La ordenación de las mujeres: una cuestión de signo, no de igualdad


Investigatore Biblico

1. La verdadera cuestión: ¿el cuerpo habla? El debate sobre la ordenación de la mujer no tiene nada que ver con competencia, inteligencia o santidad. La Theotokos, la Madre de Dios, es más santa que ningún obispo, más obediente que ningún monje, más valiente que ningún mártir y más pura que ningún sacerdote, y sin embargo jamás recibió el sacramento del Orden. Como vemos, la cuestión no es de dignidad. Es de signo. ¿El cuerpo significa algo? Catolicismo y ortodoxia responden unánimemente que sí. El cuerpo no es una cárcel, ni una vestidura ni un envoltorio de la verdadera persona, sino parte integral de ésta. Revela. Habla. Es un símbolo.

2. Una crisis más amplia: el cuerpo reducido al silencio. Este debate es inseparable de la crisis cultural de nuestro tiempo: revolución sexual, nominalismo filosófico, ideología de género… El mundo moderno afirma cada vez más que el yo interior ejerce autoridad sobre el cuerpo visible. Simone de Beauvoir lo expresó creando un eslogan más devastador aún: la mujer no nace, se hace. Puro veneno. Si la feminidad es algo que se adquiere, ¿qué sentido tendría, para empezar, ser mujer? La identidad ya no depende del cuerpo visible, sino que es éste el que depende de aquélla. Y lo que culturalmente sucede con la ideología de género sucede en lo litúrgico si la mujer se ordena: en ambos casos el signo corpóreo pasa a ocupar un lugar secundario ante un papel reivindicado.

3. Docetismo sacramental. La antigua herejía docetista sostenía que el cuerpo de Cristo era meramente aparente, que su sufrimiento y muerte no eran sino una apariencia. San Ignacio de Antioquía la combatió insistiendo en la realidad de los padecimientos y la Resurrección de Cristo. Quienes proponen la ordenación de la mujer incurren en docetismo sacramental: así como los docetas de la antigüedad afirmaban que el cuerpo de Cristo no era real, estos de hoy aseveran que el cuerpo del sacerdote no importa nada. Esa misma tendencia contraria a la Encarnación se ha manifestado de diversas maneras a lo largo de la historia por medio del gnosticismo, el maniqueísmo, la doctrina albigense o el catarismo, errores todos que consideraban el cuerpo material algo secundario en comparación con una realidad espiritual que para ellos era superior. El cristianismo les respondió con Belén, el Calvario, el sepulcro vacío, las reliquias, las imágenes, el agua del Bautismo, el crisma, el pan, el vino, los huesos, la sangre y la Resurección. Cristo resucitado le dice a Santo Tomás: «Trae acá tu dedo, mira mis manos, alarga la tuya y métela en mi costado» (Jn. 20,27). Un fantasma no tiene carne y hueso.

4. El verbo se ha hecho carne. Y hombre.El Verbo se hizo carne (Jn. 1,14). No idea. No tomó prestada una vestidura, ni una forma biológica cualquiera. Se convirtió en un hombre llamado Jesús de Nazaret. Nadie se hace simplemente humano de forma genérica; los seres humanos están individualizados como hombre o como mujer. Si el cuerpo es importante en Cristo, también lo es en nosotros. Es importante en el Bautismo, en el Matrimonio, en la Eucaristía y el altar. Juan Pablo II lo formuló de modo decisivo en su Teología del cuerpo: el cuerpo, y sólo el cuerpo, puede visibilizar lo invisible. El cuerpo expresa un relato de salvación.

5. El sacerdote: imagen de Cristo Esposo. El sacerdote no se limita a realizar funciones sagradas. Es una imagen visible de Cristo Esposo que se entrega a su Esposa la Iglesia. La masculinidad del sacerdote no es un detalle de adorno: pertenece al propio signo sacramental. La teología oriental no se fundamenta en el lenguaje de los derechos («tengo derecho a tal o a cual») sino en la imagen, la liturgia y la tradición recibida. Juan Pablo II escribió que «la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres» (Ordinatio sacerdotalis, 1994). No tiene la Iglesia libertad para manipular una sacerdocio que corresponde a Cristo y que no es un derecho para ningún hombre ni ninguna mujer.

6. La elección de los Doce: ¿convención social o fundamento apostólico? Jesús escogió por propia voluntad a doce varones. Si se tratara de una mera convención social se la habría pasado por alto, precisamente Él que no tenía reparo en saltarse los convencionalismos acercándose a los leprosos, los pecadores, las mujeres o los niños. Al elegir a los Doce, dio a la Iglesia un modelo apostólico que ésta no tiene autoridad para reinventar.

7. Analogía eucarística: la materia es importante. Para la Eucaristía, la Iglesia exige pan de trigo y vino de la vid; ningún sustituto es válido. Hace tres años, el arzobispo Naumann de Kansas City tuvo noticia de que en una parroquia se había empleado durante años vino de saúco, lo cual había invalidado millares de misas. Que tenga que ser vino de uva no es un capricho: el trigo molido resurge hecho pan, y las uvas pisadas renacen como vino, a imagen de Cristo que muere y resucita transformado. La ordenación de la mujer es el mismo error sacramental aplicado a las órdenes sagradas: de la misma manera que el pan de trigo no se puede sustituir con harina de garbanzos para la Eucaristía, tampoco se puede sustituir en el sacerdocio al hombre con cualquier persona sincera.

8. Gramática corporal de la Creación. La Creación está escrita con una gramática del cuerpo: Dios es Padre, Hijo, Esposo y sembrador. La Creación, Israel, María y la Iglesia tienen ante Él un carácter femenino porque reciben, conciben, portan y responden. San Justino Mártir hablaba del Logos spermátikos, el Verbo portador de simiente difundido entre las naciones. Dios toma la iniciativa, entra y fecunda. Y la Creación responde de un modo femenino: recibe y nutre. Por eso el sacerdote tiene que ser hombre. No porque sea superior, sino porque es signo visible de Cristo Esposo que se dona a su Esposa. Ni la semilla es mejor que la tierra ni ésta mejor que aquélla. La una está ordenada a la otra. Ambas son necesarias; ambas tienen su mérito, pero no son intercambiables.

9. Qué puede y qué no puede representar la mujer. La mujer puede ser imagen de la santidad, de la Iglesia, de la Madre de Dios, de la sabiduría, del alma nupcial. Pero no puede representar sacramentalmente a Cristo de la manera visible en que puede hacerlo un hombre. Asignarle esa función no equivale a asimilarla a la dirección de la Iglesia; es que cambia totalmente el signo. Con intención o sin ella, afirma que el cuerpo no transmite el mensaje que la Iglesia ha dicho siempre que transmite. Ordenar sacerdotisa a una mujer es igual que decir que el cuerpo del varón no tiene importancia, como una intervención quirúrgica de cambio de sexo que desfigura el cuerpo humano. En ambos casos, el signo exterior se disocia del misterio interior.

10. Conclusión: los sacramentos son misterios visibles. La Iglesia no bautiza con arena. No administra la Confirmación con miel de caña. No consagra galletas. Y tampoco pone a una mujer ante el altar para representar al Esposo. El signo visible debe corresponder a la gracia invisible y al misterio invisible. El cuerpo no carece de significado. Hombre y mujer no son prendas de vestir intercambiables; forman parte de la gramática con que Dios ha escrito la Creación. Pretender que una mujer represente a Cristo Esposo ante el altar es como colgar un trampolín del techo y decir a los niños que vayan a saltar desde allí; el objeto es bueno, pero se ha colocado en un lugar indebido, y no puede por tanto cumplir la función para la que ha sido creado. La mujer es digna y valiosa, como también el trampolín es bueno en sí. Pero representando a Cristo Esposo en al presbiterio está fuera de contexto. No hay concordancia entre el fin, el lugar y la persona, y entran en conflicto.

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