Si bien fue explícitamente excluido el tema litúrgico en el recientemente finalizado consistorio, no así las altisonantes declaraciones del emérito cardenal Oscar Rodríguez Madariaga, el actual cardenal Arthur Roche y el inefable cardenal Víctor Fernández, discípulo predilecto del anterior pontífice, en contra de la Misa tradicional.
Sin entrar en un análisis exhaustivo de las opiniones de los arriba mentados, se podría fácilmente inferir de las mismas que el caballo de batalla argumentativo de los señores cardenales estriba en la absolutamente falsa identificación que asignan a los defensores de la Misa de siempre con un abierto rechazo al Concilio Vaticano II.
Indudablemente, la fuente donde han abrevado no es otra que los dislates bergoglianos, aún no extinguidos, que pretenden hacer depender la resolución de un problema litúrgico de una anuencia incondicional a una postura eclesiológica específica emanada del Concilio de marras.
La “sinodalitis” (virus actualmente extendido en la Iglesia) dentro del sector más progresista, y que se puede diagnosticar como el esfuerzo de restringir el poder de jurisdicción papal tal como lo entendió el Concilio Vaticano I en favor de las conferencias episcopales y de los laicos, se esfuerza en introducir una dosis “democrática” en una institución divina, fundada por Nuestro Señor Jesucristo, que no contempló ni contempla una convivencia de índole política tan frágil y burdamente humana como la democracia, tan jocosamente definida por Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, como ´la discusión entre dos lobos y una oveja sobre que van a cenar…’
Los opositores a la liberación total de la Misa tradicional se amparan en estos postulados para tratar de formar mayorías ‘democráticas’ de base francisquista que obstaculicen cualquier intento de avance por parte de los amantes de la Tradición. Ni siquiera los conformaría un retroceso a la plenitud de ‘Summorum Pontificum’ porque no solo significaría establecer una cuasi convivencia pacífica con el ´Novus Ordo´ (tal cual como en mayor o menor medida se dio), sino que implicaría una abdicación denigrante para con ‘Traditionis Custodes´.
Luego de que el Santo Padre comprometiese su firma en un documento como “Mater Populi Fidelis” con la consiguiente consternación que provocó dentro no solo del tradicionalismo sino de la grey católica en general, la esperanza de una liberación de las ataduras hacia la Misa tradicional, parecen haberse dirimido.
Esto implica que continuaremos con la habitual dicotomía emanada de dos vertientes litúrgicas claramente diferenciadas: la Misa proveniente de la codificación efectuada por San Pío V, cuya base dogmática (carácter sacrificial, propiciatorio e impetratorio de la presencia real apoyada en la doctrina de la transubstanciación), puede verse plasmada en los cánones del Concilio de Trento; y el ´Novus Ordo´, procedente de la reforma propiciada por Pablo VI y vigente desde su promulgación en 1969, considerando la Misa preferentemente como una Cena o Banquete, ocultando el carácter sacrificial de la misma e induciendo a fundadas sospechas sobre la validez de las consagraciones efectuadas a través de este nuevo rito, indudablemente imbuido de vanos intentos por satisfacer a los ‘hermanos’ protestantes (particularmente calvinistas) en un esfuerzo ecuménico muy mal entendido.
Sin embargo, la constancia en la oración y la confianza en Dios y en la Santísima Vírgen María, Mediadora de todas las gracias (aunque a don Víctor Fernández le pese), nos conducirán sin premura ni desfallecer a luchar, no para convencer a ciertos necios actualmente enquistados en puestos de poder en la Iglesia, sino para testimoniar desde nuestra fe en la Tradición que la misma ´subsiste´, para usar un término tan caro al Vaticano II, en la libre celebración de la Misa de Siempre.
Anselmo A. González




























