Los teólogos de corte, acérrimos defensores de las ‘nuevos aires’, tienen a gala que sus detractores solo desean que la Iglesia se retrotraiga a oscuras épocas pasadas, mientras que ellos anuncian las ‘mañanas que cantan’ del espléndido futuro.

Solo que no siempre ni en todo, al parecer. El Gobierno chino se abre, comprensivo, a los infinitos anhelos del Vaticano de llegar a un acuerdo, con una clara condición: no será Roma la que nombre a los obispos chinos. Y aquí, de un plumazo, nos retrotraemos a la Querella de las Investiduras, el periodo entre 1075 y 1124 que enfrentó al Papado contra las autoridades civiles por el nombramiento de eclesiáticos. ¿Quiénes son, ahora, los que desean “una vuelta a la Iglesia medieval?

“China siempre ha sido sincera sobre la mejora de las relaciones con el Vaticano”, ha declarado Chen Zongrong, en nombre de la Administración de Asuntos Religiosos, en la presentación del libro blanco del Gobierno sobre la situación de las distintas religiones en China. “Hemos dado pasos concretos hacia ese objetivo y tenemos un canal fluido de comunicaciones”.

Pero luego llega el ‘pero’: China no consentirá en ningún caso “que entidades extranjeras interfieran en los asuntos religiosos chinos”. O sea, que si el Vaticano quiere un acuerdo -y lo quiere, vaya que si lo quiere-, tendrá que limitarse a refrendar y consagrar a los elegidos por la autoridad china que, para mayor ironía, es el confesionalmente ateo Partido Comunista.

El dilema es insoslayable: la Constitución china prohíbe toda injerencia ‘extranjera’ en asuntos propios, y el nombramiento de líderes religiosos nacionales lo es, en su opinión. Ese es un punto en el que no van a ceder.

Por otra parte, si la Iglesia cede precisamente en ese punto -y lleva mucho adelantado, como denuncia el arzobispo emérito de Hong Kong, Cardenal Zen, y prueba la aceptación canónica de obispos cismáticos de la Iglesia Patriótica China-, estará renunciando a una libertad que le ha costado mucho conseguir y cuya pérdida, esta vez de verdad, le retrotraerá a los aspectos más oscuros de la Iglesia Medieval.

En el Vaticano aseguran que el ferviente deseo de Roma es poner fin a una escisión entre los católicos chinos, iniciada con la formación por el Gobierno de la Iglesia Patriótica, controlada por el Partido, que dura ya seis décadas. Sin embargo, fuentes de la Curia señalan que el acuerdo no es “inminente”.
Carlos Esteban, Infovaticana, 3 abril 2018

(Artículo original)

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