Robert Lazu Kmita
Un análisis minucioso puede revelar la omnipresencia del evolucionismo, simultánea con el relativismo metafísico tantas veces denunciado por Joseph Ratzinger. De entrada, aclaro que por evolucionismo no se entiende únicamente la supuesta dinámica de la formación de las especies en el mundo animal y vegetal. Es frecuente también aplicar el término a la sociedad humana. Por ejemplo, cuando un arquitecto de hoy que afirme que la civilización actual es superior a todas las anteriores porque ha descubierto el plástico, tenemos ante nosotros un ejemplo de evolucionismo histórico. O bien cuando un informático declara que las computadoras suponen el mayor logro de la civilización, y la inteligencia artificial la cúspide del progreso tecnológico, asistimos a otros casos de evolucionismo, por supuesto que no en un sentido biológico. De hecho, la ideología marxista-leninista ha aplicado sistemáticamente el principio evolucionista a toda la sociedad. La devastación en que todo ello ha desembocado está bien documentada, al igual que las catástrofes originadas por avances científicos, como pueden ser las armas de destrucción masiva y los anticonceptivos.
Sea cuál sea el ámbito en que nos fijemos, descubriremos expresado de alguna manera el concepto de evolución. Especialistas en filosofía antigua afirman que el paso de la mentalidad mítico-poética de la Grecia arcaica al pensamiento racional de la Hélade clásica representa una evolución. O que el desencantamiento del mundo y el arrojar las religiones al basurero de la historia es la cumbre del progreso. Es más, la mera idea de progreso supone una forma teórica de evolucionismo. La premisa subyacente en la siguiente: lo que era más sencillo, más primitivo, más atrasado –o sea, inferior– es sobrepasado por lo más complejo, perfeccionado y refinado –es decir, superior–. La célula precedió al mono, y el mono al hombre.
Darwin y sus discípulos no han hecho ningún honor al mundo animal diciendo que una especie determinada descienda de la humana. Siempre me preguntado una cosa: si se inspiran en la similaridad entre simios y humanos, ¿por qué no dicen que el mono desciende del hombre? Sabemos bien que a los evolucionistas les encanta deshonrar al ser humano diciéndole que desciende del mono. No me cabe duda de que alguno criticará lo que acabo de decir afirmando que la honra le tiene sin cuidado. No lo voy a contradecir. La verdad es que en ningún momento afirmó Darwin que lo inferior proceda de lo superior, ni viceversa. ¿Por qué? Porque, según su opinión, todo evoluciona. Y ahora que los profetas digitales nos anuncian que la IA puede prescindir de los humanos, ¿quién va a contradecir el avance histórico de la evolución?
Que existen razones de peso para oponerse a semejante doctrina es algo sabido por todos los que consideran las Sagradas Escrituras de la tradición judeo-cristiana verdaderamente inspiradas por Dios y libres de todo error (según el dogma de la inerrancia bíblica). Por su parte, los santos Padres y Doctores de la Iglesia se desvivieron por interpretar los textos de las Escrituras para ayudarnos a entender nuestra situación. Entre otras cosas, no vacilaron en explicar que una vez que Adán y Eva cometieron el pecado original todo empezó a decaer. Al principio, su cuerpo era inmortal gracias a las cualidades preternaturales causadas por la presencia de la gracia santificante original. Después del pecado de origen, por haberse infectado de corrupción, se volvieron corruptibles, mortales y susceptibles de contraer enfermedades y padecer las vicisitudes de esta vida pasajera. El propio mundo ya no es incorruptible, sino por el contrario evanescente, sujeto a muerte y destrucción. Todo manifiesta lo que Mircea Eliade llamó caída en la historia, esto es, la involución de un estado superior que no podemos ni imaginar a una situación deplorable que San Gregorio de Nisa describió como muerte en vida. A partir de la expulsión del Paraíso, no ha cesado la degradación en todos los aspectos.
En el episodio de la Torre de Babel y la confusión de las lenguas observamos otra demostración bíblica de la degeneración del ser humano. Para empezar, se abandona la religión monoteísta, nace la idolatría y el hombre aspira por todos los medios a llegar al Cielo por sus propios medios. Del mismo modo, en vez de preocuparse por su alma, llega a ser en muchos casos un monstruo sediento de poder. El asesinato (comenzando por Caín que mata a Abel), el vandalismo, el latrocinio –a veces a una escala gigantesca– y las inevitables guerras son síntomas de que el mal ha imperado desde siempre en la historia de la humanidad. Aunque algunos sabios entendieran bien la situación y procuraran combatir todo eso, no se les ha hecho caso. Los que no fueron condenados a muerte como Sócrates fue porque tuvieron la suerte de vivir en el exilio o el anonimato.
En su diálogo Fedro, Platón nos enseña que la escritura socava la memoria, condenándonos a olvidar. Ciertamente era algo superior saberse de memoria la Iliada y la Odisea, o –como San Agustín y otros Padres de la Iglesia–, los Salmos de David. Ahora bien, ¿quién imitaría su ejemplo en una época en que se dispone de medios digitales para almacenar la información? La estatua con la que soñó Nabucodonosor II y cuyo significado le reveló el profeta Daniel, manifiesta igualmente el sentido involucionista de la historia: los cuatro imperios están hechos de materiales cada vez menos valiosos; se comienza por el oro y se termina con hierro y barro. Como se ve, no hay evolución ni progreso. Aparte los motivos escriturísticos por los que la doctrina evolucionista ha sido siempre rechazada por los verdaderos teólogos católicos, tenemos las derivadas de la metafísica tomista y del hilomorfismo.
Enseña la doctrina hilemorfista que todo lo que existe tiene su raíz en principios (formas o sustancias) del mundo metafísico. Tanto el universo como los seres vivos, el hombre incluido, son por tanto una síntesis del mundo visible, material y sensible y del invisible, espiritual e inteligible. En el caso del hombre, su alma inmortal es la forma de su cuerpo mortal, que es la materia.
Conforme a Santo Tomás de Aquino, la Iglesia ha adoptado el concepto del alma como forma sustancial del cuerpo, que es su materia. Recalco que es doctrina oficial de la Iglesia Católica, como ya ha señalado el Dr. Edward Feser en algunos artículos. Para comprobarlo, basta consultar el Catecismo:
La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar al alma como la «forma» del cuerpo (cf. Concilio de Vienne, año 1312, DS 902); es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre, el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión constituye una única naturaleza (365).
Para todos los grandes pensadores católicos posteriores al Doctor Angélico, el mencionado hilemorfismo excluye toda hipótesis evolucionista. ¿Por qué? Porque las formas sustanciales que forman la base de todas las criaturas y los objetos que conforman el mundo físico que habitamos son entes inteligibles creados directamente por Dios. Estos entes, también llamados esencias, sustancias o ideas de seres y cosas no son pasibles de evolución. Y tampoco se pueden manipular ni transformar en modo alguno. Una forma sustancial no puede transformarse en otra forma. Sólo Dios es capaz de hacer tal cosa, como vemos en la doctrina católica de la Sagrada Eucaristía, que afirma que en el momento en que el sacerdote pronuncia las palabras que dijo Nuestro Señor Jesucristo en la noche de la Última Cena las formas de pan y vino son transformadas por el propio Dios en las sustancias de su Cuerpo y su Sangre. La única transformación de la que cabe hablar en cuestión de formas es el paso de la potencia al acto. Pero para no complicarlo innecesariamente, no entraré en detalles.
Está claro que rechazar el evolucionismo presupone la existencia de un entramado filosófico que permita, en la medida que sea posible en nuestro actual nivel de conocimiento (después de la Caída), dar razón de la existencia de los seres y las cosas en este mundo. Pero si se rechaza ese entramado, sólo es posible explicar el hombre y el mundo en unos términos estrictamente materialistas en los que partículas invisibles (como los átomos) son los ladrillos con los que se ha creado cuanto existe. Algunos lectores se sorprenderán si digo que, desde la perspectiva de la metafísica clásica aristotélico-tomista, la transformación de las cosas (transformismo) o lo que algunos llaman fluidez es tan inaceptable como el modelo atómico moderno. Es más, precisamente se rechazó el hilemorfismo para hacer posible la difusión del modelo atómico. Pero eso es demasiado largo de contar para hacerlo en este momento.
Del mismo modo que en la conferencia que el cardenal Ratzinger pronunció en Nueva York titulada Biblical Interpretation in Crisis demuestra que filosofías falsas han dado lugar a interpretaciones erróneas de la Sagrada Escritura, el abandono de el modelo hilemorfista para explicar el mundo ha desembocado en teorías que ponen en peligro la auténtica manera de entender el hombre y sus orígenes.
A los escasos filósofos católicos que se atreven a expresar en público verdades incómodas les compete la importante misión de proponer explicaciones completas basadas en esta doctrina. Les corresponde igualmente explicar por qué hace más falta que nunca el amor a la sabiduría. O, en lo que respecta a los desafíos planteados por quienes creen que IA significa inteligencia humana, es necesario que describan con precisión el intelecto humano y su capacidad de conocimiento. No son tareas sencillas. Pero sólo de esa forma se podrá hacer frente a los desafíos del momento presente.




























