“Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella”

Las dos escenas que aparecen en el Evangelio de este Domingo IX después de Pentecostés (Lc 19, 41-47) tuvieron lugar a continuación de la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén.

La segunda de ellas es la expulsión de los mercaderes del Templo[1], pero san Lucas -que acostumbra a presentarnos la perspectiva interior de los protagonistas de su relato- nos ha transmitido un detalle ocurrido con anterioridad. «Al acercarse y ver la ciudad» (v. 41), probablemente desde la cumbre del monte Olivete cerca de Betfagé, al contemplar el esplendor y la belleza de la ciudad santa y, en particular, del Templo, Jesús «lloró sobre ella»[2].

I. «El Señor no tuvo reparo en llorar por el amor que tenía a la Ciudad Santa, y porque veía en espíritu la terrible suerte que vendría sobre ella por obra de sus conductores»[3]. Este es el primer motivo que señalan los comentaristas al preguntarse el porqué de las lágrimas de Jesús.

El pueblo de Jerusalén ha oído sus enseñanzas y visto sus milagros pero se ha negado a creer en su divina misión, incluso aunque acojan a Jesús en la ciudad entre aclamaciones mesiánicas, y ahora el Señor lamenta su falta de correspondencia y anuncia el porvenir con mirada profética: «y no dejarán piedra sobre piedra» (v. 44)[4]. La destrucción de la ciudad, más allá de la conquista romana del año 70 y de sus innumerables vicisitudes históricas posteriores, se refiere ante todo a su condición teocrática y a su significado religioso, irremediablemente perdido. En este sentido, las lágrimas de Jesús significan el ofrecimiento de una oportunidad final para creer y tendrán su adecuada expresión doctrinal en las «parábolas de la reprobación» que pronunciará en los días siguientes. En todas ellas, se manifiesta la predilección de Dios por Israel y la mala correspondencia de este pueblo, la infidelidad de los judíos a su vocación y la elección por parte de Dios de un nuevo pueblo que será la Iglesia.

II. El llanto de Jesús sobre Jerusalén encierra un profundo misterio. Si lo que hemos expuesto hasta aquí fue el motivo inmediato de aquellas lágrimas de Jesús, se puede decir también con toda propiedad que, en una mirada universal, Jesús lloraba por el pecado, por las gracias que se derrochan y porque se desaprovecha el tiempo oportuno. Es decir, las causas que motivan sus lágrimas son nuestra insensibilidad y su amor, al que no puede ser indiferente nuestro destino eterno:

«Conviene aclarar el concepto de los fieles sobre el endurecimiento y obcecación del pecador. San Agustín nos dirá en breves líneas que la obcecación proviene de Dios y el pecador la merece. En efecto, para creer se necesita la iluminación de la gracia, y para querer, su moción. Cuando Dios retira una y otra, el pecador queda endurecido, sentido en el cual hay que entender todas las frases de la Sagrada Escritura en las que se dice que endureció a Faraón, etc., para que no vieran y entendieran.

Ahora bien, es tradicional el aforismo que san Agustín repite en mis lugares: Deus non deserit nisi deseratur: Dios no abandona si previamente no es abandonado. Es el hombre quien se hace indigno de la gracia y obliga a Dios a retirarla. Y aun en este caso de endurecimiento, la teología católica afirma que Dios no priva jamás de las gracias suficientes para salvarse. El pecador más duro recibe las que le bastarían si las quisiera aprovechar»[5].

Esta última consideración aparece aún más explícita en la Epístola de la Misa (1Cor 10, 6-13) que contiene una magnífica formulación de los principios que, rectamente aplicados, impiden al cristiano caer en la presunción o en la desesperación[6]: «No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea de medida humana. Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla» (v. 13).

En la vida de la gracia y, por tanto, en todo lo que se refiere a la santificación y salvación, el hombre debe evitar cuidadosamente dos extremos[7]:

  • La presunción, «entendida en todo su rigor teológico, o sea, no como simple desaliento ante las dificultades que presenta la práctica de la virtud y la perseverancia en el estado de gracia, sino como obstinada persuasión de la imposibilidad de conseguir de Dios el perdón de los pecados y la salvación eterna»
  • La desesperación, que «consiste en una temeraria y excesiva confianza en la misericordia de Dios, en virtud de la cual se espera conseguir la salvación sin necesidad de arrepentirse de los pecados y se continúa cometiéndolos tranquilamente sin ningún temor a los castigos de Dios».

Aunque los dos errores extremos son posibles, hay que reconocer que en las actuales circunstancias predomina entre los cristianos el primero de ellos (la presunción) y, es más, encuentra fácil acomodo en los discursos «teológicos» y «pastorales» predominantes.

En la mentalidad postconciliar[8] y en la ruptura litúrgica a ella asociada, se escamotea la suerte incierta que sigue a la muerte unida a un juicio y discriminación y se la presenta como el paso que nos introduce inmediatamente en la gloria de Cristo. Se establece así una falsa identidad entre la resurrección por la que reciben la vida los cuerpos (que es universal sin consideración del mérito moral) y la salvación eterna. El «automatismo de la salvación» queda, más que sugerido, afirmado explícitamente en fórmulas como esta: «Hoy, tu familia, reunida en la escucha de tu Palabra y en la comunión del pan único y partido, celebra el memorial del Señor resucitado, mientras espera el domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en tu descanso»[9]. Como explica Romano Amerio en su agudo análisis de «las transformaciones de la Iglesia Católica en el siglo XX»:

«De ahí el carácter llamado pascual de la nueva liturgia de difuntos, el canto del alleluia, la expulsión del Dies irae, o la sustitución de los ornamentos negros por otros violetas o rosáceos.

Toda esta variación no se realiza como una preocupación por iluminar mejor un aspecto dado de una verdad compleja, sino como el sentido auténtico y finalmente recobrado de la muerte cristiana. Tampoco falta la habitual denigración del pasado histórico de la Iglesia, pues no se contenta con colorear la esperanza (no suficientemente celebrada en la concepción judicial) y llega a afirmarse que contemplar la muerte cristiana como un juicio y por consiguiente con sentimientos de temor es un cristianismo bien lánguido»[10].

El texto de la Epístola de san Pablo que venimos glosando es rico en aplicaciones ascéticas a la vida del cristiano para evitar estos escollos haciendo frente a cualquier afirmación unilateral de la misericordia o de la justicia divinas que lleve a contraponer ambos atributos y provoque en los fieles un deslizamiento hacia la presunción o la desesperación.

La teología nos enseña que, sin la ayuda de la gracia, el hombre no puede resistir a las tentaciones más graves. Lo que no sabe es hasta dónde puede llegar si la gracia de Dios no le sostiene. Y si es cierto que Dios no la niega, también es cierto que no se ha comprometido a darla en los peligros que nosotros nos buscamos voluntariamente y que Jesús nos recomienda perseverar en la oración como una verdadera necesidad para llegar a la unión con Dios. De ahí el conocido adagio: «el que reza se salva y el que no reza se condena»[11]. Y la fidelidad de Dios le compromete a ayudarnos en el cumplimiento de sus mandatos que Él mismo nos hace posible[12].

Por todo ello, terminemos haciendo nuestra esta plegaria:

«Padre, no soy capaz de cumplir tu Ley, porque soy malo, pero dame Tú mismo el buen espíritu, tu propio Espíritu, que Jesús nos prometió en tu nombre, y entonces no solo te obedeceré, sino que el hacerlo me será fácil y alegre»[13].


[1] San Lucas nos describe lo ocurrido en el Templo a continuación del llanto del Señor. Sin embargo, sabemos por san Marcos que, en aquella ocasión, se limitó Jesús a entrar en el recinto y volverse a Betania, teniendo lugar la expulsión de los mercaderes al día siguiente.

[2] Puede compararse este texto con Lc 13, 34: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no habéis querido. Mirad, vuestra casa va a ser abandonada» (cfr. Mt 23, 37-38 que sitúa las palabras en un contexto diverso: durante la Semana Santa, después del último discurso en el Templo y antes del «discurso escatológico»).

[3] Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in: Lc 19, 41.

[4] «Todo ello por “no haber conocido el tiempo de su visitación”. “La visita de Dios” es frase frecuente en el Antiguo Testamento para indicar castigos o premios. El “tiempo de su visitación” es todo el período mesiánico de Cristo, de enseñanza y milagros, en Galilea y Judea, en sus repercusiones en Jerusalén, y, más en concreto, sus “visitas” -enseñanzas y milagros mesiánicos- en Jerusalén»: Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 894.

[5] «Verbum vitae». La Palabra de Cristo, vol. 6, Madrid: BAC, 1959, 707.

[6] Cfr. ibíd. 702-703; Antonio ROYO MARÍN, Teología moral para seglares, vol. 1, Madrid: BAC, 1996, 312-316. Este autor señala que a la esperanza se oponen dos pecados contrarios: uno por exceso, la presunción, y otro por defecto, la desesperación. También aparecen enumeradas entre los seis pecados contra el Espíritu Santo más importantes.

[7] Cfr. Antonio ROYO MARÍN, ob. cit., 263.

[8] Cfr. Lumen Gentium, 48. Roberto de Mattei documenta los esfuerzos que resultaron necesarios para remediar la omisión de una clara mención a la infelicidad eterna en dicho texto. El resultado, como en tantas ocasiones, fue una fórmula de compromiso fácilmente desbordada después en la práctica teológica y pastoral. Cfr. Roberto de MATTEI, Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita, Madrid: Biblioteca Homo Legens, 2010, 319-322.

[9] Misal Romano reformado, Prefacio Dominical X.

[10] Romano AMERIO, Iota unum, ed. digital, versión corregida, septiembre-2011, 540, <http://www.traditio-op.org/apologetica/Iota_unum,_Romano_Amerio.pdf>.

[11] SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, El gran medio de la oración, Introducción.

[12] Cfr. «Verbum vitae». La Palabra de Cristo, ob. cit., 703.

[13] Juan STRAUBINGER, ob. cit., in: Lc 11, 13.

Padre Ángel David Martín Rubio
Padre Ángel David Martín Rubiohttp://desdemicampanario.es/
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU. Ha sido profesor en la Universidad San Pablo-CEU y en la Universidad Pontificia de Salamanca. Actualmente es deán presidente del Cabildo Catedral de la Diócesis de Coria-Cáceres, vicario judicial, capellán y profesor en el Seminario Diocesano y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Virgen de Guadalupe. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y el portal "Desde mi campanario"

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