Consideraciones históricas sobre el Patriarcado de Moscú (1ª parte)

La atracción que ejerce el Patriarcado de Moscú en determinados ambientes religiosos y políticos, tanto en Italia como en el extranjero, va acompañada de una profunda ignorancia sobre su historia. Nos proponemos solventar brevemente dicha laguna.

Punto de partida fundamental sería el XVII concilio ecuménico de la Iglesia, celebrado en Florencia en 1439 y presidido por el papa Eugenio IV. En la concurrida asamblea participaron cerca de 700 personas procedentes de Constantinopla, bajo la dirección del emperador Juan VIII Paleólogo y el patriarca José II con su clero. Junto a ellos se hallaba también el monje griego Isidoro (1385-1463), metropolita de Kiev y de toda la Rus (Rusia). El metropolita de Kiev, que no tenía el título de Patriarca, era designado por Constantinopla, y de él dependía la ciudad de Moscú, que hasta el siglo XV no ejerció ningún papel relevante en la historia religiosa de Rusia.

En Florencia tuvo lugar algo importantísimo: el 6 de julio de 1439 se firmó el decreto Laetentur Coeli et exultet terra!, que ponía fin al cisma de Oriente que en 1054 había abierto una brecha entre la Iglesia de Roma y la autoproclamada ortodoxa de Constantinopla. La bula pontificia concluía con esta solemne definición dogmática, suscrita por el Emperador de Bizancio, el Patriarca de Constantinopla y los padres griegos: «Definimos que la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice tienen el primado sobre todo el Orbe, y que el mismo Romano Pontífice es el sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los apóstoles, verdadero vicario de Cristo, y cabeza de toda la Iglesia y padre y maestro de todos los cristianos, y que a mismo, en la persona del bienaventurado Pedro, le fue entregada por Nuestro Señor Jesucristo plena potestad de apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal, como se contiene hasta en las actas de los concilios ecuménicos y en los sagrados cánones» (Denzinger, 694).

Se trataba de un auténtico regreso a las fuentes. Los orígenes de la Rus se remontaban al bautismo de San Vladimiro en 988, cuando Constantinopla todavía estaba unida a Roma y el estado de Kiev formaba parte de la única res publica christiana bajo la dirección del Sumo Pontífice. El 5 de mayo de 1988, Juan Pablo II afirmó: «El bautismo de San Vladimiro y de la Rus de Kiev hace mil años está considerado con toda justicia hoy un inmenso regalo de Dios a todos los eslavos orientales, empezando por los pueblos ucraniano y bielorruso. Aun después de la separación de la Iglesia de Constantinopla, estos dos pueblos han considerado a Roma única madre de toda la familia cristiana. Precisamente por eso, Isidoro el metropolita de Kiev y de toda la Rus, no se apartó de las más auténticas tradiciones de su iglesia cuando, en 1439, firmó en el Concilio Ecuménico de Florencia el decreto de unión entre la Iglesia griega y la latina».

El 18 de diciembre de 1439, Eugenio IV premió con la púrpura cardenalicia la obra a favor de la unión con Roma del arzobispo Isidoro de Kiev. Concluido el concilio, el Romano Pontífice envió a Isidoro como legado suyo a Rusia para que se aplicara el decreto promulgado en Florencia. Isidoro no encontró dificultades en Kiev ni con los nueve obispados sufragáneos, pero en Moscú se topó con una gran hostilidad por parte del príncipe Basilio (Vassili) II (1415-1462). En la primera Misa que celebró en la catedral de la Asunción del Kremlin el 19 de marzo de 1441, Isidoro nombró explícitamente al Papa durante las oraciones litúrgicas, leyó en voz alta el decreto de unión y encabezó la procesión con una enorme cruz católica. Entregó además a Basilio una carta en la que Eugenio IV le pedía que respaldara la difusión del catolicismo en los territorios rusos. Pero el príncipe de Moscú rechazó las decisiones del Concilio de Florencia y mandó detener al metropolita de Kiev. Isidoro consiguió escapar y huyó a Roma, mientras Basilio nombraba al patriarca Jonás de Moscú metropolita de Rusia, apartándose con ello del patriarcado de Constantinopla que se había reunido en Roma. Esta decisión política fue el primer paso hacia la autocefalia de la iglesia rusa, hasta hoy independiente de la griega.

Tras su regreso a Roma, Isidoro cumplió dos misiones en Constantinopla: la primera en 1444 por encargo de Eugenio IV, y la segunda por orden de Nicolás V en diciembre de 1452, en vísperas de la caída de la ciudad. El 28 de mayo de 1453 Constantinopla sucumbió al asedio otomano, el Imperio Bizantino se disolvió y Santa Sofía, el templo más grande de Oriente, fue transformado en mezquita. Aquello no sólo fue el fin del imperio, sino del Patriarcado de Constantinopla, que había querido unir su suerte a la del Imperio Bizantino.

Durante el asedio, Isidoro de Kiev logró salvarse milagrosamente una vez más y volvió a Roma. Calixto III le otorgó el arzobispado de Nicosia en 1456, y Pío II el Patriarcado latino de Constantinopla dos años más tarde. No obstante ejercer tales cargos, a los que se añadió en 1461 el de decano del Sacro Colegio Cardenalicio, vivió los últimos años de su vida en medio de grandes apuros económicos, habiendo empeñado todos sus haberes en la defensa de Constantinopla, cuya caída le supuso un dolor atroz. Este paladín de la Fe y defensor de su patria falleció en Roma el 27 de abril de 1453 y recibió sepultura en la Basílica de San Pedro, no lejos de la tumba del Príncipe de los Apóstoles, cuyo primado había defendido con tanto ardor. La tremenda impresión que le causó la catástrofe de Bizancio se conserva en su Epistula lugubris et moesta (Patrologia Graeca, XLIX, col. 944 seg).

Después de la caída de Constantinopla, Moscú quiso autoproclamarse heredera de sus funciones políticas y religiosas. El matrimonio del Gran Duque de Moscú Iván III en 1472 con la princesa Sofía, nieta de Constantino XI Paleólogo, último emperador de Oriente, muerto en el sitio de Constantinopla en 1453, se entendió como confirmación de dicha decisión.

Fue en los años de la rebelión de Lutero cuando surgió el concepto de Moscú como Tercera Roma. El manifiesto de dicha ideología fue la carta que envió en 1523 el monje Filoteo del monasterio de Pskov al Gran Duque de Moscovia Basilio III (Vasilij III Ivanovič). En ese breve tratado teológico-político, Filoteo interpreta la historia de Rusia con arreglo a un plan providencial que considera la caída de la primera y de la segunda romas. La primera, la Roma antigua, habría abandonado la fe ortodoxa entre los siglos IX y X, perdiendo con ello sus prerrogativas; la segunda, Constantinopla, había terminado en manos de los turcos en justo castigo por haberse unido a Roma. La misión histórica de ésta debía ser asumida por Moscú. Así lo explica el monje ruso: «La iglesia de la Roma antigua ha abrazado la impía herejía de Apolinar; la nueva Roma, la iglesia de Constantinopla, está en poder de los turcos. He aquí que se alza la iglesia santa y apostólica de la Tercera Roma (…) Dos romas han caído, la tercera está en pie, y no habrá una cuarta».

A partir de entonces se desarrolló en Rusia un odio teológico y visceral contra la Iglesia de Roma y la cristiandad occidental. El cristianismo ortodoxo, con Iván IV el Terrible (1530-1584), se convirtió en una especie de religión nacional. Rusia se presentaba como el santuario de la Fe verdadera, y el Kremlin era la fortaleza que custodiaba el mito fundacional de la Tercera Roma. En tiempos de su sucesor Fedor I (1557-1598) se constituyó en 1589 el Patriarcado de Moscú con el que Rusia emprendía el camino de la autocefalia religiosa (Giovanni Codevilla profundiza de forma excelente en el tema en Chiesa e Impero in Russia. Dalla Rus’ di Kiev alla Federazione russa, Jaca Book, Milán 2012). La constitución del Patriarcado de Moscú fue a la vez punto de partida y de llegada de una apostasía no menos grave que la de Lutero.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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