En numerosas ocasiones he tenido que referirme a San Agustín, y en particular a su obra cumbre, La Ciudad de Dios. A comienzos de este año de 2026 afirmé que el De Civitate Dei del santo de Hipona nos presenta una clave interpretativa de la historia que nos permite llegar más allá de la lectura puramente contingente de los sucesos políticos y económicos y nos remite a un conflicto más profundo que enfrenta a dos visiones contrapuestas del hombre y el mundo.
Me ha impactado el discurso que el pasado 9 de enero dirigió el Papa a los miembros del cuerpo diplomático: El discurso se centró precisamente en La Ciudad de Dios de San Agustín, y me gustaría citar unas porciones destacadas con las propias palabras de León XIV:
«Impulsado por los trágicos acontecimientos del saqueo de Roma en el año 410 d. C., san Agustín escribió De Civitate Dei, La ciudad de Dios. Se trata de una de sus obras teológicas, filosóficas y literarias más influyentes. Como señaló el Papa Benedicto XVI, es una “obra imponente y decisiva para el desarrollo del pensamiento político occidental y para la teología cristiana de la historia” (Benedicto XVI, catequesis del 20 de febrero de 2008) (…) Sin duda, nuestro tiempo está muy lejos de aquellos acontecimientos. No se trata sólo de una cuestión de distancia temporal, sino también de una conciencia cultural diferente y de un desarrollo de las categorías de pensamiento. Sin embargo, no podemos pasar por alto el hecho de que nuestra propia sensibilidad cultural se ha nutrido de esa obra que, como todos los clásicos, habla a las personas de todas las épocas. Agustín interpreta los acontecimientos y la historia misma según el modelo de las dos ciudades. En primer lugar, está la ciudad de Dios, que es eterna y se caracteriza por el amor incondicional de Dios (amor Dei). Luego está la ciudad terrenal, que es una morada temporal donde los seres humanos viven hasta su muerte. En nuestros días, esta última incluye todas las instituciones sociales y políticas, desde la familia hasta el Estado-nación y las organizaciones internacionales. Para Agustín, esta ciudad estaba personificada por el Imperio Romano. De hecho, la ciudad terrenal se centra en el orgullo y el amor propio (amor sui) en la sed de poder y gloria mundanos que conduce a la destrucción. Sin embargo, no se trata de una lectura de la historia que busque contrastar la eternidad con el presente, la Iglesia con el Estado, ni es una dialéctica sobre el papel de la religión dentro de la sociedad civil.
»Según la visión de Agustín, las dos ciudades coexisten hasta el fin de los tiempos. Cada una tiene una dimensión externa e interna, ya que deben entenderse no sólo a la luz de la forma externa en que se han construido a lo largo de la historia, sino también a través del prisma de las actitudes internas de cada ser humano hacia las realidades de la vida y los acontecimientos históricos. Desde esta perspectiva, cada uno de nosotros es protagonista y, por lo tanto, responsable de la historia. Además, Agustín enfatiza que los cristianos están llamados por Dios a habitar en la ciudad terrenal con el corazón y la mente puestos en la ciudad celestial, su verdadera patria. Al mismo tiempo, los cristianos que viven en la ciudad terrenal no son ajenos al mundo político y, guiados por las Escrituras, buscan aplicar la ética cristiana al gobierno civil (…) Aunque el contexto en el que vivimos hoy es diferente al del siglo V, algunas similitudes siguen siendo muy relevantes. Ahora, como entonces, nos encontramos en una era de movimientos migratorios generalizados; como entonces, vivimos en una época de profundo reajuste de los equilibrios geopolíticos y los paradigmas culturales; como entonces, no estamos, en la conocida expresión del papa Francisco, en una época de cambio sino en un cambio de época.
»Mientras que san Agustín destaca la coexistencia de la ciudad celestial y la ciudad terrenal hasta el fin de los tiempos, nuestra época parece algo inclinada a negar a la ciudad de Dios su “derecho de ciudadanía”. Parece que sólo existe la ciudad terrenal, encerrada exclusivamente dentro de sus fronteras. Buscar sólo bienes inmanentes socava esa “tranquilidad del orden” (Cf. San Agustín, De Civ. Dei, XIX, 13), lo que para Agustín constituye la esencia misma de la paz, que concierne tanto a la sociedad y a las naciones como al alma humana, y es esencial para cualquier convivencia civil. En ausencia de un fundamento trascendente y objetivo, sólo prevalece el amor propio, hasta el punto de la indiferencia hacia Dios, que gobierna la ciudad terrenal (Ibíd., XIV, 28). Sin embargo, como señala Agustín, «en hombres como éstos, que pretenden encontrar aquí abajo el sumo bien y conseguir por sí mismos la felicidad, el orgullo ha llegado a un tal grado de aturdimiento (Ibíd., XIX, 4.4). El orgullo oscurece tanto la realidad misma como nuestra empatía hacia los demás. No es casualidad que el orgullo esté siempre en la raíz de todos los conflictos».
¿Cuál es, pues, la enseñanza de San Agustín que nos propone León XIV? La enseñanza, siempre actual, de la Ciudad de Dios. Ser consciente de que la historia de la humanidad está recorrida por una alternativa radical, por dos visiones del mundo y de la historia mutuamente irreconciliables. Por una parte está la visión trascendente que reconoce a Dios como principio y fin de toda realidad y no sólo orienta hacia Él la vida personal sino la social, cultural y política, a nivel nacional e internacional. Por otro lado, está la visión inmanente, que encierra al hombre en un horizonte finito excluyendo a Dios de la historia y reduciendo todo criterio de verdad, justicia y bien a la medida del propio hombre. La primera visión se funda en la humildad de quien no confía en sus propias fuerzas y todo lo espera de Dios. La segunda, por el contrario, es fruto del orgullo, del culto del hombre a sí mismo, que piensa y actúa como si Dios no existiese y pretende construir la sociedad prescindiendo de Él.
Entre estas dos cosmovisiones, estas dos ciudades, no hay acuerdo posible. Nos enseña San Agustín que en los tiempos más dramáticos de la historia, como lo fueron el siglo V y como lo es el nuestro, es imperativo abandonar la neutralidad y tomar partido, porque la vida del hombre y la de la Iglesia supone luchar todos los días y en todos los ámbitos, pero a condición de entender el aspecto sobrenatural de esta contienda, de captar su sentido religioso y metafísico. Combatir, por tanto, con la mirada puesta en la Ciudad de Dios en vez de la de los hombres. Combatir, en resumidas cuentas, por la llegada del Reino de Cristo, el Cielo en la Tierra. Reino que no es utópico, sino que es el objetivo real e ideal por el que verdaderamente vale la pena vivir y, si fuera necesario, morir.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)




























