La misericordia, el gran don de Dios al que todos debemos constantemente apelar, está siempre presente en la Iglesia y lo está, sobre todo, en el sacramento de la reconciliación. (Por eso, ¡cuánto debemos cuidar y respetar los sacramentos!)

La misericordia de Cristo, de su Iglesia, es la condescendencia hacia quien obra mal para sacarlo de ese mal y no para que permanezca en el mal. Dios se inclina ante nuestra miseria, con entrañas de misericordia, para quitarnos de esa condición ruin que nos lleva a la eterna condenación cuando nos enfrentemos a su Justicia.

Dios es Misericordioso porque es Justo. Hay una Justicia que debe cumplirse en razón del crimen, del pecado, de la ofensa a Dios cometida, culpa que no es tenida en cuenta ante el arrepentimiento del pecador, su deseo de enmienda y la búsqueda del perdón de Dios. No hay misericordia sin más, es decir misericordia que no requiera del arrepentimiento, del cambio de vida y de la reconciliación con Dios. De otro modo no sería misericordia sino la abolición del pecado o el perdón incondicional. “Vete y en adelante no peques más” (Jn 8, 11), dice el Señor a la adúltera; no le dice: “Ve y sigue haciendo lo que hacías”. Después de sanarlo físicamente, dice Jesús al enfermo: “No peques más para que no te suceda algo peor” (Jn 5, 14).  Lo peor no será sólo una peor enfermedad física sino la consecuencia espiritual del mismo pecado que destruye en esta vida y lleva a la condena en la eternidad.

Por lo que se está viendo, este sínodo sobre la familia, aún en curso (ya que el cierre es en el segundo sínodo de octubre de 2015), apelando a la misericordia en ciertos temas en debate ha traído confusión a las personas. Mucho se habló y mucho fue a través de los medios. Es fácil imputar a los medios el haber sido agentes de esa confusión, como –por otra parte- suelen serlo siempre en materia de moral. Sin embargo, no todo es imputable a ellos.

El Sínodo es sobre la familia. Caben entonces varias preguntas: Se ha puesto énfasis sobre un tema marginal cuando lo que debería resaltar en el Sínodo era la misma familia que está bajo ataque despiadado de todas las partes. ¿Es que eso no importa tanto? ¿Por qué se tomó como emblema un tema (el de los divorciados casados por Iglesia y vueltos a unirse sin contar con la nulidad), como si fuera el más importante? ¿Por qué se lo hizo cuando no debería haber figurado puesto que había sido ya definido el caso como doctrina ya definida, es decir que no se admiten más discusiones,  por el Papa Juan Pablo II? ¿Por qué, aún contraviniendo un acto magisterial y sabiendo que ni el Papa tiene potestad para declarar válido lo que ha sido indisoluble (matrimonio rato y consumado) se presenta ese tema que es marginal ya que pocos son los casos que desean acceder a la comunión? ¿Fue el tema impulsado acaso por los medios? Ese tema, presentado por el Cardenal Kasper, sobre el que insiste desde hace ya muchos años, ¿no fue acaso especialmente buscado al ser Kasper nombrado Relator del Consistorio, preparatorio del Sínodo? Refuerza la opinión que ha sido así ya que, pese a que no alcanzó los dos tercios en el primer Sínodo, estará igualmente presente en el segundo Sínodo. ¿Por qué?

Si bien son muchísimas las familias divididas por el divorcio y muchos quienes han vuelto a unirse en nuevos matrimonios y entre ellos también muchos quienes han tenido otros hijos con las nuevas parejas, son, en cambio, reducido en número quienes desean comulgar. Ante todo porque lamentablemente pocos son los que frecuentan la Iglesia (Como también lamentablemente pocos son las familias unidas que lo hacen). Y si lo desean si son conscientes de su situación se abstienen, por cierto que con dolor, de comulgar. A todos ellos, el Señor en su infinita misericordia los llama para que se acerquen y en su Iglesia los acoge. Sin embargo, la acogida amorosa hacia ellos no puede completarse con la plena comunión porque la situación no lo permite. Para Dios nada es imposible y siempre dará caminos de encuentro con Él y de desapego del mal. Hay casos en los que el primer matrimonio no fue tal y la Iglesia declara su nulidad. La Iglesia, por cierto, no puede anular si el matrimonio fue tal, rato y consumado, pero sí  declarar su nulidad, es decir inexistentes desde el principio. Por otra parte, a quienes han ya formado nuevas familias no se les pide que deshagan esas familias para no agregar un mal a otro mal. Quien quiera justificar la revisión de la disciplina alegando que para acceder a la Eucaristía la Iglesia exige que se deshaga la nueva familia lo hace o por ignorancia o por mala fe.

La Eucaristía fue dada para ser celebrada y consumida en la celebración (comunión sacramental) y para ser contemplada en adoración. Ese camino, el de la adoración y el de la comunión de deseo, llamaba también espiritual, está siempre abierto a todos. Y siempre queda la elección de vivir en castidad, como hermanos, para poder entonces sí recibir la comunión.

Hay quienes objetan arguyendo “y si pueden recibir la comunión espiritual porqué no la sacramental”. La respuesta es que son cosas muy distintas porque no se puede participar del sacro banquete sin el estado de gracia mientras que sí es posible y recomendable acercarse al Señor a través del deseo frustrado en su realización por la propia condición. El Señor, en uno y otro caso, derramará sus gracias pero seguramente serán de acuerdo a cada estado y disposición de quien las reciba.

Recordemos la parábola del rey que invita a las bodas de su hijo. Queda claro que el rey es Dios Padre y las bodas es la unión del Verbo con la humanidad que se lleva a cabo en la Encarnación y también que ese banquete es el banquete eucarístico, donde la unión con cada uno se vuelve íntima, profunda y personal. Es decir, es la comunión sacramental. Pues, cuando después de la negación de los invitados (negación no sólo de Israel sino de cristianos que ya no reconocen al Hijo y desprecian o son indiferentes a la Eucaristía) decide invitar a quienes están al margen, a los de las periferias, y así se llena la sala de convidados. Lo curioso y a la vez iluminante, es que la parábola menciona que había allí un hombre sin en el hábito debido –el traje de boda- y por ello el rey manda echarlo a las tinieblas (Cf. Mt 22, 12-13). El Señor nos advierte seriamente que para acceder a la comunión, participando en la totalidad del Banquete Sacro, hay que estar con la vestimenta limpia que otorga la gracia. Tal gracia es la del perdón para quien pecó y que se concede en el sacramento de la reconciliación ante el arrepentimiento del pecador, el deseo de enmienda y el propósito de no continuar en ese pecado.

Decir que el tema ha producido un gran daño y que hasta podría ser irreparable, no es emitir un juicio temerario sino una realidad objetiva y comprobable. En primer lugar ya queda cuestionado el Magisterio de la Iglesia poniendo nuevamente sobre el tapete un tema juzgado. La consecuencia es que todo el mundo habla y no sólo sino que obra como si ya la Iglesia hubiera cambiado de “parecer” y que todos podrán acceder a la comunión. Irrestricta, total –justifican los promotores- es la medicina que necesitan los enfermos. La consecuencia de haberlo presentado e incluido como tema del segundo Sínodo, con probabilidades que algo en ese sentido salga, es creer que es posible divorciarse y tener segundas nupcias admitidas por la Iglesia sin mediar nulidad. Entonces, se sigue, si no hay pecado para qué confesarse.

El daño no se agota en la presentación del tema y en la insistencia sobre el mismo sino que también resulta dañino el procedimiento que se aplicó para el Sínodo: enviar cuestionarios sobre temas que hacen al dogma con el efecto, aunque es de suponer que indeseado, de hacer de la misma Palabra de Dios materia opinable y susceptible de corrección. Ello cuando la cuestión ha sido dirimida por lo que incuestionablemente dice el mismo Señor: “El que se divorcia de su mujer y se casa con otra comete adulterio” (Cf. Mt 19,9)[1]. Por tanto, aunque el propósito del envío a sacerdotes y laicos del cuestionario fuera otro al final quedó la impresión de tratarse de una suerte de referéndum o de compulsa sobre el dogma de la Iglesia, inequívoco, y la disciplina de los sacramentos. Porque, ¡atención!, lo que está en juego son los sacramentos y, en primer lugar, es la Eucaristía y junto a ella el sacramento penitencial, la confesión, y luego, por supuesto, el matrimonio.

Sí, lo que está en juego, en primer lugar, es la Eucaristía, su desacralización. Al permitir que quien está en pecado grave pueda acceder a ella se estimula un sacrilegio y se empuja a las personas a la condena. “Porque quien coma el pan y beba el vino del cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y la Sangre del Señor” (1 Cor 11,27), o sea comerá su propia condena.

Las implicaciones del acceso a personas que objetivamente viven en estado de pecado permanente como la de divorciados vueltos a casar que hacen vida marital o de parejas de homosexuales, son enormes porque significa la abolición del pecado. La persona que desea recibir la comunión sacramental debe estar en estado de gracia y si no lo está debe antes recurrir a la reconciliación con la debida disposición, es decir confesarse arrepentida, con el propósito de enmienda. De otro modo, viviendo en estado permanente de pecado si se le permite acceder a la comunión eucarística significa que el pecado no cuenta. Si se puede hacer la comunión ¿para qué confesarse? Y ¿para qué casarse? O bien ¿para qué reprimirse y abstenerse? ¿Para qué ser casto?

Se dice que la Eucaristía no es para los santos sino para los pecadores, no para los sanos solamente sino remedio para los enfermos. Si por una parte es cierto que nadie, absolutamente nadie, es digno de recibir el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, es decir su Divina Persona (muchos de los que argumentan que nadie es digno son los que suelen no reverenciarlo y no lo adoran y hasta impiden gestos de adoración a los comunicantes); por la otra es para aquellos que están en un camino de conversión. Es decir, no son perfectos pero quieren serlo, están –por más lejos que sea -y sólo Dios sabe cuán lejos está cada uno- en un camino de perfección. Ese camino implica santo temor de Dios que se traduce en temer ofender su amor, tener noción del estado del alma y en cada caída buscar al Señor para que lo realce, para que lo arrope con un vestido limpio.

Algunos, equivocadamente, piensan que la Iglesia cambió tantas cosas, sobre todo desde el Concilio Vaticano II, estas serían también asuntos a cambiar, a adaptar. Sin embargo, no es así. Aquí no se trata si el latín o la lengua vernácula, ni siquiera temas de la liturgia (aunque son mucho más importantes que el común de la gente piensa) sino que están en juego la fe, los sacramentos, el mismo corazón de la Iglesia. Si se quitan los fundamentos el edificio eclesial se viene todo abajo.

Un tema conexo: Supongamos que prospera, Dios no lo permita, el acceso a la comunión en estado de pecado grave, la siguiente pregunta es ¿qué debe hacer el sacerdote a quien su conciencia le diga que no y se le imponga hacerlo? En este caso queda claro que ese sacerdote se ve forzado a negar la comunión por su recta conciencia que se apoya en la milenaria tradición de la Iglesia y en la Palabra de Dios, o sea en lo que el Magisterio siempre sostuvo desde antiguo hasta el tiempo más reciente. ¿Podrá apelar a su conciencia o deberá obediencia? La respuesta la dieron Pedro y los apóstoles ante las autoridades religiosas judías: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres?” (Hch 5,29).

 

Un sacerdote

 

[1] Y también: “Todo el que repudia a su mujer, excepto en el caso de fornicación, la hace ser adúltera, y el que se casa con una repudiada, comete adulterio” Mt 5,32