El Evangelio de este Domingo XIV después de Pentecostés (Mt 6, 24-33) está tomado del «Sermón de la Montaña» que trae san Mateo en los capítulos 5 al 7 y podemos resumir su enseñanza en esta conclusión: «Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura» (v. 33).
La justicia de la que aquí se habla no ha de entenderse en el sentido jurídico de dar a cada uno lo suyo sino en el significado bíblico de la justificación que viene de Dios y de la santidad que consiste en el cumplimiento de su Ley. Por tanto se nos está presentando un camino para llegar a la santidad mediante la confianza en la providencia divina.
I. Previamente a proponernos el abandono confiado en Dios como medio de santificación, Jesús sienta un principio: «Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6, 24). Es interesante precisar aquí las palabras que utiliza el evangelista[1]:
– «Servir»: este verbo significa el pleno servicio del esclavo que se entrega totalmente a su señor; su voluntad es la de este. Por eso es incompatible servir al mismo tiempo a otro señor, porque ambos pueden mandar cosas distintas.
– «El dinero»: el término empleado es «Mamón» (en hebreo o «Mamona» en arameo) que representa una personificación del dinero, de las riquezas y de todo lo que ellas procuran como fuentes de seguridad.
Por tanto, cuando la relación con los bienes materiales se plantea en unos términos que llevan al hombre a hacerse su esclavo y acaba convirtiéndolos en un ídolo a quien se adora, no solamente no hay espacio para Dios sino que se llegará a su explícito rechazo. Así lo explica con gran profundidad Mons. Straubinger en su comentario a este versículo:
«De esto resulta que el que ama las riquezas, poniendo en ellas su corazón, llega sencillamente a odiar a Dios. Terrible verdad, que no será menos real por el hecho de que no tengamos conciencia de ese odio. Y aunque parezca esto algo tan monstruoso, es bien fácil de comprender si pensamos que en tal caso la imagen de Dios se nos representará día tras día como la del peor enemigo de esa presunta felicidad en que tenemos puesto el corazón; por lo cual no es nada sorprendente que lleguemos a odiarlo en el fondo del corazón, aunque por fuera tratemos de cumplir algunas obras, vacías de amor, por miedo de incurrir en el castigo del Omnipotente. En cambio, el segundo caso nos muestra que si nos adherimos a Dios, esto es, si ponemos nuestro corazón en Él, mirándolo como un bien deseable y no como una pesada obligación, entonces sentiremos hacia el mundo y sus riquezas, no ya odio, pero sí desprecio, como quien posee oro y desdeña el cobre que se le ofrece en cambio. Santo Tomás sintetiza esta doctrina diciendo que el primer fruto del Evangelio es el crecimiento en la fe, o sea en el conocimiento de los atractivos de Dios; y el segundo, consecuencia del anterior, será el desprecio del mundo, tal como lo promete Jesús en este versículo»[2].
La Epístola de san Pablo (Gal 5, 16-24) contiene esta misma enseñanza al contraponer el «Espíritu» a los «deseos de la carne» mediante la crucifixión de esta con todas sus obras: «los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos» (v. 24). Ese «han crucificado», en pasado, alude al hecho redentor del Calvario, al que los cristianos son incorporados mediante el bautismo pero esto no excluye que tengan que seguir luchando contra las tendencias de la carne[3].
II. A continuación expone Jesucristo la confianza que hay que tener en la providencia de Dios porque si nos entregamos a la obra de la propia santificación: «todo esto se os dará por añadidura». Lo primero es buscar a Dios, no perder el norte por los bienes temporales y los afanes de la vida; y Dios, que mira providentemente por los hombres, les proveerá, les «añadirá» todo eso por lo que se afanan inútilmente los que ponen el corazón en los bienes de este mundo.
Con estas palabras, no quiere Cristo condenar el trabajo ni favorecer la holgazanería, tampoco anuncia que vaya a intervenir milagrosamente para poner remedio a las necesidades de los hombres. Y la prueba de ello es su propia vida: «sus treinta años de vida oculta en Nazaret no fueron años de ocio, sino de labor para el hogar. Y en sus correrías apostólicas pidió de beber a la samaritana; y para usos y previsiones del grupo apostólico había una caja común de bienes»[4]. Mucho menos está anunciando una supresión de los sufrimientos y de las necesidades en este mundo, ni siquiera entre los que son sus más fieles servidores, como nos demuestran las vidas de los santos.
«Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal»[5].
En su poder Infinito, Dios podría siempre crear algo mejor. Sin embargo, en su sabiduría y bondad Infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo «en estado de vía» hacia su perfección última. Creemos firmemente que Dios es el Señor del mundo y de la historia y los teólogos alegan razones que nos permiten arrojar algo de luz sobre el escándalo del mal. Pero los caminos de su providencia siguen en el ámbito del misterio y sólo al final, cuando tenga fin nuestro conocimiento parcial, cuando veamos a Dios «cara a cara» (1Co 13, 12), nos serán plenamente conocidos los caminos por los cuales Dios habrá conducido a la creación hasta su perfección última, en vista de la cual creó el cielo y la tierra[6].
Pidamos al Señor por intercesión de la Santísima Virgen María, que el Espíritu Santo, como decía san Pablo en la Epístola, aleje de nosotros esas obras de la carne, propias de la solicitud terrena contra la que nos pone alerta el Evangelio que hemos leído. Y que, buscando a Dios, tengamos las demás cosas en la medida que sean necesarias para nuestra salvación.
[1] Cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 155-156.
[2] Juan STRAUBINGER, La Santa Biblia, in: Mt 6, .24.
[3] Cfr. Lorenzo TURRADO, Biblia comentada, vol. 6, Hechos de los Apóstoles y Epístolas paulinas, Madrid: BAC, 1965, 556.
[4] Cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 155-156.
[5] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 309.
[6] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 309-314.