ADELANTE LA FE

El concilio anti-dogma

Las definiciones dogmáticas de la Iglesia Católica son provocadas por el surgimiento de los errores. No indican pues una novedad en la fe de la Iglesia, sino más bien fuera de ella: en el campo oscuro de las negaciones y de las herejías.

Por eso cuando consta de la fe precedente de la Iglesia es tanto más evidente cuanto más tardías son las actuaciones del magisterio eclesiástico. La Iglesia, como es lógico, no condena los errores hasta que aparecen, ni define las cuestiones hasta que se discuten.[1]

Citemos algunas de las corrientes heterodoxas modernas, condenadas por los Sumos Pontífices:

  1. El agnosticismo, que afirma la imposibilidad de conocer a Dios.
  2. El racionalismo, que niega la posibilidad de lo sobrenatural, de la revelación y del milagro.
  3. El subjetivismo, que dice que la fuente de la religión es el hombre, el sentimiento.
  4. El evolucionismo, que afirma que se da una evolución intrínseca del dogma.

Citemos asimismo a las principales figuras heterodoxas:

Schleiermacher, Hermes, Günther, Harnack, Sabatier, Loisy, Tyrrell, Le Roy.

El dogma en sentido material es una verdad contenida en las fuentes de la divina Revelación; en sentido formal es una verdad revelada por Dios y propuesta como tal por el Magisterio de la Iglesia a los fieles con la obligación de creer en ella. Entendido de esta manera el dogma es una verdad divina y por lo tanto inmutable.[2]

Los modernistas, equiparando el dogma a una expresión simbólica del sentimiento religioso en perenne desarrollo o a una forma práctica de la conciencia religiosa han admitido una evolución intrínseca del dogma, que debe responder a las frases indefinidas de aquel sentimiento y conciencia.

Esos errores fueron condenados por el Papa San Pío X, en la encíclica Pascendi y el Decreto Lamentabili, así como por el Papa Pío XII en la encíclica Humani generis.[3]

Contra los errores del modernismo:

«Los dogmas que la Iglesia presenta como revelados, no son verdades bajadas del cielo, sino una interpretación de hechos religiosos que la mente humana se elaboró con trabajoso esfuerzo».[4]

«Los dogmas, los sacramentos, la jerarquía, tanto en su noción como en su realidad, no son sino interpretaciones y desenvolvimientos de la inteligencia cristiana que por externos acrecentamientos aumentaron y perfeccionaron el exiguo germen oculto en el Evangelio».[5]

El mismo Pontífice en la introducción de su magistral encíclica Pascendi advierte:

«Cada modernista presenta y reúne en sí mismo una variedad de personajes… el filósofo, el creyente, el apologista, el reformador»…

El fundamento epistemológico del modernismo no es otro que el agnosticismo, según el cual el conocimiento racional del hombre se limita exclusivamente al mundo de la experiencia. La religión surge, según él, del principio de la inmanencia vital (inmanentismo), es decir, de la indigencia de lo divino que hay en el alma del hombre. Las verdades religiosas se hallan sujetas a una constante evolución sustancial (evolucionismo), en consonancia con el progreso universal de la cultura.[6]

« …nada debe quitarse de cuanto ha sido definido, nada mudarse, nada añadirse, sino que debe conservarse puro, tanto en la palabra como en el sentido».[7]

En cambio, la destrucción del «dogma, su origen y su naturaleza es el punto capital de la doctrina de los modernistas».[8]

Los dogmas de la fe son verdades bajadas del cielo; no son interpretaciones y la herejía modernista tiene como epicentro considerar la fe como un sentimiento, para los modernistas la emoción excita la piedad y esta impone la fe y el dogma, de ahí que la verdad sea relativa.

Así, «la religión que describe Schleiermacher pretende más que nada ser conciliadora. Está hecha para reconciliar a los mundanos con la fe y para reconciliar a todas las confesiones en torno a la esencia del cristianismo. Para eso, a Schleiermacher le basta referirse a sus maestros, Kant y Hegel. Del primero toma las ideas inmanentistas que oponen el mundo exterior incognoscible y la conciencia individual, reina y centro de todo lo conocido. Ésta actúa como juez último de la fe, pues una religión es auténtica sólo cuando satisface las tendencias naturales del hombre. Schleiermacher hace suya la idea de Kant de que las doctrinas y los ritos de la Iglesia son puros símbolos, sin significado intelectual, pero válidos, sin embargo, como principios de vida por su elemento interior y moral. Hegel deja también su impronta en nuestro teólogo del romanticismo. Según las doctrinas hegelianas, los dogmas son sólo símbolos aproximativos; más allá y por encima de ellos hay que elevarse hasta la idea; y ésta, una vez alcanzada, de subjetiva se vuelve objetiva».[9]

De tal forma que se ataca el término dogmatismo, a fin de darle un sentido distinto, desde presupuestos hegelianos más o menos explícitos, ya que la mejor manera de destruir alguna cosa es reemplazarla con otra.[10]

Los dogmas son, por sí propios, baluartes de la Iglesia. Por lo tanto, es obvio que la demolición de los baluartes ocasionará el insidioso debilitamiento de las definiciones dogmáticas — al mismo tiempo que, con fingidas alabanzas, los «nuevos teólogos» neomodernistas exaltan los dogmas que ellos mismos están socavando. Pues bien. Se pueden destruir los dogmas de varias maneras: 1) simplemente ignorándolos, y así dejarán de existir a todos los efectos; 2) sustituyendo conceptos claros por otros ambiguos; por ejemplo, sustituyendo «es» por «subsiste»; 3) desacreditando un dogma por considerarlo «una teología anacrónica»… 4) pretendiendo que no existen definiciones dogmáticas infalibles, que los católicos tengan que creer literalmente, y 5) siempre que se trate acerca del dogma de la no salvación fuera de la Iglesia, refiriéndose, de modo insistente, a los no católicos con la expresión «creyentes» o «cristianos».[11]

En ese arco, «el rosacruz, Dr. Rudolf Steiner, fundador de la Sociedad Antroposófica, declaró en el año 1910: “Necesitamos un Concilio y un Papa que lo convoque”. El entusiasmo con que el mundo acogió el Concilio, ¿no fue fomentado, acaso, desde allí? El concepto dominante, es la palabra “nuevo”. Roca predice una “nueva religión”, un “nuevo dogma”, un “nuevo ritual”, un “nuevo sacerdocio”. A los nuevos sacerdotes los denomina “progresistas”, habla de “supresión” de la sotana y del matrimonio de los sacerdotes y confiesa: “El salvador religioso, político y social, dominará sobre la humanidad por medio de instituciones IMPERSONALES (institutions impersonelles)”. En relación con esta palabra, se ha señalado con razón cómo aparece por todos lados, en la Colegialidad, en las innumerables “conferencias, comisiones, comités y reuniones”. Casi estamos tentados de decir que la persona ha sido apartada y que domina la anonimidad. Aquí evidentemente se manifiesta el plan satánico. Ya no cuenta la persona, que recibe su máxima consagración por la Trinidad y el Dios-Hombre y que ahora se ve ahogada por la colectividad, bajo diversas formas.»[12]

El Papa Pío XI habría pensado en la idea de reiniciar el Concilio Vaticano, que había quedado interrumpido en 1870 a causa de acontecimientos violentos. De la misma forma, es evidente como declaró el cardenal Doménico Tardini, que el Papa Pío XII había pensado en ese reinicio, o en la convocatoria de otro Concilio. Fue Juan XXIII quien debido a «una repentina inspiración» convocó a la verificación de un nuevo Concilio, con una triple finalidad: la renovación interna de la Iglesia, la difusión del Evangelio en el mundo, y el diálogo con el mundo moderno.

El Concilio Vaticano II se verificó entre los años 1962-1965, pretendió ser un concilio general de la Iglesia Católica, pero en realidad fue una revolución en contra de los 2000 años de enseñanza y tradición católica, y como consecuencia fue responsable de los increíbles malísimos frutos y revolucionarios cambios que a posterior sucedieron «no fue una nueva primavera para la Iglesia, como lo había imaginado su promotor, pero fue una inesperada revolución en todos los sectores de la Iglesia, incluido el campo social (…) Una honda simpatía por la solución socialista e incluso marxista-leninista se imponía en el mundo, que todavía desconocía en su propia carne la cruel experiencia del socialismo real, y fascinaba a intelectuales y estudiantes, sin excluir a los seminarios y al clero más joven. Fidel Castro y Che Guevara eran sus ídolos. (…) Los movimientos que se consideraban y proclamaban «progresistas», fuertemente intelectualizados, apoyados en los medios de comunicación, agudizaron la conciencia revolucionaria («concienciación» era el vocablo entonces divulgado por Paulo Freire). El que no comulgaba con ellos era sumamente descalificado como reaccionario, burgués y conservador».[13]

El Pbro. Luigi Villa en su extraordinario estudio sobre el Vaticano II, afirma: «Se puede observar también que en los textos del Vaticano II faltan las definiciones dogmáticas y las correspondientes condenas para quien no acepta la doctrina. Pero el Vaticano II nada ha definido. Entonces, nadie puede apelar a eso. Por ejemplo: en la “Constitución litúrgica” está ignorada deliberadamente la doctrina de Pío XII en su “Mediator Dei”; como se ignora también la “Pascendi” de San Pío X, en la que se condena al Modernismo; así como en la declaración sobre “libertad religiosa” fue ignorado el “Syllabus” de Pío IX, que condenaba, en el nº 15, la tesis que afirma que cada hombre es líbre de abrazar aquella religión, que en conciencia, le parezca verdadera, lo que excluye los derechos de Dios revelante, frente a quien el hombre no tiene ningún derecho de elección, sino solo el deber de obedecer. En el nº 14, condena también a aquellos que afirman que la Iglesia no tiene ningún derecho de ejercer la potestad judicial y coercitiva».

«Pero entonces, ¿el Espíritu Santo no asistió a los Papas del Concilio…? Mons. Spadafora lo explica así: «La asistencia del Espíritu Santo presupone que, de parte del Papa hay una correspondencia sin reservas; si esta correspondencia falta, la asistencia del Espíritu Santo es puramente negativa, esto es, impide solo que el Vicario de Cristo imponga a la Iglesia, como un dogma infalible, el error[14]

«Esos seglares católicos, esos sacerdotes, que se jactan de restauradores de la Iglesia ¿se atreven a atacar la obra de Jesucristo y hasta la propia persona de Nuestro Señor Jesucristo?

En apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar la propia persona del Divino Reparador, que rebajan, con sacrílega temeridad, a la categoría de puro y simple hombre».[15]

Germán Mazuelo-Leytón

[1] Fe Católica 4, pág. 92.

[2] Cf.: CONCILIO VATICANO, DB, 1800.

[3] PARENTE, Diccionario de teología dogmática.

[4] SAN PIO X, Decreto Lamentabili, 3 de julio de 1907, nº 22.

[5]  Ibíd., nº 54.

[6] OTT, LUDWIG, Manual de teología dogmática.

[7] GREGORIO XVI, Mirari vos, nº 7, 15-8-1832.

[8] Cf.: SAN PIO X, Pascendi, cap. VIII.

[9] BOURMAUD, DOMINIQUE, Cien años de modernismo.

[10] MAZUELO-LEYTÓN, GERMÁN, La “Nueva Cristiandad” – o los 5 mandamientos de la auto-demolición: 2) Inmanencia del mundo https://adelantelafe.com/la-nueva-cristiandad-o-los-5-mandamientos-de-la-auto-demolicion-2-inmanencia-del-mundo/

[11] KRAMER, P. PAUL, La última batalla del diablo.

[12] GRABER, Mons. RUDOLF, Atanasio y la Iglesia de nuestro tiempo (En su lucha contra el Modernismo).

[13] KLOPPENBURG, Mons. BOAVENTURA, América Latina.

[14] VILLA, Pbro. LUIGI, Vaticano II, ¡Giro a 180º!

[15] SAN PIO X, Catecismo sobre el modernismo, nº 7.

Germán Mazuelo-Leytón

Germán Mazuelo-Leytón es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Miembro de la Fundación «Vida y Familia» de su diócesis. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines