La oración es algo más que la oración de petición o de acción de gracias. Es una relación de intimidad de amor con Dios.
Decía Job que la vida del hombre sobre la tierra es lucha, pero desde que el Hijo se hizo hombre esta lucha ha cambiado de sentido. Ahora es una lucha de amor con Él para ver quién ama más, quién sale vencedor en esta justa de amor.
Como dice el Cantar de los Cantares: “Me ha llevado a la sala del festín y la bandera que ha alzado contra mí es una bandera de amor”. El Hijo se hizo hombre para poder mantener este combate en igualdad de condiciones.
En este combate real cualquiera de los dos contendientes puede ganar. Cristo nos implora que le abramos la puerta para así demostrarnos su amor: “Ábreme esposa mía, inmaculada mía… que están mis cabellos cubiertos del rocío y la escarcha de la noche…” Pero el hombre se resiste en muchas ocasiones: “Es que ya me he quitado la túnica. ¿Es que pretendes que me vista de nuevo?”
En en Nuevo Testamento vemos muchas ocasiones en las cuales Jesús nos ofrece su amor pero el hombre se resiste.
En este combate de amor Jesús está en desventaja porque el hombre se asusta ante su requerimiento de amor. Pero no por ello Jesús rebaja sus exigencias sino todo lo contrario. El radicaliza su postura y hace más difícil que le amemos: “El que busque su propia vida la perderá”.
A pesar de todo, Jesús tiene una paciencia infinita con nosotros. El Señor insiste una y otra vez porque nos ama de verdad y porque “nos necesita”.
¡Cuántas veces le decimos al Señor que le amamos! ¡Pero nuestro amor es tan pequeño! En cambio cuando Él lo dice es verdad: “Igual que el Padre me amó a mí, así os he amado yo. Permaneced en mi amor”…
La oración es una continua lucha entre dos que se aman para ver quién ama más al otro. Como decía San Pablo: “Yo lucho por ver si lo alcanzo, pues Él me alcanzó a mí primero”.
Cristo le dice a su esposa: “Prendiste mi corazón en una de tus miradas”. “Déjame ver tu rostro, déjame oír tu voz!
Esa conversación con Jesús es una lucha real, una lucha de amor. Por eso la oración nunca puede ser aburrida.
Este combate acaba siempre con la muerte, pero una muerte amor: “Confortadme con pasas. Recreadme con manzanas pues desfallezco de amor”. (Cantar de los Cantares).
Es por ello que el tiempo que pasemos sin amar es tiempo perdido.

Padre Alfonso Gálvez
Nació en 1932. Licenciado en Derecho. Se ordenó de sacerdote en Murcia en 1956. Entre otros destinos ha estado en Cuenca (Ecuador), Barquisimeto (Venezuela) y Murcia. Es Fundador de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, aprobada en 1980. Desde 1982 reside en El Pedregal (Mazarrón-Murcia). A lo largo de su vida ha alternado las labores pastorales con un importante trabajo redaccional. Ha publicado Comentarios al Cantar de los Cantares (dos volúmenes), La Fiesta del hombre y la Fiesta de Dios, La oración, El Amigo Inoportuno, Apuntes sobre la espiritualidad de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, Esperando a Don Quijote, Homilías, Siete Cartas a Siete Obispos, El Invierno Eclesial, Los Cantos Perdidos y El Misterio de la Oración. Para información adicional visite su web http://www.alfonsogalvez.com