Al amanecer del 12 de septiembre de 1683, la ciudad de Viena aparecía envuelta en humo. Dese hacía casi dos meses la capital del Imperio estaba cercada por el ejército otomano. Las murallas, socavadas por las minas, estaban a punto de desmoronarse. Los defensores, diezmados por el hambre, las enfermedades y el combate, preparaban la resistencia final. Más allá de los bastiones se extendía interminable el campamento del gran visir Kara Mustafá con sus tiendas, sus estandartes e innumerables soldados llegados hasta el corazón mismo de Europa.
La caída de Viena parecía inminente. Si caía Viena, quedaría despejado el camino a los musulmanes hasta Alemania y el centro de Europa.
En la primavera de 1683 se había iniciado la ofensiva turca. Kara Mustafá había reunido un ejército imponente y, atravesando Hungría, se había plantado a las puertas de Viena el 14 de julio. El emperador Leopoldo I había salido de la capital y encomendado la defensa al conde Ernst Rüdiger von Starnhemberg. Éste disponía de unos pocos millares de hombres, a los que se habían unido voluntarios y ciudadanos. Durante semanas, los vieneses repelieron los asaltos, sofocaron los incendios, repararon las brechas y cavaron galerías subterráneas a fin de interceptar las minas enemigas.
El cerco se estrechaba día a día. A comienzos de septiembre, las fortificaciones habían quedado reducidas a ruinas y las tropas otomanas habían penetrado en la parte externa de la fortificación. En la ciudad se combatía ya con la convicción de que el próximo asalto podría ser el último.
En Roma, el papa Inocencio XI, Benedetto Odescalchi, seguía con angustia los acontecimientos. Llevaba tiempo tratando de terminar con la división entre los príncipes cristianos y promover una alianza contra la potencia otomana. Apoyaba económicamente la guerra y había contribuido al acuerdo entre el Emperador y Juan III Sobieski, rey de Polonia. La mobilización militar había estado acompañada de una intensa mobilización espiritual. Toda la Cristiandad rezaba, y el Pontífice había encomendado a la Santísima Virgen María la salvación de Viena.
El capuchino fray Marcos de Aviano, legado pontificio y fogoso predicador, recorrió las cortes europeas exhortando a sus soberanos a superar sus rivalidades y desconfianzas. Pero su misión no era sólo diplomática. Sabía que antes de desplegar ejércitos sobre los campos de batalla era preciso recordar a los combatientes la razón más importante de la lucha.
El monarca polaco respondió a la llamada. Juan Sobieski era un soberano valeroso que había cobrado fama con sus victorias contra los turcos, pero era ante todo un hombre de profunda devoción mariana. Antes de emprender la marcha se dirigió al santuario de la Virgen de Częstochowa. Dejó expuesto su reino para acudir en socorro de Viena, consciente de que de la suerte de la ciudad pendía el futuro de la Europa cristiana.
El ejército de auxilio congregaba a polacos, austriacos, bávaros, sajones y otros contigentes alemanes. Lenguas, tradiciones e intereses diversos reunidos bajo una enseña común. A Sobieski le fue confiado el mando supremo, en tanto que Carlos de Lorena mandaba las fuerzas imperiales. Tras una penosa marcha, los aliados atravesaron el Danubio y llegaron a una posición desde la que se dominaba Viena.
En la noche del 11 al 12 de septiembre, en las faldas del Kahlenberg, millares de hombres aguardaban en silencio. A sus pies relucían las fogatas del campamento otomano. Antes de dar comienzo a la batalla, fray Marcos de Aviano celebró la Misa e invocó la protección de la Virgen. Sobieski asistió al Santo Sacrificio y confió una vez más a María el éxito de la jornada.
La batalla se inició en las primeras horas de la mañana. Las tropas imperiales avanzaron por el flanco izquierdo, y a fuerza de durísimos combates tomaron las poblaciones fortificadas que protegían el campamento turco. Por el centro y por la derecha, iban descendiendo lentamente las huestes polacas. Kara Mustafá, convencido hasta el último momento de que podría adueñarse de Viena, no consiguió concentrar todos sus efectivos contra el ejército de auxilio. Mientras los jenízaros seguían asaltando los muros, la formación otomana comenzaba a vacilar.
En la tarde llegó el momento decisivo. De las pendientes del Kahlenberg se abalanzaron hacia la llanura millares de jinetes empuñando el sable, mientras los húsares alados polacos, conducidos por Sobieski, se lanzaban contra el centro de la formación enemiga. El estruendo de los cascos de los caballos, el destello de las lanzas y el chasquido de las alas superpuestas a las armaduras tuvieron un efecto aplastante. Las líneas turcas quedaron deshechas, el campamento de Kara Mustafá fue invadido y el pánico dio paso a la desbandada.
Desde las murallas, los vieneses contemplaban como el ejército que los había sitiado se disolvía ante sus ojos. Después de semanas de angustia, la ciudad recuperaba la libertad.
Sobieski entró en el campamento del Gran Visir, y le dijo a la mujer de éste una frase de las que hacen época. Adaptando las palabras de César, escribió: «Venimus, vidimus, Deus vicit». Llegamos, vimos, y Dios venció. No atribuyó el triunfo a su propia capacidad, ni a la potencia de los ejércitos, sino a la intervención de la Divina Providencia. Pero el gran artífice de la liberación de Viena, junto con Sobieski, había sido el papa Inocencio XI, al cual Pío XII beatificó el 7 de octubre de 1956 evocando la providencial misión que cumplió.
La liberación de Viena dio un vuelco a la historia. La expansión otomana en Europa quedó contenida y en los años que siguieron los ejércitos imperiales reconquistaron buena parte de Hungría.
Para perpetuar la conmemoración de tan gran victoria, Inocencio XI extendió a la Iglesia universal la festividad del Santísimo Nombre de María, que ya se celebraba en algunas regiones. Al principio se celebraba en el domingo de la octava de la Natividad de la Virgen, pero más tarde San Pío X la pasó al 12 de septiembre, aniversario de la liberación de Viena.
Y así, el nombre de María quedó vinculado a uno de los momentos más emocionantes de la historia de Europa. Había resonado en las oraciones de Roma, en los santuarios polacos, en las murallas asediadas y las laderas del Kahlenberg. Y lo habían pronunciado los combatientes antes de trabar batalla.
Celebrar el santísimo nombre de María significa recordar que en los momentos en que las fuerzas humanas parecen insuficientes y todo se ve perdido, la historia sigue en manos de la Providencia. Viena estaba ya a punto de caer, y precisamente en la hora más tenebrosa llegó la liberación. Por encima del fragor de las armas y el colapso de los imperios, permanece el nombre de la Madre de Dios: nombre de esperanza, de misericordia y de victoria.





























