspasado de Cristo, nuestro único Redentor, y el único que puede salvarnos del pecado y de la muerte.

+ Carlo Maria Viganò

(Artículo original. Traducido por Bruno de la Inmaculada)